domingo, 21 de julio de 2019

Déjalo que sangre


A la memoria de los españoles asesinados en nuestra última guerra civil

El muerto tiene cara de pocos amigos, como de no haber dormido en toda la noche. Los muertos no saben disimular el enfado cuando se les escapa la vida. Este muerto, espatarrado y tendido en el suelo, este muerto ciertamente ridículo, no tiene nada de particular. En una guerra la gente se mata sin avisar. El muerto no eligió estar muerto. Hace una hora, o dos a lo sumo, estaba vivo, era un hombre más, con sus miedos e ilusiones, pero la metralla de una bomba le alcanzó cuando corría para ponerse a cubierto en un refugio oculto debajo de una fuente. Tuvo mala suerte, la mala suerte de los muertos. Si hubiese sido más rápido, ahora estaría en casa, a salvo de los ataques de la aviación enemiga.

La plaza en la que el muerto yace tumbado en el suelo está vacía. Se ha puesto de un color amarillo y desagradable. Su cabeza despeinada descansa sobre un charco de sangre. Los ojos permanecen abiertos y esperan a ser cerrados, pero nadie aparece. La mandíbula, desencajada, deja ver que la faltan varias piezas en la dentadura. El muerto permanece boca abajo, con el sombrero calado. En la carrera hacia el refugio perdió un zapato. Tiene el pantalón caído. Si hubiera sido avisado con tiempo, se hubiera preparado para morir con otra cara, incluso con elegancia, con la elegancia que le otorga su modesta condición de asalariado, y no así, muerto de la peor de las maneras, hecho un desastre, sin el traje de los domingos y con barba de dos días.

El muerto sigue desangrándose y continúa sin aparecer nadie por la plaza.

El silencio lo rompe el ladrido de un perro. Es un perro canijo que avanza dando saltitos mientras menea la cola. El animal no tiene un plan fijo. Se para y mira a un lado y a otro. Vuelve a dar unos pasos y vuelve a pararse. El perro ya ha visto al muerto tendido frente a la entrada principal del ayuntamiento. El muerto sigue sin dar señales de vida. El charco de sangre se ha hecho más grande. El perro merodea sin atreverse a acercarse al cadáver. Sus titubeos hacen pensar que es el primer muerto que ve en su vida. Agita la cola, prueba evidente de su nerviosismo, y ladra para que lo oigan y alguien baje a la plaza porque el perro, frente a un muerto del que lo desconoce todo, se siente muy solo.

Después de mucho pensárselo, el perro pierde el miedo y se acerca. Deja de ladrar y se limita a oler el cuerpo inerte. Primero huele los pies, uno de ellos descalzo, por la pérdida del zapato. Luego sube a las piernas, al bajo vientre, al pecho y por fin a la cabeza, de la que emana un hilillo de sangre de una herida que el hombre se hizo al caer al suelo, alcanzado por la metralla.

El perro ha comenzado a lamer la cabeza ensangrentada. Con los dientes tira de las mangas de la camisa, como si quisiera desnudarlo por completo para lamer el cuerpo entero. El perro se alegra de haber vencido el miedo y timidez. Se está dando un festín con el muerto que —conviene insistir en ello— hace sólo dos horas era un dependiente de comercio que regresaba a casa para comer. Con las ventanas y la puerta atrancadas por miedo a los enemigos (¡y vaya usted a saber quiénes son los enemigos a estas alturas de la guerra!), la esposa se impacienta, pero oculta los nervios para no inquietar a sus dos hijos, de dos y seis años, que ignoran haber adquirido la triste condición de huérfanos de guerra. Como ellos, y sin que esto sirva de consuelo, miles y miles de niños han perdido a sus padres, o a sus madres, o a sus hermanos y abuelos, o a tíos y primos en algún lance desafortunado de esta guerra, origen de tantos males y quebrantos.  

Al ser un perro pequeño, además de raquítico, porque en la guerra los perros y los humanos comparten el destino de estar mal alimentados, carece de fuerzas para arrastrar al muerto. El perro se cansa de tirar de las mangas de la camisa sin que haya variado la posición del cuerpo. Cansado de sus esfuerzos sin recompensa, el animal se aleja de la misma manera que llegó, dando saltitos y meneando la cabeza a un lado y a otro. Su figura enclenque se pierde por una de las calles que van a dar a la plaza, que sigue desierta y sin un palmo de sombra porque no hay árboles.

El sol de estos primeros días de marzo calienta con tibieza, sin fuerza.

Hace días que no llueve. El invierno ha sido muy seco. No vendría mal algo de lluvia para el campo. Pero no hay una nube en el cielo. Hoy, como ayer, tampoco lloverá. A madre le gusta la lluvia; a padre no. Se irrita cuando ve caer unas gotas, pero nunca le da por coger un paraguas. Prefiere mojarse. No será la primera vez que ha vuelto empapado a casa y que madre le ha regañado por mojar el suelo.

Padre ha envejecido estos tres años. No es el mismo de antes de la guerra. Todos han cambiado, y lo han hecho a peor. Hasta el tío Luis, que no dejaba de hacer bromas a costa de lo que fuese, se ha convertido en un hombre triste y taciturno. Quién lo diría. Nadie es como antes. La guerra les ha pasado por encima de sus cabezas y de sus conciencias.

Desde que el alcalde huyó, hoy hace dos semanas, padre no se ha atrevido a salir a la calle. Ni siquiera cuando oímos las sirenas para que vayamos al refugio. Prematuramente envejecido, deambula como un fantasma por casa sin reparar en su mujer y en sus hijos. Ahora bebe un vaso de vino tinto. Ha sido una sorpresa para todos cuando madre ha colocado la botella sobre la mesa camilla. ¿Dónde la pudo esconder en estos tiempos en que falta de todo? Padre bebe a sorbitos, como si temiese consumir la ultima botella antes de que acabe la guerra. Padre chasquea la lengua y, a juzgar por sus gestos, no parece que le agrade el tinto, pero no dice nada porque no estamos para exigir. Su mirada perdida se fija en el retrato del presidente. Sus ojos miopes, reforzados por una papada enorme, nos miran a todos desde lo alto de la pared. Como el alcalde, él también ha huido a Francia. Junto a la fotografía hay colgado un calendario con la bandera tricolor y, de fondo, una heroína republicana con gorro frigio. Alguien de la familia ha tachado los días de la primera semana de marzo.

Quiero romper el silencio y decirle a padre y a madre, que lleva todo el día acostada por sus dolores de migraña, que hay un hombre muerto en la plaza. Tiene la cabeza y el pecho ensangrentados. Siempre hay gente a la que no le da tiempo a alcanzar el refugio. La metralla de las bombas les destroza. Al comienzo de la guerra, cuando se sucedieron los primeros bombardeos, madres nos decía, a mis hermanos y a mí, que corriésemos escaleras abajo con lo que llevásemos puesto, que no se nos ocurriera vestirnos porque el enemigo era más rápido que nosotros. Hubo noches de invierno en que bajamos en pijama al refugio, y nos tuvieron que prestar unas mantas porque nos helábamos de frío.

—Padre, asómese al balcón —le digo para que vea al muerto, pero padre sigue  sumido en unos pensamientos que no saldrán de su boca, como si no quisiera asustarnos con lo que se le pasa por la cabeza. Padre no atiende mis palabras.

Oigo cómo mi hermano pequeño le pide agua a mi madre, y ella le contesta que enseguida irá a la cocina y le llenará el vaso. La voz dulce de mi madre es la de una mujer cansada. Mi hermano lee un cuento, en realidad lo relee, lo habrá leído cientos de veces este cuento del dragón y la princesa que acaban enamorándose. El dragón se convierte al finalen un joven hermoso que conquista a la princesa. El cuento se lo regaló aquel maestro que acabó marchándose a Valencia al comienzo de la guerra porque allí, decían, se vivía mejor y no se pasaba tanto hambre como aquí, pero eso fue al principio, cuando el gobierno, huyendo de Madrid, se trasladó a Valencia. Luego todo fue de mal en peor. ¿Qué habrá sido de don Mauricio? Era buena persona aquel hombre; le gustaba vestir bien para ser un maestro, con su traje color crema, su corbata negra y la cabeza coronada por un sombrero hongo, y aquellos botines negros que llevaba siempre tan bien lustrados. Le querían mucho los niños a don Mauricio, pero no despertaba el mismo aprecio de algunos padres, disgustados con lo que se decía de él: las malas lenguas sostenían que era masón y homosexual.

Mis hermanos ya no van a la escuela. Tal como están las cosas, madre no quiere que salgan a la calle. Ellos se aburren de estar en casa. Todos tenemos la sensación de vivir encerrados en una cárcel, pero lo preferimos a estar en la calle, a merced de algún francotirador al servicio del enemigo.

