sábado, 20 de junio de 2020

Trabajo en equipo


Como cualquier personaje de una historia inventada, yo espero a sobrevivir al olvido de los lectores. No hace falta recordar cómo de ingratos son esos lectores. Te desvives por atraer su interés y te pagan con las monedas de la indiferencia. Después de cerrar el libro, que a menudo dejan sin acabar, la mayoría ni siquiera retiene tu nombre, mucho menos alguna intervención que el autor escribiese para tu lucimiento. Si les preguntan por la impresión que les ha causado esa novela o tal cuento contestarán, siempre de una manera vaga, no entrando en el fondo del asunto, porque ya lo han olvidado. “El libro no está mal, pero el ritmo es lento, un poco aburrido”, dirán unos. O “Hay demasiadas descripciones y personajes. A la novela le sobran cien páginas”, terciarán otros. Podría añadir otras frases idénticas o muy parecidas, pero estaría de más. Sería una pérdida de tiempo.

Como el comensal de un restaurante que ignora cómo se cocinan los platos que le servirán en la mesa, el lector desconoce la trastienda de una obra literaria. Yo, que me precio de haber formado parte de muchas, hablo con conocimiento de causa. Dar vida a un personaje, moldearlo con paciencia y esmero, es trabajo de artesanos. Soy a una silla lo que el escritor al carpintero. Uno pule y saca brillo a las palabras, y el otro hace lo propio con la madera. Los maestros artesanos no tienen prisa por acabar sus obras. La impaciencia malogra las mejores intenciones. Hay que ir a paso lento, encariñándote de lo que haces, indiferente a si tu obra tendrá repercusión, probando y desechando caminos, todo con tal de que esos personajes, modelados con el barro que Dios empleó con Adán, echen a andar como criaturas libres, como hijos pródigos que no regresarán a la casa del padre.

Esta reflexión no es mía porque carezco de iniciativa, como la mayoría de los personajes. Los hay que se rebelan contra sus creadores, pero no es mi caso. Si cuento esto es porque antes lo he escuchado en boca de escritores que me confiaron sus dudas. Es como si quisieran desahogarse con sus personajes. Lo que no se atreven a decirle a nadie, nos lo confiesan a nosotros. Porque están seguros de que, como hijos de su sangre, no les traicionaremos. Raro es el autor que está convencido del valor de sus textos. Los hay, por supuesto; suelen ser escritores consagrados, en el otoño de sus carreras, que confunden la fama de sus personas con el valor de sus obras. No me gustan estos escritores; los he conocido, se las dan de importantes, presumen de premios, por lo general amañados. Su soberbia me espanta e impide que me entregue con generosidad, como me pasa con los autores noveles. Estos últimos visten el traje de sus inseguridades. Reescriben las cuartillas sin cesar, nunca acaban de estar contentos con sus primeros libros. Siempre les ven algún error del que se avergüenzan. Temen, por encima de todo, a los críticos, lo que me sorprende porque nadie tiene en cuenta hoy a un crítico. Escribir tiene mucho de oficio, y para dominar un oficio se necesitan tiempo y paciencia, y comerte fallos y escribir disparates, porque de esos fallos y disparates se aprende a ser escritor. En mi larga vida de personaje literario he tenido trato con un buen número de escritores primerizos y todos, o casi todos, se ajustaban al patrón del artista cercado por sus dudas. Algunos maduran como novelistas cuando logran quitarse esa camisa de fuerza, pero la mayoría, después de unos pasos titubeantes y a menudo prometedores, que les llevan a ganar algún premio de provincias y a recibir los elogios descontados de familiares y amigos, pierden la confianza en sí mismos. En más de una ocasión he acabado siendo el personaje de un libro inconcluso porque su autor se quedó sin ideas. Para cualquier personaje, no hablo sólo de mí, no hay nada más triste que alguien te dé la vida y luego no ver la luz de una imprenta ni presumir en la estantería de una librería, y acabar de la peor de las maneras, oculto en un cajón con otros originales que se pusieron amarillos por el paso del tiempo. 

Si puedo escoger, prefiero ser inventado por un escritor que lo tiene todo por descubrir. No acertará siempre pero pondrá lo mejor de sí mismo. A todos sus personajes los mimará hasta el empalago. Para él somos los zapatos recién estrenados de un niño caprichoso. Quizá esos zapatos sean de una talla pequeña y no encajen en nuestro pie, hayan sido diseñados con torpeza y carezcan de lustre o brillo. Pero el zapatero, aun con el corsé de sus dudas, estará orgulloso del trabajo. No habrá nada de pose ni de la humildad fingida de los autores consagrados. Los escritores inexpertos entran a pecho descubierto en el campo de minas de la literatura, con tanto entusiasmo como temeridad. Se pagan la impresión de sus primeros libros y los reparten por las librerías de su ciudad. Sus ventas se limitan a su círculo de familiares y amigos. En las librerías ocupan los espacios las editoriales de prestigio rechazan, escondidos a la vista de los clientes. Pero para ese escritor, que su libro esté expuesto cerca de sus maestros es todo un triunfo.

Uno de esos escritores —no tanto por su edad, pues ya no es joven, sino por su impericia— ha pensado en mí para uno de sus relatos. Quiere que sea el protagonista de un cuento. Como me enseñaron a ser agradecido, aprecio el detalle de concederme la primacía en una historia que sólo conozco a grandes rasgos. Los literatos son muy suyos y de inicio no les gusta soltar prenda de lo que imaginan. Lo que te dicen a ti se lo ocultan a los demás personajes. Juegan a confundirnos para que no nos rebelemos contra su autoridad. Un personaje vivo, consciente de su importancia, que se resiste a seguir unas órdenes, es un quebradero de cabeza para el autor.

Al principio era de los que discutían sus decisiones, pero pronto me di cuenta de que mi actitud sólo conseguía ponerlos de mal humor. Entonces, mi peso en la historia se desdibujaba, hasta caer en la irrelevancia, lo que era un aviso a navegantes, además de un desquite en toda regla, por mi soberbia. Ahora acepto todo lo que me mandan: las descripciones sobre mí, aunque no esté conforme con ellas; los diálogos, aun no siendo verosímiles; mi escasa participación en la trama, las incoherencias de la historia. En realidad, ponerse en manos de un escritor es echar una moneda al aire. Si sale cara, serás un personaje atractivo y redondo, pero si la cruz decide tu suerte, carecerás de vida y misterio, como esos monigotes de trazos planos y borrosos que pronto se olvidan.   

