sábado, 18 de julio de 2020

La mirilla

En el rellano de la escalera olía a tabaco negro. La puerta, en la que habían colocado un letrero con el nombre de la revista, estaba entornada, como siempre. El día en que se presentó en la oficina, interesado en una oferta de trabajo, Luis María llamó al timbre. Hizo mal porque era costumbre empujar la puerta. Así se lo advirtió la voz de una mujer rubia (de un rubio artificial pero muy sugestivo) que fumaba mientras atendía una llamada de teléfono. Todo conservaba el aire provisional y caduco del primer día. El piso, el mobiliario, el personal, todo parecía sacado de otra época, a punto de ser clausurado por una orden judicial. Y sin embargo Luis María ya llevaba colaborando un año con esta revista de asuntos femeninos. Cada lunes, a las cinco de la tarde, empujaba la puerta con sigilo, como si temiese despertar a alguno de los redactores que dormitaban a esas horas. La puerta, que hacía siglos que no era engrasada, respondía con un chirrido que alertaba a la plantilla. Ese ruido desagradable hacía innecesario pulsar el timbre.

Luis María era propenso a sudar. Su camisa estaba húmeda por el calor de los primeros días de junio. Ahora esperaba nervioso en la sala de espera. Después de un año aún lo he habían permitido moverse por la Redacción con libertad. El director, don Amancio, se hacía de rogar. Luis María pensaba que era su manera de dárselas de importante, de persona ocupada, pero no tenía razones para ello porque la revista apenas recibía visitas. El silencio de la oficina sólo era roto por el teclear intermitente de las máquinas de escribir. Dos redactores fumaban y se peleaban por el partido de fútbol del fin de semana. Luego de intercambiar algunas bromas, volvían, con desagrado, a situar la vista en el folio doblado sobre el rodillo de una Olivetti, como si se enfrentase a una tarea penosa, y seguían fumando y escribiendo.

Úrsula la secretaria había dejado de hablar por teléfono. Continuaba fumando mientras colocaba expedientes en carpetas. Había cumplido cuarenta años, edad en que una mujer acepta, si es juiciosa, que los buenos tiempos pasaron a la historia y que el presente sólo está dispuesto a conceder algunos días de gracia. Le gustaban los vestidos ceñidos y caros, de colores llamativos como el amarillo y el rosa, que realzaban sus caderas anchas que la naturaleza le había otorgado en justa compensación a sus pechos menudos. Sus uñas, teñidas de un rojo violento, eran largas y desafiantes como cuchillos que se exhiben para ahuyentar a un enemigo.

Úrsula cojeaba levemente y lo hacía con tal gracia que los hombres, en los que seguía despertando interés, tomaban ese defecto físico como un argumento más de su atractivo. Consciente de la finalidad equívoca de esas miradas, alentaba el deseo explícito del camarero del bar donde desayunaba antes de entrar en el trabajo, y el del fotógrafo Ismael, que la piropeaba con cualquier pretexto. Le hacían sentirse poderosa.

Úrsula vivía sola en un piso del barrio de pescadores desde que había echado a su exmarido por engañarla con una jovencita. No tenían hijos. Se decía que era la amante de don Amancio. Un proveedor de la empresa aseguraba haberlos visto cogidos de la mano en un bar de carretera, cerca de uno de los pueblos turísticos del interior de la provincia, un fin de semana. Si eran amantes, pensaba Luis María, lo disimulaban muy bien. Don Amancio estaba casado y era padre de dos hijos. Ninguno había querido seguir sus pasos de periodista, pese que había intentado convencer al mayor, al que consideraba el más espabilado, pero se había negado, influido por su madre, una mujer muy terca, que le había aconsejado estudiar algo serio. Por eso se matriculó en Derecho; estaba en cuarto de carrera y presumía de tener una novia formal, también estudiante de la Facultad, hija de un comerciante conocido de la ciudad, con la que pensaba formar una familia. Al menos eso es lo que decía.

En la sala de espera, separada de la Redacción por unas mamparas biseladas, que requerían una limpieza urgente, había cuatro sillas y una mesita baja con diarios y  revistas. A Luis María sólo le interesaban los dos periódicos locales. Desde hacía semanas buscaba una noticia pero no la encontraba. Esto le irritaba. Era el fallo de un premio literario concedido por el ayuntamiento de la capital. Él se había presentado con un relato histórico de damas adúlteras y trovadores que le había gustado mucho a Olivia, pero Olivia, además de no entender de literatura, no podía ser objetiva al calibrar sus virtudes de escritor. Este lunes la prensa tampoco traía en la noticia, por mucho que se hubiese leído desde la primera página hasta la última. Le extrañaba el retraso en hacer público el nombre del ganador porque los plazos se habían cumplido. Estaba nervioso. Dormía mal. Olivia notaba que le había cambiado el carácter; había dejado de ser el hombre cariñoso de hacía sólo un mes. Pero debía comprenderlo porque él quería ser escritor y nada más, y había dedicado mucho trabajo, esfuerzo e ilusión en escribir ese cuento. La dotación económica del premio, simbólica por su escasa cuantía, no le importaba; lo que buscaba era el prestigio, una razón para reforzar su autoestima como escritor. Temía, sin embargo, que el jurado fuese injusto dándole el premio a otro autor.

Úrsula descolgó el teléfono. Por su gesto supo que había recibido la llamada de don Amancio.

—Ya puedes pasar a ver al director —le dijo antes de sacar otro cigarrillo de una pitillera dorada.   

Don Amancio leía el periódico cuando Luis María pidió permiso para entrar en el despacho. El director alzo la vista miope y, frotando sus manos regordetas, le dijo:

 —A ver qué traes hoy.

El joven se acomodó en el asiento. De una carpeta de cartón, de color azul, extrajo unas cuartillas manuscritas sin un tachón. Las había escrito el domingo por la mañana, antes de que se levantaran sus padres. El silencio del día más silencioso de la semana le convenía. Odiaba el ruido. Cuando acababa un texto lo dejaba reposar un día. El lunes por la mañana lo volvía a leer y corregía los errores. Pero esta vez no había modificado una coma porque lo había visto innecesario. La historia llegaba inmaculada a las manos de don Amancio, que leía en voz alta las primeras líneas del texto, una voz algo impostada de actor aficionado, porque algo tenía de personaje teatral. Se paraba cuando un párrafo que no era de su agrado, y luego reanudaba la lectura en silencio.

Esos cuatro o cinco minutos en silencio se le antojaban eternos a Luis María. Todavía no se acostumbraba a que sus textos tuviesen que pasar esa prueba. De sobra sabía cómo escribía, qué tipo de historias narraba, la importancia que concedía a las mujeres en los relatos. Pero cada lunes que se presentaba con un nuevo original era como si se tuviese que examinar por primera vez, como si nada de lo hecho con anterioridad contase. En realidad, Luis María ignoraba si todo obedecía a una pose, como la de hacerlo esperar un cuarto de ahora, o era que el director no acababa de convencerse de su dotes de narrador. Luis María creía que se había ganado esa confianza. Fue elegido entre una docena de aspirantes para escribir un relato semanal que encajase en una nueva sección de la revista, copiada de la competencia, que don Amancio, enemigo de dejarse aconsejar incluso en las decisiones menos importantes, había titulado “Cuando el amor duele”. Era un título cursi pero adecuado para una revista que también lo era, porque cursis eran las lectoras que la compraban en el quiosco cada jueves.

Cuando fue escogido para este trabajo, Luis María recibió unas instrucciones escuetas del director. Se buscaba conmover a las lectoras con historias de amores imposibles, vividas por sus protagonistas con dramatismo y siempre acabadas con un final dramático. Esos debían ser los ingredientes de la receta, sólo esos, porque daban resultado. Nada de experimentos. A ellos se ajustaba Luis María, que seguía cohibido ante la presencia del director. No era para menos porque la cabeza de don Amancio se asemejaba a la de un toro de lidia, emitiendo bufidos que ponían nervioso a su interlocutor. Esa cabeza enorme y agresiva, sin embargo, coronaba un cuerpo pequeño y robusto en el que, por mucho que se buscase, no se hallaría ningún rasgo de  elegancia. El porte de don Amancio era vulgar y rotundo, tan franco que podía llegar a incomodar. El periodista actuaba según los códigos de un mundo que se despedía, superado por las nuevas costumbres que detestaba.

Don Amancio fumaba como el resto de la plantilla, y acostumbraba a beber coñac el día del cierre de la revista. Bebía porque le podían los nervios. El periodista gastaba un traje gris marengo, el único que le había conocido Luis María desde que piso la Redacción. Con una mano sujetaba las cuartillas y con la otra un habano. La uña del dedo meñique derecho sobresalía del resto. Era una uña extravagante que rompía la rutina de unas manos gordas y peludas, con la que su dueño abría los sobres de las cartas.

“Gonzalo y Amelia se citaban cada jueves por la tarde en la habitación de un hostal, en el caso histórico de la ciudad. Sólo vivían para que llegase ese momento, para vivir una pasión desenfrenada que nadie conocía, sólo ellos, un secreto que se afanaban en ocultar, del que se enorgullecían y avergonzaban al tiempo, y que les quemaba por dentro, como un hierro incandescente que se teme y desea. De nuevo se abrazaban con los ojos cerrados sobre una cama desvencijada, y se susurraban palabras de cariño, con cuidado de no elevar la voz para no ser oídos, porque las paredes del hostal parecían estar hechas de papel.

Así, abrazados, podían permanecer diez minutos. Él la apretaba con fuerza contra su pecho; ella se sentía protegida por el único hombre al que había amado; era como una niña en busca de un padre que la salvase de los peligros del mundo. Como cada jueves, después de abrazarse, Amelia comenzaba a gimotear, tapándose la cara con sus manos pequeñas, hasta que rompía en un llanto sordo y continuo; él le tapaba la boca y la besaba primero en las mejillas y después en los párpados, y la arrullaba diciéndole frases bonitas para calmarla, ya encontraremos una salida, mi vida, todo se arreglará, confía en mí, deja que encuentre el momento para hablar con ella, hasta que Amelia se calmaba y sacaba un pañuelo bordado con flores para secarse las lágrimas.

—Se me ha corrido el rímel. ¿Me esperas dos minutos? —se excusaba y se perdía en el aseo.

No quería que la viese así, como una mujer que lloraba su tristeza por no poder vivir su amor en libertad, como una pareja normal, a la vista de todos. Quería estar siempre guapa para él. Tratándose de un hombre atractivo, que se conservaba bien pese a su edad (había cumplido cuarenta y ocho años), temía que alguna mujer se lo arrebatara de las manos. Si eso alguna vez sucediese, no lo soportaría. Acabaría con su vida. No podría imaginar una existencia sin Gonzalo. Salió del baño con una sonrisa burlona, como si la tristeza anterior hubiese un accidente que convenía olvidar.