—¿Cuándo llegarán esos cabrones? —pregunta mi padre sin dejar de mirar el retrato del presidente.

El ejército enemigo, en su ofensiva final, está a las puertas de la ciudad. Será cuestión de horas o, como mucho de un día, que entren. Quedan pocos soldados defendiéndonos. Primero huyeron los oficiales y los suboficiales, y después lo ha hecho la tropa. Se han marchado a Alicante, que aún no ha caído en manos de los facciosos, pero no tardará.

Vivimos en una ciudad abandonada que, después de tanta lucha inútil, desea que llegue el final, sea cual sea. La espera está acabando con nosotros. No queda comida, la luz está restringida, los enfermos se mueren en sus casas porque no hay quien los cure, y la esperanza en ganar la guerra se ha esfumado. Hasta los más convencidos, aquellos que hasta hace poco insistían en que la guerra no estaba perdida y confiaban en una intervención extranjera, admiten la derrota.

Todo se ha perdido, y lo peor está por llegar. Se cuentan atrocidades de lo que los fascistas, con la ayuda de los moros, han hecho tras sus conquistas: ejecuciones sumarísimas, violencias y encarcelamientos masivos.

—¿Cuándo llegarán esos cabrones de una vez? —me hago la misma pregunta que padre. ¿Por qué no entran ya y acaba esta pesadilla? Los que decían que lucharían hasta el final, todos los jefecillos políticos y militares que llegaron a la ciudad dando discursos para mantener alta la moral de las tropas, toda esa gente ha huido. Nos han abandonado dejándonos a los pies del enemigo. Nos han traicionado. Pagamos los de siempre, los que no podemos coger un avión para marchar a Francia o Inglaterra. Pagaremos mi padre, alguacil del ayuntamiento que se vio obligado, lo quisiera o no, a trabajar al servicio de un alcalde socialista. Lo pagará madre, que cada día que pasa se encuentra peor de sus pulmones; lo pagaran mis dos hermanos pequeños que, debido a su corta edad, ignoran lo que está pasando. Y lo pagaré yo, un adolescente de 17 años que ha estado a punto de ser llamado a filas. El final inminente de la guerra lo ha impedido. Nuestra derrota inminente será, paradójicamente, una pequeña victoria para mí.

Ahí sigue el muerto ahogado en su charco de sangre seca. La plaza permanece desierta. El sol se ha ocultado en el tramo final de la tarde. Pronto nos iremos quedando a oscuras, como cada noche. Y nos buscaremos a tientas, como fantasmas que tienen un trato familiar. Tampoco nos quedan velas. La última se consumió hace dos días. Mis hermanos se asustan con la oscuridad. Cada noche, cuando se hace la oscuridad, empiezan a llorar hasta que mi madre se los lleva a la cama en la que duermen juntos y les canta una nana. Entonces dejan de llorar, y el dormitorio se queda en silencio. Los pasos ligeros de mi madre saliendo del dormitorio me dicen que ya se han dormido.

Al fondo de la casa se oyen las toses de madre. Si alguien las oyera por primera vez temería por su vida. Nosotros estamos acostumbrados a sus ataques de tos, que la dejan exhausta. Antes de la guerra, cuando comíamos como es debido, vomitaba la comida. Hoy apenas vomita porque, salvo lentejas, no tenemos nada que llevarnos a la boca. Padre se gastó el poco dinero que tenía en llevarla a médicos de pago, y cada uno nos daba un diagnóstico y un tratamiento diferentes. Al principio confiábamos en que se curaría de la enfermedad (lo más probable es que tenga asma), pero la fe la hemos ido perdiendo, ella la primera, a medida que pasaron los años sin que ningún medicamento que le hiciese efecto. Ella parece resignada a convivir con sus ataques, y para no hacernos sufrir se esconde en la despensa y cierra la puerta para que no oigamos cómo se ahoga. Padre sufre con la situación. Es fumador y lo pasa mal cuando se lía un pitillo porque sabe que al cabo de unos minutos madre comenzará a toser por el humo. Hoy lo ha vuelto a hacer; se ha liado uno de los últimos cigarrillos que le quedan para sobrellevar los nervios y el miedo. Padre ha cambiado mucho desde que empezó la guerra; creo que ya lo he dicho. No queda nada del hombretón alegre que yo conocí cuando era niño. Su pelo se ha encanecido y el humor se le ha amargado. No deja de hacerle reproches a madre, reprimendas que no vienen al caso.

Padre ha apagado el cigarrillo en un cenicero que lleva grabado el escudo de la ciudad. Juega con la cajetilla que hay en la mesa camilla. En la mano derecha sujeta la caja de cerillas y con la izquierda otro cigarrillo. Me gustaría decirle que no lo hiciese por respeto a mi madre. Pero no me atrevo porque mi padre me impone respeto. Ahora parece que ha leído mi pensamiento porque, después de encenderse el pitillo, se levanta y se asoma al balcón.  

—¿No es ese Manuel, el hijo del de La Labradora? —le oigo decir mientras me da la espalda, cuando estoy leyendo un periódico atrasado que pronostica la pronta victoria de nuestras tropas heroicas contra el enemigo.

Sí, ese es Manuel, el segundo hijo del dueño de una tienda de comestibles (al primero lo mataron en el frente). Vestido con su mono de miliciano, está besándose con una mujer en un balcón del hotel Almirante, situado enfrente del ayuntamiento. La cara de esa joven también me resulta familiar; en esta ciudad pequeña todos nos conocemos. Mi memoria intenta ubicarla pero sin conseguirlo. Se siguen besando en esta plaza desierta en la que mi padre y yo somos los únicos espectadores. La ciudad se va despidiendo poco a poco de la luz. Manuel debe de tener veinte años; ella es más joven. También es miliciana. Es extraño que los dos hayan ocupado una habitación del mejor hotel de la ciudad. Hace una semana allí se alojaban los oficiales de nuestro ejército, pero se marcharon cuando llegaron noticias de que el enemigo se acercaba. El hotel quedó abandonado y vacío. No les habrá sido difícil entrar y buscar la mejor habitación para estar juntos.

Mi padre sigue fumando. De cuando en cuando le tiembla la mano derecha con la que sujeta el cigarrillo. Suda. No me habla porque, al igual que yo, intenta descifrar quién es la muchacha que acompaña a Manuel. Se ríen como dos chiquillos. No se puede oír lo que dicen porque estamos demasiado lejos. No llevan fusiles colgados al hombro. Manuel entra en la habitación y sale, moviéndose como un bailarín de charlestón, con dos copas y una botella que parece de champán. ¡Una botella de champán! ¿De dónde la habrán sacado? ¿De algún oficial de alta graduación que se la dejó olvidada en la huida? Bebe de su copa y luego se la ofrece a ella. Vuelve a beber él. Se vuelven a besar. Nadie diría que estamos en guerra. Parecen felices, y yo, en mis circunstancias, los envidio.  

—Esos dos muchachos están locos —por fin rompe padre el silencio.
—¿Por qué, padre?
—Porque deberían haber huido como el resto. ¿A qué esperan para irse?
—Tal vez no tengan adonde ir, o piensen que no han hecho nada ser castigados.

Lo digo sin convencimiento porque los dos sabemos que no habrá clemencia para esos dos jóvenes. En cuanto llegue el enemigo, serán de los primeros en ser detenidos. Algunos milicianos asesinaron a gente inocente al comienzo de la guerra. Las familias de los ejecutados en los paseos los denunciarán. Es lo que se cuenta que ha sucedido en otras ciudades que han caído en manos del enemigo.

Por fin han reparado en nuestra presencia. Se sienten observados. Por eso ya no se besan. Con un mohín de asco, padre ha lanzado el pitillo a la calle. Están hablando y seguramente será de nosotros. Ella me saluda con la mano y yo voy responderle pero padre me sujeta el brazo. Manuel me conoce desde que éramos niños; hemos jugado muchas veces juntos. Nuestras familias se trataban pero no eran amigas. El trato se enfrió con la guerra, que lo ha podrido todo. Madre intentaba evitar a la familia de Manuel cuando caminaba por la calle Mayor, donde tienen la tienda. Se decía que le habían robado las joyas y el dinero a un abogado que ejecutaron en las tapias del cementerio. Entonces eran frecuentes los casos de pillaje. La guerra ha servido para los ajustes de cuentas entre familias que se odiaban. Madre, que sigue rezando a escondidas desde que dejamos de ir a misa, se alarmó cuando los milicianos  asaltaron la Catedral. Lloró cuando se enteró de que habían quemado las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen de los Llanos. Pero madre se callaba por miedo a quedar señalada y comprometer a toda nuestra familia.

