jueves, 6 de diciembre de 2018

Dos viudas


La mano accionaba el picaporte de la puerta una y otra vez sin lograr que se abriera. Era la mano delicada, suave y hermosa, blanca como el mármol de Carrara, de una mujer nerviosa en el comienzo de una noche. Todo lo fiaba esa mujer a su mano derecha, una mano de dedos finos y largos, acabados en unas uñas recortadas de color rojo vino, una mano por cuyas caricias hubiera suspirado más de un hombre. Insistía esta atractiva mujer en abrir la puerta pero, como si esta tuviera vida propia, se le resistía. La muñeca giraba hacia derecha e izquierda en un forcejeo reiterado e inútil. La dueña de la mano no se daba por vencida. Quería abrir la puerta de cristal, que tenía sellado el escudo del ayuntamiento de la ciudad, y marcharse de allí cuanto antes. Ofuscada, lo siguió intentando hasta que se dio cuenta de que la puerta estaba cerrada. Este descubrimiento le hizo sentirse más contrariada puesto que creía estar sola en aquel lugar donde sólo los muertos ofrecían compañía. Sacó el teléfono de su bolso de piel y vio que estaba apagado. Se había quedado sin batería. 

Encerrada e incomunicada, sin temple para dominar los nervios, buscó un teléfono fijo en el recibidor de la entrada, donde solo unas horas antes le había atendido un conserje al que, debido a su condición de gangoso, no le había entendido ni una palabra. El teléfono no daba señal. Era imposible comunicarse con el exterior para que alguien la sacara de allí. Todo lo que podía ir mal estaba yendo mal, pensó. Al menos no se había olvidado el paquete de tabaco en casa. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Fue la primera vez que se sintió en paz después de un día muy tenso. Fumaba con ansiedad, demorándose en cada calada, con la vista puesta en el cristal que la separaba del exterior. No podía ver lo que había detrás. Era de noche y el cementerio estaba a oscuras. Su cuerpo se había hundido en uno de los sillones de escay en los que los deudos descansaban y recibían las condolencias —no siempre sinceras— de familiares y allegados. ¿Y ahora que iba a hacer? Quedaban muchas horas para que amaneciera y alguien abriera el tanatorio. Seguía fumando y notaba cómo los ojos se le cerraban. No había dormido la noche anterior, cuando recibió la llamada de una voz titubeante (resultó ser la de una joven guardia civil) que le comunicó la muerte de su marido en un accidente de tráfico. De regreso de un viaje de trabajo, el coche se había salido de la calzada por causas desconocidas, y había dado varias vueltas de campana hasta chocar contra un árbol. Después el vehículo se incendió. El cuerpo del conductor había quedado desfigurado y era imposible de reconocer. Ella no había tenido valor para ver el cadáver.

El cigarrillo la había calmado. Había asimilado que tendría que pasar la noche en el tanatorio. El silencio del lugar la inquietaba. Estaba sola, o al menos eso creía ella, sin otra compañía que la de su marido muerto y el de otros fallecidos que ya descansaban del mundo. En su cabeza se sucedían, sin orden, imágenes de una película acelerada en la que era protagonista. Así, la noticia de la tragedia precedió a las llamadas a la familia, a su madre y a su hermana, los avisos al banco y a la funeraria, los mensajes cruzados con Roberto, que le pidió que no se hundiera y que se ofrecía para consolarla en el hotel discreto de siempre, el rechazo a cogerle el teléfono a la familia de su esposo. Y los pésames de los amigos, de algún vecino de la finca, de los compañeros, también los de personas desconocidas que presumían de haber tenido una relación estrecha con Alejandro, su marido, ingeniero de profesión. ¡Por qué sinfín de estados de ánimo se podía pasar tras recibir la noticia inesperada de la muerte del hombre con quien habías convivido quince años! De la incredulidad a la desesperación, de la ira contra todos y contra todo al pánico de quedarte sola, de la tristeza a la ansiedad. Su cabeza no le había dado un respiro en las últimas veinticuatro horas. Pese a estar agotada presentía que no podría dormir. Aún estaba disgustada por haberse quedado encerrada sin un medio para comunicarse con el exterior.

Su mirada se fijaba ahora en el parpadeo de un tubo fluorescente que parecía estar a punto de apagarse. Eso la relajaba. Debía de tener además un aspecto horrible por el cansancio y los nervios acumulados. Fue al servicio de mujeres y el sonido de sus tacones la tranquilizó. Se miró en el espejo: estaba demacrada, pálida, con los ojos vidriosos de tanto llorar y unas grandes ojeras. Se puso colorete en las mejillas y se pintó los labios. ¿Por qué se maquillaba si estaba sola, si nadie la podía ver? Era una pregunta que no sabía contestar pero, después de maquillarse, se sintió reconfortada  al ver reflejados sus labios sonrosados en el espejo.

Esta tranquilidad momentánea se quebró cuando pensó en la familia de su marido, con la que no se hablaba desde de la boda. Nunca se había visto aceptada por ellos, en especial por su suegra, que la consideraba una intrusa. Fueron enemigas desde el principio. Estaba en juego la voluntad del hijo y del esposo. Al final ella ganó el pulso; logró que su marido tuviese la mínima relación con sus padres y su hermano. ¿Vendrían al entierro? El hermano de Alejandro había intentado hablar con ella pero esta se había negado a responderle. Temía coincidir con su familia política en el oficio religioso. Sería, en todo caso, la última vez porque, muerto Alejandro, no los volvería a ver más.

Era medianoche, y tenía hambre y sed.  No había podido cenar por los nervios, pero ahora echaba en falta comer algo. Sólo tenía un caramelo para engañar el apetito. Mientras lo saboreaba observó una vitrina en la que había expuestas urnas para depositar las cenizas de los difuntos. Sintió curiosidad y le pareció que era morboso, hasta macabro, fijarse en las etiquetas que informaban del material del que estaban hechas aquellas urnas. Nunca hubiera imaginado tal variedad de vasijas mortuorias: las había biodegradables, de cerámica, metálicas, de distintos colores, formas y tamaños. Al igual que ella, su marido (seguía pensando en él en presente) rehuía hablar de la posibilidad de la muerte. No contaba para él. Le repelía todo aquello que tuviese que ver con el final de la vida o el más allá. Cuando el padrino de su bautizo, hermano de su madre, murió de un cáncer fulminante, él se negó a ir al entierro alegando que estaba de viaje. Era un cobarde para afrontar la muerte pero también para enfrentarse a las inclemencias de la vida, pensó ella.

¿Qué decisión tomaría sobre sus restos? ¿Enterrarlo? ¿Incinerarlo? La primera opción no le convencía pues se conocía bien y estaba segura de que si su marido acababa en un nicho, ella nunca iría a visitarlo. No lo había hecho con su padre y menos lo haría con él. Lo práctico sería incinerarlo y deshacerse de las cenizas de una manera discreta, arrojándolas al mar en aquel pueblo costero donde pasaron los primeros veranos y fueron felices, hasta cierto punto.

Se encendió un segundo cigarrillo; sus manos estaban frías. Los empleados del tanatorio habían apagado la calefacción antes de marcharse. Le dolían los pies; como estaba sola decidió descalzarse. Sintió alivio pero el contacto con el suelo frío la retrajo. Cerró los ojos en un intento por dormir unos minutos. Entonces creyó oír un llanto, pero no podía ser cierto ya que ella era la única persona viva en el tanatorio. Abrió los ojos intentando averiguar de dónde procedía el sollozo entrecortado de una mujer. Al fondo del pasillo, sentada a sus espaldas, vio una cabeza. Dudó qué hacer: si acercarse para hablar con ella o permanecer donde estaba, como si nada hubiera pasado. La mujer seguía gimoteando con más fuerza, y de sus labios salía el nombre de Basilio. Lo repetía de manera insistente mientras lloraba. No había reparado en ella. ¿Siempre había estado allí, hundida en el sillón, añorando al que debía ser su marido fallecido, o había salido de unas salas donde los familiares velaban a sus muertos? Al final decidió ir a verla y, cuando se acercó, la cabeza de aquella mujer se giró. Debía de tener ochenta años. Era baja y gorda y con una cara redonda como la luna. Llevaba gafas. La mujer joven fue la primera en hablar.

