lunes, 8 de octubre de 2018

El tamaño de una esperanza


—Paco, estamos encantados de que nos hayas elegido para tu regreso a la televisión,  precisamente tú, que lo fuiste todo en este medio. ¡Un fuerte aplauso para él!

Paco Soberano agradeció el gesto del presentador con una mirada insegura y sintió miedo por lo que veía a su alrededor: batía las palmas un público de amas de casa y jubilados previamente aleccionados sobre cómo y cuándo aplaudir, llegados en un autobús en el que se les había repartido un bocadillo y un botellín de agua. En primera fila permanecían sentados tres periodistas —una mujer y dos hombres—, tres depredadores, para qué engañarse, pensaba Paco Soberano, tres seres sin piedad, dispuestos a humillarle. El calor de los focos le hacía sudar; comenzaba a estar nervioso.

—Paco, ¿cuánto hace que no pisabas un plató de televisión? —preguntó el presentador, que intentaba disimular sus más de cuarenta años con un maquillaje a todas luces imprudente y excesivo. Lucía una barbita de tres días y llevaba gafas de concha; además escondía la tripa, y en cada palabra que pronunciaba había un punto de malicia, de acidez, de mala baba.
—Hoy hace seis años, cinco meses y un día.
—Ja,ja,ja, ¡qué bien llevas la cuenta! Suena como si te hubieran dado la libertad provisional para venir a vernos —bromeaba el presentador, de nombre Luis Alberto, mirando a la cámara de espaldas al entrevistado, lanzándole el primer guiño al público que lo veía en sus hogares y al que, pese a despreciarlo, le debía haberse convertido en la estrella televisiva del momento.

Paco no sabía si intervenir o esperar a que el presentador siguiese con su intervención. Le resultaba difícil disimular los nervios. Tenía pánico a quedarse en blanco y hacer el ridículo justo cuando había comenzado la entrevista.  

—Creo recordar, si no me falla la memoria, que tu último trabajo fue aquel concurso de niños en el que ganaba quien mejor insultaba a sus padres, ¿no es así? —dejó caer la pregunta la sibilina estrella.
—Tienes buena memoria —respondió Paco—, el programa Insulta a tus papis fue todo un éxito en aquel momento. Estuvimos tres años en antena, y hasta recibimos varios premios de la Academia de la Televisión.
—¿Y qué pasó después, Paco? —insistió el presentador poniendo en un primer aprieto al entrevistado.
—Bueno…, la cadena prescindió de mí. La verdad es que necesitaba un tiempo para mí, ya sabes, tiempo para reencontrarte, hacer esas cosas que no puedes hacer cuando estás volcado en la televisión, volver a estar con la familia, ver a los amigos…
—Pero por entonces estabas en proceso de separación de tu segunda esposa. Debió de ser duro para ti que en el juicio te acusara de alcohólico y maltratador.
—Mi exmujer era muy joven —continuó Paco—, tenía 21 años y yo 50, y se dejaba influir por su familia de Perú, pero por suerte aquello pasó, y los tribunales dijeron lo que tenían que decir.
—Ella te ha demandado por no pasar la pensión al hijo que tenéis en común.
—Luis Alberto, prefiero no hablar de mi exmujer porque es cosa del pasado, y yo soy un hombre que vive para el presente.
— Hablando del presente o más bien del pasado más reciente, hace unas semanas te sometiste a una operación quirúrgica —dicho esto, el presentador se giró ante las cámaras, paseó de un lado a otro del plató, cruzó las manos de manera teatral, chasqueó la lengua. Todo era un paripé para crear expectación. Era la estrella, de eso no había duda.

Rescátame, el programa líder dedicado a sacar a exfamosos del olvido, ha logrado, después de largas negociaciones, la exclusiva de tenerte aquí, Paco, para hablarnos de esa operación. Te agradezco que hayas tenido el valor de querer contarnos tu experiencia —en las palabras del figurín, que se contoneaba por el plató como un torero por el albero, muy pagado de sí mismo, había una fina ironía no exenta de desdén.
—Cuando me llamaron de la dirección de Rescátame —reveló Paco— les dije al principio que no pero luego insistieron y llegamos a un acuerdo, y aquí estoy abierto a vuestras preguntas.

“Suéltalo ya”, gritó una mujer mayor y regordeta salida del público, que apretaba con sus manos un bolso barato que tenía sobre sus rodillas deterioradas por los muchos suelos que había abrillantado en casas de gente pudiente.

—Me he hecho un alargamiento de pene —confesó.
“¡Ohhhhhh!” fue la respuesta de parte de los espectadores, que se regodeaban porque les empezaban a dar lo que esperaban.
—¡Qué me estás contando, Paco! —dijo el presentador con incredulidad forzada, como si fuera la primera noticia que tenía, casi emocionado.
—Como lo oyes, Luis Alberto. Hace dos semanas, en la clínica del doctor Puigcerdà, la más importante en este tipo de operaciones, me operé del pene y, aunque todavía estoy recuperándome, ya puedo deciros que ha sido muy satisfactorio.
—¿Cómo de satisfactorio? —insistió la estrella de Rescátame—. ¿Muy satisfactorio?
—He pasado de 15 a 21 de centímetros después de haberme dejado asesorar por el doctor Puigcerdá, que me desaconsejó ser más ambiciosos. Y le hice caso y estoy muy contento de cómo ha salido todo.

Una de las periodistas invitadas, que llevaba tiempo reclamando la palabra sin que el presentador —tan borde— se la quisiese conceder, se decidió a intervenir. Delgada y diminuta de estatura, producto contemporáneo de sucesivas operaciones de cirugía estética, daba muestras, por las venas que le sobresalían del cuello, de estar muy tensa.

—Nos acabas de decir que estás convaleciente, pero ya han pasado quince días de tu operación. ¿Has podido probar tu nuevo aparato? —terció la pícara informadora.

Incómodo por el derrotero que tomaba la conversación pero consciente de que para eso había ido y para eso le iban a pagar, Paco Soberano se limpió el sudor de la frente con un pañuelo y tomó aire antes de responder.

—María, como comprenderás, aún es pronto. El doctor Puigcerdà me ha pedido que sea prudente y no haga ninguna locura, por lo menos durante unos meses.
—Uff, ¿aguantarás? —insistió la incisiva periodista—. Con lo potrillo que decían tus parejas que eras, ja, ja, ja.

Al lado de María había un periodista inflado como una colchoneta de playa, a punto estallar, tatuado hasta el cuello, carne de gimnasio, rapado, con anillos en todos los dedos, como un sultán indio de medio pelo. Este joven envejecido por los rayos uva, muy maquillado, tenía la camisa estratégicamente abierta para que se pudiera ver su pechazo depilado.

—Paco, ¿qué te llevó a alargarte el pene? ¿Era tan importante para ti? ¿Estabas acomplejado tal vez? Hay muchos hombres con penes pequeños que no recurran a operárselos.
—Mira, Raulito, yo he creído siempre en la igualdad entre hombres y mujeres. Si ellas llevan muchos años aumentándose los pechos, ¿por qué no hacerlo nosotros también con nuestros penes?
—Claro, a tu edad… —dijo maliciosamente Raulito.

El entrevistado se quedó en silencio tras oír la impertinencia del joven viejo pero esta vez tuvo reflejos.

—Ninguna de las mujeres con las que he estado se quejó de mi comportamiento en la cama. Se lo podéis preguntar a cualquiera.
—Eso dicen todas: que has sido el aguijón de sus vidas, ja, ja, ja.

El público reía a carcajadas siguiéndole la gracia al jovencito avejentado, que no cabía en sí de gozo tras recibir los aplausos.

Recuperando el protagonismo que los dos compañeros que le habían arrebatado, él, que había nacido para ser el sol que iluminará el lugar allá donde estuviera, Luis Alberto se ajustó su chaqueta ceñida, de color rosa palo, y dio paso a la publicidad. 

La cadena emitía anuncios de comida para perros que no admiten la lactosa; geriátricos de lujo pensados para mafiosos rusos que residen en Benidorm; cruceros por el Mediterráneo con parada opcional en la isla de Lampedusa, donde los viajeros podían practicar el turismo solidario haciéndose fotos con inmigrantes famélicos; automóviles con toda clase de dispositivos para burlar los radares y la siempre molesta vigilancia de la Guardia Civil, y vientres de alquiler por sólo 1.000 euros, garantía incluida de dos años y con posibilidad de devolver el bebé si salía enfermo. La oferta iba dirigida a parejas heterosexuales, homosexuales, lesbianas y monoparentales.

Al regreso de la publicidad, Luis Alberto apareció sin chaqueta ante los espectadores. Su camisa de azul celeste, muy apretada, resaltaba la prominencia de su barriga. En el descanso la estrella había insultado a Raulito, llegándole a llamar “analfabeto funcional”, por no haber sido lo suficientemente agresivo en sus preguntas al invitado. La dirección del programa le acababa de comunicar al conductor de Rescátame que la audiencia había caído seis puntos respecto al día anterior.

—Para quienes se hayan incorporado al programa estamos de nuevo con Paco Soberano para seguir hablando sobre su operación de alargamiento de pene —dijo Luis Alberto—, pero antes tenemos preparado un video en el que el doctor Jaume Puigcerdà nos explica los pormenores de la intervención.