Esta maldita guerra nos está devorando por dentro, dejándonos sin una brizna de  cordura, convirtiéndonos en criaturas acechadas por el miedo y la impotencia. Todos encerrados en nuestras casas, a la espera de la llegada del enemigo al que tememos y deseamos y del que se espera que rindamos cuentas. 

—Se está haciendo tarde ­—dice padre— Mejor entramos a comer algo. Tus hermanos ya habrán cenado.

Madre recoge los platos de la mesa. Mis hermanos refunfuñan porque no quieren irse a la cama. Luisito se tira al suelo y comienza a berrear. Madre lo calma cogiéndolo en sus brazos y haciéndole carantoñas que arrancan sus risas, y los dos se pierden por el fondo de la casa. Mientras tanto, padre se ha servido otro vaso de vino. Aplasta el paquete de tabaco con la mano derecha. No puede ocultar su nerviosismo. Madre regresa y nos sirve una sopa aguada. Los fideos están contados. Padre mete la cuchara en el plato y sorbe con ruido, con ansiedad, como si esta fuera su última noche en libertad. Oímos el ladrido desesperado de un perro, su desesperación es la nuestra, la desesperación de una ciudad, de un país, de esta época en la que estamos condenados a existir. El perro ladra por todos nosotros, con el desgarro de mil perros, llora por los vecinos de esta ciudad, que pronto serán olvido.

—Madre, ¿usted no cena?
—No me apetece, hijo. Se me ha ido el hambre.

Su figura diminuta y delgada desaparece por el pasillo. Vuelve a toser. Si no fuera por ella, esta familia se hubiera ido al traste. En los peores momentos, puso la cordura y el coraje que le faltaron a padre. En esta casa las apariencias también engañan. Pese a su figura frágil y delicada, es más fuerte que él. Recuerdo cuando lo consolaba a escondidas, él llorando como un niño, avergonzado de que sus hijos le pudieran estar oyendo. Bajo esa aparente fragilidad hay una determinación para superar las circunstancias adversas. El único momento en que pareció perder el control y dejar de ser ella fue cuando, al poco del golpe de Estado, su hermano Antonio fue encarcelado por colaborar con los golpistas. Yo no sé si eso fue cierto. Mi tío siempre me ha caído bien, a pesar de sus ideas políticas. El día de mi cumpleaños nunca me faltaba un juguete de mi tío, fuese un caballón de cartón, una pelota o un libro de cuentos. Mi tío, amigo del bueno comer y del beber, iba siempre tan bien vestido, de traje y corbata, con el chaleco a punto de reventar. A él no le importaba estar gordo porque no se privaba de nada. Tenía dinero suficiente para comer todos los días en un restaurante. Era propietario de tierras hasta que en la guerra el gobierno se las expropió para entregársela a sus jornaleros. Cuando al tío lo metieron en la cárcel, madre creyó morirse. Estuve acostada dos días sin decir palabra. Le hablábamos pero no contestaba. Un médico, amigo de la familia, nos dijo que padecía una crisis nerviosa de la que se recuperaría. Y así fue. Luego fue la mujer resolutiva de siempre. Removió Roma con Santiago, utilizando todas las influencias que creía tener, que eran pocas dada nuestra condición de familia humilde, para que a mi tío no lo fusilasen, como habían hecho con otros. Le conmutaron la pena de muerte por cárcel indefinida. Ahí sigue, entre barrotes. Cada semana madre le manda, a través una prima suya socialista, comida. Al principio los milicianos no querían entregarle el cesto pero con el tiempo se fueron ablandando. En el canasto había siempre algo para ellos en prueba de agradecimiento por pasárselo a mi tío.

Por las noches escuchábamos los partes de guerra por la radio. Hace semanas que la radio no funciona. Y no hemos encontrado a nadie que nos la arregle. Teníamos curiosidad por el estado de nuestras tropas; hasta entonces nos resistíamos a perder la esperanza porque en la historia ha habido ejemplos de guerras que parecían perdidas y se habían ganado en el último momento. A esa esperanza nos agarrábamos hace meses. Puede que fuera una ilusión sin sentido, pero necesitábamos abrazarnos a ella para no desfallecer. Ahora es distinto, ahora sabemos que no hay la más mínima posibilidad de vencer.

—Me voy a la cama. Mañana será el día —así se despide padre de mí caminando, con pasos lentos, hacia el dormitorio.

Madre seca los platos de la cena. Permanecemos en silencio, en penumbra, con la única luz de una bombilla sucia.

Mañana será el día, lleva razón padre. El día que todos tememos. Intentaremos dormir esta noche porque no sabemos qué será de nosotros mañana. El enemigo espera a las afueras de la ciudad. Al alba los soldados tomarán posesión de esta plaza, una de las últimas que aún no han caído en sus manos, antes de que se decrete el final de la guerra. Mañana, sí, mañana será el día. Es mejor que la espera no se alargue más. Conocido el final, que por fuerza será trágico para todos, lo mejor es que lleguen cuanto antes.

Madre también se ha acostado. Me he quedado a oscuras. La luna ilumina el comedor. Todo sigue en calma. Extrañamente estoy tranquilo. Mis hermanos duermen;  padre está roncando y madre estará rezándole a algún santo. Cree todavía en milagros, y un milagro es lo que necesitamos. La oigo llorar.

Pero estamos vivos, todavía seguimos vivos, no como ese hombre que se está pudriendo en la plaza y que nadie en la ciudad ha tenido el valor y la compasión de recoger para darle sepultura.

Ese muerto, volvamos al muerto, ese muerto ha asumido su condición de tal, plenamente convencido de que está muerto y de que no hay marcha atrás. Sus dudas iniciales, que coincidieron con las primeras horas en las que estuvo sin vida, se han resuelto para bien. Es un muerto para toda la eternidad, lo cual no implica que le esté reservado un destino en el cielo o en el infierno. No; los muertos, en todo caso, no están para exigir. Su capacidad negociadora es nula. Están a lo que les manden. Este muerto, dependiente de comercio, como quedó dicho, no será una excepción. Ha muerto por nada y ha muerto por mala suerte. Ha fallecido en un país poblado de muertos y fantasmas, un país que nunca se ha sabido a aceptar, enemigo de la razón y proclive al fanatismo, cuya historia se ha forjado a base de garrotazos entre hermanos. Si el muerto hubiera sido inteligente habría emigrado a otro país en que sus habitantes conocen el significado de la palabra civilización. Pero no lo hizo y ahora es solo un espantajo que se consume a la tibia luz de la luna.      

viernes, 24 de mayo de 2019

Una moneda al aire


Amenazaba lluvia y Pepe el Tirantes temía que la mercancía se le mojase. Había dispuesto un plástico demasiado corto para tapar los periódicos de la mañana. Abril era el mes más lluvioso del año pero este había desbordado todos los pronósticos. En esta ciudad del interior no estaban acostumbrados a una lluvia de siete días. Hoy parecía que el tiempo tampoco daría una tregua. Las nubes, de un color gris pardusco, pronto descargarían el agua que anhelaban unos pocos, los agricultores de la comarca, para irritación de la mayoría de los habitantes de la ciudad, quienes, tras uno de los inviernos más fríos y duros que se recordaban, salían a la calle cada mañana con la ilusión de reconciliarse con el sol.

Mientras Pepe el Tirantes apilaba, en un rincón del quiosco, los periódicos no vendidos del día anterior, vio llegar, puntual como siempre, a don Cándido. Este andaba con pasitos cortos, tomando posesión de cada metro que pisaba, con temor a una caída que a sus años (pasaba de los setenta) sería definitiva. Se apoyaba en un paraguas negro, y con su mano izquierda y temblorosa saludó al quiosquero.

—Buenos días, don Cándido. Parece que hoy volverá a llover —dijo Pepe el Tirantes.
—Eso parece.

Don Cándido era hombre de pocas pero cuidadas palabras. Pulcro y discreto en el hablar, distante en el trato, nunca se le había conocido un mal gesto ni una palabra más alta que la otra. Su tono de voz era monocorde y bajo. Había que prestar atención para apreciar lo que decía. Los que le conocían se habían acostumbrado a su vocecilla atiplada que, al oírla por primera vez, provocaba risa. Como cada mañana, extrajo un ejemplar del fondo del montón, palpó el periódico antes de leerlo, un diario monárquico que había sido fundado por un aristócrata andaluz a principios de siglo. Luego se fijó en las noticias de la portada. La principal era la suspensión de la corrida del día anterior por el mal tiempo. Un suceso, el atropello de un ciego por un tranvía, y los preparativos de la Semana Santa eran las otras informaciones principales.

—¿Habrá corrida hoy, don Cándido? ¿Usted que cree?
—Pues tiene pinta de que no.
—A mi yerno le hace mucha ilusión ver a Antonio Bienvenida —continuó el quiosquero—.  Ha venido del pueblo con mi hija. Todo será que se tengan que volver de vacío.
—Quédate con el cambio, Pepe —se despidió don Cándido antes de doblar el periódico y colocárselo debajo del brazo.