Él la esperaba tumbado en la cama, sobre una colcha blanca. Le gustaba ver cómo se quitaba los zapatos de tacón y las medias, y se desvestía recreándose en cada prenda que caía al suelo para alimentar su deseo. Después de quedarse en ropa interior se acurrucaba al lado de Gonzalo, buscando el contacto de su pecho. El somier chirriaba al menor movimiento que hicieran. El hostal no era, precisamente, un lugar romántico, pero era discreto. En la ciudad era difícil encontrar un lugar para que dos amantes pudieran vivir su amor a escondidas. Los muelles de la cama multiplicaban el ruido a medida que los besos de Gonzalo y Amelia dejaban de ser tiernos para convertirse en apasionados. En un duelo maravilloso competían por ver quién más besos daba. Se mordían los labios y se lamían la barbilla como dos perros callejeros. Todo este ritual de amor (los gemidos, las caricias, las frases entrecortadas, algún que otro mordisco) tenía como testigo molesto al espejo de un armario. Por vergüenza ella rehuía mirarse en él porque cuando observaba su mirada de deseo, se avergonzaba y pensaba en su marido, en sus dos hijas y en su hermana Luisa. 

Gonzalo la deseaba como un potro desbocado. Amelia gozaba alargando la consumación del amor, le gustaba hacerlo sufrir empujándolo al otro lado de la cama y se reía al ver su cara de sorpresa.

—Ven —le decía extendiendo los brazos como quien perdona un castigo.
Gonzalo se arrimaba a su cuerpo y ella, ahora sí, acariciaba sus zonas íntimas”.

Don Amancio dejó de leer en voz alta; dio una calada larga a su habano y lo dejó reposar en un cenicero. Siguió leyendo para sí. Con una mano se retocaba el bigote, un bigotito de galán de película en blanco y negro, y con otra sujetaba las cuartillas manuscritas. Leía en silencio y Luis María esperaba a conocer su opinión, como el procesado que confía en la absolución de un juez severo.   

Don Amancio dejó las cuartillas sobre el escritorio, rescató el habano del cenicero y dijo con un tono burlón:

—O sea que Gonzalo y Amelia son cuñados.
—Así es, don Amancio —contestó Luis María—. Como usted habrá leído, se enamoraron el día de la boda de Luisa, la hermana de Amelia. Llevan viéndose a escondidas desde entonces. 
—Siempre en un hostal, por lo que veo —objetó el director de la revista—. Todas tus historias transcurren en un hostal o en una pensión. ¿Por qué no lo intentas en un parque?
—Hombre, don Amancio, en un parque no tendrían intimidad; así, a la vista de todo el mundo, no parecería muy creíble —contestó el joven, sorprendido.
—Era sólo una idea —insistió el periodista—. Me gusta cómo escribes y me gustan tus relatos, pero cambiar siempre viene bien. De lo contrario, nuestras lectoras se cansan.

Don Amancio se vio interrumpido por un redactor que le comunicó, sin ocultar su satisfacción, que tenían atado el precio de la entrevista con una tonadillera que se había separado del marido, harta de vivir con ese holgazán. Había sido un discreto matador de toros y ahora ejercía de representante de la artista.

El director le guiñó un ojo y le hizo señas con la mano derecha para que se retirara.

—Me he dado cuenta de que tus últimas historias están subidas de tono. Debes enfriarlas. Recuerda que nuestro público femenino desea leer relatos románticos pero no le gusta la pornografía. Somos una revista seria, Luis María. Hay que aprender a insinuar sin mostrar.
—Yo creía que los pasajes picantes eran de su agrado —se excusó el joven—. Como no me había dicho nada…
—No te digo que me disgusten —concedió don Amancio al ver el rostro preocupado de su interlocutor—, pero sin pasarse. En la vida todo es una cuestión de grados, de matices. Ni blanco ni negro. Hay que saber dónde están los límites para no sobrepasarlos, así que mi consejo es que refrenes tu pluma y tengas cuidado con las escenas de cama. Nada de sexo explícito, ¿entendido?
—Sí, don Amancio. La próxima semana mi historia transcurrirá en un parque.
—¡No, por favor! No te veas obligado por lo que te acabo de decir. Era sólo una recomendación, nada más. Eres libre de elegir donde quieres que tus amantes se amen.

El director dudó un instante. Se caló las gafas y releyó el relato hasta encontrar el párrafo que buscaba.

—Cuando le entregues las cuartillas a Úrsula para que las mecanografíe, le dices que suprima la siguiente frase: “Gonzalo se arrimaba a su cuerpo y ella, ahora sí, acariciaba sus zonas íntimas”. Podría resultar ofensiva a nuestras lectoras. Supongo que lo entiendes, ¿no?

El cuerpo rotundo y obeso del director se acercó al de Luis María, delgado y tímido,  para apretarle la mano.

—Hasta la semana que viene.

Luis María salió del despacho y oyó cómo el director le daba instrucciones a la secretaria sobre su texto.

En la calle se acordó de que no le había pedido cobrar más a don Amancio. Llevaba colaborando un año y le pagaban lo mismo: un dinero que no le permitía independizarse de sus padres. Si no lo había recordado es porque no estaba seguro de dar el paso. Temía parecer demasiado soberbio y que prescindiesen de él. Seguramente tendrían candidatos de sobra para sustituirlo. Quizá lo prudente fuese no decir nada y seguir labrándose un nombre como colaborador de la revista. Si sus relatos de amor seguían gustando, si cada semana ganaba lectoras a su causa, lectoras que aguardaban con impaciencia una de sus historias de amantes, antes o después don Amancio le pagaría más por sus textos para no dejarlo escapar. La competencia le haría ofertas para arrebatárselo a don Amancio. Y él dudaría en si aceptarlas porque estaba en deuda con quien le había dado su primera oportunidad. 

Perdido en estas fantasías, Luis María caminaba hacia la casa de sus padres. Al pasar por un quiosco se detuvo a mirar los periódicos. Su mirada saltaba de una cabecera en otra. En la Redacción de la revista había ojeado, sin suerte, los diarios locales, pero a veces los deportivos reservaban una o dos páginas a los ecos de sociedad, así los llamaban, ecos de sociedad, una sección en la que cabía de todo, desde las fotos de una boda hasta la conferencia de un catedrático jubilado. ¿Y si habían publicado el nombre del ganador del premio literario de la ciudad? Rebuscó en el bolsillo de su pantalón y encontró una moneda. Extendió la mano para pagarle al quiosquero. Delante de él escudriñó cada página, una por una, de arriba abajo, deteniéndose en cada noticia, fuese la crónica de un partido de fútbol, el fichaje de un jugador o la lesión de un tenista. Estaba decepcionado porque su nombre no salía por ninguna parte. Y al final llegó a las páginas de ecos de sociedad, su última esperanza, pero tampoco encontró la noticia, el triunfo modesto de haberse alzado con un premio literario de tercera categoría, pero que iba a ser la pista de arranque para su carrera de escritor. El diario, sin embargo, estaba lleno de absurdos deportistas tan jóvenes como él, que posaban orgullosos con sus trofeos y sus sonrisas de palurdos, pensaba, mientras su nombre y sus dos apellidos seguían ocultos, como parte de una oscura conspiración. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Por qué el jurado se retrasaba tanto en dar a conocer el nombre del ganador?

El quiosquero lo vio marcharse apesadumbrado, con el periódico bajo el brazo, caminando con pasos irregulares y hablando solo. Ese premio era su gran ilusión y podía escapársele de las manos.

Su madre no podía verlo así, triste y al borde del llanto. Dio una vuelta a la manzana del edificio donde vivían sus padres. Quería hacer tiempo para que la decepción se enfriara. Sólo cuando estuvo seguro de que se había serenado, llamó al timbre. Sabía lo que se encontraría, los besos de la madre, que se interesaría por cómo le había ido en la revista, el interés por conocer el argumento de su última historia, los mimos de costumbre. Su padre, indiferente, permanecería en silencio, sin prestarle atención. Toda la dulzura de la mujer se estrellaba contra el muro seco del padre.

Luis María era sensible y retraído como la madre. Era cariñosa pero le costaba demostrarlo hasta que adquiría confianza. Incluso compartían un parecido físico: bajos de estatura y de complexión delgada, eran pelirrojos y tenían la cara ovalada como la luna de los cuentos infantiles, una cara con la que Luis María había convivido a duras penas en los años del colegio y el instituto, entre las risotadas y las bromas de los compañeros, pero a la que se había acostumbrado, como aquel que acepta una tara física para la que la ciencia carece de remedio.

Por la noche, después de cenar, Luis María se encerraba en el dormitorio para repasar las notas tomadas el día anterior. A partir de esas notas escribía el relato para la revista. Las notas eran el esqueleto que rellenaba con la carne de sus palabras. Pero esta noche se sentía inseguro. A don Amancio le había prometido que su siguiente historia transcurriría en un parque. Se había precipitado al hacerlo. Se había limitado a darle un consejo y él, equivocadamente, lo había tomado como una orden. Si no quería decepcionarlo, debía escribir sobre dos amantes en un parque, lo que no tenía ni pies ni cabeza. Las notas no le servían para este caso. Y él, sin sus notas, no era nadie. A la mañana siguiente podría acercarse al parque más céntrico de la ciudad, a ver si daba con alguna pareja sentada en un banco y, aunque no se tratase de dos amantes (porque los amantes se cuidaban de no citarse en un parque), podría servirle de inspiración, al menos para dar con el tono del relato. 

Ahora se sentía mejor. Se echó en la cama y oyó, a través del tabique de la pared, los reproches del padre hacia su madre. El padre mencionó su nombre y después pronunció una frase que no logró escuchar. La madre se echó a llorar. Poco a poco, el llanto se fue diluyendo en el silencio. De nuevo el hijo había sido el motivo de discusión de los padres. 

De la mesita de noche cogió una novela que había comenzado a leer el día anterior. La abrió por la página en la que se había quedado, pero lo volvió a dejar en su sitio. No  estaba concentrado para ello. La discusión le había alterado el ánimo. Debía encontrar la manera de marcharse de casa, pero para eso necesitaba encontrar un trabajo. Quería ser escritor pero de los libros muy pocos vivían. Miró, entonces, los manuales de derecho, apilados en una estantería. No los había vuelto a tocar desde que se licenció hacía tres años o ¿tal vez fuesen cuatro? Había perdido la cuenta. El tiempo pasaba deprisa. Pronto cumpliría los treinta. Si se hubiese hecho abogado, tal como quería su padre, llevaría una vida independiente, con todas las ventajas de estar un piso en alquiler, sin dar cuentas a nadie, como otros compañeros de la Facultad. Pero había renunciado a ser abogado por la literatura. El precio por mantener vivo este sueño era depender de sus padres.

Menos mal que le quedaba Olivia para comprenderle. Cuando dudaba de su talento de escritor, en esos días en que se venía abajo, ella acudía al rescate como la enfermera que no abandona al enfermo convaleciente. Su madre y Olivia, cada una a su manera, eran las personas más importantes en su vida. Luis María era un hombre de mujeres; siempre las había preferido a los hombres, como amigas o como compañeras. De hecho se veía como un hombre femenino. Creía en la reencarnación y estaba seguro de haber sido mujer en una vida pasada, una mujer traicionada por varones sin escrúpulos que habían disfrutado dañándola. Por eso las mujeres de sus relatos, pensaba, eran más fuertes que los hombres. Tenían el coraje y la autenticidad que a ellos les faltaba. Luis María ponía su alma femenina en dar vida a sus protagonistas en las que se reconocían las lectoras de la revista.