El doctor Puigcerdà apareció en una pantalla gigante, a espaldas del presentador. Cabeza romana, pelo canoso, rostro equino y bronceado que contrastaba con su dentadura blanca y perfecta, el galeno, revestido con una bata inmaculada, era un hombre atractivo a juicio de la mayoría de las mujeres. Hablaba con la seguridad y la satisfacción de los que han llegado a la cima de su profesión y sólo deben preocuparse por el futuro de sus vástagos, obsesionados con esquilmar el patrimonio de la familia. Aparentaba sesenta años, pero su edad verdadera podía ser otra porque cabía la posibilidad de que él también se hubiese puesto en manos de otro cirujano.

“El paciente don Francisco Soberano llegó a mi consulta con un severo cuadro depresivo —comenzó explicando el doctor—. Esta patología estaba motivada por disfunciones constantes en su vida sexual. Según el relato que el interesado me hizo, acostumbraba a tener relaciones con mujeres más jóvenes que él, y estas le sugerían, de una u otra manera, tener un miembro viril más grande para complacerlas. El paciente, al percatarse de que su pene no era lo suficientemente grande para el gusto de sus parejas, entró en una dinámica negativa de pérdida de confianza que le llevó a episodios cada vez más recurrentes de disfunción eréctil, también conocida por impotencia, que ni siquiera podían ser corregidos con tratamiento farmacológico”.

“Cuando el paciente llegó por primera vez a mi clínica —continuó el médico—, llevaba más de un año sin haber consumado el acto sexual. Mi equipo de colaboradores y yo concluimos que el alargamiento de pene era, de todas las opciones estudiadas, la solución más adecuada y eficaz para que el paciente recuperase la confianza perdida y normalizara su vida sexual. El único problema surgió cuando el interesado había tomado como modelos de referencia los penes de algunos actores de cine de adultos y debimos convencerlo para que aceptase un tamaño más realista habida cuenta de su constitución física y edad”.

El doctor Puigcerdà se despidió, dio las gracias y desapareció de la pantalla. Era de nuevo el turno de Raulito que, azuzado por Luis Alberto, que había conseguido hacerle llorar minutos antes, había adoptado el rictus agresivo de un perro de presa antes de escupirle la siguiente pregunta al invitado.

—Paco, antes de pasar por quirófano, que a tu edad siempre es un riesgo —dijo el colaborador con sorna—, ¿no contemplaste alguna alternativa menos arriesgada? 
—Como ha dicho el doctor que me operó, hubo una época en que pasé una fuerte crisis depresiva de la que creía que no iba a salir. Puede que fuera la crisis de los cincuenta. Sentía que las mujeres me gustaban tanto o más que cuando era joven pero ya no las satisfacía de la misma manera en la cama. Viví momentos humillantes que prefiero no recordar. Y sí, Raulito, pensé en otras alternativas al quirófano como el uso de geles, la ingestión de pastillas e incluso un alargador que os puedo asegurar que era muy incómodo de llevar. Después de varios meses intentándolo de una manera u otra apenas hubo progresos en el tamaño de mi pene.
—¿De cuántos centímetros hablamos? —insistió Raulito.
—De sólo dos.
—¡Sólo dos centímetros de más! ¿Lo estás diciendo en serio? Ja, ja, ja —Raulito emitió un gorjeo de canario que podía parecerse al grito en falsete de un eunuco, y después miró al presentador para recibir su aprobación. ¿Habría sido lo suficientemente agresivo esta vez con el pobre Paco?

Luis Alberto le perdonaba la vida Raulito dirigiéndole una mirada que no ocultaba el desprecio que sentía por él.

La periodista a la que se le hinchaban las venas del cuello cada vez que se disponía a intervenir pidió de nuevo la palabra pero la estrella, en otro desplante a su compañera, se anticipó. Comenzaba a sudar, cosa que le desagradaba porque se le corría el rímel.

—Querido público, ya sabéis que tenéis dos teléfonos a vuestra disposición para contestar a la siguiente pregunta: ¿Ha hecho bien Paco Soberano en alargarse su pene? Si consideráis que ha acertado marcad el número que aparece a la izquierda de vuestra pantalla, si pensáis que se ha equivocado marcad el de la derecha. De todas las llamadas elegiremos una ante notario. El premiado ganará una estancia para dos personas en un maravilloso hotel de Torrevieja durante un fin de semana.

El único periodista que aún no había intervenido, un tipo calvo y corpulento, con rostro patibulario de novela negra y un coeficiente intelectual superior al de sus compañeros, Kiko Malaespina le llamaban, se hizo oír con su voz grave y chulesca.

—Pero, dime Paco, ¿no crees que el buen manejo de un pene es más importante que su tamaño? Una mujer inteligente —y hablo por experiencia porque he conocido a muchas— aprecia más que el hombre sepa utilizarla antes que la tenga larga.
—Kiko, me conoces desde hace muchos años y sabes lo que pienso sobre esto —respondió Paco Soberano en un vano intento por buscar la complicidad del interlocutor—. Evidentemente lo importante es saber utilizarlo pero sabes como yo, Kiko, que en estos tiempos a la gente le importa más la cantidad que la calidad, y en el sexo, nos guste o no, ocurre lo mismo. Las mujeres jóvenes quieren penes grandes. Eso no admite discusión para mí.

Kiko Malaespina le escuchaba con el codo apoyado en la mesa mientras se acariciaba el mentón. Era un hombre que daba miedo hasta a sus amigos. Volvería a disparar. Sabía que Paco Soberano era una pieza fácil que se cobraría de inmediato.

—Paco, dejémonos ya de payasadas. Tus palabras no me convencen ni a mí ni a nadie que te está escuchando —le espetó con desagrado—. Has venido a vendernos la operación de tu pene con un fin muy claro: cobrar un dinero del que estás muy necesitado. Y lo sabes. Todos conocemos tus problemas económicos. Se te ha visto pidiendo limosna por el centro de Madrid, de manera que no nos cuentas más milongas.

La estrella terció para rebajar la tensión provocada por las palabras agresivas de Kiko Malaespina.

—Kiko, creo que has sido injusto con Paco —le reconvino falsamente—. Lo que has dicho es cierto pero deberías haber utilizado otras formas.

Luis Alberto se calló unos segundos, que parecieron una eternidad para el público, buscando un nuevo clímax ante su audiencia.

—Este programa ha accedido a un video en el que se ve a Paco Soberano pidiendo limosna en la puerta de la iglesia del Cristo de Medinaceli en Madrid. Pero por respeto hacia su persona no lo vamos a emitir… de momento. —En un gesto teatral y muy medido, Luis Alberto se acercó al entrevistado y apoyó su mano en el hombre. Paco Soberano no sabía dónde esconderse y deseaba que este tormento acabase cuanto antes.

—Antes nos hablabas de que has estado retirado de la profesión porque necesitabas tiempo para reencontrarte —prosiguió Luis Alberto—. Ahora todos queremos saber, empezando por este público que te está mirando, cuáles son tus proyectos.

Paco Soberano titubeó, por primera vez bajó la cabeza, se miró sus manos hermosas y grandes de hombre acabado y carraspeó.

—Bueno…, sabes que no trae buena suerte hablar de proyectos cuando aún no están confirmados pero os puedo adelantar que una televisión suramericana se ha interesado por mí y…

María, la periodista pizpireta, intervino por fin antes de que Paco acabase la frase en la que no había puesto demasiada convicción.

—¿Te refieres al reality show en el te han ofrecido participar en una televisión paraguaya?
—Estás mejor informada que yo —concedió Paco con ironía y resignación—. Ese es el programa. Faltan algunos flecos por cerrar pero es prácticamente seguro que participe en él.
—Pero ese programa —insistió la periodista— ha levantado fuertes críticas en Paraguay, ¿no?
—No sé a qué te refieres, María —mintió Paco Soberano porque sabía perfectamente a qué se refería.

Mirando fijamente a la cámara, como si fuese a dar la noticia del siglo, la periodista declamó:

—Es importante que la audiencia de Rescátame sepa que Francisco Soberano va a intervenir en un reality en el que dos de sus participantes se han suicidado por no soportar la tensión. Los concursantes viven hacinados en una celda y deben enfrentarse a pruebas como alimentarse de heces de cabra o beberse su orina porque no hay agua potable.

Paco Soberano intentó responder pero no le salían las palabras. Comenzó a mover nerviosamente los pies de un lado para otro. Su cuerpo estaba fuera de control. Cuando por fin iba a abrir la boca Luis Alberto le cortó.

—Tenemos ya los resultados de la encuesta telefónica. El 83% de los participantes cree que Paco hizo bien al alargarse el pene mientras que sólo un 17% piensa que se equivocó. ¿Estarás contento, Paco?
—La verdad es que sí —respondió con alivio—. Esta encuesta demuestra el cariño que todavía me tiene la gente. Y me da fuerzas para continuar mi carrera con más fuerza.

Luis Alberto y el resto de los contertulios se miraron con incredulidad y sintieron, por primera vez, una pizca de pena por el entrevistado, algo excepcional en el programa. Había llegado la hora de la despedida.

—Paco, te agradecemos que hayas estado en nuestro programa para hablar de tu alargamiento de pene.

El presentador cortó sus palabras de despedida e hizo ver por señas que le habían comunicado una novedad.

—Acaban de contarme que la exmujer de Paco Soberano quiere intervenir en directo para darnos una exclusiva.

Se oyó la voz alterada de una joven con acento suramericano. De fondo un niño berreaba.