El bar de Pascualín estaba a cien metros del quiosco de Pepe el Tirantes. Pascual, el padre de Pascualín, lo había abierto años después de la guerra, cuando la ciudad inventaba barrios para alojar a las familias que llegaban en busca de un porvenir. Gente que había huido de los días crueles del campo, de los años con malas cosechas, del hambre y de la desesperación, hombres dispuestos a trabajar a destajo en fábricas del extrarradio por miserables jornales.

El bar envejeció como su dueño, que lo dejó en manos del hijo, de quien no había podido sacar mejor provecho. Pascualín, a sus treinta y tantos años, era un joven noble pero incapaz de gobernar sus impulsos. Había sido un niño soñador. De adulto empezaba cada semana con un proyecto en la cabeza —abrir otro bar, hacerse representante de comercio, probar suerte en Europa tal vez—, pero los jueves se olvidaba de ello cayendo en el desánimo del que se recuperaba al lunes siguiente.

Hoy era lunes y Pascualín había despertado con otra ilusión: cerrar el bar para hacerse taxista. La ciudad seguía creciendo y mucha gente había dejado de pasar estrecheces y ganaba algo más de dinero —aunque no demasiado— en sus empleos.

La puerta del bar chirrió al abrirse. Don Cándido entró con su proverbial parsimonia y se sentó donde acostumbraba, en la mesa comía con su mujer los fines de semana, y ahora desayunaba cada mañana.

—Buenos días, don Cándido —le dijo servicial Pascualín—. Hoy tendremos otro día pasado por agua. ¡Esto parece Londres!

Don Cándido no conocía Londres; en realidad había viajado muy poco, y no por falta de dinero, pues su empleo de bancario durante 35 años le había permitido vivir con  holgura en un periodo de penurias, pero lo de viajar quedaba lejos de sus aspiraciones. Mercedes, su mujer, no era de su opinión pero, como en tantas otras cosas, se había acomodado al parecer del marido. Le hubiera gustado volver a Sevilla, donde estuvieron de viaje de novios, pero no logró convencerlo. Y podían haberlo hecho sin problemas. Carecían de las sujeciones de los matrimonios con hijos. Lo tenían todo a su favor para viajar de cuando en cuando, para pasar unos días en la costa levantina, donde ella tenía una prima, pero la pereza de don Cándido era, al fin, un muro imposible de derribar.

Pascualín le dejó el desayuno en la mesa: un café con leche (la leche debía de estar muy caliente, casi ardiendo) y dos magdalenas. Había empezado a llover. Se acordó del pronóstico de Pepe el Tirantes. Y de su mujer, a la que le encantaba la ternura de la lluvia. Cuando por las tardes paseaban por el centro, entre el ir y venir de gente que entraba y salía de los comercios y las cafeterías, y comenzaba a llover, ella se agarraba a él, apretándose con fuerza, buscando la protección más de un padre que de un esposo, y acababan viendo una película de Tyrone Power, el actor de moda de entonces, y eran todo lo felices que podían ser en sus circunstancias.

Don Cándido veía cómo las gotas de agua resbalaban por los cristales empañados del bar, y seguía mojando la magdalena en el café de leche sin darse cuenta de que en todo magdalena hay un poso de memoria y dolor.

Acabó de desayunar y abrió el diario por donde solía, la tercera página, la Tercera como la llamaban los lectores del diario monárquico. Era la planta noble del periódico, que acogía sólo a las firmas insignes de médicos, catedráticos de universidad, militares de tres estrellas de cuatro puntas, diplomáticos, aristócratas castellanos y pensadores que no se hacían preguntas indebidas. Hoy la Tercera venía reservada a un filósofo de ideas conservadoras y conferenciante eximio, muy solicitado por las señoras acomodadas del centro de la capital. En el artículo, el filósofo, después de citar a Ortega en reiteradas ocasiones, reflexionaba sobre el valor de educar en un país que experimentaba profundos cambios sociales y económicos.    

Pascualín limpiaba el mostrador cuando vio entrar a Amadeo, vieja promesa del boxeo  que no llegó a más.  

—¡Dichosos los ojos que te ven! —le saludó Pascualín—. Hacía semanas que no se te veía el pelo.

Amadeo no le devolvió el saludo.

—Ponme un carajillo.

Amadeo se acomodó en una esquina de la barra. Dejó caer su enorme cuerpo sobre un taburete viejo que a duras penas resistía el peso. No quedaba rastro de aquel joven atlético que quería comerse el mundo. Bebió la copa de un trago. Chasqueó la lengua. Pascualín le observaba en silencio sin atreverse a hablar.

—Ponme otro.

Pascualín miraba siempre por el negocio, pero esta vez dudó en servirle una segunda copa. Por experiencia sabía que después de esta vendría otra y otra, y sólo eran las nueve de la mañana… Y habría problemas, seguro que los habría. Pero al final lo hizo. No quería discutir con él. Amadeo tenía el rostro hinchado y los ojos vidriosos, como de no haber dormido. Siguió en silencio, con la mirada puesta en el fondo de la copa, sujetándola con sus dos manazas de carnero derrotado.

—¿Fuiste a ver a Ramiro? —se atrevió, por fin, a preguntar Pascualín.
—No he tenido tiempo.
—¿Pero irás? Me dice que necesitaba urgentemente a alguien que le ayudara en el taller.
—Ya me pasaré algún día —contestó Ama—. Ahora no tengo tiempo.
—Pues no se te ve muy ocupado…

Don Cándido llevaba medio diario leído. Era meticuloso en la lectura de cada una de las secciones del periódico. Seguía un orden natural, que comenzaba en la portada y acababa en los anuncios por palabras. Rara vez se dejaba una noticia sin leer, incluidas las de deportes, que no eran de su interés. Cumplía con un ritual. Se llevaba la punta del dedo índice a los labios, lo mojaba y pasaba la página. Ahora saltaba de esquela en esquela con la esperanza de encontrar a algún conocido. Si sus ojos se cruzaban con un nombre y unos apellidos familiares, se alegraba para avergonzarse después. En el fondo, saber que un conocido había muerto le hacía sentirse vivo, lo cual no se contradecía con el debido respeto al finado. Esta mañana no le había sonreído la suerte porque en las cuatro páginas de esquelas no había un solo muerto saludado en vida. En cambio, no podía quejarse de la variedad que traía la lista de fallecidos —un perito mercantil, un capitán de artillería, la viuda de un marqués de postín, un divisionario y así unos cuantos más.

—Amadeo, ¿no es esa tu mujer? —preguntó Pascualín.

Amadeo levantó la vista y reconoció los andares de Carmen, que caminaba deprisa calle arriba.

—Creo que te estaba buscando. Al verte dentro del bar, de repente se ha dado la vuelta y se ha marchado corriendo.
—A las mujeres no hay quien las entienda —era la voz nasal de Gonzalo el opositor, que debía estar estudiando, a estas horas de la mañana, para su oposición de oficial de juzgado. En lugar de hacerlo, se entretenía removiendo su café frío.
—Cuanto más tiempo llevo con Margarita —prosiguió—, menos la entiendo. Y digo yo que no seré el único hombre que piense así.

Nadie en el bar reparó en lo que había dicho Gonzalo, quien, al no obtener respuesta de sus compañeros de bar, se dirigió a Amadeo, que había encendido un pitillo.

—¿Y tú qué piensas, Amadeo, de todo lo que he dicho?
—¡A mí qué coño me importa lo que hayas dicho! —respondió airado, sin mirarlo—. Mejor te callas, Gonzalo, y nos dejas de molestar con tus sandeces.
—Joder con el señor Amadeo, que malas pulgas trae hoy. Te lo he preguntado porque tú eres el que más sabe de mujeres… —contestó el opositor con sorna.
—Si me buscas, Gonzalito, me encuentras, y ya sabes que cuando se me calienta la sangre soy de armas tomar, así que…

Terció Pascualín, que veía cómo se encrespaban los ánimos. 

—¡Vamos, vamos —tranquilizó a los enfrentados—, haya paz en esta santa casa! Ninguno de los dos lleváis razón. Tú, Amadeo, porque hoy no hay quien te tosa. Tus razones tendrás para haber venido de tan mal humor. Si tienes algún problema con tu mujer, deberías volver a casa y resolverlo cuanto antes. Y en cuanto a ti, Gonzalo, te metes en donde no te llaman. A bocazas no te gana nadie.

La intervención de Pascualín calmó los ánimos. Cada uno volvió a lo suyo. Gonzalo a remover la taza de café; Amadeo a mirar el dinero que le quedaba en el monedero para pedir otro carajillo, y don Cándido, que había llegado a la sección de deportes, a matar el tiempo leyendo el periódico.