—Parece que nos hemos quedado encerradas en el tanatorio.
—¿Encerradas? —preguntó la anciana con sorpresa—. No tenía ni idea. Yo, de todas formas, pensaba quedarme toda la noche con mi Basilio, que en paz descanse. Permítame que me presente. Me llamo Edelvina, encantada.
—Nuria, igualmente —le contestó estrechándole la mano. Le quería pedir un favor. ¿Puede prestarme su móvil para hacer una llamada? Me gustaría hablar con un familiar para decirle que estoy aquí y que no puedo salir.
—Lo siento, señora —respondió la mujer—, pero mi marido y yo nunca hemos utilizado de eso. Con el teléfono fijo de casa nos apañábamos. ¡Total, para las llamadas que recibíamos! Mis dos hijos sólo nos llamaban por Navidad, y los conocidos, si quieren vernos, ya saben dónde encontrarnos.

Nuria se sentó al lado de Edelvina, que no llevaba medias pese a ser noviembre. Calzaba unos zapatos baratos de tacón bajo que muy probablemente hubiera comprado en un mercadillo. Su falda a cuadros había perdido sus colores originales al igual que la rebeca, que le quedaba pequeña.

—¿Es usted de la ciudad? —preguntó Nuria.
—No, mi marido y yo somos de Villalgordo, ¿lo conoce? Tiene una iglesia muy antigua y unas fiestas preciosas en verano. Ahora en nuestro pueblo es el tiempo de la matanza, pero con lo de mi marido no estoy con ánimo para matar gorrinos.
—¿Era muy mayor su marido?
—El día 18 habría cumplido 83 años. Nunca le gustaron los médicos. Si le dolía algo se aguantaba. Así somos la gente de pueblo, que estamos acostumbrados a aguantar. El decía que si la cosa no era grave, el cuerpo acababa curándose, y llevaba razón. Nunca tuvo problemas graves de salud hasta que hace unos tres meses, al volver de la compra, me lo encontré tirado en el suelo. Se había desmayado. No le dimos importancia porque, como le decía, siempre tuvo una naturaleza fuerte, pero una semana después se desplomó estando yo presente, y eso ya me preocupó. Fuimos al médico de cabecera, nos mandó unas pruebas en el hospital y le diagnosticaron un tumor en la cabeza. Nos dijeron que no había nada que hacer, que era inútil operarlo y se murió en dos meses. La última semana no me reconocía. Se murió como un pajarico en mis brazos. Quiera Dios que no haya sufrido mucho estos últimos días.
—¿Le importa que fume? —continuó Nuria.
—No, mujer, hágalo, por mí no se preocupe. En estos lugares el tabaco no debería estar prohibido. Así la gente se desahoga un poco.

Nuria encendió el cigarrillo. Le dolían la garganta y la cabeza. Estaba destemplada pese a no haberse quitado su abrigo de ante que su marido le había comprado en un viaje a Milán.

—Su marido debía de ser muy joven, ¿no? —preguntó Edelvina.
—Cumplió 42 años en agosto —contestó Nuria.
—Y perdone la indiscreción: ¿se puede saber de qué ha muerto?
—En un accidente de tráfico —añadió Nuria con sequedad para que la mujer advirtiera sus escasas ganas de hablar sobre la muerte de Alejandro.
—¡Santo Dios! —enfatizó la anciana—. ¡Qué pena tan grande? ¡Tan joven y muerto en un accidente de coche! Debe de estar destrozada. Mi marido ya había hecho su vida y antes o después tenía que morirse, pero su marido… con media vida por delante. Y usted, que se acaba de quedarse tan sola.

Nuria se sentía cada vez más incómoda con la presencia de esa mujer. Comenzaba a molestarle su compañía, la confianza que la viuda se tomaba de un asunto que no le incumbía.

—Siempre le dije a mi esposo —continuó Edelvina— que había hecho muy bien en no sacarse el carnet de conducir. Si necesitábamos ir a la capital cogíamos el autobús o nos bajaba algún vecino del pueblo. A mí los coches siempre me dieron miedo. Siendo niña, un primo mío se mató cuando volvía con su padre de las fiestas de un pueblo de al lado, y ese recuerdo nunca se me ha olvidado.

Edelvina se sacó un botellín de agua del bolso y sorbió con fuerza haciendo un ruido desagradable. Nuria la miró de reojo; no se atrevía a pedírselo pero la mujer adivinó sus intenciones.

—¿Quiere beber? Le veo mala cara. Puede acabarse la botella si quiere. Yo ya no tengo sed. Voy a ver cómo se encuentra mi marido.

Edelvina desapareció de la vista de Nuria y se perdió por el fondo del pasillo. Después de beber de la botella con cierta aprensión, Nuria miró el reloj. Aún eran las tres de la mañana. Encerrada en un tanatorio, con síntomas de haberse constipado y con la desagradable compañía de aquella mujer que se metía donde no debía, pensó que lo mejor que podía hacer era echarse a dormir aunque sabía por experiencia que en circunstancias así, cuando estaba fuera de casa, le era imposible conciliar el sueño. Reclinó la cabeza en el asiento y cerró los ojos. Pasaron unos minutos hasta que oyó unos pasos acercarse. Edelvina se aproximaba llorando, como cuando la había escuchado por primera vez. Siguió con los ojos cerrados para que la mujer pensase que estaba dormida. Se había sentado a su lado. El fuerte olor de su cuerpo viejo le desagradó. Había dejado de llorar y se sorbía los mocos. Todo en ella le resultaba tosco y desagradable.

—¿Está usted despierta? —Nuria no tuvo más remedio que dejar de disimular abriendo los ojos.
—Intentaba dormir —dijo con enfado para que Edelvina se diese por enterada.
—Es que aquí me siento muy sola. Ha sido volver a ver a mi marido en esa caja, pálido como la cera, y venírseme el mundo a los pies. ¡Con lo que él fue! Un hombre que se vestía por los pies, grandote aunque no guapo, y un poco bruto conmigo, todo hay que decirlo. Sus hijos no podrán tener queja de él, que les dio una carrera a los dos, pero a mí me trataba de otra manera. Nunca se fue con otra mujer, eso es cierto, pero cuando éramos jóvenes me pegaba. Eran otros tiempos, y a los hombres se les permitía eso, dar palizas. Ahora es diferente. Usted no habrá tenido que aguantar carros y carretas como yo, y me parece bien que las mujeres de ahora tengan los mismos derechos que los hombres, pero yo vengo de otra época, de cuando a las mujeres nos enseñaban que la obligación de una casada era contentar a su marido en todo lo que quisiera, y llevar la casa adelante. No se lo creerá, pero a pesar de todo, de la mala vida que me dio siendo jóvenes, porque luego, cuando se hizo viejo, se amansó, lo echo de menos y es como si con su muerte me hubieran quitado un trozo de mí. Los dos estábamos solos en el mundo porque con mis hijos no podíamos contar. Eso nos unía. ¿Tiene usted hijos?
—No; no hemos tenido —repuso Nuria, indiferente a lo que le preguntaba la mujer.
—Pues un hijo le vendría muy bien por la compañía —continuó Edelvina—. No se sentiría tan sola después de la muerte de su marido. Con los míos, como ya le he dicho, no hay nada que hacer. Cada uno hace su vida, y no quieren saber nada de sus padres. Cuando les llamé para informarles de que Basilio había muerto pusieron excusas para no asistir al entierro, que si papá ya era mayor, que si los niños son pequeños y no tenemos con quien dejarlos, que si en el trabajo van a ver con malos ojos que me pida un día de permiso. ¡Pamplinas, todo pamplinas! Un hijo, digo yo, tiene que velar a su padre muerto. Si no, no eres hijo ni eres nada. Yo sé que me voy a quedar más sola que la una pero no voy a tardar en reunirme con él. Eso también lo sé.  