El autor, que se comporta como un padre, quiere que su historia gire en torno a mí. Seré el centro del relato. Si funciona o no, si convence o aburre a los lectores, dependerá de un servidor. Nunca nadie había confiado tanto en mí. Quizá se debe a su inexperiencia. En realidad la mayoría de los novelistas me han elegido para papeles secundarios: el hermano menor de un ladrón, el marido engañado de una mujer joven que huye con su amante, el cura beodo que casa a los novios y otros más que no excuso mencionar por su escaso interés. Al principio, me molestaba que mi presencia se limitase a unas pocas páginas. Porque estaba convencido de mi valía. Y me pasaba como a los actores de cine y de teatro que se vuelcan en pequeños papeles, confiados en que les llegue el que les lanzará a la fama. Pero esto sucede rara vez. Lo normal es que esos actores acaben siendo secundarios toda su carrera.

Los escritores sólo han confiado en mí para papeles menores. Sólo una vez, una novelista nacida en una ciudad del Mediterráneo —que no conviene mencionar por discreción— me eligió como protagonista de una novela dirigida a lectoras de paladar poco exigente. Por aquel entonces se había puesto de moda la narrativa erótica para amas de casa. El protagonista de estos libros respondía a un arquetipo: un hombre guapo, adinerado, mujeriego, buen amante. Era el príncipe azul adaptado a los tiempos modernos. No me vi en ese papel, esa es la verdad, porque todo era  previsible. Desde la primera página la lectora intuía cuál sería el final ya que el amante se comportaba siempre de igual manera. De la novela en que fui protagonista me irritó especialmente su final feliz —imprescindible para el público al que iba dirigido— y su nombre absurdo por inglés, Erik Hoffmann. La novela, después de una primera edición con unas ventas discretas, se vende a precio de saldo, en librerías de lance y mercadillos de domingo.

Ahora, gracias a un escritor novato voy a tener mi segundo papel de protagonista. Al conocernos me dijo que había pensado en mí como vigilante de seguridad en una céntrica librería de Madrid. Le pregunté si esa librería existía y me contestó que sí. Los fines de semana solía ir a mirar novedades. Unas veces se compraba un libro y otras se conformaba con perderse por sus salas ojeando títulos. Es una librería grande, de tres plantas, con una cafetería y una pequeña guardería para que los padres puedan dejar a sus hijos mientras hacen las compras. El edificio fue un antiguo palacio abandonado antes de ser rehabilitado. A mi padre (por padre tengo a quien es mi autor) le gusta demorarse subiendo las escaleras de madera de piso en piso. Me ha confesado que preferiría ir los lunes por la mañana, cuando hay pocos clientes, pero le es imposible porque a esas horas trabaja de profesor en un instituto.

—¿Estás seguro de que lo podrás hacer? —me pregunta sin ocultar las dudas.
—Puede confiar en mí —replico—. No soy un recién llegado en este mundo. Me avalan  años de experiencia. Si lo prefiere, puedo darle referencias de otros escritores.
—No es necesario, te creo, pero necesitaba escucharlo. Al confiar en ti me juego mi prestigio.

El autor acaricia el cristal ahumado de un vaso con vino tinto. El alcohol, en cantidades moderadas, destapa el tarro de su imaginación. No necesita beber para escribir, sería contraproducente si lo tomara por costumbre, pero cuando acaricia una botella antes de servirse en un vaso, sabe por experiencia que la escritura de ese día se salvará de la censura de la jornada siguiente. Para un escritor cualquier recurso vale —las drogas, el alcohol, el sexo, la traición, si es necesaria— si le garantizan que una historia perdurará.

Como él no dice nada, ensimismado en el vaso de vino tinto y ante una cuartilla en blanco, decido romper el silencio.

—¿Ha pensado en quién contará la historia? Acertar con la elección del narrador es una de las claves para que un relato funcione.

Se me queda observando con su mirada azul, fría por momentos, de una tristeza gris.

—El narrador serás tú. Contarás la historia en primera persona.
—Si me permite un consejo —le digo pecando de insolente—, narrar en primera persona entraña más riesgos que en tercera. Si el escritor no domina la técnica, si se equivoca en el lenguaje, el narrador dejará de ser creíble en las primeras páginas.

Mi padre, con el rostro molesto, se exaspera al oír mis palabras.

—¿Por quién me tomas? ¿Acaso crees que hablas con un idiota? ¿Con un novato? Llevo escribiendo muchos años, bien es verdad que sólo en los últimos me he centrado en la ficción, y merezco un respeto. Tampoco soy un recién llegado a la literatura. Llegué a ganar el premio de un hospital. Tengo mi orgullo; conozco mis límites, todos los días aprendo algo y estoy convencido de que el año que viene escribiré mejor que este, y al otro mejor, y así sucesivamente.
—No he pretendido ofenderlo —me excuso—. Sólo quería darle mi opinión, pero si usted prefiere que me calle…
—No, no —contesta—. Para eso estamos hablando, para llegar a un acuerdo. Yo te he parido, y estoy orgulloso de haberlo hecho, pero tú puedes aportarme ideas para mejorarte. La verdad es que mi cuento está abierto, a la espera de encontrar la manera de cerrarlo. No trabajo con guiones previos, como otros colegas. A veces pienso que soy demasiado osado fiándolo todo a la espontaneidad de mi imaginación.

El autor se ha relajado después de esta confesión. Necesitaba desahogarse, decirle a  alguien —y quién mejor que a su protagonista— que se ha metido en un laberinto del que no sabe salir. Atiendo sus palabras con el interés de un profesional. No es la primera vez, ni será la última, que un autor novela se sincera conmigo.

—¿La acción se desarrollará sólo en la librería?
—En principio, sí. Mis primeros cuentos se concentran en espacios cerrados con pocos personajes.
—¿Ha pensado en los personajes que me acompañarán? —insisto en ser curioso.
—Tendrás un jefe y algún compañero. También debería haber clientes y lectores circulando por el relato, aunque aún no sé cuantos ni cómo serán. También dudo de si reforzar tu persona con referencias a tu familia o a una pareja. A eso me refería cuando te he dicho que la historia sigue abierta.
—¿Y la trama?

Me mira como si no me llegara a comprender.

—Sí; la trama, el tema, el asunto, llámelo como quiera, el desencadenante de la trama. Sin esto un cuento no se mantiene en pie. Le pasa como al ciclista que, si no sabe montar, se caerá con su bicicleta al suelo.
—¿La trama? ¿El asunto? —pregunta evitando mi mirada—. Pues la verdad es que no había pensado en ella… 
—Pues así no vamos a ninguna parte —me atrevo a decirle y aguardo otro de sus cambios de humor.