—Yo quiero que toda España sepa, que lo sepa gracias a Rescátame —gritó la exmujer fuera de sí— que Paco Soberano es un farsante y un malnacido, que no ha llamado a su hijo en dos años. En este tiempo no me ha pasado la pensión del niño. Da la cara, Paco, y contesta por qué no quieres ver a tu hijo. ¡Canalla más que canalla!

La cámara enfocó el asiento vacío en el que hacía unos instantes Paco Soberano sufría un severo interrogatorio. El entrevistado se había marchado porque, entre otras razones, tenía prisa para coger el último autobús interurbano que le llevaría a Madrid. En el bolsillo llevaba el cheque que le habían entregado por haber intervenido en el programa. Paco estaba cansado y sudoroso, el corazón le seguía latiendo con fuerza, se había desabrochado el nudo de la corbata. También estaba triste y algo avergonzado por lo sucedido. Le dolía además la entrepierna de estar tanto tiempo sentado. Buscó en su chaqueta pero no encontró la pastilla que le aliviaba el dolor. En la parada nadie le reconoció. Sintió alivio. Por suerte aún quedaba gente que no veía Rescátame.

sábado, 25 de agosto de 2018

Fin de trayecto


A la memoria de don Jesús José Rodríguez Rodríguez de Lama


El cuerpo encorvado de una vieja asoma por la puerta que da a una terraza. Le cuesta subir el escalón para acceder a ella. Camina apoyándose en un bastón mientras con la otra mano sostiene una palangana con ropa húmeda. Se mueve con dificultad, avanzando con pasos cortos, para alcanzar el tendero. La terraza es grande, y a cada metro que recorre lanza un suspiro. La respiración se le entrecorta; se ahoga, tose, siente que las fuerzas le abandonan. Pero por fin ha llegado. Deja el bastón reclinado en la barandilla. Intenta mantener el equilibrio mientras saca cada prenda de la palangana. Sigue respirando con dificultad. La mañana ha amanecido muy fría en esta pequeña ciudad del interior del país, donde ya no se ven niños y los viejos son mayoría.

A mitad de tender la ropa, la mujer oye una voz procedente del interior de la vivienda. En ese momento su cara adquiere un rictus desagradable, como si esa voz familiar le hubiese comunicado una noticia inoportuna. O tal vez su rostro contrariado se deba al enojo por interrumpirle la tarea que tanto le cuesta llevar a cabo. La mujer se gira como puede y responde con gritos inaudibles, y luego continúa tendiendo. Del interior de la casa no vuelve a llegar ninguna voz. Cuando está a punto de vaciar la palangana, la anciana ve acercarse una paloma. Sin pensárselo coge el bastón e intenta golpearla. (Odia las palomas: la barandilla y el pavimento de la terraza están llenos de sus cagadas.) La paloma, más ágil que la vieja, que además apenas ve, esquiva el bastonazo. La mujer da un traspiés y acaba en el suelo. Comienza a gritar para que alguien le ayude; no puede levantarse. La paloma revolotea sobre su cabeza. Al caerse se le ha desprendido la peluca rubia, y un cristal de las gafas se ha roto. El animal picotea la peluca como si se tratara de su desayuno. Desesperada, la vieja sigue gritando mientras se duele de la rodilla derecha que tal vez se haya fracturado con la caída. Un hombre de su edad, probablemente el marido, sale a la terraza y corre en su ayuda cuando la ve tendida en el suelo. Ella ha dejado de gritar, ahora sólo llora como una niña desconsolada. El marido la levanta del suelo con cuidado. Ya en pie, se coloca la peluca. Dedica unos segundos a ajustársela, avergonzándose de su estado, y luego se limpia las lágrimas con un pañuelo del marido. Después de colocarle las gafas rotas, él le ofrece su hombro derecho para regresar al interior de la casa, pero ella lo rechaza con gestos de desaprobación, como si lo culpase de este contratiempo. El marido, sin mostrar sorpresa por el desaire de la mujer, se marcha, sin embargo, cabizbajo. Bajo un cielo azul huérfano de nubes, ella acaba de tender la ropa. Después se asoma a la calle en la que apenas circulan coches a estas horas de la mañana.

Carmina ha presenciado la escena desde el edificio de enfrente. Asomada a la calle, protegida por los barrotes de la barandilla, ha seguido los pasos y la posterior caída de la anciana sin moverse. Todavía lleva blancos los bigotes del desayuno. Cuando la mujer desaparece, Carmina se tumba boca arriba, buscando los rayos del sol, y cierra los ojos. Quiere dormir de nuevo pero no lo consigue. Bosteza y se limpia los restos de la leche con las patas. Se levanta nerviosa y vuelve a recorrer toda la terraza, de un lado a otro, parándose a olisquear los rincones. Otra vez se asoma a la barandilla: la anciana no aparece. Cansada de estar en la terraza, entra en el salón y se acurruca en el sofá. La habitación está en silencio. Emite un breve maullido y ahora sí consigue dormirse.

Al cabo de unos minutos unos pasos se acercan al salón. Son los pasos de un profesor jubilado, que viste modestamente, con un jersey gris de cuello de cisne y unos pantalones marrones de pana. Al ver dormida a la gata, evita hacer ruido para no despertarla. Coge un libro de una estantería, que resulta ser la Ilíada, y lo abre al azar. Es el pasaje en que Aquiles y Héctor se enfrentan en el combate decisivo del poema. Pese a ser un valeroso guerrero, admirado por su amor a su familia y a su patria Troya, Héctor es consciente de su inferioridad respecto a Aquiles, el de los pies ligeros. Tiene el presentimiento de su muerte. Homero narra, en unos versos hermosos e imposibles de olvidar, la lucha encarnizada entre los dos y la muerte del héroe troyano, así como la posterior venganza de Aquiles, necesitado del amor de Patroclo. Llevado por su cólera, el divino Aquiles ata los tobillos de Héctor a su carro y lo arrastra hasta las naves de los aqueos, ante el júbilo de los suyos y el horror de los troyanos que han presenciado el combate detrás de las murallas.

El viejo profesor, acercando sus ojos miopes al papel, sigue leyendo hasta llegar a sus versos favoritos, aquellos que cuentan el encuentro entre el rey Príamo, padre de Héctor, y el héroe de los aqueos. Príamo, disfrazado para no ser reconocido, accede a la tienda de campaña de Aquiles. Este, tras conocer la identidad de su invitado, le escucha con atención. Príamo le suplica que le entregue el cadáver de su hijo para organizarle unas honras fúnebres acordes con la importancia de haber sido príncipe de Troya. Aquiles, que al arrastrar el cuerpo sin vida de Héctor se había comportado con la crueldad que le caracterizaba, siente compasión por un hombre embargado por la pena, a quien su corona de nada le sirve para soportar la muerte de su heredero; él, Príamo, cabeza de una dinastía legendaria, sólo es ahora un padre que llora la muerte de un hijo que nunca verá la vejez. Y lejos de allí le lloran también su madre Hécuba y su esposa Andrómaca, que queda viuda a cargo de su hijo Astianacte.

Al releer estos versos, siente la misma emoción que cuando, siendo un joven seminarista, los descubrió de la mano de su profesor de griego. Una y otra vez ha vuelto a ellos sin perder la primera fascinación que le causó haber descubierto un tesoro que le había permanecido oculto. Homero, Hesiodo, Virgilio, Ovidio, Horacio y tantos otros clásicos con los que había crecido se habían ganado el derecho de pertenecer a su familia. No sabía vivir sin ellos porque en sus lecturas había encontrado la calma y el consuelo para suavizar los infortunios de la vida; también en ellos había una guía para conducirse en un mundo hostil y extraño en el que la huella de aquellos varones ilustres había sido borrada por el progreso. El hombre acaricia el lomo y las tapas duras del libro, forradas con cuero negro, como si se tratara de un trofeo conquistado después de vivir tantas batallas como Ulises, y que nunca dejaría que nadie se lo arrebatase.

Como cada martes le ha tocado leer un clásico antes de comenzar su jornada de trabajo. Los martes, jueves y sábado dedica una hora de la mañana a leer a un autor griego o latino. El resto de la semana la reserva a la lectura de las Sagradas Escrituras. No sabría decir qué le produce más placer o gozo, si leer a Tucídides o el Evangelio de San Juan. Para él nunca representó una contradicción amar a los clásicos griegos y romanos, con sus historias de dioses lascivos e incestuosos y héroes iracundos y fornicadores, y entregarse, con la misma devoción, al estudio y la interpretación de la Biblia. Hasta su jubilación había compaginado su trabajo de profesor de lenguas clásicas con la administración de una pequeña parroquia.

En una de las esquinas del escritorio permanecen amontonadas cartas sin abrir. Todas tienen el mismo remite y han llegado en los últimos meses. No las ha abierto ni las abrirá; pero no se atreve a tirarlas. Se ha acostumbrado a esperar la visita del cartero, a firmarle las veces que le dice y dónde le dice, a tomar la carta con precaución, darle las gracias, cerrar la puerta y dejarla sobre otras que han corrido la misma suerte.   