La puerta se abrió. Apareció Jerónimo, el cartero, que entró cojeando con una sonrisa mellada que nunca le abandonaba.

—Buenos días nos dé Dios.
—¿Qué nos traes hoy, Jerónimo? —preguntó Pascualín.
—Pues mira, algo que te va a gustar —dijo mientras sacaba una carta de la saca.
—¿No será de mi hermana? —se interesó.
—¡Premio para el caballero! De tu hermana es. Te vuelve a escribir desde Francia.

Como quien había descubierto un tesoro, Pascualín cogió el sobre con impaciencia. Estaba nervioso. La carta le resbalaba por las manos. Comenzó a leerla para sí, sin soltar prenda a la clientela. Le miraban intrigados.

—¿Qué cuenta tu hermana? —preguntó Gonzalo.
—Dice que está un poco mejor que cuando llegaron a Lyon hace un año —y continuó leyendo sin prestar atención a los demás, que no le perdían ojo—. Mi cuñado ha encontrado trabajo de albañil.
—Ya verás como vuelven hechos unos franchutes —bromeó Gonzalo.
—La cosa va para largo. Les costó mucho marcharse, pero no tuvieron más remedio porque mi cuñado no encontraba trabajo aquí y había dos niños pequeños que alimentar. Con lo que él gane de albañil, más lo que mi hermana saque limpiando casas, irán tirando. Lo peor es el idioma, que no se aclaran con el francés, y la gente es muy fría; no es como aquí, que nos desvivimos cuando vemos a un forastero.

El cartero se despidió. Al salir del bar se subió las solapas de la chaqueta. Diluviaba. En las calles los coches circulaban con lentitud. Un pobre, que pedía en la esquina de enfrente, maldecía su mala suerte porque la lluvia había ahuyentado a los transeúntes.   

Con cara de preocupación, Pascualín se guardó la carta en el mandil. Se metió en la cocina para que no lo vieran llorar. Cuando se secó las lágrimas y se vio con fuerzas para regresar a la barra, vio a Jacinto, el poeta de Pinto, ocupando su mesa preferida, en una esquina del bar, al lado de don Cándido, que estaba a punto de terminar el diario. Había llegado a los anuncios por palabras. La tarea importante del día estaba casi acabada para él.

—¿Lo de siempre, Jacinto? —preguntó Pascualín desde la barra.

Jacinto asintió con la cabeza, y el dueño del bar fue a prepararle una leche manchada con unas gotas de coñac. La leche, para ser de su gusto, debía estar templada. Pascualín le sirvió la leche con unas galletas.

—¿Cómo va el negocio?
—Mal, va muy mal —repuso Jacinto, el poeta de Pinto, que vestía un traje anticuado y con un lamparón en la manga derecha de una chaqueta gris marengo. El poeta gastaba bigotito fino, que le daba un aire a Clark Gable, y abría las cartas con la uña larga de un dedo meñique. Era un solterón empedernido y llevaba una flor en un ojal.
—Esta mañana he estado en el mercado y me he vuelto de vacío. ¡No he vendido ni un poema, Pascualín! —se lamentó meneando su cabeza engominada.

Jacinto se consoló bebiendo el vaso de leche manchada con unas gotas de coñac. Su oficio, si por tal podía considerarse, era escribir poemas a gusto del cliente. Le daban el tema, y lo tenía listo en menos de diez minutos. Los poemas más solicitados eran los de novios que celebraban su aniversario, aunque también los dedicados por los hijos a sus madres con motivo de los cumpleaños y los santos. 

Él cultivaba una poesía a la antigua, cargada de retórica y con el yugo de la rima. Por eso despreciaba a los poetas del verso libre. Todas las noches leía unos versos de don Ramón de Campoamor.

Mientras apuraba su vaso de leche, el poeta de Pinto cogió una servilleta y comenzó a escribir una oda a la primavera, tiempo propicio para enamorarse, se decía, estación favorita de los clásicos para cantar las bellezas de la naturaleza, que renacía “poderosa” (ese fue el adjetivo empleado en un verso) tras el “ominoso” invierno. Bien mirado, una oda a la primavera era un poema que, debido a su tono optimista y vital, podía venderse a clientes de diferentes sensibilidades. Dobló la servilleta y se la metió en el bolsillo del pantalón. Luego abrió un librito de José María Gabriel y Galán. La atención puesta en los versos del poeta extremeño se rompió al irrumpir un niño de ocho años en el bar, a unas horas en que los niños deben estar aprendiendo gramática y álgebra en la escuela.

—Don Pascualín, que dice mi padre que si puede volver a pasar por el bar —dijo el niño.

Pascualín, subiéndose las mangas de la camisa, le contestó:

—Dile a tu padre que no se le ocurra pisar el bar hasta que me pague lo que me debe. Cien pesetas. Recuérdaselo.
—Mi padre me ha dicho que se lo pagará cuando cobre el jornal, pero que haga usted el favor de dejarle entrar en el bar porque se aburre mucho en casa con mi madre y mis dos hermanos pequeños, que no dejan de molestar. 

Pascualín, sorprendido por el desparpajo del niño, y dijo:

—¿Tú no deberías estar en la escuela?

El niño, avergonzado, bajó los ojos.

—Sí, pero mi padre piensa que ir a la escuela no importa.
—¿Cómo que no importa? —insistió Pascualín.
—Mi padre dice que donde se aprende es en la calle, y no en el colegio.
—Dile a tu padre que en esto también está equivocado. Anda, no pierdas más el tiempo y vete con tus compañeros de clase.

El niño le extendió la mano.

—¿Me das un caramelo?

El dueño del bar rebuscó en el interior de un cajón y encontró un caramelo. 

—Gracias —afirmó el pequeño, que se dio la vuelta y salió a la calle sin prisas.   

Jacinto subrayaba los versos de Gabriel y Galán que le habían gustado y don Cándido, una vez acababa la lectura del periódico, se miraba las manos. Eran unas manos blancas, cuidadas y suaves, de dedos largos y uñas bien cortadas. Las dos alianzas destacaban en el dedo anular de su mano derecha.

Entretanto, la señora Clotilde, viuda de un cabo de la Guardia Civil, había llegado a la hora acostumbrada, a las diez de la mañana, a tomar un café con leche. Era la única mujer en un bar con una clientela masculina. La viuda saludó al dueño y no dijo nada más, limitándose a dar sorbitos al café con leche, demasiado caliente para su gusto. Doña Clotilde era gorda, tenía el pelo blanco, recogido por un moño, y una papada de avestruz. Era además una mujer de ademanes toscos, que podían confundirse con la mala educación. Carecía de cualquier encanto a la vista pero ella lo ignoraba.

Con su postura en jarras, lo que le confería un aire desafiante, Pascualín quiso incordiar a Gonzalo.

—¿Ya se sabe cuándo serán las oposiciones?
—En la academia no saben nada. Hablan de que a finales de año pero no hay nada seguro. Es hablar por hablar.
—A mí me hubiera gustado ser funcionario —confesó Pascualín—, pero yo no valgo para estudiar. Eso de ponerme delante de un libro no va conmigo.

Dirigiéndose de nuevo a Pascualín, le dijo:

—A ver si tienes suerte y te sacas las oposiciones de una vez. ¡Menuda alegría le darías a tu madre! El sueño de mucha gente: un trabajo para toda la vida y con un sueldo decente.
—Decente, decente, psshh… Mil doscientas pesetas al mes, para ir tirando.
—Míralo, tú, al señorito, que le parece poco ganar mil doscientas pesetas —se sumó  Amadeo a la conversación con el deseo de buscar gresca.

Gonzalo le miró con animadversión y miedo, pues conocía el mal temperamento que se gastaba el exboxeador. Era merecida su fama de amargado y resentido. No tenía una buena palabra para nadie. Pero no siempre había sido así. Quienes lo trataron de joven hablaban de que era simpático y dicharachero, pero aquel combate en Bilbao, en el que él y toda su familia habían puesto tantas esperanzas, lo malogró todo. Luego llegó la bebida, el ir dando tumbos de un sitio a otro sin asentarse en ningún trabajo, las palizas a la mujer, la llegada no deseada de los dos niños…

No contento con haber ridiculizado a Gonzalo una vez más, Amadeo siguió metiéndose con él, como si fuese uno de esos sparrings que se dejan golpear de buena gana.

—¿Cuándo te vas a casar con tu novia, Gonzalo? —preguntó con ánimo de provocar—. Se os va a pasar el arroz.