¿Ahora qué querrá este? Acabo de llegar al trabajo y ya me está llamando. Buenos días, Pepe, sí, lo tengo claro. De hoy no pasa. Sí, sí, a la vieja la pillamos como me llamo Roberto. Esta vez no se nos va a escapar. Lo que pasa es muy hábil y habrá que tener puestos los cinco sentidos para que no vuelva a engañarnos. Menuda es. En cuanto la vea entrar, te aviso, tú tranquilo. Por cierto, Pepe, ¿hablaste lo de mis vacaciones con el de Recursos Humanos? ¿Todavía no? Pues estamos a mayo, ya va siendo hora, que uno tiene que hacer sus planes. No sabes lo pesada que se ha puesto mi mujer con lo de viajar en un crucero por el Mediterráneo. ¿La tuya también? Pues tiene gracia, menuda coincidencia. Entonces me entenderás perfectamente, que si no sé cuándo tendré vacaciones, no puedo contratar el crucero. A ver si hablas con él hoy y me dices algo. Chao.

Pepe es mi jefe directo, el que nos coordina a los tres vigilantes que trabajamos en la librería, uno por planta. Vamos por turnos. Esta semana me toca la planta baja, en la que están las novedades, los libros de autoayuda y los manuales de bricolaje. No sé cómo puede haber tanta gente interesada en libros de autoayuda, por no hablar de los de cocina y mascotas. Es lo que más se vende, con diferencia. Hoy lunes, si todo va según lo esperado, el día será tranquilo. Por la mañana sólo vienen jubilados, algún universitario despistado que a esas horas debería de estar en clase, y sobre todo amas de casa que se citan en la cafetería. Antes de irse se compran la última novela anunciada por televisión y que ha sido escrita por alguna periodista célebre a la que admiran por lo bien que se conserva, a pesar de sus años. Es una envidia sana, las oigo decir.

El autor me mira como si pidiera permiso para seguir. Por fin, después de mucho dudar, ha comenzado el relato. Al menos tiene claro que yo, el protagonista, narraré la historia en primera persona. Ha incorporado a Pepe, mi jefe directo, y ha dejado la puerta abierta a que intervenga mi mujer. En cuanto a la trama, su interés pasa por cazar a una supuesta ladrona de libros. Pero, en realidad, ¿esta anciana roba libros o todo es fruto de una equivocación de mi jefe y mía? Escaso interés le veo a que desde el primer momento quede clara la identidad del ladrón, ¿pero hay ladrón?, me pregunto también. ¿Y si todo obedece a un error en la facturación en caja? Son muchos cabos sueltos que mi autor debe atar cuanto antes. No hay que dejar que se pudran las historias.

—¿Te parece convincente el inicio del cuento?
—Por algo tenía que empezar —respondo—. Es sólo el arranque. Hay escritores que se quedan paralizados en la primera frase. Renuncian a seguir escribiendo hasta que no están satisfechos con ella. Les puede llevar días o semanas encontrarla. Algunos se desesperan. A mí me parece excesivo mantener en suspenso un relato o una novela porque la primera frase no te convence. Si sabes cómo seguir, ya tendrás tiempo para dar con ella. Tampoco creo que haya que obsesionarse con escribir bonito porque no funciona.
—Me preocupa —continúa el autor con su observación— que tu manera de expresarte no sea creíble. Le he dado vueltas a lo que me dijiste de los riesgos de la primera persona. Estás en lo cierto. Hay que medir muy bien cómo habla un persona en primera persona para que su voz no peque de artificial. A mí me ha pasado leyendo a escritores importantes. Sus personajes hablaban como muñecos manejados por ventrílocuo, con voces impostadas. Aún no he decidido si tu mujer, a la que he mencionado de pasada, adquirirá más peso en la historia. Quiero, como te dije, que la acción se desarrolle en la librería y durante tu jornada laboral. Un espacio y un tiempo limitados. Así son la mayoría de mis cuentos. Me han dicho que tienen algo de teatrales o cinematográficos por esta razón. Y no creas que me gusta porque la afirmación de que un relato es cinematográfico es como decir que una película destaca por la fotografía. Son dos maneras de desechar una obra artística por su desinterés.

Deja de hablar y regresa a su aire retraído. Tal vez esté interpretando a su personaje. Los escritores se creen criaturas literarias. Ninguno parece interesado en romper el silencio. Al final lo hago yo.

—Creo que la trama debería ser más compleja, con la incorporación de más sospechosos. Si desde el principio queda claro que la vieja es la ladrona, nos será difícil mantener la tensión del relato. Si un cuento tiene un misterio por resolver, agarraremos al lector hasta que se descubra. Pero si ese misterio se limita al cómo y el cuándo pillarán a la vieja robando, el lector se cansará pronto y abandonará la lectura. Todo su esfuerzo habrá sido en vano.

Espero a conocer la reacción a mi consejo. Tal vez he sido presuntuoso. Quién soy yo, a fin de cuentas un personaje sin voluntad, para decirle lo que tiene que hacer con su historia. Pero mi obligación es comunicárselo porque si él se juega su prestigio, yo me arriesgo a ser un protagonista fallido.

—Dame unos días para pensármelo —fue su respuesta escueta a mi consejo. 

Se tomó, exactamente, una semana. Mereció la pena la espera porque introdujo cambios sobre su planteamiento inicial. Aunque no ha querido reconocerlo, al final me ha hecho caso en lo de abrir el abanico de sospechosos. Era un error aclarar, desde el principio, que la ladrona de libros era la vieja. Al incorporar a otros sospechosos, la trama ha ganado en interés. Ha imaginado el final pero no se atreve a revelármelo, acaso por superstición o por falta de confianza. He comentado antes que los escritores son muy suyos. Se sienten poderosos cuando han hallado el camino para terminar un relato. Es infrecuente que te lo confiesen porque tampoco están seguros por completo de que ese final se mantendrá. Lo he visto contento y más seguro que otros días. El cuento va tomando cuerpo en su imaginación. Me promete que, aunque aparezcan más personajes, ninguno me arrebatará el protagonismo. Incluso me dice que mi papel en la historia saldrá reforzado porque deberé prestar más atención para descubrir al ladrón.

Le pregunto: “¿Y si no hay tal ladrón y todo es un malentendido?”. El autor lo descarta. No lo contempla, me comenta, porque quiere evitar que la acción se disperse. Todo  pasa por la identificación del ladrón y me pone como ejemplo las novelas policíacas. En ellas el autor, si se ajusta al patrón clásico del subgénero, presentará de inicio un crimen, y otorgará el protagonismo a un detective o un comisario para que siga las pistas que le lleven a detener al asesino. En este relato sucederá algo parecido, con la diferencia de que el detective seré yo, un vigilante, y el asesino se transformará en un ladrón de libros.