Estaba harta de oír las sandeces de aquella vieja que no paraba de hablar, como a un muñeco al que le hubiesen dado cuerda. ¡Lo que hubiera dado por estar a solas! ¿A quién le podía importar la vida gris de una mujer pobre y con tan pocas luces? Ni siquiera su madre, que también había sufrido lo suyo en su matrimonio, se podía comparar a la tal Edelvina. ¡Vaya nombre! El nombre ya lo decía todo: ¡Edelvina! Sus padres se cubrieron de gloria cuando la bautizaron con este nombre. Llamándose sí, ¿qué podría esperarse de ella? Y, para colmo, decía que extrañaba a su marido, que la maltrató en sus primeros años de matrimonio. Nuria no dejaba de pensar en su mala suerte y en lo larga que se le estaba haciendo la noche.

—¿Le importaría que le echase una mirada a su marido? —preguntó Edelvina.
—Hágalo si quiere pero por mí no se moleste.
—¿En qué sala está?
—En la cuatro. No he entrado a verlo ni pienso hacerlo. Los muertos me dan espanto. Prefiero quedarme con el recuerdo de cuando estaba vivo.
—Los muertos, créame —aconsejó Edelvina—, agradecen que nos ocupemos de ellos cuando están a punto de marcharse de este mundo. Me tomará por loca, pero mi esposo me sonríe cada vez que paso a verle y le rezo un padrenuestro.

La mujer se alejó dando pasos cortos. Entretanto, Nuria acariciaba su anillo de compromiso. Lo subía y lo bajaba por su dedo anular. A diferencia de otras parejas, ella nunca se había quitado la alianza desde que se casó, y motivos no le habían faltado pero no eran lo suficientemente poderosos para justificar una decisión que hubiera dado que hablar cuestionando la imagen de unidad del matrimonio. Al cabo de quince años de estar casados parecían ser una pareja casi perfecta, a la que amigos y conocidos admiraban. “Sois la pareja ideal. Ya quisieran muchos ser como vosotros”, les decían en cada aniversario de boda, y ella se sonreía y callaba y pensaba que las apariencias engañan a menudo. Nuria sólo se ponía un diez en su capacidad de disimulo. Sólo ella sabía el desprecio que sentía por Alejandro y que nadie, ni su círculo más íntimo, intuía. Ni siquiera el esposo conoció el  enorme rechazo que su mujer sentía hacia él. En esto también había vivido engañado.

—Su marido era muy guapo —dijo Edelvina tras su visita a la sala—. Está muy elegante con su traje azul marino, su camisa blanca y su corbata granate. Muy bien conjuntado. Es una pena que usted no quiera verlo.

Nuria ni la miró a la cara; no podía disimular el asco que le despertaba aquella mujer. Permaneció en silencio.

—Tal vez me regañe por meterme donde no me llaman —insistió Edelvina—, pero alguien tendría que haberle cerrado el ojo derecho. Lo tiene abierto. ¡Da una impresión cuando lo miras! Un ojo azul, por cierto.

Nuria se había quitado el anillo y lo había guardado en el bolso. La mujer había reparado en ello pero por una vez había decidido callarse. Por fin comprendió que no era santo de la devoción de la joven.

Pasaron unos minutos en silencio, sin que ninguna cruzara una palabra ni una mirada. Con las manos cruzadas, la anciana musitaba oraciones que acababan con el nombre de su marido. Estaba emocionada pero sin llegar a las lágrimas. De pronto dejó de rezar y, en un gesto imprevisto, se acercó y tocó la mejilla de Nuria, que se apartó de ella en cuanto notó aquellos dedos fríos y rugosos.

—¿Qué hace?

Edelvina la miró avergonzada.

—Disculpe, no quería molestarla —dijo avergonzada. La llevo mirando desde hace horas y me ha parecido una mujer hermosa. No quería ofenderla.  

¿Hermosa? Ella no era hermosa. Sabía perfectamente la diferencia que había entre una mujer bella y una atractiva. Ella pertenecía a esta segunda clase. Su pelo, en realidad, no era rubio sino castaño. Sus pómulos estaban operados así como sus pechos. Estaba orgullosa de haber pasado por el quirófano. Era como vencerle una batalla a la edad. Le hacía sentirse poderosa ante algunos hombres, que seguían mirándola con deseo. Pero no era una mujer guapa; bastaba con mirarla un par de minutos para advertir que era estrábica.

—¿Y ahora qué hará? —preguntó Edelvina.

Nuria esta vez contestó.

—Fumarme otro cigarrillo.
—Me refería a qué hará con su vida de viuda.
—Se lo acabo de decir —continuó con ironía—. Fumarme otro cigarrillo, y luego otro y otro.

No hubo más preguntas. Amanecía. No tardarían en abrir el tanatorio. Nuria deseaba que llegara ese momento para verse lejos de la desagradable compañía de Edelvina. Fue a fumar pero el paquete estaba vacío. No le importó esta vez. Comenzaba a estar de buen humor.

lunes, 8 de octubre de 2018

El tamaño de una esperanza


—Paco, estamos encantados de que nos hayas elegido para tu regreso a la televisión,  precisamente tú, que lo fuiste todo en este medio. ¡Un fuerte aplauso para él!

Paco Soberano agradeció el gesto del presentador con una mirada insegura y sintió miedo por lo que veía a su alrededor: batía las palmas un público de amas de casa y jubilados previamente aleccionados sobre cómo y cuándo aplaudir, llegados en un autobús en el que se les había repartido un bocadillo y un botellín de agua. En primera fila permanecían sentados tres periodistas —una mujer y dos hombres—, tres depredadores, para qué engañarse, pensaba Paco Soberano, tres seres sin piedad, dispuestos a humillarle. El calor de los focos le hacía sudar; comenzaba a estar nervioso.

—Paco, ¿cuánto hace que no pisabas un plató de televisión? —preguntó el presentador, que intentaba disimular sus más de cuarenta años con un maquillaje a todas luces imprudente y excesivo. Lucía una barbita de tres días y llevaba gafas de concha; además escondía la tripa, y en cada palabra que pronunciaba había un punto de malicia, de acidez, de mala baba.
—Hoy hace seis años, cinco meses y un día.
—Ja,ja,ja, ¡qué bien llevas la cuenta! Suena como si te hubieran dado la libertad provisional para venir a vernos —bromeaba el presentador, de nombre Luis Alberto, mirando a la cámara de espaldas al entrevistado, lanzándole el primer guiño al público que lo veía en sus hogares y al que, pese a despreciarlo, le debía haberse convertido en la estrella televisiva del momento.

Paco no sabía si intervenir o esperar a que el presentador siguiese con su intervención. Le resultaba difícil disimular los nervios. Tenía pánico a quedarse en blanco y hacer el ridículo justo cuando había comenzado la entrevista.  

—Creo recordar, si no me falla la memoria, que tu último trabajo fue aquel concurso de niños en el que ganaba quien mejor insultaba a sus padres, ¿no es así? —dejó caer la pregunta la sibilina estrella.
—Tienes buena memoria —respondió Paco—, el programa Insulta a tus papis fue todo un éxito en aquel momento. Estuvimos tres años en antena, y hasta recibimos varios premios de la Academia de la Televisión.
—¿Y qué pasó después, Paco? —insistió el presentador poniendo en un primer aprieto al entrevistado.
—Bueno…, la cadena prescindió de mí. La verdad es que necesitaba un tiempo para mí, ya sabes, tiempo para reencontrarte, hacer esas cosas que no puedes hacer cuando estás volcado en la televisión, volver a estar con la familia, ver a los amigos…
—Pero por entonces estabas en proceso de separación de tu segunda esposa. Debió de ser duro para ti que en el juicio te acusara de alcohólico y maltratador.
—Mi exmujer era muy joven —continuó Paco—, tenía 21 años y yo 50, y se dejaba influir por su familia de Perú, pero por suerte aquello pasó, y los tribunales dijeron lo que tenían que decir.
—Ella te ha demandado por no pasar la pensión al hijo que tenéis en común.
—Luis Alberto, prefiero no hablar de mi exmujer porque es cosa del pasado, y yo soy un hombre que vive para el presente.
— Hablando del presente o más bien del pasado más reciente, hace unas semanas te sometiste a una operación quirúrgica —dicho esto, el presentador se giró ante las cámaras, paseó de un lado a otro del plató, cruzó las manos de manera teatral, chasqueó la lengua. Todo era un paripé para crear expectación. Era la estrella, de eso no había duda.