Gonzalo doblaba la servilleta tratando de ignorar los ataques de Amadeo. Le dolía y temía la pregunta porque algo de razón tenía el boxeador. Después de haberle dado muchas vueltas, Gonzalo no había encontrado la respuesta. Formaba parte de su carácter el demorar las decisiones importantes, confiado en que el tiempo traería la solución. Cuando su novia se atrevía a sacar el asunto, él siempre contestaba con evasivas y hacía como si se sintiese molesto para que ella no siguiese importunándolo.        

—¿No dices nada? ¿Se te ha comido la lengua el gato?

Pascualín observaba la escena mientras secaba la vajilla. Temiendo los derroteros que podía tomar la conversación, decidió intervenir formulando la misma pregunta que Amadeo pero en un tono amable.

—¿Para cuándo la boda, Gonzalo?

Esta vez sí contestó.

—A ver si apruebo las oposiciones. Le he prometido a Margarita que nos casamos si saco la plaza.

Lo dijo con desgana, como quien memoriza una frase para salir del paso.

—No se te ve muy convencido, permíteme que te diga… ¿Cuántos años lleváis saliendo?
—Seis.
—Pues ya va siendo hora de que formalicéis la relación—insistió Pascualín—; que no es bueno hacer esperar tanto a las mujeres porque se ilusionan y luego se llevan un gran chasco si no se casan. A nosotros nos da un poco igual. Mírame a mí, que apenas veo a mi esposa. Para ellas el día de su boda es el más importante de sus vidas. Se ven como princesas, vestidas de blanco y despertando la envidia de sus amigas, que no les quitan ojo. Además, ¿no dicen que no hay novia fea?
—Si llevas razón —concedió Gonzalo—; pero aún no hemos encontrado el momento. Y yo sigo sin trabajo, no lo olvides. Margarita es una buena mujer, y yo le tengo mucho cariño. Pero está empeñada en que tengamos una familia numerosa como sus padres. Es la mayor de seis hermanos. A mí, la verdad, me parece excesivo, sobre todo en estos tiempos, en que un sueldo casi no da para vivir.

Don Cándido había dejado de mirar la calle a través del cristal empañado por la lluvia. Había escuchado la conversación entre el dueño del bar y el opositor. Traicionando su fama de caballero lacónico, sorprendió a todos tomando la palabra:

—¿Quieres un consejo, Gonzalo? Cásate con ella. Si no lo haces, te arrepentirás. Hazme caso. Tres años hace que mi mujer falleció, y no os podéis imaginar cómo la echo en falta.

Las palabras del anciano conmovieron a Pascualín y a sus clientes, incluido Amadeo. Nadie recordaba una intervención tan larga de don Cándido, que se expresaba con monosílabos.

Gonzalo no se atrevía a hablar. Al final le agradeció el consejo.

—Tendré en cuenta lo que me ha dicho.
—Espero que así sea —repuso el viudo—. Hay decisiones en las que uno no puede permitirse el lujo de equivocarse. Son decisiones que marcan una vida, y tú estás ante una de ellas.

Pascualín puso la nota cómica en la conversación.

—Bueno, bueno, nos estamos poniendo muy profundos. ¿Y si lo echamos a suertes?
—¿A suertes? —preguntó, intrigado, Paquito.
—Sí, lanzamos una moneda al aire. Si sale cara fijáis la fecha de la boda. Si sale cruz, la dejas con todo el dolor de tu corazón… y a otra cosa mariposa.

Al poeta de Pinto le gustó la propuesta de Pascualín porque comenzaba a estar cansado, como el resto de los clientes, de las dudas del opositor.

—Yo creo que tengo un duro por aquí —y se lo sacó del bolsillo del pantalón, entre la mucha calderilla que llevaba. Se levantó y lo dejó encima de la barra de zinc.
Pascualín, que se sentía protagonista, los miró a todos. Cogió el duro, se lo pasó de una palma a otra, lo hizo rodar por la barra, se tapó un ojo con la moneda, como si fuera el parche de un pirata. Cuando los clientes dieron muestras de impaciencia, la lanzó al aire. El duro cayó sobre su palma izquierda mientras que con la derecha la tapaba. Se hizo el silencio en el bar. Pascualín levantó la mano derecha y sonrió. Había salido lo que él se imaginaba.

Con la conciencia tranquila por haber cumplido con su deber, don Cándido pensó que era hora de regresar a casa. Cuando salió a la calle, ya no llovía. El mendigo, cansado de esperar, se había marchado.                

jueves, 18 de abril de 2019

Un desgraciado accidente


El inspector sacó una cajetilla de tabaco de un cajón del escritorio. Era el primer pitillo de la mañana. Mientras fumaba consultaba el atestado que un agente novato había cumplimentado sin pericia. “Cada vez escriben peor”, pensó. “¿Qué les enseñarán en la academia?”. En apenas cinco minutos se había hecho una idea del caso que tenía entre manos. En principio no revestía complejidad: sólo había que determinar si hubo o no negligencia en la muerte de un tipo con mala suerte.

Levantó la vista y ahí seguía, en silencio. Era un joven de tez morena, pelo cortado al cero, manos grandes, mentón prominente y una dentadura mellada, a la que le faltaban dos incisivos. Ahí continuaba con la mirada escurridiza, mirando la gorra que sostenía con las manos.

—¿Es usted Winston Enrique Olmedo? —preguntó el policía.
—Para servirle, señor inspector, pero con el debido respeto, mi apellido no es Enrique sino Henríquez con h inicial y acabado en z.

El inspector seguía fumando. Con la otra mano jugueteaba con la cajetilla de tabaco. El humo subía hasta el techo de un despacho decorado con muebles pasados de moda. Un tubo fluorescente parpadeaba. Faltaba luz. Las paredes necesitaban una mano de pintura. Todo el cuartel, inaugurado después de la guerra, pedía una urgente reforma, pero las estrecheces presupuestarias —esa era siempre la excusa alegada por los superiores— impedían que se llevara a cabo.

Winston Henríquez tosió después de inhalar el humo.

—¿Le molesta que fume? —dijo el inspector.
—No, no —contestó—, por mí no se prive, señor inspector.
—Vayamos al asunto por el que ha sido citado. ¿Estaba usted comiendo el día 23 de marzo en el restaurante El Burgalés, sito en la avenida General Fanjul, 131, con otros compañeros de trabajo?
—Así es, señor —dijo Winston—. A esa hora solemos comer después de acabar la faena de la mañana.
—¿A qué se dedica usted?
—Últimamente a la albañilería, pero desde que llegué a España, y de eso hace ahora diez años, he hecho un poco de todo, hasta de barrendero en ferias de pueblos. Las cosas no están para elegir, y menos cuando uno tiene que mantener a su señora y sus tres hijos.

El inspector encendió un segundo cigarrillo. Se repantingó en la silla y echó el respaldo hacia atrás, hasta dar con la pared. Le gustaba mantener la distancia.

—Cuénteme lo que sucedió a las tres y media de la tarde de aquel día —dijo mirando de nuevo el dosier.
—Pues miré —explicó Winston Henríquez—; ese viernes, quizá porque habíamos terminado la jornada de trabajo, habíamos bebido más de la cuenta. Uno de mis compañeros celebraba su cumpleaños y nos invitó a dos rondas de cervezas.
—¿Ese día el restaurante estaba concurrido?
—Éramos menos de los habituales: obreros que trabajamos en obras del barrio y algún que otro oficinista —dijo el interrogado—. Al ser viernes había menos gente porque algunos clientes se marchan a casa porque no vuelven a trabajar por la tarde.
—¿Había visto alguna vez a don Francisco Gómez?
—Si me pregunta por ese señor y su desgraciado accidente —prosiguió Winston Henríquez, que por primera vez dio muestras de nerviosismo—, le confieso que nunca me fijé en él hasta ese día. No puedo asegurarle si él comió alguna vez estando yo allí, pero lo cierto es que aquella tarde fue la primera vez que lo vi.
—Cuénteme lo que pasó.
—Estábamos en los cafés —recordó—. Como le he dicho, habíamos bebido más de la cuenta. Incluso alguien, no recuerdo quién, se pidió una copa. Todo eran risas, bromas y chistes verdes. Todos los de la cuadrilla somos latinos: ecuatorianos, bolivianos y peruanos. Yo creo que el ser de fuera nos une. No quiero decir que nos traten mal en España, eso no, claro, faltaría más, pero la relación con un español es distinta, es como más distante. Entre nosotros nos tratamos como si fuésemos de la familia.
—¿De dónde es usted?
—De Guayaquil, la segunda ciudad de Ecuador —dijo Winston con orgullo—. Imagínese: un lugar con una humedad del 80% y temperaturas que no bajan de los 20 grados. Ustedes, cuando se dejan caer por mi país, sudan de lo lindo.
—¿Qué sucedió entonces? —dijo el inspector pasando por alto el comentario jocoso del obrero.
—Mis compañeros seguían de parranda cuando en ese momento me di cuenta de que un hombre hacía aspavientos raros. Se apretaba el cuello y sacaba la lengua. Verlo así me hizo gracia. Llegué a pensar que se hacía el tonto porque había bebido más que nosotros. Hasta le dije a Nicolás, que es el compañero con el que mejor me llevo: “¿Te has fijado, compadre, en el hombre de la mesa del fondo? Parece que le ha dado un patatús”. Y nos echamos a reír y no le dimos más importancia.
—¿Ahí quedó todo? —insistió el inspector.
—De pronto el hombre se levantó —prosiguió Winston Henríquez—. Me fijé mejor en él. Debía de tener unos cuarenta años, no era ni gordo ni flaco. Me llamaron la atención sus cejas muy pobladas. Vestía con americana, con un estilo muy clásico, y había dejado una cartera encima de una silla. Luego nos enteramos de que era profesor. El caso es que se levantó y desapareció por el pasillo que lleva al aseo. Al marcharse, dejé de pensar en él y regresé a la conversación con mis compañeros.  