Mira su reloj de pulsera: queda una hora para celebrar la única misa del día. De un cajón extrae unas cuartillas. En ellas ha escrito las notas para el sermón de esta mañana. Rara vez hace tachones; pero sólo él es capaz de entender su letra, y no siempre, porque su caligrafía es ilegible. Desde hace cuarenta años, cuando lo nombraron párroco, tiene la costumbre de leer por la noche el Evangelio que comentará al día siguiente. Antes de acostarse toma unas notas que le servirán para la homilía. Se piensa cada palabra; se levanta y consulta un libro de teología o de historia, vuelve a sentarse y sigue escribiendo; intenta buscar relación entre las enseñanzas de Jesús y su mundo, y cuando cree que ya no puede mejorarlo lo deja y se acuesta. Siempre pone el mismo empeño en prepararse el sermón; no es como otros de sus colegas que improvisan echando mano de lugares comunes. Él ama las cosas bien hechas; por eso cuida al detalle cada ceremonia en la iglesia, la que siente como su casa. No le gusta improvisar. Actor aficionado en su juventud, creía que la liturgia era una pieza teatral con final feliz: la resurrección de Cristo. Al principio se sentía como un comediante (en el mejor sentido de la palabra) que salía a un escenario para buscar el aplauso del público. En sus primeras celebraciones tuvo que luchar contra su timidez. Hablar ante sus feligreses le imponía. Pero aprendió, poco a poco, a vencer los nervios hasta convertirse en un aceptable orador. Entonces venían de otras iglesias a escucharle porque se había corrido la voz que era un cura diferente y divertido, que sentía lo que decía, a diferencia de otros sacerdotes que ejercían su magisterio como funcionarios. En aquellos años, cuando la iglesia se llenaba cada domingo de familias numerosas, y estaba solo para oficiar hasta cuatro misas, disfrutaba escuchando el tono y el timbre de su voz ante cientos de personas. Llegó a pensar si aquello no era una forma oculta de narcisismo de la que debía arrepentirse y confesarse. Aquellos tiempos, sin embargo, no eran los de hoy, cuando su público se reducía, según sus cálculos generosos, a un puñado de ancianos y a un muchacho atolondrado que, después de una adolescencia problemática que le había llevado a cometer pequeños delitos, quería ordenarse sacerdote y no sabía dónde ni cómo porque la mayoría de seminarios habían cerrado por falta de vocaciones. Para él era triste celebrar una misa en un templo casi vacío, ante personas que dormitaban, ajenas por completo al sermón que con tanto interés había preparado la noche anterior.

Ahora relee las notas y subraya las ideas que considera importantes sobre uno de los pasajes más conocidos del Evangelio de San Marcos, el del joven rico. Lo tiene entre sus preferidos. Nacido en una familia de orígenes modestos, con un padre que se había ganado el jornal como albañil y nunca había escondido sus ideas anticlericales (y que por esa razón no había comprendido ni aceptado la repentina vocación sacerdotal de su hijo), el viejo profesor había simpatizado con ideas izquierdistas en la juventud. Su ideología, de la que nunca hacía gala, había sido advertida por sus superiores, que la veían con recelo. No fue necesario amonestarle porque era prudente en sus manifestaciones. Sin embargo, el encuentro de Jesús con el joven rico le predisponía a hablar, ante sus feligreses, de las inaceptables diferencias entre los poderosos y los humildes, del lujo de los ricos a costa de la miseria de los pobres y de cómo la riqueza era un impedimento para ser un buen cristiano. Les recordaba que, como el joven rico que decepcionó a Jesús porque no quiso renunciar a sus bienes para seguirle, había otros muchos poderosos que decían cumplir con los Evangelios pero en realidad eran hipócritas porque sus actos nunca estaban a la altura de sus palabras.

Cuando acaba de retocar las notas se vuelve buscando a Carmina, que ha despertado y corretea de un lado a otro del salón. Él la llama para que acuda a sentarse en su regazo pero ella, por costumbre, se hace la remolona; le gusta seducir a quien es su dueño desde que la recogió, hace ya cinco años, de un contenedor de basura cuando estaba a punto de morirse de frío y hambre. Carmina es cariñosa, sociable, muy juguetona. Entre los dos hubo un flechazo de amor desde el primer día. Él la llama por su nombre y ella se resiste, como si se tratara del cortejo galante entre un hombre y una mujer. Carmina es una gata coqueta, con un pelo blanco salpicado de manchas marrones y negras. Sus ojos son verdes y encantadores. Le gusta dormir junto a su dueño, acurrucándose a sus pies, y de ahí no se mueve en toda la noche. Si hay algo que le aterra es el agua, y él sufre para bañarla pero ella se escapa del barreño con facilidad y rara vez se deja embaucar por los cumplidos melosos de su galán.  

El hombre insiste y le hace señas para que se acerque porque quiere jugar con ella, pero Carmina se le vuelve a resistir. Se esconde detrás del sofá. Se sube a una vieja televisión que lleva años apagada. Le encanta que la busquen y la persigan. Él, que la conoce bien, le sigue el juego arrodillándose primero y después andando a gatas. Carmina asoma la cabeza por el respaldo del sofá, le maúlla y ahora sí se deja querer. El hombre le responde con un maullido de felicidad. Cuando sus miradas están a solo un palmo, él le acerca los labios y la besa. Luego la abraza y comienza a mecerla como a un recién nacido. “Ay, mi Carmina, qué traviesilla es”, le susurra mientras se ríe para sus adentros. Nunca hubiera imaginado que se podía querer tanto a un animal. Él, que nunca había convivido con una mascota en casa, la quería como si fuese un miembro de la familia. En realidad su familia se había reducido a dos personas: él y Carmina. Hacía muchos años que sus padres habían muerto y su única hermana, casada con un farmacéutico del Norte, había dejado de hablarle tras el reparto de la herencia, de manera que Carmina se había convertido en su única compañía para sobrellevar la soledad. Por nada del mundo la querría perder. Hay noches en que despierta sobresaltado después de tener una pesadilla en la que atropella a Carmina y encuentra su cuerpo destrozado debajo de las ruedas, y siente temor, angustia, un miedo difícil de vencer.

Mientras piensa en el mucho amor que este animal le ofrece, suena el timbre de la casa. Se sorprende tras oírlo. No está acostumbrado a recibir visitas y menos a estas horas de la mañana. Se dirige intrigado a la puerta preguntándose por quién puede ser. Al abrirla ve a dos hombres vestidos de idéntica manera, con traje negro, camisa blanca y pajarita roja. La similitud de la ropa contrasta con la diferencia de edad y estatura. Uno de ellos, alto y corpulento, se diría que hasta atractivo, aparenta cuarenta años y tiene una sonrisa forzada, mientras el otro, que parece todavía un adolescente, poco agraciado y de aspecto taciturno, no alcanzará los veinte.

—Buenos días, disculpe que le molestemos a estas horas —se excusa el de mayor edad—. Me llamo Winston de la Cuadra y este es mi colaborador, Benjamín Criado. ¿Es usted don Jesús Fernández?
—Sí, soy yo, ¿a qué se debe su visita?
—Soy el director del departamento jurídico de Peace and Love Company —dice Winston—. Como sabrá, somos la principal promotora de centros de bienestar emocional en la región. Benjamín ha venido a ayudarme. ¿Le importa que pasemos?
—Adelante, pero les advierto de que no dispongo de mucho tiempo para atenderles.
—Sabemos que tiene que marcharse a celebrar su misa diaria —responde el abogado.

El sacerdote les mira sorprendido por lo que acaba de escuchar. “¿Cómo lo han podido averiguar?”, piensa.

—No se extrañe de lo que le acabo de decir —añade—. Nuestra obligación es saberlo todo de usted. ¿Le importa que mi ayudante grabe la conversación? Es para evitar malentendidos.

Antes de que el viejo profesor responda, está ya siendo grabado. El abogado se sienta en el sofá y extrae de su cartera las hojas de un contrato.

—Hemos intentado ponernos en contacto con usted varias veces, pero no ha contestado a nuestras cartas —se lamenta.

Jesús, con el rostro contrariado, no da crédito a que dos extraños hayan invadido su intimidad y se hayan hecho dueños de la situación.

—¿A qué han venido? —es la breve respuesta que es capaz de articular.
—Usted lo sabe bien —responde Winston—; no es necesario que se lo expliquemos. Venimos a buscar su conformidad para que abandone la iglesia de la que sigue siendo párroco.
—Eso no es posible; esa es mi casa y no pienso marcharme de ella.
—Su casa es esta en la que vive —ironiza el abogado—; no una iglesia que se está cayendo a pedazos y que nadie se molesta en visitar.
—Eso es mentira, y lo sabe; está faltando a la verdad. ¡Claro que hay gente que va a mi iglesia!
—Quien falta a la verdad es usted, don Jesús —insiste Winston—. Desde hace meses grabamos las entradas y salidas a su iglesia, y ni una sola persona se ha acercado a oír misa en este periodo.

Jesús, avergonzado, baja la cabeza como si su secreto más íntimo hubiera quedado al descubierto. Cuando vuelve a levantar la vista tropieza con la mirada fija del abogado. Carmina, que parece entender el sentido de la conversación, se ha acercado a su dueño a lamerle las puntas de sus zapatos. Al final Jesús rompe el silencio.

—Es una situación pasajera; ya he vivido otras parecidas. Los feligreses van y vienen, como todo en la vida.
—Los feligreses, como así los llama, no volverán —continúa Winston—. Nadie cree en Dios, nadie lo necesita. Eso son cosas del pasado. Sus jefes han sido los primeros en entenderlo y aceptarlo. Y usted, que les debe obediencia, ha rehusado entrevistarse con el obispo de su diócesis para que le explicase el acuerdo que hemos alcanzado con él.
—No me importan los tratos a los que hayan llegado. Mi deber como sacerdote es seguir al frente de la parroquia.
—No nos lo ponga más difícil —insiste el abogado—. No tiene el apoyo de nadie. Sus superiores le han dado la espalda y los pocos creyentes que conservaba se le han ido muriendo. No queda ninguna iglesia abierta en la ciudad, salvo la suya. Todas han cerrado por falta de fieles. Está usted completamente solo.