Rescátame, el programa líder dedicado a sacar a exfamosos del olvido, ha logrado, después de largas negociaciones, la exclusiva de tenerte aquí, Paco, para hablarnos de esa operación. Te agradezco que hayas tenido el valor de querer contarnos tu experiencia —en las palabras del figurín, que se contoneaba por el plató como un torero por el albero, muy pagado de sí mismo, había una fina ironía no exenta de desdén.
—Cuando me llamaron de la dirección de Rescátame —reveló Paco— les dije al principio que no pero luego insistieron y llegamos a un acuerdo, y aquí estoy abierto a vuestras preguntas.

“Suéltalo ya”, gritó una mujer mayor y regordeta salida del público, que apretaba con sus manos un bolso barato que tenía sobre sus rodillas deterioradas por los muchos suelos que había abrillantado en casas de gente pudiente.

—Me he hecho un alargamiento de pene —confesó.
“¡Ohhhhhh!” fue la respuesta de parte de los espectadores, que se regodeaban porque les empezaban a dar lo que esperaban.
—¡Qué me estás contando, Paco! —dijo el presentador con incredulidad forzada, como si fuera la primera noticia que tenía, casi emocionado.
—Como lo oyes, Luis Alberto. Hace dos semanas, en la clínica del doctor Puigcerdà, la más importante en este tipo de operaciones, me operé del pene y, aunque todavía estoy recuperándome, ya puedo deciros que ha sido muy satisfactorio.
—¿Cómo de satisfactorio? —insistió la estrella de Rescátame—. ¿Muy satisfactorio?
—He pasado de 15 a 21 de centímetros después de haberme dejado asesorar por el doctor Puigcerdá, que me desaconsejó ser más ambiciosos. Y le hice caso y estoy muy contento de cómo ha salido todo.

Una de las periodistas invitadas, que llevaba tiempo reclamando la palabra sin que el presentador —tan borde— se la quisiese conceder, se decidió a intervenir. Delgada y diminuta de estatura, producto contemporáneo de sucesivas operaciones de cirugía estética, daba muestras, por las venas que le sobresalían del cuello, de estar muy tensa.

—Nos acabas de decir que estás convaleciente, pero ya han pasado quince días de tu operación. ¿Has podido probar tu nuevo aparato? —terció la pícara informadora.

Incómodo por el derrotero que tomaba la conversación pero consciente de que para eso había ido y para eso le iban a pagar, Paco Soberano se limpió el sudor de la frente con un pañuelo y tomó aire antes de responder.

—María, como comprenderás, aún es pronto. El doctor Puigcerdà me ha pedido que sea prudente y no haga ninguna locura, por lo menos durante unos meses.
—Uff, ¿aguantarás? —insistió la incisiva periodista—. Con lo potrillo que decían tus parejas que eras, ja, ja, ja.

Al lado de María había un periodista inflado como una colchoneta de playa, a punto estallar, tatuado hasta el cuello, carne de gimnasio, rapado, con anillos en todos los dedos, como un sultán indio de medio pelo. Este joven envejecido por los rayos uva, muy maquillado, tenía la camisa estratégicamente abierta para que se pudiera ver su pechazo depilado.

—Paco, ¿qué te llevó a alargarte el pene? ¿Era tan importante para ti? ¿Estabas acomplejado tal vez? Hay muchos hombres con penes pequeños que no recurran a operárselos.
—Mira, Raulito, yo he creído siempre en la igualdad entre hombres y mujeres. Si ellas llevan muchos años aumentándose los pechos, ¿por qué no hacerlo nosotros también con nuestros penes?
—Claro, a tu edad… —dijo maliciosamente Raulito.

El entrevistado se quedó en silencio tras oír la impertinencia del joven viejo pero esta vez tuvo reflejos.

—Ninguna de las mujeres con las que he estado se quejó de mi comportamiento en la cama. Se lo podéis preguntar a cualquiera.
—Eso dicen todas: que has sido el aguijón de sus vidas, ja, ja, ja.

El público reía a carcajadas siguiéndole la gracia al jovencito avejentado, que no cabía en sí de gozo tras recibir los aplausos.

Recuperando el protagonismo que los dos compañeros que le habían arrebatado, él, que había nacido para ser el sol que iluminará el lugar allá donde estuviera, Luis Alberto se ajustó su chaqueta ceñida, de color rosa palo, y dio paso a la publicidad. 

La cadena emitía anuncios de comida para perros que no admiten la lactosa; geriátricos de lujo pensados para mafiosos rusos que residen en Benidorm; cruceros por el Mediterráneo con parada opcional en la isla de Lampedusa, donde los viajeros podían practicar el turismo solidario haciéndose fotos con inmigrantes famélicos; automóviles con toda clase de dispositivos para burlar los radares y la siempre molesta vigilancia de la Guardia Civil, y vientres de alquiler por sólo 1.000 euros, garantía incluida de dos años y con posibilidad de devolver el bebé si salía enfermo. La oferta iba dirigida a parejas heterosexuales, homosexuales, lesbianas y monoparentales.

Al regreso de la publicidad, Luis Alberto apareció sin chaqueta ante los espectadores. Su camisa de azul celeste, muy apretada, resaltaba la prominencia de su barriga. En el descanso la estrella había insultado a Raulito, llegándole a llamar “analfabeto funcional”, por no haber sido lo suficientemente agresivo en sus preguntas al invitado. La dirección del programa le acababa de comunicar al conductor de Rescátame que la audiencia había caído seis puntos respecto al día anterior.

—Para quienes se hayan incorporado al programa estamos de nuevo con Paco Soberano para seguir hablando sobre su operación de alargamiento de pene —dijo Luis Alberto—, pero antes tenemos preparado un video en el que el doctor Jaume Puigcerdà nos explica los pormenores de la intervención.

El doctor Puigcerdà apareció en una pantalla gigante, a espaldas del presentador. Cabeza romana, pelo canoso, rostro equino y bronceado que contrastaba con su dentadura blanca y perfecta, el galeno, revestido con una bata inmaculada, era un hombre atractivo a juicio de la mayoría de las mujeres. Hablaba con la seguridad y la satisfacción de los que han llegado a la cima de su profesión y sólo deben preocuparse por el futuro de sus vástagos, obsesionados con esquilmar el patrimonio de la familia. Aparentaba sesenta años, pero su edad verdadera podía ser otra porque cabía la posibilidad de que él también se hubiese puesto en manos de otro cirujano.

“El paciente don Francisco Soberano llegó a mi consulta con un severo cuadro depresivo —comenzó explicando el doctor—. Esta patología estaba motivada por disfunciones constantes en su vida sexual. Según el relato que el interesado me hizo, acostumbraba a tener relaciones con mujeres más jóvenes que él, y estas le sugerían, de una u otra manera, tener un miembro viril más grande para complacerlas. El paciente, al percatarse de que su pene no era lo suficientemente grande para el gusto de sus parejas, entró en una dinámica negativa de pérdida de confianza que le llevó a episodios cada vez más recurrentes de disfunción eréctil, también conocida por impotencia, que ni siquiera podían ser corregidos con tratamiento farmacológico”.