Me intriga de lo que estarán hablando esos dos ancianos trajeados. A las once menos cinco de la mañana entra el mayor de los dos por la puerta y se sienta en una de las esquinas de la cafetería. Pide un café y empieza a leer un periódico. Diez minutos después aparece el otro jubilado. Se saludan dándose la mano e inclinando la cabeza como si hubieran quedado para cerrar un negocio, de una manera un tanto ceremoniosa, pero pronto uno ve que deben de ser viejos amigos por la cercanía en el trato. Se ríen y se interrumpen a menudo. El que lee el periódico le pide opinión al otro sobre una noticia, y este le muestra la página de un libro que le ha gustado. El lector de periódicos la lee mientras su compañero de mesa se entretiene mirando a los otros clientes.

La primera vez que los vi no reparé en que el de mayor edad, un hombre de unos ochenta años, de mediana estatura, calvo y con gafas y una papada sobresaliente, escondía un maletín debajo de la mesa. Hay detalles que se te escapan de los clientes  novedosos. Fue en  la segunda ocasión cuando me di cuenta de esta circunstancia. El jubilado apretaba el maletín con sus talones, como si tuviera miedo de perder un documento comprometedor.

Ser vigilante te hace ver a las personas de otra manera. Veo culpables, no inocentes. Un detalle aparentemente sin importancia, una mirada esquiva, un maletín como el de ese jubilado, un cliente que pasea y pasea por una sala vacía, el excesivo tiempo dedicado a hojear un libro tomado de una estantería, te pone alerta. Se enciende el radar. Ahí ves el peligro, y el peligro, en mi situación, es estar ante un ladrón de libros. A veces pienso que quien roba libros no pertenece a la peor categoría de los ladrones. Peor sería robarle la pensión a una vieja a la salida de un banco, eso sí sería grave, pero robar una novela, y no digamos un libro de poemas, tiene algo de romántico, una falta sin importancia. Con tantas cosas que pueden robarse y se fijan ¡en un libro!

Estos ladrones son gente pacífica. No suelen dar problemas de orden cuando te acercas y les ruegas que te acompañen a un cuarto para que muestren lo que han robado. La mayoría se siente avergonzada y no vuelve más. Los identificamos y los dejamos marchar. Nos quedamos con sus caras, por si vuelven. Al principio de abrir la librería, Pepe quería que llamásemos a la policía cada vez que viéramos a alguien robando. Para qué meternos en problemas, le dije. Si no oponían resistencia, los fichábamos y nos olvidábamos del asunto. Y creo que fue un acierto porque en los dos años que llevamos abiertos sólo hemos tenido problemas con un sujeto reincidente, con toda seguridad un enfermo mental (nos han intentado robar media docena de veces), que se niega a entregarnos la mercancía y nos amenaza con pegarnos. Sólo con este elemento hemos tenido que avisar a la policía.

Por cómo visten y por su manera de hablar, yo diría que estos dos jubilados debieron de ser profesores, o haber escrito en periódicos o revistas. Seguro que son gente de letras, de los que consideran una librería como su segunda casa. Llegan puntuales cada lunes, hablan aproximadamente una hora, sólo toman café y despiden con la misma cortesía con que se saludaron. El más joven se marcha sin entrar en ninguna sala. En cambio, el otro se demora hojeando la sección de novedades y la de los clásicos. Su maletín me hace sospechar. ¿A qué cuento viene traerlo a una librería? En ese maletín deben de caber media docena de libros, bien colocados. Después de perderse media hora por la tienda, sale sin comprar un solo libro. Desde que lo conozco jamás ha pasado por caja. No creo que sea por problemas de dinero, así que mis sospechas son fundadas. Pero aún no he conseguido cogerle en un renuncio. Es listo y probablemente sepa que lo estoy vigilando. Estos ladrones son los más peligrosos; los que, por su aspecto formal, nunca imaginarías que se meterían debajo de la chaqueta una edición encuadernada del Quijote. Pero, por el momento, es arriesgado pedirle que me abra el maletín. Si no fuese el ladrón, se ofendería conmigo, y con razón. Además, uno nunca puede estar seguro de con quién te la estás jugando. ¿Y si fuera alguien importante? Bastaría con que protestase a mis superiores para que yo perdiese el empleo, y no están los tiempos para tonterías, así que más vale aparcar las sospechas y, si no hay una evidencia clara, dejar que se marche con su maletín, como cada lunes, hasta que un exceso de confianza le haga cometer un error la próxima vez que venga. Hasta los ladrones más inteligentes dejan alguna pista que permite detenerlos.

La idea de extender la sospecha a los dos profesores jubilados ha sido un acierto de mi protagonista. Nunca se lo reconoceré porque me temo que es vanidoso, y cualquier elogio, por modesto que fuese, le haría sentirse más importante de lo que es. Tiene más experiencia que yo en imaginar historias. No en vano otros autores —incluido alguno de renombre— han echado mano de él, si bien otorgándole papeles secundarios. Sé que esto le mortifica porque el tiempo corre en su contra. Como intuye que esta puede ser su última gran oportunidad para dejar huella en la batalla de las letras, está mostrando un interés inusitado por colaborar conmigo, ofreciéndose de guía para que el relato llegue a buen puerto. Su generosidad, aun siendo interesada, la acepto porque me beneficia. 

En contra de lo que se dice y escribe, una obra literaria es un trabajo de equipo. Mucho se ha hablado sobre el individualismo —en ocasiones exasperante— de los escritores. Algo de cierto puede haber en esa afirmación, porque el escritor es un solitario y como tal un individualista. Pero esta actitud es equivocada porque en demasiadas ocasiones el creador se agota en un mar de dudas, y no culmina la obra que había imaginado. Lo inteligente y lo útil es escuchar a los personajes, hacer como que te dejas aconsejar por ellos, siempre aclarándoles que la última palabra es la tuya. Por eso hablo de trabajar en equipo, con un entrenador, que soy yo, y unos jugadores que son los personajes. El entrenador ha de acertar con la estrategia y disponer de tres o cuatro jugadores que destaquen sobre el resto. Hay personajes deslumbrantes, que escalan, en compañía del lector, una montaña hasta llegar a la cima, y hay otros grises pero igual de necesarios, que ofrecen descanso al lector, antes de emprender de nuevo la subida al pico más alto de una cordillera.

El relato avanza de manera lenta pero segura. Echo en falta, sin embargo, disponer de la necesaria concentración para sentarme a escribirle. El tumulto de los días me lo impide con frecuencia. Hay noches en que me acuesto a escribir pero me noto cansado, sin las ideas claras, y lo dejo para la mañana siguiente, una mañana como la de hoy, de un domingo de mayo en que los vecinos duermen y el calor de los días anteriores ha remitido.