El sacerdote, dando muestras de nerviosismo, rebusca en uno de los bolsillos del pantalón y encuentra una imagen de la Virgen. Se la regaló su madre por su primera comunión. La aprieta con fuerza. Desde entonces nunca le ha abandonado, ni en los peores momentos como cuando una noche perdió a su primera y única novia en un accidente de tráfico cuando los dos volvían de las fiestas de un pueblo cercano a la ciudad.

—No les cederé la iglesia —dice mientras la medalla de la Virgen se pierde en su puño, y él busca en ella la fuerza que le falta.
—Deja de grabar, Benjamín. Con esto ya hemos tenido suficiente —le indica Winston.

Sin que su voz se haya oído desde que entró en la casa, Benjamín obedece la orden de su jefe y se cuelga la cámara al hombro.

—Creíamos, don Jesús, que al final se impondría la sensatez en el contencioso que nos enfrenta y que acabaría dándonos la razón para evitar males mayores. La empresa a la que represento es siempre partidaria del acuerdo en situaciones como esta. Incluso veníamos con una oferta para usted —continúa el abogado—; queríamos ofrecerle una pequeña participación en la sociedad que gestionará el centro de bienestar emocional que se levantará en el solar donde se encuentra la iglesia.
—¡Por quién me han tomado! ¿Creen que soy un imbécil, alguien que se puede comprar con unas monedas?, responde, airado, Jesús, levantando el puño derecho con intención de golpear a Winston.

El abogado, dando un paso atrás, se sorprende de la reacción del cura, que ha perdido los nervios.

—Cálmese —le dice—; está demasiado nervioso. No creo conveniente ni útil que mi colaborador y yo sigamos un minuto más en esta casa. Todo lo que teníamos que decirle se lo hemos dicho. Hemos cumplido con nuestra obligación al ofrecerle una salida pactada y, al ver rechazada esta última oportunidad de acuerdo, usted será el único responsable de lo que sucederá.
—Déjenme en paz, quiero quedarme a solas con mi gata. He perdido demasiado tiempo con ustedes, señores de la Cuadra y Criado. Que tengan un buen día.
—Y usted también, don Jesús. No obstante, le anticipo que esta mañana nos dirigiremos al juzgado para solicitar el cierre y el cambio de titularidad de su iglesia como paso previo a su demolición. Puede recurrir la decisión pero le advierto de que le costará dinero y que la justicia, en casos similares como el suyo, nos ha dado la razón.

El abogado y su ayudante se marchan cuchicheando sin que el cura pueda descifrar lo que dicen. Con su marcha la casa se ha quedado de nuevo en silencio. Agotado por la tensión de la conversación, se desploma, como un saco triste de arena, en el sofá. Carmina salta sobre sus rodillas. La acaricia y al tiempo se avergüenza de que lo vea llorando. La gata le lame sus manos llenas de arrugas y manchas. Tiene sed y se siente viejo. Ahora recuerda a su madre cuando lo consolaba, después de regresar del colegio, porque unos compañeros le habían pegado en el patio. El recuerdo de la madre le alivia el dolor. El reloj ha marcado las diez. A esta hora debería de estar delante del altar oficiando la misa. Es la primera vez que falta a su deber con sus fieles. ¿Y si el joven que quiere ordenarse ha aparecido y se ha encontrado la iglesia cerrada? ¿Qué habrá pensado de él? ¿Se perderá su vocación? Y algo peor: ¿qué habrá pensado Cristo de haber faltado a sus obligaciones como sacerdote? ¿Se sentirá traicionado por su comportamiento? El cura se hace estas preguntas en un estado de zozobra. La última es para la gata, que ha dejado de maullar, y está tan taciturna como su amo. 

— Carmina, ¿tú crees en Dios o piensas como ellos? Dime que crees en Dios y que no estoy equivocado, que esta vida que he llevado desde aquella terrible noche ha tenido sentido. Dímelo, por favor, porque si tú tampoco crees en Dios, si Dios no existe y es sólo fruto de mi imaginación, ellos habrán ganado y mi fe, una fe que tiene los pies de barro, te lo aseguro, no habrá servido de nada.

La coqueta Carmina permanece en silencio, sin aparente interés por contestar. No bien acaba de hablar su dueño, salta del sofá, maúlla en señal de despedida y se marcha sigilosamente del salón dejando al cura con sus cavilaciones.

martes, 31 de julio de 2018

La semilla del diablo


Cuando ella susurró algo parecido a un “te quiero” y cerró los ojos como si el mundo le debiese este favor, él sabía que aquello no tenía marcha atrás. Había temido ese momento como sólo se temen los errores irreparables. Hasta entonces había sido muy hábil para no cometer esa torpeza, consciente de que un mal paso le traería una profunda desgracia, el tipo de desgracia que castiga a los que fueron avisados con tiempo e hicieron caso omiso de la advertencia. No os arriesguéis, les dijeron, no hagáis esa tontería porque acabaréis arrepintiéndoos; en realidad tanto sacrificio es en vano, les siguieron alertando, pero de nada valió tanta prevención, tanto consejo inútil, pues vivimos en el error y morimos en el error. En verdad, él había resistido más de la cuenta, lo que en sí ya era un mérito, pero al final había sucumbido como los demás, porque no era diferente a ellos.

Ella permanecía con los ojos cerrados y buscaba la mano derecha de él para llevársela a sus pechos. Tendido en la cama, el hombre observaba los mosquitos que habían quedado atrapados en el interior de la lámpara del techo. Se veía como uno de esos bichos que, atraído por la luz, encuentran su perdición en ella. La mano del hombre se detuvo en los pezones, que habían perdido su dureza. Ninguno se atrevía a hablar, y sin embargo ese silencio lo decía todo. Ella deseaba lo que acababa de suceder, lo que tanto había perseguido y tantas veces se había visto postergado, y él se lamentaba por no haberlo evitado, pero no se atrevía a confesarlo. Nunca se lo diría porque, de hacerlo, ella nunca se lo perdonaría. Era su triunfo, la victoria tanto tiempo perseguida, el anhelo cotidiano, la revancha de tantas mujeres contra hombres inseguros, que dejan hacer, que se dejan llevar hasta que se dan cuenta de que han cedido su libertad a cambio de un poco de tranquilidad, de la engañosa seguridad, un mal negocio, sí, pero del que sólo había un responsable, y era él.

—¿Qué piensas? —le preguntó Soledad acariciando la mano apretada de Justo en sus pechos.
—Nada, no pienso nada —contestó Justo manteniendo la vista en el techo para evitar cruzar la mirada con ella.
—¿Era la primera vez que te corrías dentro, verdad? —insistió.
—Creo que sí, pero no le veo ninguna importancia, Sole.

Mentía porque sabía que sí tenía importancia. Si él hubiese girado la cara, lo que aún no atrevía a hacer, hubiese visto la sonrisa triunfadora de ella. La partida tenía una clara vencedora. Él había sido derrotado por su cobardía. El rostro de Soledad revelaba la satisfacción por haberse cumplido un plan urdido con mucha paciencia y ejecutado no sin dificultades, lo que no era extraño porque ese plan contaba con la resistencia de una de las partes. Cuando ella alcanzó el orgasmo y rompió a gritar como acostumbraba, sin importarle que a esas horas de la tarde le oyesen los vecinos que descansaban pared con pared, Justo era consciente de que había quedado embarazada. No era una conjetura sino una amarga certeza. Aquel fatídico momento lo había retrasado de mil maneras, con toda clase de pretextos, desde que se conocieron en el bar de una estación. El tren en el que volvían a la ciudad había sufrido una avería. Aquella hora de conversación, mientras llegaba un autobús para recogerlos, les hizo ver que tenían cosas en común. Además existió atracción física desde que cruzaron las miradas. Eligieron volver juntos en el autocar y, antes de despedirse, se intercambiaron los teléfonos.

Pasaron varias semanas, hasta que ella tomó la iniciativa de llamarle. Quería saber, le dijo, cómo le habían ido esas semanas, qué tal se había comportado su jefe, al que Justo detestaba; le preguntó por otros asuntos menores con el fin de insinuarle su interés de volver a verlo. Él aceptó y se vieron. Quedaron una tarde de sábado de otoño para ir al cine (a una película que les aburrió) y luego fueron a cenar. Se rieron mucho. Ella vio que él, pese a su seriedad inicial, tenía sentido del humor. Él, por su parte, agradeció que Soledad se olvidara de la cautela del día en que se conocieron y le confesase asuntos íntimos de su familia, como el fracaso del matrimonio de sus padres. Se habían divorciado cuando era una adolescente. Aquella ruptura le había condicionado, decía, al iniciar una relación con los hombres.