El inspector esperaba que el interrogado continuara con la declaración, pero Winston Henríquez se quedó en silencio, a la espera de la siguiente pregunta. El funcionario comenzaba a estar cansado del interrogatorio, de ese pobre diablo que mascullaba palabras sin tino. Le irritaba perder el tiempo con otro caso menor cuya resolución a nadie importaba. Últimamente sólo le asignaban delitos de poca enjundia. Nada de asesinatos ni violaciones, ni siquiera robos con violencia. Peccata minuta. Delitos de poca monta, protagonizados por rateros y desgraciados que no tenían para comer. Eso, únicamente eso, es lo que llegaba a su despacho por orden del nuevo comisario. Este se había rodeado, desde el primer día de su nombramiento, de un grupo de acólitos y aduladores. Le molestaba que sus superiores sólo pensaran en él para faenas menores. Para eso estaban los agentes jóvenes en prácticas, para hacerse cargo de casos que muy rara vez acababan con el detenido en la cárcel.

Y allí seguía, en silencio, sin atreverse a mirarlo a la cara, pasándose la gorra de una mano a la otra, con su rostro de indio pobre. El inspector aplastó el cigarrillo en el cenicero. Antes de reanudar el interrogatorio, miró el retrato del rey, que sonreía con displicencia, ajeno a las preocupaciones de un policía de la capital.

—¿Qué ocurrió, exactamente, cuando el profesor regresó del baño? —reanudó la conversación.
—Como le dije, yo había dejado de prestarle atención —continuó el obrero—. Mis compañeros seguían a lo suyo, riéndose y vociferando. El dueño del bar nos tuvo que llamar la atención. Estábamos muy borrachos, con perdón. Yo veía la televisión. Un periodista hablaba de fútbol, de la siguiente jornada liguera. Soy del Barça y, una vez estando en Barcelona, fui…

El inspector le cortó en seco, irritado con las divagaciones del interrogado.

—No tenemos toda la mañana para esto —le espetó.
—Disculpe, señor inspector —se excusó Winston—. Mi mujer siempre me lo dice, que cuando hablo no hay quien me pare. Es como si me hubieran dado cuerda. Ella me dice: “Winston, cariño, siempre te vas por las ramas”.
—En su primera declaración, hecha en el lugar de los hechos, usted dijo que el fallecido pidió ayuda.

Era la pregunta que el interrogado hubiera deseado no contestar. Balbuceó algunas palabras sin entrar en el fondo de la cuestión, hasta que el policía le insistió de nuevo en que debía contestar sin rodeos.

—Desvié la mirada de la televisión cuando oí un quejido —continuó el interrogado—. En el fondo del comedor, aquel hombre, con los ojos en blanco, se había metido los dedos en la garganta como si quisiera expulsar algo que se le había atragantado. Un hilillo de saliva se le escapaba por la boca.
—¿Y al verlo así, ahogándose, no hicieron nada por salvarlo?
—Créame, señor inspector, quise levantarme para preguntar qué le ocurría, pero en ese momento mi compadre, entre risotadas, me dijo: “Parece que aquel gilipollas se ha atragantado con la espina del pescado, el muy idiota”. Y estalló en carcajadas, y todos los que estaban en la mesa, todos menos yo, le rieron la gracia.  

Al llegar a ese punto del interrogatorio, el obrero chasqueó la lengua, como si se hubiera quedado sin saliva de tanto hablar. Bebió un vaso de agua que le ofreció el policía. Winston Henríquez continuó su declaración. Tan avergonzado estaba como interesado en ocultar una parte de la verdad de los hechos. Dijo que aquel hombre, antes de morir atragantado, se había quedado en silencio, quizá porque ya no podía hablar, limitándose a hacer gestos con las manos pidiendo ayuda. De pronto se oyó: “¡Ay, que me muero!”. El profesor cayó sobre el plato de ragout de ternera, que apenas había probado y había sido probablemente la causa del atragantamiento.

—El plato se hizo añicos en el suelo —dijo Winston Henríquez—. Nos quedamos en silencio, paralizados, porque nos costaba creer lo que habíamos visto. No quedaba nadie en el bar. El dueño y la cocinera habían salido a fumar. Todo pasó muy rápido. Fui yo el primero en levantarme para socorrerle. Lo intenté reanimar de todas las maneras, hasta algún tortazo le di, pero el hombre seguía inmóvil, pesado como un saco de cemento. Estaba muerto.
—¿El dueño seguía fumando en la calle? —preguntó el inspector con cierto alivio, pues la entrevista llegaba a su final.
—Entró al oír el alboroto que estábamos montando. Llamó a una ambulancia. “¡Dios mío, ¿qué le ha pasado a Paco?”, exclamó al verlo sin vida. Alguien dijo de pagar y marcharnos de allí cuanto antes, para evitarnos problemas, pero no dio tiempo porque enseguida llegó la ambulancia y un coche de la policía. Fue un accidente desgraciado. A ese hombre, inspector, le había llegado su hora.   

En el despacho de su casa, mientras su mujer bañaba a los dos hijos pequeños, el juez Borja Buendía imaginaba, al repasar los pormenores del sumario, el final de la conversación entre el inspector y el obrero, para quien el fiscal pedía tres años de cárcel por un delito de omisión de socorro. Probablemente Winston Henríquez ignoraba que el profesor había muerto como consecuencia de un infarto y no, como pudiera parecer, por un atragantamiento. Así lo revelaban las conclusiones de la autopsia que formaba parte del sumario que Borja Buendía estudiaba un sábado por la noche, pocos días antes del inicio del juicio.

Se trataba de un triste episodio, pensó el juez, en el que se mezclaba la desidia de unos borrachos y la mala suerte de la víctima. En circunstancias similares, el profesor hubiera sobrevivido, pero no había sido así. Francisco Gómez, natural de Ciudad Real, vecino de Madrid y profesor de Secundaria, de 48 años, especialista en Lengua castellana y Literatura, soltero y sin hijos, murió la tarde de un viernes sin que nadie lo echase de menos. Su familia se reducía un hermano, al que no se pudo localizar para el entierro.

El juez oía acercarse a los niños correteando por el pasillo. Nicolás, el mayor, se había acercado a besarle. Luego el padre lo había sentado en las rodillas y le había puesto un video de dibujos animados en el ordenador. Durante los minutos que duró, el niño observó, embelesado, las andanzas de Bambi.  

—Cariño, la cena está casi lista —oyó que le decía la mujer desde la cocina.

El juez se detuvo de nuevo a leer el interrogatorio practicado por el inspector Faustino Romero. Lo conocía desde hacía tiempo. El primer caso en que colaboraron fue en el esclarecimiento del asesinato de una anciana, cometido en Ávila, su primer destino como juez. Desde aquel juicio, Borja Buendía y Faustino Romero se tenían aprecio, sin que esa relación profesional pudiera ser considerada una amistad. El juez valoraba la capacidad de trabajo, la entereza y el carácter analítico del inspector, que poseía una inteligencia superior a la media de los compañeros. El policía notaba el respeto y la consideración de Borja Buendía. Luego, al cabo de unos años, cada uno fue destinado, en distintos momentos, a la capital. No volvieron a colaborar en más juicios, pero se mandaban saludos a través de conocidos. Gracias al comentario inesperado de un funcionario del juzgado, Borja Buendía se enteró de que el inspector había caído en desgracia ante sus superiores. Un chivatazo les había alertado de que este mando se había quedado con droga decomisada en una operación. Todo quedó en una sospecha;nunca se probó la autenticidad de la denuncia anónima, pero desde entonces Faustino Romero estuvo en el punto de mira de los superiores, que lo habían relevado de las causas más importantes.