Estoy satisfecho, de momento, con los resultados de la trama, pero no puedo ocultar mis dudas sobre el lenguaje del protagonista. Hay personajes que no necesitan ser descritos porque sabemos cómo son gracias a cómo hablan. El problema está en que ese lenguaje sea verosímil. Si al autor se le va la mano, corre el riesgo de que sus criaturas carezcan de hondura y complejidad. Se convertirán en personajes planos, en un arquetipo autómata de los que hay tantos en cuentos y novelas. “¿Roberto es creíble”, me pregunto. “¿Su forma de hablar es la adecuada para un vigilante jurado que no pudo ser policía nacional por no acabar el bachillerato?”. Ese fue el gran fracaso de su vida, por no hablar de que está casado con una mujer de la que no está enamorado pero que, a cambio, le ha ofrecido veinte años de convivencia tranquila, y sobre todo dos hijos sanos y adolescentes.

De quien está enamorado mi protagonista es de su madre por su extraordinaria vitalidad. Se quedó viuda siendo joven, lo que le obligó a sacar adelante sola a sus cuatro hijos. Fregó y limpió la mitad de las casas de los barrios pudientes de la ciudad. Nunca faltó de lo indispensable en su casa. Sus hijos crecieron sin estrecheces aunque, claro está, no pudo ofrecerles grandes caprichos. Roberto siempre la admiró por su valentía, por el coraje para enfrentarse a los días hostiles. Ya habría querido él tener su determinación para perseguir lo que se proponía. Con el coraje de su madre no se le hubiera escapado aquella compañera de trabajo que tanto le gustaba. Ella le pidió que rompiera con su mujer pero no lo hizo. Quiso pedirle opinión a su madre pero tampoco se atrevió. Era un cobarde. En su madre también tenía el ejemplo de una persona sin estudios que se había apuntado a una escuela de adultos porque conservaba el deseo de aprender. Cada semana se acababa un libro, fuese una novela, un libro de poemas o una obra de teatro, siempre ficción, porque el ensayo, decía, no le gustaba.

—¿Te sientes cómodo en los diálogos? —le pregunto.
—No tengo problemas con mi forma de hablar; ¿por qué lo pregunta?
—Quiero que seas un protagonista creíble. He leído demasiados libros con personajes de cartón piedra y no me gustaría, por nada del mundo, que fueses uno de ellos.
—Le comprendo porque a mí me ha pasado con algunos autores —responde—. Me sentía como esos actores de cine que se ven absurdos interpretando un pésimo guion. Por este motivo he estado a punto de rebelarme contra un par de escritores. Les llegué a amenazar: “O pones más atención en lo que haces, o me te dejo”.
— De cualquier forma, si te siente forzado con alguna frase que pongo en tu boca, me lo haces saber y lo reconsidero.
—Perfecto, jefe —dice—. Espero que no le moleste que le llame jefe…
—Puedes hacerlo sin problemas. Un autor es el jefe de sus personajes, pero yo quiero ser un jefe moderno, que intenta convencer y no imponer su criterio. Aspiro a persuadir. Por esto te pregunto la opinión.
—Hace bien. Se trata de ir todos a una por el bien del cuento.

En ese momento pensé que aunque el relato avanzaba mejor de lo esperado, había que mantener el pulso y no bajar la guardia. Debía estar preparado para cuando llegasen los días de frustración, esos días en que te ganas de arrojar el original al cubo de la basura porque no crees que tenga ningún valor. 

—Lo de los jubilados fue una buena idea pero insuficiente —continúo—. El cuento tiene que incorporar a más personajes, ¿no crees? ¿Qué tal la cajera joven que fue contratada hace nueve meses? 
 —Se ha adelantado a lo que iba a decir. Esa cajera será otra de los sospechosos, junto a los jubilados y la vieja. Es joven; tiene veinte años y este es su primer trabajo. Y, además, está enfadada porque sus compañeros le hacen le vacío y le dejan siempre los peores turnos.
—Tiene, sin duda, el perfil para ser uno de los sospechosos. ¿Se te ocurre un nombre?
—¿Macarena? Suena bien por las tres aes de la palabra.
—Eso se llama aliteración, es un recurso estilístico. ¿Macarena? Me gusta. Los nombres hacen a los personajes.
—Pues el mío no me dice nada, ni frío ni calor.
—De tu nombre hablaremos algún día.    

Le entregó la bolsa con los libros sin ocultar un mohín de asco. Cuando vio marchar al cliente se arrepintió. Llevaba sólo nueve meses en su puesto de cajera y pronto le tocaría renovar el contrato. En casa siempre le reprochaban que fuese demasiado impulsiva. “Hay que saber disimular los pensamientos”, le decía su madre. Pero ella era como era, una mujer que se dejaba llevar por los prontos, con demasiado corazón y poca cabeza. Al cliente lo había mirado con asco porque olía mal cuando se acercó a pagarle. Sin apenas pelo, su rostro se asemejaba al de un sapo de cuento infantil. Le sudaba la frente y las manos. Cuando ella le informó del precio, el hombre se sacó del bolsillo del pantalón un monedero sucio y desgastado, y empleó varios minutos en ir sacando la calderilla para depositarla en el mostrador, hasta que sumó la cantidad solicitada. Cada moneda que sacaba la acompañaba de una sonrisa a la cajera. Y para su asombro, el hombre fue formando un corazón con monedas de distinto valor, empezando por las de dos euros y acabando por las de un céntimo. La lentitud en deshacerse del dinero no sólo exasperó a la cajera sino a los clientes que esperaban a pagar. Macarena cogió las monedas, una por una, y las fue dejando caer con aprensión. El cliente se despidió diciéndole: “Que tenga un buen día, señorita”. Al darse la vuelta, Macarena se fijó en que llevaba el pantalón lleno de manchas.

Clientes como ese baboso que no se lavaba la empujaban a dejar el empleo, ¿pero adónde iba a ir? El sueldo era escaso, tenía el turno partido, le hacían trabajar hasta los domingos, el empleo era una mierda, sí, pero no podía elegir con su nivel de estudios. O era esto o cosas peores. Sus colegas la envidiaban por tener un curro con Seguridad Social y no trabajar en negro, práctica habitual entre la gente de su edad, la que trabajaba en bares o como mozos de almacén en polígonos.

Si al menos Joel siguiese trabajando con ella, pero a su novio lo habían despedido hacía un mes. Nadie se lo esperó. Un día lo llamaron de Recursos Humanos. Él, que llevaba dos años en la empresa, pensó que le iban a hacer fijo. Tenía argumentos para ello: el principal era que la librería cada vez vendía más, después de unos comienzos difíciles, pero además nadie podía quejarse de su trabajo. Al contrario, había recibido los elogios de sus jefes. Sin embargo, cuando llegó al despacho del jefe de personal, no le dieron ni siquiera opción de sentarse: “Firma aquí. Este es tu finiquito. Están incluidas las vacaciones que te quedaban pendientes”.