A él le atraía el tono confidencial que Soledad empleaba en cada una de sus palabras cuando hablaba de sus padres o de su hermano, que había emigrado a Alemania. Cada vez que ella quería confesarle un secreto, recurría al tic de tocarse el lóbulo de la oreja derecha. Cuando lo hacía cerraba los ojos. La primera vez que se vieron, él no supo cómo interpretar esa señal; si detrás de ella cabía entender que tenía el campo libre para proponerle pasar la noche juntos, pero pensaba que la relación, si deseaba que durase, no debía ser como en otras ocasiones, cuando él acababa acostándose con una chica la primera noche de conocerse y al día siguiente ya no volvía a saber de ella. Con Soledad, no sabía muy bien por qué, quería intentar algo distinto. Por eso se conformó con darle un beso en el coche antes de dejarla en el portal de su edificio.    

—¿Me quieres?
—Sabes que sí, Sole, ¿por qué me lo preguntas?
—Porque me gusta que me lo digas. Una mujer necesita que le digan que la quieren y tú me lo dices muy poco.
—Que no te lo diga tantas veces como te gustaría escuchar —contestó él molesto—, no quiere decir que no te quiera lo suficiente. Te quiero mucho, y lo sabes, pero las palabras se desgastan de tanto abusar de ellas.
­—Pues tú abusa de mí y de las palabras… si son bonitas —le dijo Soledad riéndose antes de darle la espalda y hacer como que iba a dormir.

¿La quería de veras? No podía negar que a veces sintiera cariño por ella, y no sólo cariño sino también algo de ternura y de deseo, si bien el deseo se había enfriado durante la convivencia. ¿Qué significaba querer a una mujer? Justo se había repetido esta pregunta con otras mujeres y no había hallado una respuesta que le convenciese. ¿Acaso era diferente a otros hombres? ¿Era frío e incapaz de sentir? Nunca creía haberse enamorado. Dueño de un carácter racional y metódico, era reacio a las emociones repentinas, a dejarse arrastrar por una pasión que no tardaría en malograrse después de desaparecer el efecto de la novedad. Por haberlo vivido sabía de lo que hablaba. Una pasión llegaba y luego se despedía. Con Soledad había sido distinto; era una relación cocida a fuego lento desde el principio, sin prisas, dándose un tiempo para conocerse. Parecían una pareja del siglo pasado que se pensaba cada paso, como si sus actos respetasen un protocolo para acompasar el acercamiento de sus cuerpos y la gradación de sus afectos. En la época que les tocaba vivir, esta actitud era anacrónica, propia de mentalidades religiosas y muy conservadoras, pero ninguno pisaba una iglesia desde hacía lustros. Era algo distinto. Lo que les había hecho ir aproximándose, poco a poco, era el deseo de navegar contracorriente, eludir el camino fácil y corto, el mismo que habían recorrido antes con otras personas y que les había dejado una sensación de vacío y olvido.  

Hasta el tercer mes no se acostaron; tuvo que ser ella quien se lo propusiese. Llegó a dudar si le gustaba; es más, si le gustaban las mujeres en general. Él rehuía hablar de sexo; se sentía incómodo entrando en intimidades. La noche en que se acostaron no hubo nada que celebrar. Aquellos dos cuerpos ofrecieron una educada resistencia. No pasaron de ciertos tanteos y, viéndose inseguros en el juego, lo dejaron sin pedirse explicaciones. No era necesario darlas. Ya habían vivido situaciones similares. Pasarían semanas hasta que lo volviesen a intentar con un resultado menos insatisfactorio. Ella disfrutaba más del sexo; había visto qué tipo de hombre tenía en la cama y sabía cómo complacerlo. No tuvo que esforzarse demasiado porque Justo tenía unos gustos anodinos. La cama era también una rutina para él, y esto a ella le desagradaba. A menudo fingía los orgasmos o los tenía sola después, cuando Justo se había dormido. A Soledad le preocupaba que el interés de Justo por el sexo hubiera disminuido en los últimos meses porque sabía, como toda mujer, que el buen sexo mantiene contento al hombre y ejerce una sutil forma de dominación sobre él. Había llegado a pensar en si había conocido a otra mujer. De sólo imaginarlo le asaltaban las dudas, se ponía nerviosa, pero lo ocultaba para no parecer vulnerable.  

Justo no tenía una amante. Era demasiado perezoso como para complicarse la vida llevando una doble existencia. Las mujeres le interesaban hasta cierto punto, pero no eran su prioridad. En su escala de valores, a Justo sus padres le habían enseñado la importancia de hacer bien las cosas, de cumplir con los horarios, de tener siempre una sonrisa preparada, de no saltarse las normas bajo ningún concepto y de saber siempre a quien había que obedecer allá donde se estuviera. Esta forma de actuar podía parecer caduca pero a él le había sido útil; incluso le era ventajosa en estos días en que lo extravagante era ser disciplinado y obediente. Imitando el ejemplo de sus padres, que formaban un matrimonio inquebrantable de orígenes modestos, unido por la aspiración de prosperar gracias al tesón y al trabajo, él había tenido claro, desde los años de la adolescencia, cuál debía ser el camino por recorrer. Nunca tuvo dudas ni se dispersó como otros amigos adolescentes. Quería estudiar para ponerse luego a trabajar en un oficio que le permitiese vivir con holgura (con esto se conformaba porque no era persona de excesos) y le ganase el respeto de sus conocidos. Cumplidos los cuarenta, no podía considerarse un triunfador pero, por contra, había alcanzado los objetivos modestos que se había propuesto cuando cursaba el Bachillerato. Se sentía contento de sí mismo cuando cada viernes, después del trabajo, tomaba unas cervezas con compañeros de la empresa. Después regresaba a casa con la cara de satisfacción de quien sabe que ha cumplido con su deber, y esto le enorgullecía tanto como a sus padres, que lo habían fiado todo a su único hijo.

Soledad no entendía la obsesión de Justo por el trabajo. Lamentaba el escaso tiempo que le dedicaba pues siempre tenía una excusa para traerse trabajo a casa. Se había topado con un muro cada vez que había intentado convencerle de que debían prestarse más atención. Pero para Justo el trabajo era lo principal; en realidad lo que justificaba su existencia. Siempre le habían gustado los números: era contable. Todo en su vida, incluida Soledad, giraba en torno al trabajo. Además creía, equivocadamente, que ella lo estimaría más si mejoraba su posición en la empresa. Desde hacía semanas, el director de la empresa estudiaba cómo cubrir la vacante de una jefatura tras una jubilación. Se decía que había varios candidatos para ocuparla, y Justo se veía entre ellos. Conseguir esa jefatura implicaba un pequeño aumento de sueldo pero lo más importante era el prestigio que le proporcionaría pues Justo tenía la vanidad entre sus defectos. 

Ahora, cuando Soledad parecía dormir, otro hombre hubiera acariciado su cuerpo, empezando por sus cabellos; lo habría hecho delicadamente, con cuidado para no despertarla. Pero Justo no quería tocar un cuerpo que contenía la semilla de un cuerpo indeseado. Era la suya una sensación que no llegaba a ser de asco sino más bien de precaución ante cualquier contacto físico por quien se había convertido de repente en una extraña. Estaba compartiendo cama con una desconocida. Era extraño lo que le estaba sucediendo. Se levantó a beber un vaso de agua. La tarde era calurosa. Tenía el cuerpo empapado de sudor. Cuando regresó al dormitorio ella seguía dormida haciendo leves ronquidos a los que él no se había acostumbrado. Entonces la odió. Temía que se despertara y le volviese a preguntar por sus sentimientos. ¡Cómo podía sentir algo por una extraña! Una extraña que llevaba la simiente de su hijo. Echaba cuentas de cuándo nacería: puede que a comienzos de la primavera, un día de marzo o abril, en un hospital privado porque Soledad, nacida en una familia con mayores recursos, no consentiría dar a luz en uno público. Y tendría también que pasar por el trance de asistir al parto, como cualquier padre moderno, rodeado de batas verdes, él también con la suya, con miedo a desmayarse porque una gota de sangre era suficiente para que perdiese el equilibrio. Vendrían los padres de ambos con sus felicitaciones y regalos, preguntando por la salud de la madre y del bebé y deseándole lo mejor a la nueva familia. Con cara de disimulada resignación, él aceptaría todos los cumplidos preguntándose si haber tenido ese hijo había sido el mayor error de su vida. Apuraba el vaso de agua, acostado en la cama, y veía su cara reflejada en el vidrio. Estaba sin afeitar, los ojos enrojecidos por la medicación, las ojeras acusadas por las noches de insomnio. Se fijaba en el rostro de un hombre derrotado que había caído en una trampa. De nada valía culpar al cuerpo extraño que dormía a su lado. Él era el único responsable de lo que vendría después: años de rutina y tedio, una forma de vida que consistía en ir tirando con alguna alegría y las desgracias consabidas, un tiempo gris para ir abdicando de los sueños mientras el hijo crecía y había que preocuparse por su salud y pagar sus estudios, y estar alerta con las compañías, sobre todo las femeninas, y discutir sobre los horarios de recogerse cuando fuese adolescente, y así se iría pasando la vida hasta que llegase la vejez.