A la mañana siguiente oyó cómo la lluvia salpicaba los cristales de la ventana del dormitorio. Nadie iría a besarse a un parque un día como este. No podría tomar notas para el maldito relato que se había comprometido a entregar para el siguiente número. Esta situación le desasosegaba. ¿Y si la lluvia continuaba mañana? ¿No sería mejor escribir sin la ayuda de unas notas? Al final y al cabo, escribir requería imaginación. Era el momento de demostrarse que lo podía, ¿pero estaba preparado? Dudada de que pudiese recrear una historia de enamorados sin ver a sus protagonistas, ni escuchar sus diálogos. ¡Si no hubiera sido tan imprudente con don Amancio! ¡A quién se le ocurría aceptar semejante estupidez! En fin, también podría buscar una excusa para incumplir la promesa, o retrasar su cumplimiento unas semanas, hasta que se sintiese más seguro. ¿No le había dado don Amancio completa libertad para escribir lo que quisiera? “Es sólo un consejo”, le había dicho. Pues si era libre para seguir escribiendo, ¿para qué tanto preocuparse? Sus historias transcurrían en habitaciones de hoteles o pensiones, qué problema había en ello, así había sido durante un año y nadie de la revista se había quejado. Sus relatos gustaban, y si  gustaban, ¿por qué cambiar lo que funciona?

Estaba solo en casa. Su madre hacía la compra en el mercado y su padre se había ido al despacho. En un año se jubilaría como corredor de seguros. La madre le había dicho que se hiciese el desayuno, pero él prefería bajar al bar de Anselmo, uno de esos locales de toda la vida, especializados en comida casera a precios económicos, en donde el cliente recibía un trato familiar. Uno se sentía como en casa. Anselmo se jubilaría también pronto. Como no tenía hijos, el bar cerraría. El barrio lo echaría de menos.

Cuando entró en el bar, vio que un cliente leía el diario en la barra. Pidió un café largo y una tostada y esperó a que el periódico quedara libre. Pero el cliente no parecía tener prisa. Se demoraba en casa página. Era de esos jubilados que podían emplear una hora en leer un periódico, no importándoles hacer esperar a otros clientes.

Por fin dejó el periódico sobre la barra de zinc. Luis María se anticipó a cogerlo porque podía haber otras personas interesadas. Lo fue leyendo con atención, de arriba abajo, de derecha a izquierda, siempre de la misma manera, empezando por las noticias importantes para pasar luego a las que no lo eran. La ilusión de encontrar su nombre impreso en letras grandes, como ganador del premio literario de la ciudad, se desvanecía a medida que pasaba las páginas del diario. Llegó a la sección de cultura, pero tampoco encontró ninguna información relacionada con el premio. En su lugar, un periodista escribía sobre la rehabilitación de la biblioteca municipal. Luis María odiaba la biblioteca municipal, al arquitecto responsable de la reforma y al ayuntamiento que pagaría las obras. Odiaba el periódico que acababa de leer y la mañana lluviosa que le había impedido tomar notas en un parque. Odiaba al jurado del premio por no hacer público del ganador. Se odiaba a sí mismo por iluso. Pasó por alto la sección de deportes y echó un vistazo a la contraportada. Cerró el periódico con una mueca de asco, y se miró sus manos pequeñas y cuidadas, sucias de tinta y desencanto.

Acabó el desayuno y salió del bar. Cuando pisó la calle seguía lloviendo. Reparó en que no se había despedido de Anselmo. Se metió la mano derecha en un bolsillo del abrigo. Palpó el bloc de notas. Siempre salía de casa con él, por si se le ocurría alguna idea. Se paraba en cualquier lugar y la apuntaba. Escribía con una caligrafía ilegible para  extraños. Sólo él la entendía, y a duras penas, pues le costaba descifrar su letra si las notas habían sido tomadas hacía tiempo.

Olivia lo estaba esperando como cada martes. Vivía a las afueras de la ciudad, en una zona retirada donde habían construido pisos para las familias de empleados ferroviarios durante la época de esplendor de la dictadura. Olivia era viuda. Diez años antes, su marido había muerto de un ataque al corazón cuando revisaba los billetes de una pareja de turistas franceses. Su fallecimiento fue muy comentado en la ciudad. Era un hombre conocido, de trato franco aunque áspero, que se había casado con Olivia después de enviudar. Ahora la viuda era Olivia. Su soledad de viuda se calmaba con las visitas de Luis María —dos o tres veces a la semana, según las circunstancias—. Él esperaba a que ella se asomase por la ventana para hacerle la señal acordada para subir. Olivia movió la mano y supo que podía subir.

Le abrió la puerta que él llamara al timbre.

—¿Cómo esta mi niño?

Lo besó en la frente, después en las mejillas y, por último, en los labios. Fue un beso breve e inocente.

—Estoy regular, mami —contestó—. El jurado del premio sigue sin publicar el nombre del ganador.

Le había oído hablar muchas veces de ese premio. Al principio, cuando Luis María se informó de las bases de la convocatoria, ella lo animó a presentarse. “Estoy seguro de que lo ganarás”, le decía. Así, dándole ánimos cada vez que él se refería al asunto, Olivia vencía los miedos de Luis María.

Después de presentarlo, él le había dicho que su relato era mérito de los dos y que si lo ganaba —como así esperaba— lo compartirían a medias. Ella se reía de verlo tan serio, tan pagado de sí mismo, hablándole de su carrera de escritor. Lo escuchaba atenta cuando mencionaba a novelistas de los que nunca había oído hablar, pero asentía como si los hubiera leído. “Vas a ganar ese premio, no lo dudes. Mami confía en ti”, le repetía. Pero el premio se resistía. 

Olivia se dio cuenta de que esa mañana tendría que volcar todo su cariño en Luis María, mimarlo cuanto pudiera, como el niño que llorar porque su amiguito le ha robado la pelota.

Lo llevó de la mano al sofá del comedor. Hizo que se tendiera sobre su regazo y comenzó a acariciarle el pelo en silencio. Él cerró los ojos. Así estuvieron unos minutos. Sólo la lluvia rompía el silencio de la sala.

—Cuéntale a mami qué te pasa.
—Lo que le pasa a tu niño es que está cansado de esperar —respondió Luis María—. Cansado de que no salga su nombre en el periódico, de que no le paguen más en la revista. Cansado de vivir con sus padres. Anoche volvieron a discutir por mi culpa.

Ella volvió a besarlo en la frente.

—Te he dicho muchas veces que yo confío en ti —dijo Olivia—. Has de tener paciencia. Todo se arreglará pero poco a poco. Seguro que pronto dará a conocer el ganador del premio, y serás tú.
—Ojalá sea así. Si no fuera por ti, mami, no sé qué sería de mí. Tú me aportas las fuerzas que me faltan cuando me vengo abajo.

Lo miró con dulzura y tristeza. Cuando lo conoció poco después de enviudar, vio en sus ojos una enorme falta de cariño. Él entró a preguntar por una camisa que había visto en el escaparate. Le había gustado y deseaba ponérsela. Ese día no se la llevó porque le quedaba estrecha y en la tienda donde Olivia trabajaba entonces no tenían una talla superior. “Si estás interesado puedo pedir una camisa de tu talla y mañana la tendríamos”, le dijo. Y claro que aceptó, no tanto por la camisa como por volver a ver a esa mujer que podía doblarle la edad y que le había atraído por su amabilidad. Era como si se conocieran de antes. Los ojos negros y pequeños de Olivia le recordaban a los de su madre, pero Olivia era delgada y un poco más joven.

Luis María se incorporó para abrazarla. Ella soltó una carcajada cuando le escuchó decirle una obscenidad en voz baja.

—No seas bruto, que te conozco.

Los besos de Olivia suavizaban la inquietud de Luis María. Poco a poco, los besos, acompañados de caricias y palabras serenas y oportunas, iban sosegándolo. Cuando sentía su protección, Luis María pasaba a sentirse tranquilo. En los brazos de Olivia estaba a salvo de cualquier peligro. Nada podía dañarlo.

—Don Amancio me ha aconsejado que busque otros emplazamientos para mis relatos.
—¿Y por qué?
—Porque siempre transcurren en habitaciones de hostales o pensiones. Según él, las lectoras de la revista quieren que las sorprendan con cosas nuevas.
—¿Y tú qué le has dicho, Luis María? —era la primera vez que lo había llamado por su nombre desde que había entrado en su casa.
—Me he comprometido a escribir una historia de amantes que transcurra en un parque —contestó él—. Esta mañana pensaba ir a tomar notas al parque de María Eugenia, pero con esta lluvia me ha sido imposible.

Le cogió la mano y, mientras se la acariciaba, le dijo:

—Te podría dar ideas. Mi marido y yo solíamos ir a pasear los primeros años de nuestro matrimonio. No sentábamos en un banco de un parque y nos quedábamos en silencio. Luego, cuando perdió a sus padres, a mi marido se le agrió el carácter y salíamos muy poco. Algún domingo pero era raro que lo hiciéramos.
—No sé qué hacer —reconoció Luis María—- Tú estabas casada y yo escribo sobre amantes, que es lo que desean leer mis lectoras. Es distinto. No creo que me sirviera. Me buscaré alguna excusa para salir del paso… ¿A qué hora llegan?

Olivia miró el reloj que colgaba de la pared, encima de un aparador. Marcaba las diez y media.

—Dentro de quince minutos. Aún tenemos tiempo.
—¿Son los de la semana pasada?
—No; los cuñados no podían venir hoy. Es el director de banco que se ve con una empleada muy joven.

Los amantes llegaron puntuales. Tocaron el timbre a la hora convenida. Olivia les abrió la puerta y les saludó en voz baja. En silencio los acompañó por el pasillo hasta el dormitorio donde habían estado en otras ocasiones.

—¿Cuánto tiempo se quedarán hoy? —preguntó la dueña de la casa al hombre.
—Estaremos dos horas —contestó con sequedad—. Como siempre, avísenos diez minutos antes.

Antes de cerrar la puerta, Olivia vio la impaciencia del rostro del director de banco. Le urgía quedarse a solas con la joven. El deseo, que no podía disimular, le quemaba. Ella rehuía mirar a Olivia,  incómoda con la situación. Tenía poco más de veinte años. Llevaba un abrigo color azul marino, sencillo y barato, y el pelo recogido. Su maquillaje se reducía a un poco de colorete en las mejillas, lo que le daba un aire de personaje de cuento infantil. Sujetaba un bolso rojo con su mano derecha. En la calle su acompañante podría haber pasado por su padre. Nadie los hubiese confundido con una pareja de amantes. El hombre era muy delgado, estaba ojeroso y lucía un reloj de oro en la muñeca derecha.

Olivia volvió al comedor. Cogió una novela romántica de un aparador y comenzó a leer.