Y así le mostraron la puerta sin darle explicaciones. Dos años deslomándose por la librería y a su novio le pagaban de esa manera. Macarena estaba resentida con la empresa. Esperaba el momento para vengarse de ellos. Sólo había que tener paciencia. Gracias a Joel había comenzado a trabajar de cajera. Era su primer empleo después enviar cientos de currículos y no obtener respuesta. Cuando la llamaron para el trabajo, los dos decidieron mantener la relación en secreto, hasta que una noche, mientras cenaban en un restaurante, un compañero los vio. Al día siguiente se extendió la voz de que eran pareja. Esto no gustó a la plantilla. Empezaron a verla como una intrusa y la criticaban a sus espaldas. Enseguida notó que había caído en desgracia. Cada día alguien le recordaba, lanzándole una indirecta, que no se merecía ese empleo porque había jugado con ventaja para conseguirlo.    

Tres horas llevamos abiertos y la vieja no ha aparecido. Es raro en ella. No ha faltado un día desde que abrieron la librería. Viene por las mañanas, aunque alguna vez la he visto en el turno de tarde. Siempre con su carro de la compra y una sonrisa engañosa. La vieja es de los pocos clientes que te saludan. Será una ladrona, pero sabe comportarse. Ya quisiéramos que todos los clientes tuvieran su educación. La mayoría, cuando se acerca para preguntarte algo, ni te de los buenos días, mucho menos te trata de usted. Y cuando les resuelves sus dudas, se marchan sin darte las gracias.  

Mi jefe no tardará en llamarme. Está obsesionado con que encontremos al ladrón. Lo comprendo porque los de arriba le están apretando las clavijas. Que esto no puede seguir así, que hay que coger ya al ladrón, que cada semana nos roban cientos de euros en libros, que si no lo resolvéis vosotros, lo harán otros. Al principio nos hacían observaciones; ahora han pasado a las amenazas. A ver si por culpa de este ladrón nos vamos a ir todos los vigilantes a la puta calle. Si después de varias semanas detrás del ladrón, no lo hemos identificado es que seguimos una pista falsa. ¿Por qué tiene que ser la abuela? Están los dos profesores, o esa pareja de gais que recorren, cogidos de la mano, la librería sin comprar un solo libro; está la cajera a la que le despidieron a su novio por colocarla en la empresa sin revelar que era su pareja. Ella tiene más facilidades para robar. Sabe que algunas cámaras de seguridad no funcionan y, cuando lo hacen, no cubren todos los espacios. Tiene acceso a todas las dependencias; y puede desconectar las alarmas. Si quiere robar, lo tiene muy fácil. Se le ve que está a disgusto. No disimula su malestar por lo que le hicieron a Joel. Robar libros sería para ella su manera de vengarse. Deberíamos ponerle una trampa, y ver si pica el anzuelo.

Ya está aquí, puntual como un reloj suizo. Sí, dime, Pepe, no, no, todavía no la he visto. Me extraña porque a estas horas ya debería haber aparecido. A lo mejor se ha dado cuenta de que vamos a por ella y nos quiere despistar. ¿Cómo? ¡Qué esté más atento! ¡Venga, Pepe, no me jodas! No he dejado de vigilar la puerta ni un momento, por si la veo. No; el que te tienes que calmar eres tú, yo estoy muy tranquilo, cálmate tú, que si no pillamos a la vieja es porque nos faltan vigilantes y las cámaras fallan. Lo hemos dicho muchas veces y no nos hacen caso. Ya te he dicho que cuando la vea te aviso de inmediato. ¿Sabes algo de mis vacaciones? ¡Coño, aún no se lo has preguntado a los de Recursos Humanos? Te lo he dicho esta mañana. Necesito saber cuándo me podré coger vacaciones. Esta noche, cuando vuelva a casa, voy a tener otra vez bronca con mi mujer.  

En este punto de la narración el autor debe decidir si la anciana, principal sospechosa del robo, aparecerá por la librería. No es asunto baladí. La evolución de la trama será muy diferente si la vieja se presenta porque cobrará el protagonismo que se espera de ella tras haber leído las opiniones del vigilante jurado. Se diría que este, en un gesto de generosidad que le honra, le ha preparado el terreno para su lucimiento personal. Pero si el autor da marcha atrás renunciando a la aparición del personaje, el relato deberá avanzar en otra dirección que, muy probablemente, aún no tenga claro.

Sopesados los pros y los contras de otorgarle protagonismo a la anciana, el autor  acepta el riesgo de que aparezca por la librería. También ha decidido el nombre: se llamará Matilde, quizá porque asocia este nombre a una persona mayor. Hay nombres como Matilde, Faustina o Manuela que son de otros tiempos. Ninguna mujer joven pensaría en ellos para bautizar a sus hijos, en el supuesto de que la familia aún mantuviese la costumbre, algo olvidada, de bautizar a los niños.

Despejada la duda sobre la participación de Matilde en el relato, decidido su nombre, para cerrar el círculo habría que pensar en el físico. El autor imagina que es una mujer de una edad cercana a los ochenta años, de baja estatura, como la mayoría de las mujeres de su generación; ancha de caderas y entrada en carnes, de pelo corto y ojos verdes que pierden parte de la gracia tras unas gafas de concha. Matilde no es una mujer moderna que vista con pantalones —nunca se ha puesto esa prenda—, por lo que cabe esperar de ella es que lleve un vestido de tonos oscuros, de color gris o marrón pardo, acorde con la edad. El calzado, como cabe imaginar, será plano. La mujer no se maquilla; renunció a la coquetería de sus años de juventud y primera madurez. Lleva unos pendientes pequeños, de plata de ley, y una alianza en el dedo anular de la mano derecha.

El retrato físico está perfilado, a falta de pequeños detalles. Quedaría el retrato moral, la etopeya en términos literarios. Será una mujer con temperamento, muy activa, mandona en casa, hogareña y trabajadora aunque algo sensiblera, con un punto de mala leche con todo aquel que la ha dañado sin razón, o le ha faltado el respeto. Como otras mujeres de su generación, sufrió la discriminación respecto a sus hermanos varones, que pudieron estudiar, mientras ella quedaba reservada para las tareas domésticas.

Pese a su falta de formación académica, Matilde ha sentido desde siempre un respeto reverencial por los libros. Admira a las personas cultas e intenta imitar su forma de hablar. Cada vez que escucha una palabra desconocida en boca de un escritor popular, la busca en el diccionario y la apunta en una libretita de tapas blandas. De esa manera cree —y tal vez no le falta razón— que amplía su vocabulario y de paso su forma de pensar.   

El ruido de las ruedas del carro empujada por Matilde puso en alerta a Roberto. Fue cuando reparó en ella y, ligeramente nervioso, llamó a su jefe para comunicárselo.