“Cuando el paciente llegó por primera vez a mi clínica —continuó el médico—, llevaba más de un año sin haber consumado el acto sexual. Mi equipo de colaboradores y yo concluimos que el alargamiento de pene era, de todas las opciones estudiadas, la solución más adecuada y eficaz para que el paciente recuperase la confianza perdida y normalizara su vida sexual. El único problema surgió cuando el interesado había tomado como modelos de referencia los penes de algunos actores de cine de adultos y debimos convencerlo para que aceptase un tamaño más realista habida cuenta de su constitución física y edad”.

El doctor Puigcerdà se despidió, dio las gracias y desapareció de la pantalla. Era de nuevo el turno de Raulito que, azuzado por Luis Alberto, que había conseguido hacerle llorar minutos antes, había adoptado el rictus agresivo de un perro de presa antes de escupirle la siguiente pregunta al invitado.

—Paco, antes de pasar por quirófano, que a tu edad siempre es un riesgo —dijo el colaborador con sorna—, ¿no contemplaste alguna alternativa menos arriesgada? 
—Como ha dicho el doctor que me operó, hubo una época en que pasé una fuerte crisis depresiva de la que creía que no iba a salir. Puede que fuera la crisis de los cincuenta. Sentía que las mujeres me gustaban tanto o más que cuando era joven pero ya no las satisfacía de la misma manera en la cama. Viví momentos humillantes que prefiero no recordar. Y sí, Raulito, pensé en otras alternativas al quirófano como el uso de geles, la ingestión de pastillas e incluso un alargador que os puedo asegurar que era muy incómodo de llevar. Después de varios meses intentándolo de una manera u otra apenas hubo progresos en el tamaño de mi pene.
—¿De cuántos centímetros hablamos? —insistió Raulito.
—De sólo dos.
—¡Sólo dos centímetros de más! ¿Lo estás diciendo en serio? Ja, ja, ja —Raulito emitió un gorjeo de canario que podía parecerse al grito en falsete de un eunuco, y después miró al presentador para recibir su aprobación. ¿Habría sido lo suficientemente agresivo esta vez con el pobre Paco?

Luis Alberto le perdonaba la vida Raulito dirigiéndole una mirada que no ocultaba el desprecio que sentía por él.

La periodista a la que se le hinchaban las venas del cuello cada vez que se disponía a intervenir pidió de nuevo la palabra pero la estrella, en otro desplante a su compañera, se anticipó. Comenzaba a sudar, cosa que le desagradaba porque se le corría el rímel.

—Querido público, ya sabéis que tenéis dos teléfonos a vuestra disposición para contestar a la siguiente pregunta: ¿Ha hecho bien Paco Soberano en alargarse su pene? Si consideráis que ha acertado marcad el número que aparece a la izquierda de vuestra pantalla, si pensáis que se ha equivocado marcad el de la derecha. De todas las llamadas elegiremos una ante notario. El premiado ganará una estancia para dos personas en un maravilloso hotel de Torrevieja durante un fin de semana.

El único periodista que aún no había intervenido, un tipo calvo y corpulento, con rostro patibulario de novela negra y un coeficiente intelectual superior al de sus compañeros, Kiko Malaespina le llamaban, se hizo oír con su voz grave y chulesca.

—Pero, dime Paco, ¿no crees que el buen manejo de un pene es más importante que su tamaño? Una mujer inteligente —y hablo por experiencia porque he conocido a muchas— aprecia más que el hombre sepa utilizarla antes que la tenga larga.
—Kiko, me conoces desde hace muchos años y sabes lo que pienso sobre esto —respondió Paco Soberano en un vano intento por buscar la complicidad del interlocutor—. Evidentemente lo importante es saber utilizarlo pero sabes como yo, Kiko, que en estos tiempos a la gente le importa más la cantidad que la calidad, y en el sexo, nos guste o no, ocurre lo mismo. Las mujeres jóvenes quieren penes grandes. Eso no admite discusión para mí.

Kiko Malaespina le escuchaba con el codo apoyado en la mesa mientras se acariciaba el mentón. Era un hombre que daba miedo hasta a sus amigos. Volvería a disparar. Sabía que Paco Soberano era una pieza fácil que se cobraría de inmediato.

—Paco, dejémonos ya de payasadas. Tus palabras no me convencen ni a mí ni a nadie que te está escuchando —le espetó con desagrado—. Has venido a vendernos la operación de tu pene con un fin muy claro: cobrar un dinero del que estás muy necesitado. Y lo sabes. Todos conocemos tus problemas económicos. Se te ha visto pidiendo limosna por el centro de Madrid, de manera que no nos cuentas más milongas.

La estrella terció para rebajar la tensión provocada por las palabras agresivas de Kiko Malaespina.

—Kiko, creo que has sido injusto con Paco —le reconvino falsamente—. Lo que has dicho es cierto pero deberías haber utilizado otras formas.

Luis Alberto se calló unos segundos, que parecieron una eternidad para el público, buscando un nuevo clímax ante su audiencia.

—Este programa ha accedido a un video en el que se ve a Paco Soberano pidiendo limosna en la puerta de la iglesia del Cristo de Medinaceli en Madrid. Pero por respeto hacia su persona no lo vamos a emitir… de momento. —En un gesto teatral y muy medido, Luis Alberto se acercó al entrevistado y apoyó su mano en el hombre. Paco Soberano no sabía dónde esconderse y deseaba que este tormento acabase cuanto antes.

—Antes nos hablabas de que has estado retirado de la profesión porque necesitabas tiempo para reencontrarte —prosiguió Luis Alberto—. Ahora todos queremos saber, empezando por este público que te está mirando, cuáles son tus proyectos.

Paco Soberano titubeó, por primera vez bajó la cabeza, se miró sus manos hermosas y grandes de hombre acabado y carraspeó.

—Bueno…, sabes que no trae buena suerte hablar de proyectos cuando aún no están confirmados pero os puedo adelantar que una televisión suramericana se ha interesado por mí y…

María, la periodista pizpireta, intervino por fin antes de que Paco acabase la frase en la que no había puesto demasiada convicción.

—¿Te refieres al reality show en el te han ofrecido participar en una televisión paraguaya?
—Estás mejor informada que yo —concedió Paco con ironía y resignación—. Ese es el programa. Faltan algunos flecos por cerrar pero es prácticamente seguro que participe en él.
—Pero ese programa —insistió la periodista— ha levantado fuertes críticas en Paraguay, ¿no?
—No sé a qué te refieres, María —mintió Paco Soberano porque sabía perfectamente a qué se refería.

Mirando fijamente a la cámara, como si fuese a dar la noticia del siglo, la periodista declamó:

—Es importante que la audiencia de Rescátame sepa que Francisco Soberano va a intervenir en un reality en el que dos de sus participantes se han suicidado por no soportar la tensión. Los concursantes viven hacinados en una celda y deben enfrentarse a pruebas como alimentarse de heces de cabra o beberse su orina porque no hay agua potable.

Paco Soberano intentó responder pero no le salían las palabras. Comenzó a mover nerviosamente los pies de un lado para otro. Su cuerpo estaba fuera de control. Cuando por fin iba a abrir la boca Luis Alberto le cortó.

—Tenemos ya los resultados de la encuesta telefónica. El 83% de los participantes cree que Paco hizo bien al alargarse el pene mientras que sólo un 17% piensa que se equivocó. ¿Estarás contento, Paco?
—La verdad es que sí —respondió con alivio—. Esta encuesta demuestra el cariño que todavía me tiene la gente. Y me da fuerzas para continuar mi carrera con más fuerza.

Luis Alberto y el resto de los contertulios se miraron con incredulidad y sintieron, por primera vez, una pizca de pena por el entrevistado, algo excepcional en el programa. Había llegado la hora de la despedida.

—Paco, te agradecemos que hayas estado en nuestro programa para hablar de tu alargamiento de pene.

El presentador cortó sus palabras de despedida e hizo ver por señas que le habían comunicado una novedad.