Luis María estaba en la habitación de invitados, contigua al dormitorio de los amantes. El cuarto estaba a oscuras. El joven permanecía sentado frente a la pared, donde había un pequeño agujero desde el que observaba lo que sucedía en el dormitorio. Sostenía una libreta en las rodillas. Se ayudaba de una linterna para iluminar las hojas. Contenía la respiración y se cuidaba de no hacer ruido para que el director de banco y su amante joven no advirtiesen su presencia. Aún no se había acostumbrado a ser un mirón. Se avergonzaba de espiar las vidas de los otros. Esas vidas le servían de argumento para sus relatos.

Mientras el director de banco iba desvistiendo a la joven, la besaba en los labios y en el cuello. Después comenzó a palparle los pechos. Ella tenía los ojos cerrados. De su expresión neutra no se podía deducir si estaba o no a gusto con aquel hombre maduro que tocaba su cuerpo. La escena, pese a haberla revivido muchas veces, todavía azoraba a Luis María. Siempre había sido tímido. A veces dejaba de tomar notas para observar a los amantes haciendo el amor. Sentía envidia de ellos porque lo hacían de manera distinta a Olivia y él. Lo suyo con Olivia era distinto, tierno y dulce, demasiado tierno y dulce. En cambio, la pareja que veía a través del agujero que hacía las veces de mirilla, en la que nadie había reparado por su ubicación discreta en una habitación precariamente iluminada, actuaba llevada por el deseo, como dos animales salvajes que no conocían otra pauta de comportamiento. Entre Olivia y él había cariño, comprensión, ternura, hasta compasión y un algo de sexo, de un sexo al que le habían podado las aristas para reducirlo a una práctica inofensiva en la que no había lugar para el arrepentimiento.

El director de banco fumaba en la cama. Estaba satisfecho. La joven, que se cubría los pechos con la sabana, permanecía en silencio mirando al techo. Por experiencia Luis María intuía que esta calma precedería a la tempestad. La joven rompería el silencio para reprocharle el incumplimiento de sus promesas. Le recordaría que llevaban dos años juntos, viéndose a escondidas en lugares sórdidos, y que él le había jurado que esta relación clandestina acabaría cuando dejase a su mujer y a sus hijos. Pero el tiempo pasaba, y el director de banco, que daba las últimas caladas al cigarrillo, no abandonaba a la familia. La joven dudaba de las buenas intenciones de su amante. Le echaría en cara que la estaba engañando, juegas conmigo, es hora de que me demuestres que me quieres, ya no puedo seguir así, escondiendo mis sentimientos, creo que la gente del banco sabe lo nuestro, cualquier se lo dirán a tu mujer y nos descubrirán, estoy harta de venir a sitios como este, y el hombre encajaría, una tras otra, cada crítica sin alterarse, a la espera de que el enfado se le pasara, como ocasiones anteriores, y luego volvería a hacer las mismas promesas que nunca cumpliría, e intentaría calmarla con besos y la sorprendería con un regalo (una pulsera de plata adquirida en la calle Mayor de la ciudad), razón suficiente para que olvidase los reproches anteriores y le pidiese que la volviese a besar empezando por el cuello para continuar con la barbilla, el labio inferior, el superior, como preludio para hacer de nuevo el amor. Tiempo habría de que el señor director de banco, uno de los caballeros más respetables de la ciudad, cumpliese por fin la palabra dada.

En casi dos horas Luis María había rellenado seis hojas con sus notas. Sólo una tercera parte le servirían. Lo mejor de sus textos eran los diálogos, copia casi exacta de lo que había escuchado. Por eso resultaban convincentes, porque eran verdad. Tenía cuidado en describir a cada pareja para que ninguna lectora los pudiese reconocer en una ciudad en que todo el mundo se conocía. Así, el director del banco pasaría a ser un hombre obeso y algo cargado de espaldas, y la joven acompañante rozaría la treintena, y no tendría el pelo rubio largo y rizado sino una media melena lisa y morena.

Luis María oyó unos golpes tímidos en la puerta del dormitorio. En la despedida ella lloró y él trató de consolarla. Luis María se sabía de memoria el desenlace de estas citas a escondidas. Al cabo de diez minutos los amantes salieron de la habitación. Olivia le dio las gracias al hombre, que preguntó por la disponibilidad del dormitorio para la semana siguiente. Los pasos se alejaron hasta se oyó como Olivia la puerta de la entrada.

Luis María estaba en el comedor cuando Olivia regresó.

—¿Qué tal te ha ido? ¿Te ha servido lo de hoy para algún relato?
—Algo haré —respondió él—, pero tendré que cambiar algunas cosas. Todas mis historias empiezan a parecerse demasiado las unas a las otras.
—¿Te quedarás un poco más?
—Se ha hecho tarde; tengo que marcharme. Mis padres me estarán esperando para comer —dijo mientras miraba a través de la ventana.

Había dejado de llover, pero el cielo seguía nublado.

Al día siguiente también llovió. Luis María no salió de casa. Empleó la mañana y la tarde en escribir el relato en que los protagonistas eran otra pareja de amantes, el director de una empresa de fertilizantes del Norte y su secretaria, que había enviudado. Pensó que estaba repitiéndose. Don Amancio llevaba razón cuando le había aconsejado que debía dar un giro a sus historias. Había que olvidarse, por un tiempo, de las habitaciones de una pensión. Le había sido útil el negocio de Olivia como fuente de inspiración, pero era necesario cambiar. Estaba agotado. Todo escritor que se preciase debía renovarse si quería sorprender a sus lectores.

Por la mañana, mientras Luis María escribía su relato, don Amancio se había bebido media botella de coñac. Era el día del cierre del número de la revista. Estaba nervioso. Como siempre, había discutido con los de la imprenta. Mientras pensaba en los temas de la portada, reparó en el diario local que tenía abierto por las páginas de cultura.

“Declarado desierto el premio literario José S. Serna”

Don Amancio comenzó a leer la noticia.

“El jurado del premio literario José S. Serna, convocado por el Excelentísimo Ayuntamiento de la ciudad, ha acordado, por unanimidad de sus miembros, declararlo desierto por la escasa calidad de los originales presentados. Asimismo, el jurado presidido por el catedrático de Filología Románica, don Honorio Campello, ha decidido que la dotación económica de esta edición se acumule la siguiente, que coincidirá con el XXV aniversario de la creación de dicho premio, creado en homenaje al ilustre escritor de la ciudad que le da nombre“,

El redactor más veterano entró, sin llamar, en el despacho del director de la revista. Parecía nervioso.

—Malas noticias, jefe. Han llamado de la imprenta diciendo que se les ha averiado la rotativa.

Don Amancio se llevó las manos a la cabeza. No podía creérselo.
—¡Lo que nos faltaba! Dile a Úrsula que me pase al gerente. 

Y se sirvió otra copa de coñac para calmarse.

sábado, 20 de junio de 2020

Trabajo en equipo


Como cualquier personaje de una historia inventada, yo espero a sobrevivir al olvido de los lectores. No hace falta recordar cómo de ingratos son esos lectores. Te desvives por atraer su interés y te pagan con las monedas de la indiferencia. Después de cerrar el libro, que a menudo dejan sin acabar, la mayoría ni siquiera retiene tu nombre, mucho menos alguna intervención que el autor escribiese para tu lucimiento. Si les preguntan por la impresión que les ha causado esa novela o tal cuento contestarán, siempre de una manera vaga, no entrando en el fondo del asunto, porque ya lo han olvidado. “El libro no está mal, pero el ritmo es lento, un poco aburrido”, dirán unos. O “Hay demasiadas descripciones y personajes. A la novela le sobran cien páginas”, terciarán otros. Podría añadir otras frases idénticas o muy parecidas, pero estaría de más. Sería una pérdida de tiempo.

Como el comensal de un restaurante que ignora cómo se cocinan los platos que le servirán en la mesa, el lector desconoce la trastienda de una obra literaria. Yo, que me precio de haber formado parte de muchas, hablo con conocimiento de causa. Dar vida a un personaje, moldearlo con paciencia y esmero, es trabajo de artesanos. Soy a una silla lo que el escritor al carpintero. Uno pule y saca brillo a las palabras, y el otro hace lo propio con la madera. Los maestros artesanos no tienen prisa por acabar sus obras. La impaciencia malogra las mejores intenciones. Hay que ir a paso lento, encariñándote de lo que haces, indiferente a si tu obra tendrá repercusión, probando y desechando caminos, todo con tal de que esos personajes, modelados con el barro que Dios empleó con Adán, echen a andar como criaturas libres, como hijos pródigos que no regresarán a la casa del padre.

Esta reflexión no es mía porque carezco de iniciativa, como la mayoría de los personajes. Los hay que se rebelan contra sus creadores, pero no es mi caso. Si cuento esto es porque antes lo he escuchado en boca de escritores que me confiaron sus dudas. Es como si quisieran desahogarse con sus personajes. Lo que no se atreven a decirle a nadie, nos lo confiesan a nosotros. Porque están seguros de que, como hijos de su sangre, no les traicionaremos. Raro es el autor que está convencido del valor de sus textos. Los hay, por supuesto; suelen ser escritores consagrados, en el otoño de sus carreras, que confunden la fama de sus personas con el valor de sus obras. No me gustan estos escritores; los he conocido, se las dan de importantes, presumen de premios, por lo general amañados. Su soberbia me espanta e impide que me entregue con generosidad, como me pasa con los autores noveles. Estos últimos visten el traje de sus inseguridades. Reescriben las cuartillas sin cesar, nunca acaban de estar contentos con sus primeros libros. Siempre les ven algún error del que se avergüenzan. Temen, por encima de todo, a los críticos, lo que me sorprende porque nadie tiene en cuenta hoy a un crítico. Escribir tiene mucho de oficio, y para dominar un oficio se necesitan tiempo y paciencia, y comerte fallos y escribir disparates, porque de esos fallos y disparates se aprende a ser escritor. En mi larga vida de personaje literario he tenido trato con un buen número de escritores primerizos y todos, o casi todos, se ajustaban al patrón del artista cercado por sus dudas. Algunos maduran como novelistas cuando logran quitarse esa camisa de fuerza, pero la mayoría, después de unos pasos titubeantes y a menudo prometedores, que les llevan a ganar algún premio de provincias y a recibir los elogios descontados de familiares y amigos, pierden la confianza en sí mismos. En más de una ocasión he acabado siendo el personaje de un libro inconcluso porque su autor se quedó sin ideas. Para cualquier personaje, no hablo sólo de mí, no hay nada más triste que alguien te dé la vida y luego no ver la luz de una imprenta ni presumir en la estantería de una librería, y acabar de la peor de las maneras, oculto en un cajón con otros originales que se pusieron amarillos por el paso del tiempo. 

Si puedo escoger, prefiero ser inventado por un escritor que lo tiene todo por descubrir. No acertará siempre pero pondrá lo mejor de sí mismo. A todos sus personajes los mimará hasta el empalago. Para él somos los zapatos recién estrenados de un niño caprichoso. Quizá esos zapatos sean de una talla pequeña y no encajen en nuestro pie, hayan sido diseñados con torpeza y carezcan de lustre o brillo. Pero el zapatero, aun con el corsé de sus dudas, estará orgulloso del trabajo. No habrá nada de pose ni de la humildad fingida de los autores consagrados. Los escritores inexpertos entran a pecho descubierto en el campo de minas de la literatura, con tanto entusiasmo como temeridad. Se pagan la impresión de sus primeros libros y los reparten por las librerías de su ciudad. Sus ventas se limitan a su círculo de familiares y amigos. En las librerías ocupan los espacios las editoriales de prestigio rechazan, escondidos a la vista de los clientes. Pero para ese escritor, que su libro esté expuesto cerca de sus maestros es todo un triunfo.