—Acaba de entrar. Ha llegado como siempre, con su carro a cuestas y su sonrisa postiza  para despistar.
—No le quites ojo.
—Esta vez no se me escapa. Estate atento a las cámaras, y si ves algo raro me avisas. Corto ya, que la abuela se me pierde.

A sus ochenta años Matilde había perdido vitalidad en las piernas, pero aun así se conversaba en buena forma. Andaba erguida y a paso firme por la librería que se conocía al detalle después de visitarla muchas veces. No variaba de itinerario; empezaba por la sección de novedades, situada en la planta baja, donde se demoraba entre diez y quince minutos, según el interés que le despertaban los títulos. Le encantaba tocar los libros. Se fijaba en la portada y en la contraportada. Echaba un vistazo a las solapas y leía a veces el comienzo del libro. No era raro que se lo llevara a la nariz. El olor a papel y tinta le encantaba. En la sección de novedades podía coger hasta una docena de ejemplares y repetir el mismo ritual con cada uno de ellos. Cuando había satisfecho su curiosidad, subía las escaleras que le llevaban a la primera planta, reservada a la historia y la filosofía. Aquí se detenía menos porque de la filosofía no entendía y de historia sólo recordaba vagas nociones de personajes aprendidos hace muchos años. De los libros de historia le atraían las ilustraciones y las tapas duras.

Mientras Matilde hojeaba una biografía de Felipe II, Roberto la observaba desde una esquina de la sala. Intentaba ser discreto para que la anciana no se sintiese vigilada. Le desesperaba que la vieja se recreara mirando libros que nunca compraba. ¿Para qué venía a una librería todos los días si al final no compraba nada? Había gato encerrado. O la abuela era muy astuta y robaba en un momento de despiste de los vigilantes, o era inocente de la acusación que le atribuían. Era tan fácil como abrirle el carro cuando se dispusiese a abandonar la tienda, pero no dejaba de ser arriesgado, y muy violento, sin tener un indicio de que hubiese robado. De momento, el vigilante no había logrado cogerla en un renuncio.

Matilde se volvió y vio al vigilante observándola. Le sonrió como había hecho con Macarena. Detrás de esa sonrisa podía no haber ninguna intención malévola, o podía ser el principio de la risa de quien sabe que los está engañando a todos. Roberto desvió la mirada y se alejó.

La segunda planta del edificio estaba reservada a los clásicos y la literatura infantil y juvenil. La primera de las salas estaba casi siempre vacía. Matilde era muy dada a visitarla porque, aunque los autores expuestos le pareciesen muy lejanos, sus libros, de los que había oído hablar en el colegio, eran los más bonitos de la librería, por  grabados con que ilustraban los capítulos. Por esta razón también eran los más caros.

La sala de los clásicos debía de ser la más tentadora para un ladrón. Porque nunca había gente; el vigilante de la planta se ocupaba más de controlar a los clientes de la sección de literatura infantil, y además el precio de los libros doblaba al de las novedades editoriales. Un clásico era el bocado más apetitoso para un ladrón de librerías.

Roberto la había vuelto a seguir tratando de no hacer ruido al subir las escaleras.  Matilde acariciaba el lomo de un ensayo sobre Luis de Góngora, del que le llamaba la atención su nariz prominente, igualita a la de su hermano pequeño. Abrió el libro por la mitad y se lo acercó a la nariz. Lo olió unos segundos, como si estuviera hechizada por el olor de un perfume. Creyéndose sola en la sala, deslizó de repente el libro al interior del carro, y, como si nada hubiera ocurrido, con el mismo aire de distracción siguió recorriendo la sala y se detuvo a observar los libros de algunos expositores.

Ya la tenía, ya la había cazado, por fin la había cogido. Pero en ese momento, cuando se disponía a detenerla, el autor lo llama al orden para que no se precipite. Una imprudencia lo puede echar todo a perder. ¿Qué era eso de tomar la iniciativa, en el episodio clave de la trama, sin contar con su creador? El escritor es el dueño de la última palabra, por mucha libertad que le haya prometido al protagonista, pero todo dentro de un orden.

—¿Y ahora qué hago? —preguntó, sorprendido, Roberto—. ¡No la dejemos marchar! Las cámaras han debido de grabarla. Sería una irresponsabilidad no hacer nada. Me juego el puesto.

El autor, sin prestar atención a las palabras del protagonista, piensa en una solución. Es cierto que dejarla marchar decepcionaría al lector. Por el contrario, la detención de la abuela mantendría el clímax. El problema que le ve a esta opción es su falta de originalidad. El narrador está obligado a sorprender. Sólo así, cree el autor, se asegurará que el lector retenga su nombre y desee leer más de su obra. Sigue dudando sobre el desenlace. Por nada del mundo quiere equivocarse al contar el final de la historia. Hay que ser inteligente para rematar la faena.

Roberto se mantiene en silencio, a la espera de recibir órdenes. Macarena, que ha sido descartada como ladrona, pide permiso para hablar.

—Veo poco original que el cuento acabe así, con la abuela detenida. Debería ponerle más imaginación, maestro —dice.

¿Más imaginación? La inventiva se le agota al autor. Si escucha la opinión de otros personajes —de los dos profesores jubilados, de Pepe o de Joel— no acabará nunca.  Con un gesto serio y autoritario los manda callar y sigue narrando.

Al ver cómo Roberto la observaba, la vieja ni se inmutó. Pasó a su lado dándole los buenos días, y bajó por las escaleras. Roberto decidió no llamar al jefe, como era su obligación, y la siguió bajando, uno a uno, los escalones de madera. Ella sabía que la seguía pero continuó sin alterarse. Cuando llegaron a la primera planta, a Roberto le sorprendió ver a tanta gente un lunes. Era la una de la tarde. Trató de imaginar cuál sería la reacción de la anciana. ¿Se lo tomaría a bien o armaría un escándalo? 

—Disculpe, señora, ¿sería tan amable de acompañarme un momento?

La mujer no protestó. Se dio la vuelta y siguió al vigilante. Se fijó en su espalda y observó cómo se bamboleaban la porra y las esposas. Y le hizo gracia.

Entraron en un cuarto pequeño e iluminado con una bombilla que parpadeaba del techo. Como mobiliario sólo había una mesa y dos sillas. Un calendario desfasado era la única decoración que colgaba de las paredes. La empresa no se había molestado en reparar la cámara. La conversación quedaría entre ellos.

—Siéntate. ¿Por qué has venido hoy? —preguntó molesto.
—Tenía la comida hecha, y ya sabes que me aburro en casa —contestó Matilde.
—Mamá, te has arriesgado al venir —dijo Roberto mirándola con indulgencia—. Habíamos quedado en que no aparecerías varios días. Sabes que sospechan de ti. Lo hemos hablado y sigues sin hacerme caso. Menos mal que estoy aquí para protegerte.