Conociendo su orgullo, el inspector Faustino Romero debería de estar harto de que le encargasen la resolución de delitos menores. En los años que colaboraron con asiduidad, el juez Buendía apreció un fondo de soberbia en el carácter del inspector, que salía a la luz en el trato con los subordinados. Sin embargo, rara vez lo demostraba con quien consideraba superior a él por rango. Tenía el complejo de muchos hombres de orígenes modestos que nunca eran capaces de dirigirse de igual a igual a quienes consideraban hijos de familias acomodadas.

Tal vez el juez lo llamase la próxima semana para hablar del desgraciado accidente. Ahora no podía demorarse más leyendo el sumario porque su mujer le había llamado por segunda vez para que fuese a cenar. La mujer, que no acostumbraba a cenar, se pelaba una pieza de fruta. Los niños se lo habían comido todo.

Borja Buendía apenas habló con su esposa durante la cena. Seguía pensando en Winston Henríquez, en el profesor muerto, en toda aquella cuadrilla de obreros suramericanos citados a juicio. Todos debían de estar asustados por la condena a la que se enfrentaban. Entrar en la cárcel suponía que dejara de entrar dinero en sus casas. Si ahora, con trabajos mal pagados y extenuantes jornadas, el dinero escaseaba, la entrada en la prisión dejaría a las familias a la intemperie. Absorto en estos pensamientos, no había reparado en que Verónica, la hija pequeña, le tiraba de una de las mangas del pijama para que la llevara a la cama y allí, acostada, le leyese, como cada noche, un cuento antes de dormir.

—¿Nos llevarás mañana al parque de atracciones, papá? —le preguntó.
—Si mi niña bonita quiere que vayamos, así se hará. Yo quiero que mi niña siempre esté contenta —le dijo abrazándola antes de llevarla al dormitorio.

Después de que los niños se hubieron dormido, Borja Buendía regresó al comedor. Su mujer, sentada en el sofá, leía una novela. Era una mujer rubia y esquelética. No levantó la vista cuando entró.

—Deberías dedicarnos más tiempo, a las niñas y a mí —le recriminó sin mirarle.
—¿A qué viene eso ahora? —le contestó.
—A que no hay un solo fin de semana que no te traigas trabajo a casa ­—añadió la mujer—. De lunes a viernes no ves a tus hijas. Cuando llegas, ya están durmiendo. Los fines de semana, cuando pueden disfrutar de ti, te los pasas, metido en el despacho, con tus papeles.

El juez se sirvió una copa de vino blanco. Se sentó al lado de la mujer. Sin mirarla, continuó la conversación.

—Sabes perfectamente que no es un capricho mío. En el juzgado no damos abasto, y traerme trabajo a casa es la única manera de sacar los asuntos adelante. Cuando venga el juez de refuerzo, las cosas cambiarán y podré dedicarles más tiempo a las niñas.
—Siempre has puesto el trabajo, tus juicios, tus sentencias, por delante de tu familia —insistió la esposa—. ¿No te das cuenta de que te estás perdiendo ver crecer a tus hijas?
Borja Buendía evitó la discusión. Se acabó la copa de vino y luego se encendió un cigarrillo. De la mesa de centro cogió un periódico y comenzó a leer la portada.

Ella, incómoda por la situación, pretendió romper el hielo preguntándole por el juicio que tenía a la semana siguiente.

—Son unos pobres diablos a los que el fiscal les pide tres años de cárcel por un delito de omisión de socorro —explicó el juez—. Vieron que un hombre se atragantaba en el bar donde comían, y no hicieron nada por salvarle. Al final murió de un infarto.
—¿Fue aquel profesor que murió en Aluche?
—Ese mismo. Salió en todos los periódicos. ¡Hay que tener valor para no levantarse de la silla cuando alguien está agonizando! —se lamentó el juez.

La mujer también se sirvió una copa de vino blanco; pensó en decir algo, pero la prudencia le llevó a callarse para no abrir otra discusión. Pero él insistió:

—Cada vez hay menos sentido de la responsabilidad entre la gente, y no sólo eso; es que se han olvidado por completo sentimientos como la compasión y la piedad. Si alguno de esos suramericanos supiera qué eso de la compasión y la aplicara, ese profesor seguiría vivo.

Con ojos de asombro, la mujer había escuchado las últimas palabras de su marido, pronunciadas con un tono solemne, de estudiada superioridad, que tanto le desagradaba. El juez no había terminado de hablar pero ella le cortó.

—¿De qué compasión me estás hablando? —le preguntó irritada.
—No sé a qué te refieres, Amelia.
—Desde tu posición de privilegiado es fácil hablar como si les perdonaras la vida a esos  desgraciados —continuó ella—. ¡Qué poca memoria tienes, Borja!
—No sé adónde quieres llegar. Mejor lo dejamos aquí, estoy cansado del día que he tenido. Me voy a dormir.
—No nos vamos a ir a la cama hasta que hagas memoria, hasta que los dos hagamos memoria. ¿Quieres una pista? —insistió Amelia—
—Quiero una pista.
—Verano de 2002. Era nuestro primer año de novios. Habíamos ido a Ibiza con unos amigos a pasar un fin de semana. Nos alojamos en un hostal del casco antiguo de la isla.
—Sí, me acuerdo de aquel verano —reconoció Borja Buendía—. Entonces tú llevabas el pelo rizado y muy largo. Lo pasamos muy bien con tus compañeros de Facultad. Bebimos más de la cuenta en aquella discoteca, ¿cómo se llamaba?
—Palladium, estaba al lado del puerto. ¿No recuerdas qué pasó después de salir de la discoteca?

El juez entornó los ojos para hacer memoria, pero tal vez fuera solo los cerrase por el cansancio del día, o porque deseaba poner fin a la conversación para irse a dormir.

—Yo sí me acuerdo —aclaró Amelia—. Es difícil olvidar una noche así. Todos habíamos bebido, tú especialmente. Entonces no existía tanta presión para que uno no condujese por estar bebido. Pero ibas tan borracho que te propuse coger el coche.

El juez Buendía recordaba perfectamente aquella noche; no hubiese sido necesario que ella le contara su borrachera y lo que sucedió después. Habían pasado muchos años y lo prudente era olvidarlo. 

—Pero te negaste a que yo condujese —dijo Amelia elevando el tono de la voz, como si lo que contaba hubiese ocurrido el día anterior—. Querías que fuésemos a bañarnos a una cala.
—Será mejor que nos vayamos a la cama —repuso el marido para zanjar la conversación—. Se está haciendo muy tarde.
—No, Borja, no nos vamos a acostar aún; de esto alguna vez teníamos que hablar —dijo ella—. Han sido demasiados años de mantenerlo en silencio. Hace sólo unos minutos le reprochabas a unos pobres diablos su falta de humanidad porque, según tú, no ayudaron a un hombre que murió atragantado…
—Murió de un infarto —precisó.
—No me importa de lo que murió; lo que importa es que aquel profesor murió. ¿Murió aquel anciano que circulaba en bicicleta con una caña a la espalda, en un camino comarcal de la isla?

La pregunta de Amelia acabó por levantar un muro entre ellos.

—No sabemos si murió, ¿verdad? Los días siguientes al accidente nos comprometimos a no leer los periódicos, a no oír la radio, a no ver la televisión. No queríamos descubrir si ese hombre había muerto tras ser atropellado por un conductor borracho que se dio a la fuga.
—Déjalo estar —le pidió su marido—. Han pasado muchos años desde entonces. Éramos jóvenes y bastante inconsecuentes. ¿De qué sirve remover el pasado? Probablemente aquel anciano se curó de las heridas del atropello y acabó recuperándose.

Pero Amelia no se dio por vencida e insistió.

—Te mientes a ti mismo. Todos estos años te has mentido. Nunca te has atrevido a hablar de aquel accidente. Preferías autoengañarte imaginando un final afortunado para un accidente desgraciado, pero ese anciano, Borja, ese hombre que iba a pescar de madrugada, pudo haber muerto.
—¿Quieres hacer el favor de callarte? —gritó, exasperado.
—¡No chilles, que te van a oír los niños! —le dijo llevándose el dedo corazón a los labios.
—¡Cállate de una vez y déjame en paz —prosiguió—. Tú también fuiste cómplice porque no me pediste detener el coche. Los dos teníamos miedo y huimos. Cualquier otro, en nuestra situación, hubiera hecho lo mismo.   

No hablaron más. Ella fue la primera en meterse en la cama; él se demoró en el cuarto de baño, esperando a que la mujer se durmiese. Pero cuando se acostó intuyó que estaba despierta, dándole la espalda, a miles de años luz de distancia.

—Mañana, si los niños preguntan por ir al parque de atracciones, les pones cualquier excusa. Tengo mucho trabajo por delante.