Uno de esos escritores —no tanto por su edad, pues ya no es joven, sino por su impericia— ha pensado en mí para uno de sus relatos. Quiere que sea el protagonista de un cuento. Como me enseñaron a ser agradecido, aprecio el detalle de concederme la primacía en una historia que sólo conozco a grandes rasgos. Los literatos son muy suyos y de inicio no les gusta soltar prenda de lo que imaginan. Lo que te dicen a ti se lo ocultan a los demás personajes. Juegan a confundirnos para que no nos rebelemos contra su autoridad. Un personaje vivo, consciente de su importancia, que se resiste a seguir unas órdenes, es un quebradero de cabeza para el autor.

Al principio era de los que discutían sus decisiones, pero pronto me di cuenta de que mi actitud sólo conseguía ponerlos de mal humor. Entonces, mi peso en la historia se desdibujaba, hasta caer en la irrelevancia, lo que era un aviso a navegantes, además de un desquite en toda regla, por mi soberbia. Ahora acepto todo lo que me mandan: las descripciones sobre mí, aunque no esté conforme con ellas; los diálogos, aun no siendo verosímiles; mi escasa participación en la trama, las incoherencias de la historia. En realidad, ponerse en manos de un escritor es echar una moneda al aire. Si sale cara, serás un personaje atractivo y redondo, pero si la cruz decide tu suerte, carecerás de vida y misterio, como esos monigotes de trazos planos y borrosos que pronto se olvidan.   

El autor, que se comporta como un padre, quiere que su historia gire en torno a mí. Seré el centro del relato. Si funciona o no, si convence o aburre a los lectores, dependerá de un servidor. Nunca nadie había confiado tanto en mí. Quizá se debe a su inexperiencia. En realidad la mayoría de los novelistas me han elegido para papeles secundarios: el hermano menor de un ladrón, el marido engañado de una mujer joven que huye con su amante, el cura beodo que casa a los novios y otros más que no excuso mencionar por su escaso interés. Al principio, me molestaba que mi presencia se limitase a unas pocas páginas. Porque estaba convencido de mi valía. Y me pasaba como a los actores de cine y de teatro que se vuelcan en pequeños papeles, confiados en que les llegue el que les lanzará a la fama. Pero esto sucede rara vez. Lo normal es que esos actores acaben siendo secundarios toda su carrera.

Los escritores sólo han confiado en mí para papeles menores. Sólo una vez, una novelista nacida en una ciudad del Mediterráneo —que no conviene mencionar por discreción— me eligió como protagonista de una novela dirigida a lectoras de paladar poco exigente. Por aquel entonces se había puesto de moda la narrativa erótica para amas de casa. El protagonista de estos libros respondía a un arquetipo: un hombre guapo, adinerado, mujeriego, buen amante. Era el príncipe azul adaptado a los tiempos modernos. No me vi en ese papel, esa es la verdad, porque todo era  previsible. Desde la primera página la lectora intuía cuál sería el final ya que el amante se comportaba siempre de igual manera. De la novela en que fui protagonista me irritó especialmente su final feliz —imprescindible para el público al que iba dirigido— y su nombre absurdo por inglés, Erik Hoffmann. La novela, después de una primera edición con unas ventas discretas, se vende a precio de saldo, en librerías de lance y mercadillos de domingo.

Ahora, gracias a un escritor novato voy a tener mi segundo papel de protagonista. Al conocernos me dijo que había pensado en mí como vigilante de seguridad en una céntrica librería de Madrid. Le pregunté si esa librería existía y me contestó que sí. Los fines de semana solía ir a mirar novedades. Unas veces se compraba un libro y otras se conformaba con perderse por sus salas ojeando títulos. Es una librería grande, de tres plantas, con una cafetería y una pequeña guardería para que los padres puedan dejar a sus hijos mientras hacen las compras. El edificio fue un antiguo palacio abandonado antes de ser rehabilitado. A mi padre (por padre tengo a quien es mi autor) le gusta demorarse subiendo las escaleras de madera de piso en piso. Me ha confesado que preferiría ir los lunes por la mañana, cuando hay pocos clientes, pero le es imposible porque a esas horas trabaja de profesor en un instituto.

—¿Estás seguro de que lo podrás hacer? —me pregunta sin ocultar las dudas.
—Puede confiar en mí —replico—. No soy un recién llegado en este mundo. Me avalan  años de experiencia. Si lo prefiere, puedo darle referencias de otros escritores.
—No es necesario, te creo, pero necesitaba escucharlo. Al confiar en ti me juego mi prestigio.

El autor acaricia el cristal ahumado de un vaso con vino tinto. El alcohol, en cantidades moderadas, destapa el tarro de su imaginación. No necesita beber para escribir, sería contraproducente si lo tomara por costumbre, pero cuando acaricia una botella antes de servirse en un vaso, sabe por experiencia que la escritura de ese día se salvará de la censura de la jornada siguiente. Para un escritor cualquier recurso vale —las drogas, el alcohol, el sexo, la traición, si es necesaria— si le garantizan que una historia perdurará.

Como él no dice nada, ensimismado en el vaso de vino tinto y ante una cuartilla en blanco, decido romper el silencio.

—¿Ha pensado en quién contará la historia? Acertar con la elección del narrador es una de las claves para que un relato funcione.

Se me queda observando con su mirada azul, fría por momentos, de una tristeza gris.

—El narrador serás tú. Contarás la historia en primera persona.
—Si me permite un consejo —le digo pecando de insolente—, narrar en primera persona entraña más riesgos que en tercera. Si el escritor no domina la técnica, si se equivoca en el lenguaje, el narrador dejará de ser creíble en las primeras páginas.

Mi padre, con el rostro molesto, se exaspera al oír mis palabras.

—¿Por quién me tomas? ¿Acaso crees que hablas con un idiota? ¿Con un novato? Llevo escribiendo muchos años, bien es verdad que sólo en los últimos me he centrado en la ficción, y merezco un respeto. Tampoco soy un recién llegado a la literatura. Llegué a ganar el premio de un hospital. Tengo mi orgullo; conozco mis límites, todos los días aprendo algo y estoy convencido de que el año que viene escribiré mejor que este, y al otro mejor, y así sucesivamente.
—No he pretendido ofenderlo —me excuso—. Sólo quería darle mi opinión, pero si usted prefiere que me calle…
—No, no —contesta—. Para eso estamos hablando, para llegar a un acuerdo. Yo te he parido, y estoy orgulloso de haberlo hecho, pero tú puedes aportarme ideas para mejorarte. La verdad es que mi cuento está abierto, a la espera de encontrar la manera de cerrarlo. No trabajo con guiones previos, como otros colegas. A veces pienso que soy demasiado osado fiándolo todo a la espontaneidad de mi imaginación.

El autor se ha relajado después de esta confesión. Necesitaba desahogarse, decirle a  alguien —y quién mejor que a su protagonista— que se ha metido en un laberinto del que no sabe salir. Atiendo sus palabras con el interés de un profesional. No es la primera vez, ni será la última, que un autor novela se sincera conmigo.

—¿La acción se desarrollará sólo en la librería?
—En principio, sí. Mis primeros cuentos se concentran en espacios cerrados con pocos personajes.
—¿Ha pensado en los personajes que me acompañarán? —insisto en ser curioso.
—Tendrás un jefe y algún compañero. También debería haber clientes y lectores circulando por el relato, aunque aún no sé cuantos ni cómo serán. También dudo de si reforzar tu persona con referencias a tu familia o a una pareja. A eso me refería cuando te he dicho que la historia sigue abierta.
—¿Y la trama?

Me mira como si no me llegara a comprender.

—Sí; la trama, el tema, el asunto, llámelo como quiera, el desencadenante de la trama. Sin esto un cuento no se mantiene en pie. Le pasa como al ciclista que, si no sabe montar, se caerá con su bicicleta al suelo.
—¿La trama? ¿El asunto? —pregunta evitando mi mirada—. Pues la verdad es que no había pensado en ella… 
—Pues así no vamos a ninguna parte —me atrevo a decirle y aguardo otro de sus cambios de humor.

¿Ahora qué querrá este? Acabo de llegar al trabajo y ya me está llamando. Buenos días, Pepe, sí, lo tengo claro. De hoy no pasa. Sí, sí, a la vieja la pillamos como me llamo Roberto. Esta vez no se nos va a escapar. Lo que pasa es muy hábil y habrá que tener puestos los cinco sentidos para que no vuelva a engañarnos. Menuda es. En cuanto la vea entrar, te aviso, tú tranquilo. Por cierto, Pepe, ¿hablaste lo de mis vacaciones con el de Recursos Humanos? ¿Todavía no? Pues estamos a mayo, ya va siendo hora, que uno tiene que hacer sus planes. No sabes lo pesada que se ha puesto mi mujer con lo de viajar en un crucero por el Mediterráneo. ¿La tuya también? Pues tiene gracia, menuda coincidencia. Entonces me entenderás perfectamente, que si no sé cuándo tendré vacaciones, no puedo contratar el crucero. A ver si hablas con él hoy y me dices algo. Chao.

Pepe es mi jefe directo, el que nos coordina a los tres vigilantes que trabajamos en la librería, uno por planta. Vamos por turnos. Esta semana me toca la planta baja, en la que están las novedades, los libros de autoayuda y los manuales de bricolaje. No sé cómo puede haber tanta gente interesada en libros de autoayuda, por no hablar de los de cocina y mascotas. Es lo que más se vende, con diferencia. Hoy lunes, si todo va según lo esperado, el día será tranquilo. Por la mañana sólo vienen jubilados, algún universitario despistado que a esas horas debería de estar en clase, y sobre todo amas de casa que se citan en la cafetería. Antes de irse se compran la última novela anunciada por televisión y que ha sido escrita por alguna periodista célebre a la que admiran por lo bien que se conserva, a pesar de sus años. Es una envidia sana, las oigo decir.

El autor me mira como si pidiera permiso para seguir. Por fin, después de mucho dudar, ha comenzado el relato. Al menos tiene claro que yo, el protagonista, narraré la historia en primera persona. Ha incorporado a Pepe, mi jefe directo, y ha dejado la puerta abierta a que intervenga mi mujer. En cuanto a la trama, su interés pasa por cazar a una supuesta ladrona de libros. Pero, en realidad, ¿esta anciana roba libros o todo es fruto de una equivocación de mi jefe y mía? Escaso interés le veo a que desde el primer momento quede clara la identidad del ladrón, ¿pero hay ladrón?, me pregunto también. ¿Y si todo obedece a un error en la facturación en caja? Son muchos cabos sueltos que mi autor debe atar cuanto antes. No hay que dejar que se pudran las historias.