Reclinado en la almohada y con los ojos cerrados, imaginaba su futuro con claridad. No había margen para la duda pues estaba seguro de que lo que había pensado se cumpliría. La volvió a mirar y pensó que tal vez no todo estuviera perdido. Esa mujer extraña podía morir en un accidente de tráfico, como les sucedía a tantas personas que se dejaban la vida en la carretera. Los diarios dedicaban noticias, cada vez más breves, a informar de estos sucesos. Y si no era de esa manera, le podrían detectar un cáncer fulminante, de los que acaban con uno en muy pocas semanas. Ella era mortal y podía morir de manera accidental o víctima de una enfermedad, pero cabía otra posibilidad más efectiva: él, el hombre del que Soledad estaba enamorada, la mataría. Imaginó que, después de despertar de la siesta, la ahogaba cubriéndole la cabeza con una almohada y apretando hasta dejarla sin respiración. Ella, al principio sorprendida, no daba crédito a lo que estaba viviendo. ¿Justo, su pareja, la persona a la que más quería, intentando asesinarla? No podía ser. Debía de ser una pesadilla, estaría aún dormida. Pronto se convencería de su error; había estado durmiendo, sin saberlo, con su futuro asesino. Al principio pataleaba oponiendo resistencia, gritaba para hacerse oír por algún vecino, pedía auxilio con insistencia pero sus gritos no traspasaban la funda de la almohada. Pellizcaba y golpeaba los brazos de él hasta donde sus fuerzas le dejaban, y doblaba las rodillas como si fuese un muñeco de trapo. Intentaba agarrarle el cuello pero él la esquivaba y seguía apretando con más fuerza, temeroso de que se le agotase las energías y Soledad pudiera sacar la cabeza de debajo de la almohada y se oyeran sus gritos. Poco a poco Justo, sudoroso y con los ojos encendidos por el odio, iba venciendo la resistencia de aquel cuerpo fatalmente condenado hasta lograr que sus gritos apenas se oyesen. Las piernas y los brazos, ya sin fuerzas, se movían lentamente de un lado a otro, como las alas de una mariposa cansada de volar. Justo levantó la almohada y vio un rostro desencajado con los ojos en blanco, y un hilo de saliva que resbalaba por la comisura de los labios. No sentía nada, ni odio ni remordimiento. Estaba aturdido. Todo había quedado en silencio. El sonido de la televisión de los vecinos le hizo volver a la realidad.       

Justo calculó que matarla le llevaría muy pocos minutos. Ese no sería el verdadero problema; lo difícil vendría después cuando, tras conocerse la muerte, él no encontrase una excusa convincente para defender su inocencia. Lo detendrían, lo juzgarían y lo meterían en la cárcel por una larga temporada pero esta condena, por dura que fuese, le compensaría porque si los dejaba vivos acabarían amargándole el resto de su existencia.

Justo cogió la almohada y se la colocó encima del vientre. Comenzó a acariciarla y volvió a mirar el techo. ¿Acabaría haciéndolo? ¿La mataría? Nunca había sido valiente, pero en situaciones límite había gente apocada como él que tomaba decisiones osadas que nadie esperaba, ni siquiera ellos mismos. La almohada estaba caliente del contacto con su cuerpo. Se tapó la cara con ella y dejó que transcurriesen unos segundos antes de decidirse. En ese momento oyó que Soledad le decía:

—¿Qué te pasa, cariño? ¿Te encuentras mal?
—No soporto este calor; creo que me voy a dar una ducha.
—Pensaba que seguías preocupado por el bulto que te había salido en la espalda. Ya te dije que eso no será nada pero debe vértelo un médico.
—Lo sé, pero aún no he tenido tiempo de pedir cita. Échame un vistazo, a ver cómo lo tengo.
Ella le observó y después le tocó lo que parecía un quiste del tamaño de una moneda de cincuenta céntimos.
—Esto tienen que vértelo cuanto antes; ha crecido desde la última vez que te lo vi.

Justo, preocupado por estas palabras, se levantó de la cama para ir al baño. A lo mejor él moría antes que ella, después de todo. Se desnudó y abrió la ducha. El agua no le impidió escuchar la voz que había empezado a detestar.

—Justo, ¿te has acordado de que mañana es el cumpleaños de mi madre? Nos ha invitado a comer. A ella le hacen ilusión estas cosas. Desde que murió papá se siente muy sola. No deja de llorar. ¿Me has oído, Justo?

Justo dejaba que el agua resbalase por su cara. Tenía los ojos cerrados. Sí que la había oído hablar del cumpleaños de su madre. ¿Y si le anunciase a la suegra que iba a ser abuela de un precioso niño (pues tampoco albergaba dudas de que su hijo sería varón)? Sería el regalo ideal para la vieja, pero dudó de que tanto ella como su hija le creyesen, y él quedaría de nuevo en mal lugar. Pensarían que había sido otra de sus  ocurrencias a la que no había que concederle demasiada importancia pues definían un carácter que no siempre era fácil de comprender.

domingo, 3 de junio de 2018

Tocamientos


Llueve en la ciudad cuando algunas madres descansan tomando café después de dejar a sus hijos en la escuela. A esa hora el tráfico es lento. Los conductores avanzan con precaución, por temor a tener un accidente. Policías con los uniformes empapados regulan el tráfico en los cruces más transitados. Los taxistas aminoran la marcha en búsqueda de clientes. Falta trabajo para ellos. Hay comercios que ya han abierto. Hay mendigos que caminan sin rumbo, indiferentes a la lluvia, con cartones bajo el brazo. Deben conservarlos para la noche siguiente. Será su modesto colchón. Cada vez hay más vagabundos en la ciudad, así se puede leer en los periódicos, pero han logrado ser invisibles. Dejaron de ser una molestia. Nadie repara en ellos. Es un día de otoño que presagia el invierno, con un cielo encapotado y la llegada precipitada del frío. La Bolsa se ha estrenado con una tímida subida tras una semana de pérdidas.

 “¿Quién inventaría noviembre?”, se pregunta el hombre que observa cómo las gotas resbalan por el cristal tintado del coche que lo conduce a la Audiencia. Noviembre es un mes cruel e innecesario, piensa. Los dos policías que lo acompañan hablan de fútbol. Los oye sin prestar atención. Nunca le gustó ese deporte, lo que fue una de sus tantas rarezas entre sus pocos amigos. El jugador famoso de un equipo rutilante se retiró lesionado en el partido del domingo. Hoy será intervenido de urgencia. Se teme que no vuelva a jugar en lo que resta de temporada. El coche se detiene en un paso de peatones. Un anciano acompaña a dos niños, que deben de ser sus nietos. El abuelo tira con fuerza de ellos (llegan con retraso al colegio) pero los pequeños se resisten. El de más corta edad se para, comienza a llorar, se niega a dar un paso más. El abuelo, nervioso, lo apremia a seguir caminando. El disco del semáforo ha cambiado a verde. El niño se enfurruña pero al final aprieta el paso. El hombre que viaja en el coche contempla la escena con ternura. Durante unos segundos, el tiempo que el vehículo necesita en ponerse en marcha, se fija en el hermano, un niño de más edad, tal vez tenga seis o siete años; observa la inocente mirada, los rizos rubios que le tapan media frente, los mofletes de su carita, las manos regordetas como las de Cristian. ¿Cómo se llamará la criatura? ¿Será hijo de padres separados? El preso se mira sus manos arrugadas, se avergüenza de ellas, sus malditas manos, causa de tantos desvaríos, y vuelve a pensar en el niño. Le molestan las esposas. El roce le ha provocado magulladuras en las muñecas. Se ha acostumbrado a ellas después de tantas sesiones de juicio, como también a la comida insípida de la cárcel; a su compañero de celda, un boliviano detenido por narcotráfico que todas las semanas escribe una carta plagada de faltas de ortografía a su mujer, que vive en La Paz, y al que le disculpa sus ronquidos pero no el olor de sus pies; se ha acostumbrado también al tedio de las horas en el patio, a visitar la biblioteca para leer Crimen y castigo, que le fue recomendada por un funcionario enamorado de la literatura, a la visita semanal de su pobre madre, que no puede reprimir el llanto cada vez que lo ve tras unos cristales.

Desde hace dos meses la madre no acude a verle, y él la echa de menos. Nunca hubiera imaginado que extrañaría tanto a una persona de la que  renegó en la juventud. El carácter apocado de ella, el servilismo con que se manifestaba ante el padre, un ser sin una gota de compasión ni consideración por su mujer; la moralina que desde niño trataba de inculcarle; toda esa palabrería que a él le parecía pasada de moda; toda esa conducta pusilánime le había distanciado de ella, hasta el punto de que dejaron de hablarse durante años. Ahora que ve pasar ante sus ojos las últimas calles antes de llegar a la Audiencia, lamenta no tenerla a su lado el día en que el tribunal dictará sentencia. Y no estará con él porque su salud se ha deteriorado por el sufrimiento de ver a un hijo encerrado en una cárcel. En esto no es diferente a otras madres. Ella podría haber imaginado un futuro gris para el hijo (pues nunca confió demasiado en sus capacidades), pero jamás pensó que podría verlo entre rejas. De este golpe no se ha recuperado. Su cuerpo se ha ido consumiendo a medida que la estancia del hijo en la cárcel, acordada por el juez de manera provisional, se iba alargando. Los recursos del abogado nunca convencieron al juez para que su hijo abandonara la prisión preventiva. En los dos meses que no la había visto, se había tenido que conformar con sus llamadas telefónicas, cada vez más cortas, sin agotar los diez minutos a los que tenía derecho como preso. Ninguno sabía qué decirse; cada cual estaba avergonzado por una razón: él por haberse convertido en la deshonra de la familia —así se lo había manifestado un tío suyo en una carta tras conocerse el escándaloy ella por haberle faltado el valor para enfrentarse a una situación tan delicada en la que su hijo no necesitaba que se le juzgase sino que se le comprendiese.