—Acaban de contarme que la exmujer de Paco Soberano quiere intervenir en directo para darnos una exclusiva.

Se oyó la voz alterada de una joven con acento suramericano. De fondo un niño berreaba.

—Yo quiero que toda España sepa, que lo sepa gracias a Rescátame —gritó la exmujer fuera de sí— que Paco Soberano es un farsante y un malnacido, que no ha llamado a su hijo en dos años. En este tiempo no me ha pasado la pensión del niño. Da la cara, Paco, y contesta por qué no quieres ver a tu hijo. ¡Canalla más que canalla!

La cámara enfocó el asiento vacío en el que hacía unos instantes Paco Soberano sufría un severo interrogatorio. El entrevistado se había marchado porque, entre otras razones, tenía prisa para coger el último autobús interurbano que le llevaría a Madrid. En el bolsillo llevaba el cheque que le habían entregado por haber intervenido en el programa. Paco estaba cansado y sudoroso, el corazón le seguía latiendo con fuerza, se había desabrochado el nudo de la corbata. También estaba triste y algo avergonzado por lo sucedido. Le dolía además la entrepierna de estar tanto tiempo sentado. Buscó en su chaqueta pero no encontró la pastilla que le aliviaba el dolor. En la parada nadie le reconoció. Sintió alivio. Por suerte aún quedaba gente que no veía Rescátame.

sábado, 25 de agosto de 2018

Fin de trayecto


A la memoria de don Jesús José Rodríguez Rodríguez de Lama


El cuerpo encorvado de una vieja asoma por la puerta que da a una terraza. Le cuesta subir el escalón para acceder a ella. Camina apoyándose en un bastón mientras con la otra mano sostiene una palangana con ropa húmeda. Se mueve con dificultad, avanzando con pasos cortos, para alcanzar el tendero. La terraza es grande, y a cada metro que recorre lanza un suspiro. La respiración se le entrecorta; se ahoga, tose, siente que las fuerzas le abandonan. Pero por fin ha llegado. Deja el bastón reclinado en la barandilla. Intenta mantener el equilibrio mientras saca cada prenda de la palangana. Sigue respirando con dificultad. La mañana ha amanecido muy fría en esta pequeña ciudad del interior del país, donde ya no se ven niños y los viejos son mayoría.

A mitad de tender la ropa, la mujer oye una voz procedente del interior de la vivienda. En ese momento su cara adquiere un rictus desagradable, como si esa voz familiar le hubiese comunicado una noticia inoportuna. O tal vez su rostro contrariado se deba al enojo por interrumpirle la tarea que tanto le cuesta llevar a cabo. La mujer se gira como puede y responde con gritos inaudibles, y luego continúa tendiendo. Del interior de la casa no vuelve a llegar ninguna voz. Cuando está a punto de vaciar la palangana, la anciana ve acercarse una paloma. Sin pensárselo coge el bastón e intenta golpearla. (Odia las palomas: la barandilla y el pavimento de la terraza están llenos de sus cagadas.) La paloma, más ágil que la vieja, que además apenas ve, esquiva el bastonazo. La mujer da un traspiés y acaba en el suelo. Comienza a gritar para que alguien le ayude; no puede levantarse. La paloma revolotea sobre su cabeza. Al caerse se le ha desprendido la peluca rubia, y un cristal de las gafas se ha roto. El animal picotea la peluca como si se tratara de su desayuno. Desesperada, la vieja sigue gritando mientras se duele de la rodilla derecha que tal vez se haya fracturado con la caída. Un hombre de su edad, probablemente el marido, sale a la terraza y corre en su ayuda cuando la ve tendida en el suelo. Ella ha dejado de gritar, ahora sólo llora como una niña desconsolada. El marido la levanta del suelo con cuidado. Ya en pie, se coloca la peluca. Dedica unos segundos a ajustársela, avergonzándose de su estado, y luego se limpia las lágrimas con un pañuelo del marido. Después de colocarle las gafas rotas, él le ofrece su hombro derecho para regresar al interior de la casa, pero ella lo rechaza con gestos de desaprobación, como si lo culpase de este contratiempo. El marido, sin mostrar sorpresa por el desaire de la mujer, se marcha, sin embargo, cabizbajo. Bajo un cielo azul huérfano de nubes, ella acaba de tender la ropa. Después se asoma a la calle en la que apenas circulan coches a estas horas de la mañana.

Carmina ha presenciado la escena desde el edificio de enfrente. Asomada a la calle, protegida por los barrotes de la barandilla, ha seguido los pasos y la posterior caída de la anciana sin moverse. Todavía lleva blancos los bigotes del desayuno. Cuando la mujer desaparece, Carmina se tumba boca arriba, buscando los rayos del sol, y cierra los ojos. Quiere dormir de nuevo pero no lo consigue. Bosteza y se limpia los restos de la leche con las patas. Se levanta nerviosa y vuelve a recorrer toda la terraza, de un lado a otro, parándose a olisquear los rincones. Otra vez se asoma a la barandilla: la anciana no aparece. Cansada de estar en la terraza, entra en el salón y se acurruca en el sofá. La habitación está en silencio. Emite un breve maullido y ahora sí consigue dormirse.

Al cabo de unos minutos unos pasos se acercan al salón. Son los pasos de un profesor jubilado, que viste modestamente, con un jersey gris de cuello de cisne y unos pantalones marrones de pana. Al ver dormida a la gata, evita hacer ruido para no despertarla. Coge un libro de una estantería, que resulta ser la Ilíada, y lo abre al azar. Es el pasaje en que Aquiles y Héctor se enfrentan en el combate decisivo del poema. Pese a ser un valeroso guerrero, admirado por su amor a su familia y a su patria Troya, Héctor es consciente de su inferioridad respecto a Aquiles, el de los pies ligeros. Tiene el presentimiento de su muerte. Homero narra, en unos versos hermosos e imposibles de olvidar, la lucha encarnizada entre los dos y la muerte del héroe troyano, así como la posterior venganza de Aquiles, necesitado del amor de Patroclo. Llevado por su cólera, el divino Aquiles ata los tobillos de Héctor a su carro y lo arrastra hasta las naves de los aqueos, ante el júbilo de los suyos y el horror de los troyanos que han presenciado el combate detrás de las murallas.

El viejo profesor, acercando sus ojos miopes al papel, sigue leyendo hasta llegar a sus versos favoritos, aquellos que cuentan el encuentro entre el rey Príamo, padre de Héctor, y el héroe de los aqueos. Príamo, disfrazado para no ser reconocido, accede a la tienda de campaña de Aquiles. Este, tras conocer la identidad de su invitado, le escucha con atención. Príamo le suplica que le entregue el cadáver de su hijo para organizarle unas honras fúnebres acordes con la importancia de haber sido príncipe de Troya. Aquiles, que al arrastrar el cuerpo sin vida de Héctor se había comportado con la crueldad que le caracterizaba, siente compasión por un hombre embargado por la pena, a quien su corona de nada le sirve para soportar la muerte de su heredero; él, Príamo, cabeza de una dinastía legendaria, sólo es ahora un padre que llora la muerte de un hijo que nunca verá la vejez. Y lejos de allí le lloran también su madre Hécuba y su esposa Andrómaca, que queda viuda a cargo de su hijo Astianacte.

Al releer estos versos, siente la misma emoción que cuando, siendo un joven seminarista, los descubrió de la mano de su profesor de griego. Una y otra vez ha vuelto a ellos sin perder la primera fascinación que le causó haber descubierto un tesoro que le había permanecido oculto. Homero, Hesiodo, Virgilio, Ovidio, Horacio y tantos otros clásicos con los que había crecido se habían ganado el derecho de pertenecer a su familia. No sabía vivir sin ellos porque en sus lecturas había encontrado la calma y el consuelo para suavizar los infortunios de la vida; también en ellos había una guía para conducirse en un mundo hostil y extraño en el que la huella de aquellos varones ilustres había sido borrada por el progreso. El hombre acaricia el lomo y las tapas duras del libro, forradas con cuero negro, como si se tratara de un trofeo conquistado después de vivir tantas batallas como Ulises, y que nunca dejaría que nadie se lo arrebatase.