—¿Te parece convincente el inicio del cuento?
—Por algo tenía que empezar —respondo—. Es sólo el arranque. Hay escritores que se quedan paralizados en la primera frase. Renuncian a seguir escribiendo hasta que no están satisfechos con ella. Les puede llevar días o semanas encontrarla. Algunos se desesperan. A mí me parece excesivo mantener en suspenso un relato o una novela porque la primera frase no te convence. Si sabes cómo seguir, ya tendrás tiempo para dar con ella. Tampoco creo que haya que obsesionarse con escribir bonito porque no funciona.
—Me preocupa —continúa el autor con su observación— que tu manera de expresarte no sea creíble. Le he dado vueltas a lo que me dijiste de los riesgos de la primera persona. Estás en lo cierto. Hay que medir muy bien cómo habla un persona en primera persona para que su voz no peque de artificial. A mí me ha pasado leyendo a escritores importantes. Sus personajes hablaban como muñecos manejados por ventrílocuo, con voces impostadas. Aún no he decidido si tu mujer, a la que he mencionado de pasada, adquirirá más peso en la historia. Quiero, como te dije, que la acción se desarrolle en la librería y durante tu jornada laboral. Un espacio y un tiempo limitados. Así son la mayoría de mis cuentos. Me han dicho que tienen algo de teatrales o cinematográficos por esta razón. Y no creas que me gusta porque la afirmación de que un relato es cinematográfico es como decir que una película destaca por la fotografía. Son dos maneras de desechar una obra artística por su desinterés.

Deja de hablar y regresa a su aire retraído. Tal vez esté interpretando a su personaje. Los escritores se creen criaturas literarias. Ninguno parece interesado en romper el silencio. Al final lo hago yo.

—Creo que la trama debería ser más compleja, con la incorporación de más sospechosos. Si desde el principio queda claro que la vieja es la ladrona, nos será difícil mantener la tensión del relato. Si un cuento tiene un misterio por resolver, agarraremos al lector hasta que se descubra. Pero si ese misterio se limita al cómo y el cuándo pillarán a la vieja robando, el lector se cansará pronto y abandonará la lectura. Todo su esfuerzo habrá sido en vano.

Espero a conocer la reacción a mi consejo. Tal vez he sido presuntuoso. Quién soy yo, a fin de cuentas un personaje sin voluntad, para decirle lo que tiene que hacer con su historia. Pero mi obligación es comunicárselo porque si él se juega su prestigio, yo me arriesgo a ser un protagonista fallido.

—Dame unos días para pensármelo —fue su respuesta escueta a mi consejo. 

Se tomó, exactamente, una semana. Mereció la pena la espera porque introdujo cambios sobre su planteamiento inicial. Aunque no ha querido reconocerlo, al final me ha hecho caso en lo de abrir el abanico de sospechosos. Era un error aclarar, desde el principio, que la ladrona de libros era la vieja. Al incorporar a otros sospechosos, la trama ha ganado en interés. Ha imaginado el final pero no se atreve a revelármelo, acaso por superstición o por falta de confianza. He comentado antes que los escritores son muy suyos. Se sienten poderosos cuando han hallado el camino para terminar un relato. Es infrecuente que te lo confiesen porque tampoco están seguros por completo de que ese final se mantendrá. Lo he visto contento y más seguro que otros días. El cuento va tomando cuerpo en su imaginación. Me promete que, aunque aparezcan más personajes, ninguno me arrebatará el protagonismo. Incluso me dice que mi papel en la historia saldrá reforzado porque deberé prestar más atención para descubrir al ladrón.

Le pregunto: “¿Y si no hay tal ladrón y todo es un malentendido?”. El autor lo descarta. No lo contempla, me comenta, porque quiere evitar que la acción se disperse. Todo  pasa por la identificación del ladrón y me pone como ejemplo las novelas policíacas. En ellas el autor, si se ajusta al patrón clásico del subgénero, presentará de inicio un crimen, y otorgará el protagonismo a un detective o un comisario para que siga las pistas que le lleven a detener al asesino. En este relato sucederá algo parecido, con la diferencia de que el detective seré yo, un vigilante, y el asesino se transformará en un ladrón de libros.

Me intriga de lo que estarán hablando esos dos ancianos trajeados. A las once menos cinco de la mañana entra el mayor de los dos por la puerta y se sienta en una de las esquinas de la cafetería. Pide un café y empieza a leer un periódico. Diez minutos después aparece el otro jubilado. Se saludan dándose la mano e inclinando la cabeza como si hubieran quedado para cerrar un negocio, de una manera un tanto ceremoniosa, pero pronto uno ve que deben de ser viejos amigos por la cercanía en el trato. Se ríen y se interrumpen a menudo. El que lee el periódico le pide opinión al otro sobre una noticia, y este le muestra la página de un libro que le ha gustado. El lector de periódicos la lee mientras su compañero de mesa se entretiene mirando a los otros clientes.

La primera vez que los vi no reparé en que el de mayor edad, un hombre de unos ochenta años, de mediana estatura, calvo y con gafas y una papada sobresaliente, escondía un maletín debajo de la mesa. Hay detalles que se te escapan de los clientes  novedosos. Fue en  la segunda ocasión cuando me di cuenta de esta circunstancia. El jubilado apretaba el maletín con sus talones, como si tuviera miedo de perder un documento comprometedor.

Ser vigilante te hace ver a las personas de otra manera. Veo culpables, no inocentes. Un detalle aparentemente sin importancia, una mirada esquiva, un maletín como el de ese jubilado, un cliente que pasea y pasea por una sala vacía, el excesivo tiempo dedicado a hojear un libro tomado de una estantería, te pone alerta. Se enciende el radar. Ahí ves el peligro, y el peligro, en mi situación, es estar ante un ladrón de libros. A veces pienso que quien roba libros no pertenece a la peor categoría de los ladrones. Peor sería robarle la pensión a una vieja a la salida de un banco, eso sí sería grave, pero robar una novela, y no digamos un libro de poemas, tiene algo de romántico, una falta sin importancia. Con tantas cosas que pueden robarse y se fijan ¡en un libro!

Estos ladrones son gente pacífica. No suelen dar problemas de orden cuando te acercas y les ruegas que te acompañen a un cuarto para que muestren lo que han robado. La mayoría se siente avergonzada y no vuelve más. Los identificamos y los dejamos marchar. Nos quedamos con sus caras, por si vuelven. Al principio de abrir la librería, Pepe quería que llamásemos a la policía cada vez que viéramos a alguien robando. Para qué meternos en problemas, le dije. Si no oponían resistencia, los fichábamos y nos olvidábamos del asunto. Y creo que fue un acierto porque en los dos años que llevamos abiertos sólo hemos tenido problemas con un sujeto reincidente, con toda seguridad un enfermo mental (nos han intentado robar media docena de veces), que se niega a entregarnos la mercancía y nos amenaza con pegarnos. Sólo con este elemento hemos tenido que avisar a la policía.

Por cómo visten y por su manera de hablar, yo diría que estos dos jubilados debieron de ser profesores, o haber escrito en periódicos o revistas. Seguro que son gente de letras, de los que consideran una librería como su segunda casa. Llegan puntuales cada lunes, hablan aproximadamente una hora, sólo toman café y despiden con la misma cortesía con que se saludaron. El más joven se marcha sin entrar en ninguna sala. En cambio, el otro se demora hojeando la sección de novedades y la de los clásicos. Su maletín me hace sospechar. ¿A qué cuento viene traerlo a una librería? En ese maletín deben de caber media docena de libros, bien colocados. Después de perderse media hora por la tienda, sale sin comprar un solo libro. Desde que lo conozco jamás ha pasado por caja. No creo que sea por problemas de dinero, así que mis sospechas son fundadas. Pero aún no he conseguido cogerle en un renuncio. Es listo y probablemente sepa que lo estoy vigilando. Estos ladrones son los más peligrosos; los que, por su aspecto formal, nunca imaginarías que se meterían debajo de la chaqueta una edición encuadernada del Quijote. Pero, por el momento, es arriesgado pedirle que me abra el maletín. Si no fuese el ladrón, se ofendería conmigo, y con razón. Además, uno nunca puede estar seguro de con quién te la estás jugando. ¿Y si fuera alguien importante? Bastaría con que protestase a mis superiores para que yo perdiese el empleo, y no están los tiempos para tonterías, así que más vale aparcar las sospechas y, si no hay una evidencia clara, dejar que se marche con su maletín, como cada lunes, hasta que un exceso de confianza le haga cometer un error la próxima vez que venga. Hasta los ladrones más inteligentes dejan alguna pista que permite detenerlos.

La idea de extender la sospecha a los dos profesores jubilados ha sido un acierto de mi protagonista. Nunca se lo reconoceré porque me temo que es vanidoso, y cualquier elogio, por modesto que fuese, le haría sentirse más importante de lo que es. Tiene más experiencia que yo en imaginar historias. No en vano otros autores —incluido alguno de renombre— han echado mano de él, si bien otorgándole papeles secundarios. Sé que esto le mortifica porque el tiempo corre en su contra. Como intuye que esta puede ser su última gran oportunidad para dejar huella en la batalla de las letras, está mostrando un interés inusitado por colaborar conmigo, ofreciéndose de guía para que el relato llegue a buen puerto. Su generosidad, aun siendo interesada, la acepto porque me beneficia. 

En contra de lo que se dice y escribe, una obra literaria es un trabajo de equipo. Mucho se ha hablado sobre el individualismo —en ocasiones exasperante— de los escritores. Algo de cierto puede haber en esa afirmación, porque el escritor es un solitario y como tal un individualista. Pero esta actitud es equivocada porque en demasiadas ocasiones el creador se agota en un mar de dudas, y no culmina la obra que había imaginado. Lo inteligente y lo útil es escuchar a los personajes, hacer como que te dejas aconsejar por ellos, siempre aclarándoles que la última palabra es la tuya. Por eso hablo de trabajar en equipo, con un entrenador, que soy yo, y unos jugadores que son los personajes. El entrenador ha de acertar con la estrategia y disponer de tres o cuatro jugadores que destaquen sobre el resto. Hay personajes deslumbrantes, que escalan, en compañía del lector, una montaña hasta llegar a la cima, y hay otros grises pero igual de necesarios, que ofrecen descanso al lector, antes de emprender de nuevo la subida al pico más alto de una cordillera.

El relato avanza de manera lenta pero segura. Echo en falta, sin embargo, disponer de la necesaria concentración para sentarme a escribirle. El tumulto de los días me lo impide con frecuencia. Hay noches en que me acuesto a escribir pero me noto cansado, sin las ideas claras, y lo dejo para la mañana siguiente, una mañana como la de hoy, de un domingo de mayo en que los vecinos duermen y el calor de los días anteriores ha remitido.