Allí estaban los cuervos esperándole, apostados tras una valla colocada por la policía. Alguien había dado el aviso de que el coche estaba a punto de llegar. Todos en posición de combate, preparados, sin dejar nada a la improvisación, pues apenas dispondrían de unos segundos para fotografiar al detenido desde su salida del vehículo hasta la entrada en el edificio. Allí le esperaban los cuervos que habían contado infamias de él. Un periódico local destapó el suceso; después las televisiones nacionales lo ampliaron. Era la historia perfecta: un profesor pervertido, desalmado, que habría abusado también de otras criaturas, lo que estaba siendo investigado; un niño indefenso, que quedaría probablemente traumatizado de por vida: unos padres enfurecidos y superados por las circunstancias que exigían justicia; unos políticos que prometían mano dura endureciendo las penas a violadores como él. La gente recibía sus raciones diarias de esta historia abyecta, pensaba él, sin albergar dudas sobre su culpabilidad. Había escrito una carta al periódico local para desmentir lo publicado y defender su inocencia: no había abusado del menor, habían sido solo unas caricias y unos besos en las mejillas, todo era mentira. Pero, al leer al día siguiente que sus palabras habían sido tergiversadas, había renunciado a participar en una batalla que la sabía perdida de antemano. Estaba condenado; su tío lo había condenado; los compañeros lo esquivaban antes del día de la  detención; los pocos amigos que tenía le habían retirado el saludo y su madre, sí, su madre, cuando lo visitaba, apenas disimulaba sus dudas sobre lo sucedido aunque no se atrevía a decírselo. Ella también estaba avergonzada y ponía en duda su inocencia.

Otra vez esos eternos veinte metros que distaban del coche a la puerta de la Audiencia, en los que la policía le abría paso entre dos filas de cuervos que pretendían fotografiarle a toda costa y arrancarle unas palabras para los informativos del mediodía. ¡Cuánto había sufrido en las dos semanas del juicio! Hoy, por ser el día en que se conocería el fallo del tribunal, había más cuervos que nunca. Llegaron de la capital del país para cubrir el acontecimiento. Junto a ellos, unos padres del colegio sujetaban una pancarta en la que se pedía una sentencia ejemplar para el maestro. Hacía unos minutos el portavoz de los padres había sido entrevistado. Amigo de la familia del pequeño, había mostrado su confianza en la acción de la justicia que sabría, afirmó con toda solemnidad, estar a la altura de las circunstancias dictando una condena severa que sirviese de escarmiento al “pederasta”—esa fue la palabra elegida para referirse al acusado— y de aviso a navegantes. El hombre, orgulloso por la repercusión de sus palabras, que habían sido transmitidas en directo, había regresado, entre aplausos, a sujetar la pancarta. Era el centro de las miradas de los curiosos que iban concentrándose en los alrededores del edificio. Los padres que lo acompañaban lo habían felicitado por la contundencia de sus declaraciones.

Esta vez no se había tapado la cara. ¿De qué le serviría si todo el país lo tenía como el miembro más indeseado de la familia? Desde que pasó su primera noche en un calabozo, los medios no habían respetado su anonimato. Incluso algún compañero del colegio había filtrado información de su vida privada. Había sido publicado su nombre, sus apellidos y una foto en la que aparecía abrazado a dos niños en la fiesta de fin de curso. De eso hacía dos años, y aquella tarde se había sentido muy feliz. Esa imagen fue reproducida millones de veces. No se había tapado la cara pero le faltaban fuerzas y coraje para levantar la vista y toparse con todo lo que había alrededor. Era extraño pero en este momento no oía los gritos y los insultos de los padres, no escuchaba las peticiones de los cuervos para que defendiese su inocencia; sólo quería alcanzar la puerta y pasar por el arco detector de metales y llegar a la sala de vistas. Las esposas seguían molestándole. Las muñecas le ardían. Los dos policías que lo custodiaban saludaban a sus compañeros en un clima de familiaridad.

Antes de entrar en la sala, su abogado, un joven que iba ganando experiencia en el turno de oficio, había cumplido dándole ánimos. Luego se había girado para saludar efusivamente al fiscal. El detenido volvía a echar de menos a su madre; era la única persona que necesitaba para enfrentarse a lo que vendría después. Los compañeros de la escuela habían optado por el silencio. Pese a la endeblez de las pruebas presentadas en el juicio, nadie, ni siquiera Eduardo, a quien tenía por amigo, con quien tan buenos momentos había compartido, incluido aquel fin de semana juntos en un hotel de Almuñécar, defendió su inocencia porque eso hubiese supuesto enfrentarse a una corriente mayoritaria de opinión. Era mejor no comprometerse, esperar y ver, quién sabe si era cierto de lo que se le acusaba, nadie había advertido nada raro en su comportamiento, incluso había sido felicitado por la dirección en varias ocasiones pero con estas cosas nunca se sabe, quien menos te lo esperas luego te sorprende, a lo mejor había algo de verdad en las acusaciones del fiscal… Pero él lo negaba, lo había rechazado durante todo el juicio, todo había sido fruto del rencor de una compañera. Él no había abusado de la criatura, jamás habría hecho algo así con mi pequeño, sólo ayudé a Cristian a hacer caca en el recreo; lo besé en la mejilla y le acaricié la cabeza pero nada más. Fue entonces cuando fue sorprendido por su compañera, a la que acusaba de haberle destruido la vida ideando este montaje. Ella lo denunció a la dirección, la dirección lo denunció a la Consejería de Educación y ésta lo denunció a la policía. El argumento para defender su inocencia lo había repetido con las mismas palabras, una y otra vez, ante la incredulidad de quienes lo escuchaban en la sala. Siempre acababa de la misma manera: que fuese cual fuese la condena, y era de temer que fuese elevada, no hallaría consuelo para el daño que le habían hecho. ¿Qué sería de mí después de salir de la cárcel? No tendría trabajo en la escuela. La Administración lo había apartado del servicio y no le había dado opción a defenderse; le había suspendido de empleo y sueldo, hasta que el tribunal dictase sentencia. Cuando recuperase la libertad su madre habría muerto, no tendría amigos, sería un apestado entre los conocidos. ¿Qué sentido tendría vivir en estas circunstancias?

A sus espaldas oía el murmullo del público. El juicio había despertado tal expectación que la sala, la mayor de la Audiencia, se había quedado pequeña para acoger a tanto curioso. Muchos se habían quedado en la calle al quedarse sin sitio. Él escuchaba su nombre en boca de desconocidos; oía los años de condena que esperaba que le cayeran, lo acertado que había estado el fiscal en sus conclusiones definitivas; oía la palabra ‘justicia’ profanada una y otra vez. Lo oía todo y no quería oír nada. Sentado entre dos policías, agradecía que le hubiesen quitado las esposas. Lo hacían con todos los presos en el momento de darse a conocer el fallo de la sentencia. Liberado de la incomodidad de las esposas, sentía, sin embargo, la dureza del respaldo de la silla. Le dolía la espalda (le habían operado de dos hernias discales hacía unos años), pero en la enfermería de la prisión, por mucho que había protestado, sólo le daban calmantes para aliviar el dolor. El abogado había renunciado a cruzar otra mirada con él y no levantaba la vista de los papeles. Para el joven letrado había sido un mal trago la defensa de un presunto acosador de menores. Por mucho que intentase explicar que el más terrible criminal también tenía derecho a la defensa en un juicio justo, la gente no acababa de entenderlo. En sus intervenciones en la sala, había escuchado palabras de desaprobación de miembros del público. Afuera había creído oír cómo le insultaban pero él prefirió ignorarlo, dejarlo pasar, porque la suerte de este caso estaba clara y él había hecho lo que debía, consciente de lo poco que podía hacerse para salvar a su representado de la cárcel.

El abogado defensor levantó la vista cuando entraron los tres magistrados. El presidente del tribunal era un jurista veterano, apreciado por sus colegas, que estaba a punto de jubilarse. Se había conducido con diligencia y discreción en el juicio negándose a hacer declaraciones a la prensa como hacían otros jueces en busca de notoriedad. A su lado había un hombre calvo y fornido y una mujer relativamente seria y joven, de pestañas largas y gafas de pasta. Las deliberaciones sobre el fallo habían sido más cortas de lo esperado. La publicación de la sentencia se había adelantado en una semana sobre lo previsto. Había habido unanimidad entre los magistrados. Al detenido le llamó la atención que el presidente del tribunal, que en la vista le había tratado con una corrección exquisita, tuviera una tirita en la frente. Era un hombre apuesto a pesar de su edad. El detenido trataba de imaginar la causa de la herida. Se había agarrado a esa nimiedad para no pensar en lo que le esperaba, en la condena, los murmullos de la gente, las esposas, el regreso a la cárcel. Entonces se hizo un silencio en la sala. Le sudaban las manos y tenía la vista puesta en el retrato del Rey, que sonreía pero no demasiado. En nombre de sus compañeros tomó la palabra el presidente para recordar las principales incidencias del caso, la expectación que había despertado y la obligación de haberse sustraído a ese clima de opinión para ser ecuánimes. El detenido miraba las puntas de sus zapatos viejos. Quería llorar pero no lo hacía por vergüenza. Debía mantener una pose digna, lo estarían grabando y esperarían unas palabras suyas, un acto de contrición. El magistrado, una vez concluido el repaso de los principales hitos del proceso, se detuvo para tomar aliento y dar paso a la lectura del fallo de la sentencia. En ese momento sonó el móvil de uno de los policías que custodiaban al reo.