Como cada martes le ha tocado leer un clásico antes de comenzar su jornada de trabajo. Los martes, jueves y sábado dedica una hora de la mañana a leer a un autor griego o latino. El resto de la semana la reserva a la lectura de las Sagradas Escrituras. No sabría decir qué le produce más placer o gozo, si leer a Tucídides o el Evangelio de San Juan. Para él nunca representó una contradicción amar a los clásicos griegos y romanos, con sus historias de dioses lascivos e incestuosos y héroes iracundos y fornicadores, y entregarse, con la misma devoción, al estudio y la interpretación de la Biblia. Hasta su jubilación había compaginado su trabajo de profesor de lenguas clásicas con la administración de una pequeña parroquia.

En una de las esquinas del escritorio permanecen amontonadas cartas sin abrir. Todas tienen el mismo remite y han llegado en los últimos meses. No las ha abierto ni las abrirá; pero no se atreve a tirarlas. Se ha acostumbrado a esperar la visita del cartero, a firmarle las veces que le dice y dónde le dice, a tomar la carta con precaución, darle las gracias, cerrar la puerta y dejarla sobre otras que han corrido la misma suerte.   

Mira su reloj de pulsera: queda una hora para celebrar la única misa del día. De un cajón extrae unas cuartillas. En ellas ha escrito las notas para el sermón de esta mañana. Rara vez hace tachones; pero sólo él es capaz de entender su letra, y no siempre, porque su caligrafía es ilegible. Desde hace cuarenta años, cuando lo nombraron párroco, tiene la costumbre de leer por la noche el Evangelio que comentará al día siguiente. Antes de acostarse toma unas notas que le servirán para la homilía. Se piensa cada palabra; se levanta y consulta un libro de teología o de historia, vuelve a sentarse y sigue escribiendo; intenta buscar relación entre las enseñanzas de Jesús y su mundo, y cuando cree que ya no puede mejorarlo lo deja y se acuesta. Siempre pone el mismo empeño en prepararse el sermón; no es como otros de sus colegas que improvisan echando mano de lugares comunes. Él ama las cosas bien hechas; por eso cuida al detalle cada ceremonia en la iglesia, la que siente como su casa. No le gusta improvisar. Actor aficionado en su juventud, creía que la liturgia era una pieza teatral con final feliz: la resurrección de Cristo. Al principio se sentía como un comediante (en el mejor sentido de la palabra) que salía a un escenario para buscar el aplauso del público. En sus primeras celebraciones tuvo que luchar contra su timidez. Hablar ante sus feligreses le imponía. Pero aprendió, poco a poco, a vencer los nervios hasta convertirse en un aceptable orador. Entonces venían de otras iglesias a escucharle porque se había corrido la voz que era un cura diferente y divertido, que sentía lo que decía, a diferencia de otros sacerdotes que ejercían su magisterio como funcionarios. En aquellos años, cuando la iglesia se llenaba cada domingo de familias numerosas, y estaba solo para oficiar hasta cuatro misas, disfrutaba escuchando el tono y el timbre de su voz ante cientos de personas. Llegó a pensar si aquello no era una forma oculta de narcisismo de la que debía arrepentirse y confesarse. Aquellos tiempos, sin embargo, no eran los de hoy, cuando su público se reducía, según sus cálculos generosos, a un puñado de ancianos y a un muchacho atolondrado que, después de una adolescencia problemática que le había llevado a cometer pequeños delitos, quería ordenarse sacerdote y no sabía dónde ni cómo porque la mayoría de seminarios habían cerrado por falta de vocaciones. Para él era triste celebrar una misa en un templo casi vacío, ante personas que dormitaban, ajenas por completo al sermón que con tanto interés había preparado la noche anterior.

Ahora relee las notas y subraya las ideas que considera importantes sobre uno de los pasajes más conocidos del Evangelio de San Marcos, el del joven rico. Lo tiene entre sus preferidos. Nacido en una familia de orígenes modestos, con un padre que se había ganado el jornal como albañil y nunca había escondido sus ideas anticlericales (y que por esa razón no había comprendido ni aceptado la repentina vocación sacerdotal de su hijo), el viejo profesor había simpatizado con ideas izquierdistas en la juventud. Su ideología, de la que nunca hacía gala, había sido advertida por sus superiores, que la veían con recelo. No fue necesario amonestarle porque era prudente en sus manifestaciones. Sin embargo, el encuentro de Jesús con el joven rico le predisponía a hablar, ante sus feligreses, de las inaceptables diferencias entre los poderosos y los humildes, del lujo de los ricos a costa de la miseria de los pobres y de cómo la riqueza era un impedimento para ser un buen cristiano. Les recordaba que, como el joven rico que decepcionó a Jesús porque no quiso renunciar a sus bienes para seguirle, había otros muchos poderosos que decían cumplir con los Evangelios pero en realidad eran hipócritas porque sus actos nunca estaban a la altura de sus palabras.

Cuando acaba de retocar las notas se vuelve buscando a Carmina, que ha despertado y corretea de un lado a otro del salón. Él la llama para que acuda a sentarse en su regazo pero ella, por costumbre, se hace la remolona; le gusta seducir a quien es su dueño desde que la recogió, hace ya cinco años, de un contenedor de basura cuando estaba a punto de morirse de frío y hambre. Carmina es cariñosa, sociable, muy juguetona. Entre los dos hubo un flechazo de amor desde el primer día. Él la llama por su nombre y ella se resiste, como si se tratara del cortejo galante entre un hombre y una mujer. Carmina es una gata coqueta, con un pelo blanco salpicado de manchas marrones y negras. Sus ojos son verdes y encantadores. Le gusta dormir junto a su dueño, acurrucándose a sus pies, y de ahí no se mueve en toda la noche. Si hay algo que le aterra es el agua, y él sufre para bañarla pero ella se escapa del barreño con facilidad y rara vez se deja embaucar por los cumplidos melosos de su galán.  

El hombre insiste y le hace señas para que se acerque porque quiere jugar con ella, pero Carmina se le vuelve a resistir. Se esconde detrás del sofá. Se sube a una vieja televisión que lleva años apagada. Le encanta que la busquen y la persigan. Él, que la conoce bien, le sigue el juego arrodillándose primero y después andando a gatas. Carmina asoma la cabeza por el respaldo del sofá, le maúlla y ahora sí se deja querer. El hombre le responde con un maullido de felicidad. Cuando sus miradas están a solo un palmo, él le acerca los labios y la besa. Luego la abraza y comienza a mecerla como a un recién nacido. “Ay, mi Carmina, qué traviesilla es”, le susurra mientras se ríe para sus adentros. Nunca hubiera imaginado que se podía querer tanto a un animal. Él, que nunca había convivido con una mascota en casa, la quería como si fuese un miembro de la familia. En realidad su familia se había reducido a dos personas: él y Carmina. Hacía muchos años que sus padres habían muerto y su única hermana, casada con un farmacéutico del Norte, había dejado de hablarle tras el reparto de la herencia, de manera que Carmina se había convertido en su única compañía para sobrellevar la soledad. Por nada del mundo la querría perder. Hay noches en que despierta sobresaltado después de tener una pesadilla en la que atropella a Carmina y encuentra su cuerpo destrozado debajo de las ruedas, y siente temor, angustia, un miedo difícil de vencer.

Mientras piensa en el mucho amor que este animal le ofrece, suena el timbre de la casa. Se sorprende tras oírlo. No está acostumbrado a recibir visitas y menos a estas horas de la mañana. Se dirige intrigado a la puerta preguntándose por quién puede ser. Al abrirla ve a dos hombres vestidos de idéntica manera, con traje negro, camisa blanca y pajarita roja. La similitud de la ropa contrasta con la diferencia de edad y estatura. Uno de ellos, alto y corpulento, se diría que hasta atractivo, aparenta cuarenta años y tiene una sonrisa forzada, mientras el otro, que parece todavía un adolescente, poco agraciado y de aspecto taciturno, no alcanzará los veinte.