Estoy satisfecho, de momento, con los resultados de la trama, pero no puedo ocultar mis dudas sobre el lenguaje del protagonista. Hay personajes que no necesitan ser descritos porque sabemos cómo son gracias a cómo hablan. El problema está en que ese lenguaje sea verosímil. Si al autor se le va la mano, corre el riesgo de que sus criaturas carezcan de hondura y complejidad. Se convertirán en personajes planos, en un arquetipo autómata de los que hay tantos en cuentos y novelas. “¿Roberto es creíble”, me pregunto. “¿Su forma de hablar es la adecuada para un vigilante jurado que no pudo ser policía nacional por no acabar el bachillerato?”. Ese fue el gran fracaso de su vida, por no hablar de que está casado con una mujer de la que no está enamorado pero que, a cambio, le ha ofrecido veinte años de convivencia tranquila, y sobre todo dos hijos sanos y adolescentes.

De quien está enamorado mi protagonista es de su madre por su extraordinaria vitalidad. Se quedó viuda siendo joven, lo que le obligó a sacar adelante sola a sus cuatro hijos. Fregó y limpió la mitad de las casas de los barrios pudientes de la ciudad. Nunca faltó de lo indispensable en su casa. Sus hijos crecieron sin estrecheces aunque, claro está, no pudo ofrecerles grandes caprichos. Roberto siempre la admiró por su valentía, por el coraje para enfrentarse a los días hostiles. Ya habría querido él tener su determinación para perseguir lo que se proponía. Con el coraje de su madre no se le hubiera escapado aquella compañera de trabajo que tanto le gustaba. Ella le pidió que rompiera con su mujer pero no lo hizo. Quiso pedirle opinión a su madre pero tampoco se atrevió. Era un cobarde. En su madre también tenía el ejemplo de una persona sin estudios que se había apuntado a una escuela de adultos porque conservaba el deseo de aprender. Cada semana se acababa un libro, fuese una novela, un libro de poemas o una obra de teatro, siempre ficción, porque el ensayo, decía, no le gustaba.

—¿Te sientes cómodo en los diálogos? —le pregunto.
—No tengo problemas con mi forma de hablar; ¿por qué lo pregunta?
—Quiero que seas un protagonista creíble. He leído demasiados libros con personajes de cartón piedra y no me gustaría, por nada del mundo, que fueses uno de ellos.
—Le comprendo porque a mí me ha pasado con algunos autores —responde—. Me sentía como esos actores de cine que se ven absurdos interpretando un pésimo guion. Por este motivo he estado a punto de rebelarme contra un par de escritores. Les llegué a amenazar: “O pones más atención en lo que haces, o me te dejo”.
— De cualquier forma, si te siente forzado con alguna frase que pongo en tu boca, me lo haces saber y lo reconsidero.
—Perfecto, jefe —dice—. Espero que no le moleste que le llame jefe…
—Puedes hacerlo sin problemas. Un autor es el jefe de sus personajes, pero yo quiero ser un jefe moderno, que intenta convencer y no imponer su criterio. Aspiro a persuadir. Por esto te pregunto la opinión.
—Hace bien. Se trata de ir todos a una por el bien del cuento.

En ese momento pensé que aunque el relato avanzaba mejor de lo esperado, había que mantener el pulso y no bajar la guardia. Debía estar preparado para cuando llegasen los días de frustración, esos días en que te ganas de arrojar el original al cubo de la basura porque no crees que tenga ningún valor. 

—Lo de los jubilados fue una buena idea pero insuficiente —continúo—. El cuento tiene que incorporar a más personajes, ¿no crees? ¿Qué tal la cajera joven que fue contratada hace nueve meses? 
 —Se ha adelantado a lo que iba a decir. Esa cajera será otra de los sospechosos, junto a los jubilados y la vieja. Es joven; tiene veinte años y este es su primer trabajo. Y, además, está enfadada porque sus compañeros le hacen le vacío y le dejan siempre los peores turnos.
—Tiene, sin duda, el perfil para ser uno de los sospechosos. ¿Se te ocurre un nombre?
—¿Macarena? Suena bien por las tres aes de la palabra.
—Eso se llama aliteración, es un recurso estilístico. ¿Macarena? Me gusta. Los nombres hacen a los personajes.
—Pues el mío no me dice nada, ni frío ni calor.
—De tu nombre hablaremos algún día.    

Le entregó la bolsa con los libros sin ocultar un mohín de asco. Cuando vio marchar al cliente se arrepintió. Llevaba sólo nueve meses en su puesto de cajera y pronto le tocaría renovar el contrato. En casa siempre le reprochaban que fuese demasiado impulsiva. “Hay que saber disimular los pensamientos”, le decía su madre. Pero ella era como era, una mujer que se dejaba llevar por los prontos, con demasiado corazón y poca cabeza. Al cliente lo había mirado con asco porque olía mal cuando se acercó a pagarle. Sin apenas pelo, su rostro se asemejaba al de un sapo de cuento infantil. Le sudaba la frente y las manos. Cuando ella le informó del precio, el hombre se sacó del bolsillo del pantalón un monedero sucio y desgastado, y empleó varios minutos en ir sacando la calderilla para depositarla en el mostrador, hasta que sumó la cantidad solicitada. Cada moneda que sacaba la acompañaba de una sonrisa a la cajera. Y para su asombro, el hombre fue formando un corazón con monedas de distinto valor, empezando por las de dos euros y acabando por las de un céntimo. La lentitud en deshacerse del dinero no sólo exasperó a la cajera sino a los clientes que esperaban a pagar. Macarena cogió las monedas, una por una, y las fue dejando caer con aprensión. El cliente se despidió diciéndole: “Que tenga un buen día, señorita”. Al darse la vuelta, Macarena se fijó en que llevaba el pantalón lleno de manchas.

Clientes como ese baboso que no se lavaba la empujaban a dejar el empleo, ¿pero adónde iba a ir? El sueldo era escaso, tenía el turno partido, le hacían trabajar hasta los domingos, el empleo era una mierda, sí, pero no podía elegir con su nivel de estudios. O era esto o cosas peores. Sus colegas la envidiaban por tener un curro con Seguridad Social y no trabajar en negro, práctica habitual entre la gente de su edad, la que trabajaba en bares o como mozos de almacén en polígonos.

Si al menos Joel siguiese trabajando con ella, pero a su novio lo habían despedido hacía un mes. Nadie se lo esperó. Un día lo llamaron de Recursos Humanos. Él, que llevaba dos años en la empresa, pensó que le iban a hacer fijo. Tenía argumentos para ello: el principal era que la librería cada vez vendía más, después de unos comienzos difíciles, pero además nadie podía quejarse de su trabajo. Al contrario, había recibido los elogios de sus jefes. Sin embargo, cuando llegó al despacho del jefe de personal, no le dieron ni siquiera opción de sentarse: “Firma aquí. Este es tu finiquito. Están incluidas las vacaciones que te quedaban pendientes”.

Y así le mostraron la puerta sin darle explicaciones. Dos años deslomándose por la librería y a su novio le pagaban de esa manera. Macarena estaba resentida con la empresa. Esperaba el momento para vengarse de ellos. Sólo había que tener paciencia. Gracias a Joel había comenzado a trabajar de cajera. Era su primer empleo después enviar cientos de currículos y no obtener respuesta. Cuando la llamaron para el trabajo, los dos decidieron mantener la relación en secreto, hasta que una noche, mientras cenaban en un restaurante, un compañero los vio. Al día siguiente se extendió la voz de que eran pareja. Esto no gustó a la plantilla. Empezaron a verla como una intrusa y la criticaban a sus espaldas. Enseguida notó que había caído en desgracia. Cada día alguien le recordaba, lanzándole una indirecta, que no se merecía ese empleo porque había jugado con ventaja para conseguirlo.    

Tres horas llevamos abiertos y la vieja no ha aparecido. Es raro en ella. No ha faltado un día desde que abrieron la librería. Viene por las mañanas, aunque alguna vez la he visto en el turno de tarde. Siempre con su carro de la compra y una sonrisa engañosa. La vieja es de los pocos clientes que te saludan. Será una ladrona, pero sabe comportarse. Ya quisiéramos que todos los clientes tuvieran su educación. La mayoría, cuando se acerca para preguntarte algo, ni te de los buenos días, mucho menos te trata de usted. Y cuando les resuelves sus dudas, se marchan sin darte las gracias.  

Mi jefe no tardará en llamarme. Está obsesionado con que encontremos al ladrón. Lo comprendo porque los de arriba le están apretando las clavijas. Que esto no puede seguir así, que hay que coger ya al ladrón, que cada semana nos roban cientos de euros en libros, que si no lo resolvéis vosotros, lo harán otros. Al principio nos hacían observaciones; ahora han pasado a las amenazas. A ver si por culpa de este ladrón nos vamos a ir todos los vigilantes a la puta calle. Si después de varias semanas detrás del ladrón, no lo hemos identificado es que seguimos una pista falsa. ¿Por qué tiene que ser la abuela? Están los dos profesores, o esa pareja de gais que recorren, cogidos de la mano, la librería sin comprar un solo libro; está la cajera a la que le despidieron a su novio por colocarla en la empresa sin revelar que era su pareja. Ella tiene más facilidades para robar. Sabe que algunas cámaras de seguridad no funcionan y, cuando lo hacen, no cubren todos los espacios. Tiene acceso a todas las dependencias; y puede desconectar las alarmas. Si quiere robar, lo tiene muy fácil. Se le ve que está a disgusto. No disimula su malestar por lo que le hicieron a Joel. Robar libros sería para ella su manera de vengarse. Deberíamos ponerle una trampa, y ver si pica el anzuelo.

Ya está aquí, puntual como un reloj suizo. Sí, dime, Pepe, no, no, todavía no la he visto. Me extraña porque a estas horas ya debería haber aparecido. A lo mejor se ha dado cuenta de que vamos a por ella y nos quiere despistar. ¿Cómo? ¡Qué esté más atento! ¡Venga, Pepe, no me jodas! No he dejado de vigilar la puerta ni un momento, por si la veo. No; el que te tienes que calmar eres tú, yo estoy muy tranquilo, cálmate tú, que si no pillamos a la vieja es porque nos faltan vigilantes y las cámaras fallan. Lo hemos dicho muchas veces y no nos hacen caso. Ya te he dicho que cuando la vea te aviso de inmediato. ¿Sabes algo de mis vacaciones? ¡Coño, aún no se lo has preguntado a los de Recursos Humanos? Te lo he dicho esta mañana. Necesito saber cuándo me podré coger vacaciones. Esta noche, cuando vuelva a casa, voy a tener otra vez bronca con mi mujer.  

En este punto de la narración el autor debe decidir si la anciana, principal sospechosa del robo, aparecerá por la librería. No es asunto baladí. La evolución de la trama será muy diferente si la vieja se presenta porque cobrará el protagonismo que se espera de ella tras haber leído las opiniones del vigilante jurado. Se diría que este, en un gesto de generosidad que le honra, le ha preparado el terreno para su lucimiento personal. Pero si el autor da marcha atrás renunciando a la aparición del personaje, el relato deberá avanzar en otra dirección que, muy probablemente, aún no tenga claro.

Sopesados los pros y los contras de otorgarle protagonismo a la anciana, el autor  acepta el riesgo de que aparezca por la librería. También ha decidido el nombre: se llamará Matilde, quizá porque asocia este nombre a una persona mayor. Hay nombres como Matilde, Faustina o Manuela que son de otros tiempos. Ninguna mujer joven pensaría en ellos para bautizar a sus hijos, en el supuesto de que la familia aún mantuviese la costumbre, algo olvidada, de bautizar a los niños.