—Buenos días, disculpe que le molestemos a estas horas —se excusa el de mayor edad—. Me llamo Winston de la Cuadra y este es mi colaborador, Benjamín Criado. ¿Es usted don Jesús Fernández?
—Sí, soy yo, ¿a qué se debe su visita?
—Soy el director del departamento jurídico de Peace and Love Company —dice Winston—. Como sabrá, somos la principal promotora de centros de bienestar emocional en la región. Benjamín ha venido a ayudarme. ¿Le importa que pasemos?
—Adelante, pero les advierto de que no dispongo de mucho tiempo para atenderles.
—Sabemos que tiene que marcharse a celebrar su misa diaria —responde el abogado.

El sacerdote les mira sorprendido por lo que acaba de escuchar. “¿Cómo lo han podido averiguar?”, piensa.

—No se extrañe de lo que le acabo de decir —añade—. Nuestra obligación es saberlo todo de usted. ¿Le importa que mi ayudante grabe la conversación? Es para evitar malentendidos.

Antes de que el viejo profesor responda, está ya siendo grabado. El abogado se sienta en el sofá y extrae de su cartera las hojas de un contrato.

—Hemos intentado ponernos en contacto con usted varias veces, pero no ha contestado a nuestras cartas —se lamenta.

Jesús, con el rostro contrariado, no da crédito a que dos extraños hayan invadido su intimidad y se hayan hecho dueños de la situación.

—¿A qué han venido? —es la breve respuesta que es capaz de articular.
—Usted lo sabe bien —responde Winston—; no es necesario que se lo expliquemos. Venimos a buscar su conformidad para que abandone la iglesia de la que sigue siendo párroco.
—Eso no es posible; esa es mi casa y no pienso marcharme de ella.
—Su casa es esta en la que vive —ironiza el abogado—; no una iglesia que se está cayendo a pedazos y que nadie se molesta en visitar.
—Eso es mentira, y lo sabe; está faltando a la verdad. ¡Claro que hay gente que va a mi iglesia!
—Quien falta a la verdad es usted, don Jesús —insiste Winston—. Desde hace meses grabamos las entradas y salidas a su iglesia, y ni una sola persona se ha acercado a oír misa en este periodo.

Jesús, avergonzado, baja la cabeza como si su secreto más íntimo hubiera quedado al descubierto. Cuando vuelve a levantar la vista tropieza con la mirada fija del abogado. Carmina, que parece entender el sentido de la conversación, se ha acercado a su dueño a lamerle las puntas de sus zapatos. Al final Jesús rompe el silencio.

—Es una situación pasajera; ya he vivido otras parecidas. Los feligreses van y vienen, como todo en la vida.
—Los feligreses, como así los llama, no volverán —continúa Winston—. Nadie cree en Dios, nadie lo necesita. Eso son cosas del pasado. Sus jefes han sido los primeros en entenderlo y aceptarlo. Y usted, que les debe obediencia, ha rehusado entrevistarse con el obispo de su diócesis para que le explicase el acuerdo que hemos alcanzado con él.
—No me importan los tratos a los que hayan llegado. Mi deber como sacerdote es seguir al frente de la parroquia.
—No nos lo ponga más difícil —insiste el abogado—. No tiene el apoyo de nadie. Sus superiores le han dado la espalda y los pocos creyentes que conservaba se le han ido muriendo. No queda ninguna iglesia abierta en la ciudad, salvo la suya. Todas han cerrado por falta de fieles. Está usted completamente solo.

El sacerdote, dando muestras de nerviosismo, rebusca en uno de los bolsillos del pantalón y encuentra una imagen de la Virgen. Se la regaló su madre por su primera comunión. La aprieta con fuerza. Desde entonces nunca le ha abandonado, ni en los peores momentos como cuando una noche perdió a su primera y única novia en un accidente de tráfico cuando los dos volvían de las fiestas de un pueblo cercano a la ciudad.

—No les cederé la iglesia —dice mientras la medalla de la Virgen se pierde en su puño, y él busca en ella la fuerza que le falta.
—Deja de grabar, Benjamín. Con esto ya hemos tenido suficiente —le indica Winston.

Sin que su voz se haya oído desde que entró en la casa, Benjamín obedece la orden de su jefe y se cuelga la cámara al hombro.

—Creíamos, don Jesús, que al final se impondría la sensatez en el contencioso que nos enfrenta y que acabaría dándonos la razón para evitar males mayores. La empresa a la que represento es siempre partidaria del acuerdo en situaciones como esta. Incluso veníamos con una oferta para usted —continúa el abogado—; queríamos ofrecerle una pequeña participación en la sociedad que gestionará el centro de bienestar emocional que se levantará en el solar donde se encuentra la iglesia.
—¡Por quién me han tomado! ¿Creen que soy un imbécil, alguien que se puede comprar con unas monedas?, responde, airado, Jesús, levantando el puño derecho con intención de golpear a Winston.

El abogado, dando un paso atrás, se sorprende de la reacción del cura, que ha perdido los nervios.

—Cálmese —le dice—; está demasiado nervioso. No creo conveniente ni útil que mi colaborador y yo sigamos un minuto más en esta casa. Todo lo que teníamos que decirle se lo hemos dicho. Hemos cumplido con nuestra obligación al ofrecerle una salida pactada y, al ver rechazada esta última oportunidad de acuerdo, usted será el único responsable de lo que sucederá.
—Déjenme en paz, quiero quedarme a solas con mi gata. He perdido demasiado tiempo con ustedes, señores de la Cuadra y Criado. Que tengan un buen día.
—Y usted también, don Jesús. No obstante, le anticipo que esta mañana nos dirigiremos al juzgado para solicitar el cierre y el cambio de titularidad de su iglesia como paso previo a su demolición. Puede recurrir la decisión pero le advierto de que le costará dinero y que la justicia, en casos similares como el suyo, nos ha dado la razón.

El abogado y su ayudante se marchan cuchicheando sin que el cura pueda descifrar lo que dicen. Con su marcha la casa se ha quedado de nuevo en silencio. Agotado por la tensión de la conversación, se desploma, como un saco triste de arena, en el sofá. Carmina salta sobre sus rodillas. La acaricia y al tiempo se avergüenza de que lo vea llorando. La gata le lame sus manos llenas de arrugas y manchas. Tiene sed y se siente viejo. Ahora recuerda a su madre cuando lo consolaba, después de regresar del colegio, porque unos compañeros le habían pegado en el patio. El recuerdo de la madre le alivia el dolor. El reloj ha marcado las diez. A esta hora debería de estar delante del altar oficiando la misa. Es la primera vez que falta a su deber con sus fieles. ¿Y si el joven que quiere ordenarse ha aparecido y se ha encontrado la iglesia cerrada? ¿Qué habrá pensado de él? ¿Se perderá su vocación? Y algo peor: ¿qué habrá pensado Cristo de haber faltado a sus obligaciones como sacerdote? ¿Se sentirá traicionado por su comportamiento? El cura se hace estas preguntas en un estado de zozobra. La última es para la gata, que ha dejado de maullar, y está tan taciturna como su amo. 

— Carmina, ¿tú crees en Dios o piensas como ellos? Dime que crees en Dios y que no estoy equivocado, que esta vida que he llevado desde aquella terrible noche ha tenido sentido. Dímelo, por favor, porque si tú tampoco crees en Dios, si Dios no existe y es sólo fruto de mi imaginación, ellos habrán ganado y mi fe, una fe que tiene los pies de barro, te lo aseguro, no habrá servido de nada.

La coqueta Carmina permanece en silencio, sin aparente interés por contestar. No bien acaba de hablar su dueño, salta del sofá, maúlla en señal de despedida y se marcha sigilosamente del salón dejando al cura con sus cavilaciones.