Despejada la duda sobre la participación de Matilde en el relato, decidido su nombre, para cerrar el círculo habría que pensar en el físico. El autor imagina que es una mujer de una edad cercana a los ochenta años, de baja estatura, como la mayoría de las mujeres de su generación; ancha de caderas y entrada en carnes, de pelo corto y ojos verdes que pierden parte de la gracia tras unas gafas de concha. Matilde no es una mujer moderna que vista con pantalones —nunca se ha puesto esa prenda—, por lo que cabe esperar de ella es que lleve un vestido de tonos oscuros, de color gris o marrón pardo, acorde con la edad. El calzado, como cabe imaginar, será plano. La mujer no se maquilla; renunció a la coquetería de sus años de juventud y primera madurez. Lleva unos pendientes pequeños, de plata de ley, y una alianza en el dedo anular de la mano derecha.

El retrato físico está perfilado, a falta de pequeños detalles. Quedaría el retrato moral, la etopeya en términos literarios. Será una mujer con temperamento, muy activa, mandona en casa, hogareña y trabajadora aunque algo sensiblera, con un punto de mala leche con todo aquel que la ha dañado sin razón, o le ha faltado el respeto. Como otras mujeres de su generación, sufrió la discriminación respecto a sus hermanos varones, que pudieron estudiar, mientras ella quedaba reservada para las tareas domésticas.

Pese a su falta de formación académica, Matilde ha sentido desde siempre un respeto reverencial por los libros. Admira a las personas cultas e intenta imitar su forma de hablar. Cada vez que escucha una palabra desconocida en boca de un escritor popular, la busca en el diccionario y la apunta en una libretita de tapas blandas. De esa manera cree —y tal vez no le falta razón— que amplía su vocabulario y de paso su forma de pensar.   

El ruido de las ruedas del carro empujada por Matilde puso en alerta a Roberto. Fue cuando reparó en ella y, ligeramente nervioso, llamó a su jefe para comunicárselo.

—Acaba de entrar. Ha llegado como siempre, con su carro a cuestas y su sonrisa postiza  para despistar.
—No le quites ojo.
—Esta vez no se me escapa. Estate atento a las cámaras, y si ves algo raro me avisas. Corto ya, que la abuela se me pierde.

A sus ochenta años Matilde había perdido vitalidad en las piernas, pero aun así se conversaba en buena forma. Andaba erguida y a paso firme por la librería que se conocía al detalle después de visitarla muchas veces. No variaba de itinerario; empezaba por la sección de novedades, situada en la planta baja, donde se demoraba entre diez y quince minutos, según el interés que le despertaban los títulos. Le encantaba tocar los libros. Se fijaba en la portada y en la contraportada. Echaba un vistazo a las solapas y leía a veces el comienzo del libro. No era raro que se lo llevara a la nariz. El olor a papel y tinta le encantaba. En la sección de novedades podía coger hasta una docena de ejemplares y repetir el mismo ritual con cada uno de ellos. Cuando había satisfecho su curiosidad, subía las escaleras que le llevaban a la primera planta, reservada a la historia y la filosofía. Aquí se detenía menos porque de la filosofía no entendía y de historia sólo recordaba vagas nociones de personajes aprendidos hace muchos años. De los libros de historia le atraían las ilustraciones y las tapas duras.

Mientras Matilde hojeaba una biografía de Felipe II, Roberto la observaba desde una esquina de la sala. Intentaba ser discreto para que la anciana no se sintiese vigilada. Le desesperaba que la vieja se recreara mirando libros que nunca compraba. ¿Para qué venía a una librería todos los días si al final no compraba nada? Había gato encerrado. O la abuela era muy astuta y robaba en un momento de despiste de los vigilantes, o era inocente de la acusación que le atribuían. Era tan fácil como abrirle el carro cuando se dispusiese a abandonar la tienda, pero no dejaba de ser arriesgado, y muy violento, sin tener un indicio de que hubiese robado. De momento, el vigilante no había logrado cogerla en un renuncio.

Matilde se volvió y vio al vigilante observándola. Le sonrió como había hecho con Macarena. Detrás de esa sonrisa podía no haber ninguna intención malévola, o podía ser el principio de la risa de quien sabe que los está engañando a todos. Roberto desvió la mirada y se alejó.

La segunda planta del edificio estaba reservada a los clásicos y la literatura infantil y juvenil. La primera de las salas estaba casi siempre vacía. Matilde era muy dada a visitarla porque, aunque los autores expuestos le pareciesen muy lejanos, sus libros, de los que había oído hablar en el colegio, eran los más bonitos de la librería, por  grabados con que ilustraban los capítulos. Por esta razón también eran los más caros.

La sala de los clásicos debía de ser la más tentadora para un ladrón. Porque nunca había gente; el vigilante de la planta se ocupaba más de controlar a los clientes de la sección de literatura infantil, y además el precio de los libros doblaba al de las novedades editoriales. Un clásico era el bocado más apetitoso para un ladrón de librerías.

Roberto la había vuelto a seguir tratando de no hacer ruido al subir las escaleras.  Matilde acariciaba el lomo de un ensayo sobre Luis de Góngora, del que le llamaba la atención su nariz prominente, igualita a la de su hermano pequeño. Abrió el libro por la mitad y se lo acercó a la nariz. Lo olió unos segundos, como si estuviera hechizada por el olor de un perfume. Creyéndose sola en la sala, deslizó de repente el libro al interior del carro, y, como si nada hubiera ocurrido, con el mismo aire de distracción siguió recorriendo la sala y se detuvo a observar los libros de algunos expositores.

Ya la tenía, ya la había cazado, por fin la había cogido. Pero en ese momento, cuando se disponía a detenerla, el autor lo llama al orden para que no se precipite. Una imprudencia lo puede echar todo a perder. ¿Qué era eso de tomar la iniciativa, en el episodio clave de la trama, sin contar con su creador? El escritor es el dueño de la última palabra, por mucha libertad que le haya prometido al protagonista, pero todo dentro de un orden.

—¿Y ahora qué hago? —preguntó, sorprendido, Roberto—. ¡No la dejemos marchar! Las cámaras han debido de grabarla. Sería una irresponsabilidad no hacer nada. Me juego el puesto.

El autor, sin prestar atención a las palabras del protagonista, piensa en una solución. Es cierto que dejarla marchar decepcionaría al lector. Por el contrario, la detención de la abuela mantendría el clímax. El problema que le ve a esta opción es su falta de originalidad. El narrador está obligado a sorprender. Sólo así, cree el autor, se asegurará que el lector retenga su nombre y desee leer más de su obra. Sigue dudando sobre el desenlace. Por nada del mundo quiere equivocarse al contar el final de la historia. Hay que ser inteligente para rematar la faena.

Roberto se mantiene en silencio, a la espera de recibir órdenes. Macarena, que ha sido descartada como ladrona, pide permiso para hablar.

—Veo poco original que el cuento acabe así, con la abuela detenida. Debería ponerle más imaginación, maestro —dice.

¿Más imaginación? La inventiva se le agota al autor. Si escucha la opinión de otros personajes —de los dos profesores jubilados, de Pepe o de Joel— no acabará nunca.  Con un gesto serio y autoritario los manda callar y sigue narrando.

Al ver cómo Roberto la observaba, la vieja ni se inmutó. Pasó a su lado dándole los buenos días, y bajó por las escaleras. Roberto decidió no llamar al jefe, como era su obligación, y la siguió bajando, uno a uno, los escalones de madera. Ella sabía que la seguía pero continuó sin alterarse. Cuando llegaron a la primera planta, a Roberto le sorprendió ver a tanta gente un lunes. Era la una de la tarde. Trató de imaginar cuál sería la reacción de la anciana. ¿Se lo tomaría a bien o armaría un escándalo? 

—Disculpe, señora, ¿sería tan amable de acompañarme un momento?

La mujer no protestó. Se dio la vuelta y siguió al vigilante. Se fijó en su espalda y observó cómo se bamboleaban la porra y las esposas. Y le hizo gracia.

Entraron en un cuarto pequeño e iluminado con una bombilla que parpadeaba del techo. Como mobiliario sólo había una mesa y dos sillas. Un calendario desfasado era la única decoración que colgaba de las paredes. La empresa no se había molestado en reparar la cámara. La conversación quedaría entre ellos.

—Siéntate. ¿Por qué has venido hoy? —preguntó molesto.
—Tenía la comida hecha, y ya sabes que me aburro en casa —contestó Matilde.
—Mamá, te has arriesgado al venir —dijo Roberto mirándola con indulgencia—. Habíamos quedado en que no aparecerías varios días. Sabes que sospechan de ti. Lo hemos hablado y sigues sin hacerme caso. Menos mal que estoy aquí para protegerte.

Ella le sonrió como una niña que han pillado haciendo una travesura.

—¿Qué llevas en el carrito?
—Esta mañana he cogido cuatro libros.
—¡Cuatro! Deja que vea.

Además del ensayo sobre Góngora, la madre había robado La peste de Albert Camus y La marcha Raditzsky de Joseph Roth y un libro ilustrado de animales salvajes para su nieto más pequeño, que estaba aprendiendo a leer.

—¿Cuándo los has robado? No te he perdido de vista.
—Parece mentira que no me conozcas —respondió ella—. Soy una experta en lo que hago. Por mucho que te fijes, mis manos son invisibles, como las del mejor carterista.    
—Cierra bien el carro, no vaya a ser alguien te lo vea —le aconsejó—. Sal tu primero como si nada hubiera pasado, y luego lo haré yo.

Cuando la madre se disponía a abrir la puerta, oyó la voz del hijo.

—¿Qué hay para comer?
—Tu comida favorita: lentejas a la riojana. Pero no tardes, que siempre me haces lo mismo,  y te comes el plato frío.

Roberto la vio marchar y se enorgulleció de su madre. Tenía dos llamadas del jefe. Le diría que se había equivocado con la mujer al registrarle el carro y no encontrarle nada. La mujer, que se había sentido muy ofendida, le había amenazado con llamar a la policía si volvía a suceder. “No tiene derecho a tratar de esa manera a las personas mayores”, le habría reprochado con muy mal humor.

El jefe le creería, como en otras ocasiones. Miró el reloj. Sólo quedaba una hora para irse a comer. Su madre vivía en un piso de renta antigua, cerca de la librería.

Nota oportuna del autor verdadero. —El que suscribe este relato agradece la colaboración del autor imaginario y de sus personajes, sin la cual no habría podido terminarlo, debido a su relativa falta de experiencia en estas lides. A la espera del juicio de los lectores, unos benévolos, otros corrosivos y algunos malintencionados, que de todo habrá, según cómo les caiga en gracia, el escritor ha aprendido por fin las ventajas del trabajo en equipo, una vez que venció el prejuicio muy asentado entre las gentes de letras de que la literatura es un coto reservado para los lobos esteparios, individuos que prefieren morir, sin ver publicada una línea, antes que pedirle consejo a un personaje de sus historias. Este orgullo equivocado les hace un flaco favor, pero ellos no son conscientes del error.