Ella le sonrió como una niña que han pillado haciendo una travesura.

—¿Qué llevas en el carrito?
—Esta mañana he cogido cuatro libros.
—¡Cuatro! Deja que vea.

Además del ensayo sobre Góngora, la madre había robado La peste de Albert Camus y La marcha Raditzsky de Joseph Roth y un libro ilustrado de animales salvajes para su nieto más pequeño, que estaba aprendiendo a leer.

—¿Cuándo los has robado? No te he perdido de vista.
—Parece mentira que no me conozcas —respondió ella—. Soy una experta en lo que hago. Por mucho que te fijes, mis manos son invisibles, como las del mejor carterista.    
—Cierra bien el carro, no vaya a ser alguien te lo vea —le aconsejó—. Sal tu primero como si nada hubiera pasado, y luego lo haré yo.

Cuando la madre se disponía a abrir la puerta, oyó la voz del hijo.

—¿Qué hay para comer?
—Tu comida favorita: lentejas a la riojana. Pero no tardes, que siempre me haces lo mismo,  y te comes el plato frío.

Roberto la vio marchar y se enorgulleció de su madre. Tenía dos llamadas del jefe. Le diría que se había equivocado con la mujer al registrarle el carro y no encontrarle nada. La mujer, que se había sentido muy ofendida, le había amenazado con llamar a la policía si volvía a suceder. “No tiene derecho a tratar de esa manera a las personas mayores”, le habría reprochado con muy mal humor.

El jefe le creería, como en otras ocasiones. Miró el reloj. Sólo quedaba una hora para irse a comer. Su madre vivía en un piso de renta antigua, cerca de la librería.

Nota oportuna del autor verdadero. —El que suscribe este relato agradece la colaboración del autor imaginario y de sus personajes, sin la cual no habría podido terminarlo, debido a su relativa falta de experiencia en estas lides. A la espera del juicio de los lectores, unos benévolos, otros corrosivos y algunos malintencionados, que de todo habrá, según cómo les caiga en gracia, el escritor ha aprendido por fin las ventajas del trabajo en equipo, una vez que venció el prejuicio muy asentado entre las gentes de letras de que la literatura es un coto reservado para los lobos esteparios, individuos que prefieren morir, sin ver publicada una línea, antes que pedirle consejo a un personaje de sus historias. Este orgullo equivocado les hace un flaco favor, pero ellos no son conscientes del error.

martes, 14 de abril de 2020

¡Qué bello es vivir!


Escuchemos con atención lo que nos quiere decir este hombre acorralado por las circunstancias.

¡Quién me mandó meterme en este trabajo de mierda! ¡Con lo bien que estaba en mi casa sin hacer nada! La culpa la tiene mi madre con su monserga de que a mi edad no estoy para elegir. Puede que lleve razón la vieja, pero ella tampoco ha trabajado en toda su vida y salió adelante con tres hijos. Desde que murió mi padre vive de una pensión y de los ahorros de toda una vida, y como nunca ha sido una mujer de mucho gastar, se apaña con lo que tiene, y va tirando.

Vivimos juntos pero cada uno en una esquina de la casa. Hay días en que sólo nos vemos para comer y cenar. Antes de pillar este empleo me pasaba casi todo el día en mi habitación, tumbado en la cama o sentado frente al ordenador. Mi padre, que en paz descanse, decía que era un vago y que parecía mentira que fuese hijo suyo. Él, que sentía orgulloso de tener dos hijas con carrera, se avergonzaba de que su único hijo varón no tuviese oficio ni beneficio. Eso de no tener oficio ni beneficio me lo repetía cada dos por tres, para enfadarme. Porque mi padre era buena persona pero tenía muy mala baba. Y además era igual de vago que yo. No nos llevamos bien, para qué negarlo. Ni cuando yo era un niño ni cuando me hice mayor. Un día (yo tendría veintitantos años) casi llegamos a las manos, si no es por mi madre, que se puso de por medio. Estaba tan nerviosa que tuvimos que llamar a un médico de urgencias. Desde entonces no ha dejado de tomar pastillas, como yo.

A mi manera, yo era feliz sin trabajo, durmiendo la mitad del día, y sin molestar a nadie. Las vecinas le preguntaban a mi madre: “¿Y Manolo? Hace mucho que no lo vemos. ¿Se ha ido a trabajar fuera”. Mi madre les mentía, como siempre ha hecho. Les ponía cualquier excusa para quitárselas de encima. Las vecinas son unas chismosas, y no digamos el conserje, que es un metomentodo y que cobra un buen sueldo por rascarse los huevos.

¿Y ahora qué quiere este gilipollas? ¿No se da cuenta de que necesito aparcar en doble fila? Sí, sí, lo que tú digas. Puedes llamar al Papa de Roma, si quieres, payaso, que eres un payaso. Habrase visto el imbécil. Esto es un sinvivir en esta ciudad de los cojones, donde no hay un sitio donde aparcar. Y todo por culpa del maricón del alcalde y sus concejales que, como van a todos los sitios en coche oficial, no tienen estos problemas. Menos mal que hoy es mi último día. Aún no se lo he dicho a mi madre, que se lo va a tomar mal, ni a mi jefe, pero hoy viernes, fin de mes, cuelgo las botas. Tampoco es tan grave. El lunes tendrá a otro pringao repartiendo paquetes. Lo siento por mi colega, el Ciclao, que me hizo el favor de buscarme este curro. “Manolo, tengo algo que te puede interesar. Pásate por el bar El Toro y lo hablamos”, me dijo. Al Ciclao lo aprecio, pero me toca un poco las pelotas que me sacara de mi zona de confort, que es como ahora se dice cuando llevas una vida tranquila y sin sobresaltos. Fui al bar El Toro, que lo llevan unos chinos, y mal que bien me convenció. Que si a tu edad no te puedes poner exquisito, que si primero te haces autónomo y luego ya verás cómo te hacen contrato, que si hay unos ingresos fijos y comisiones… En fin, al Ciclao lo conozco desde que trabajamos juntos de seguratas hace un mogollón de tiempo. ¡La de hostias que dimos a gitanos! Casi nos mandan al trullo. Lo pasamos bien, qué tiempos y qué jóvenes éramos, aunque echábamos más horas que un reloj. Él es mi colega, y me quiere como yo a él, y si me propuso trabajar de repartidor es porque me tiene aprecio. A lo mejor ni sabía que me estaba metiendo en un pozo de mierda. O puede que sí, pero sea como sea, yo siempre le agradeceré que me ayudase, aunque al final todo me haya salido mal. Lo que siento es dejarlo con el culo al aire porque dio la cara por mí. Sólo dos meses he durado en la empresa. En principio, lo pactado era que aguantara seis meses de autónomo y luego me harían un contrato temporal, pero mi jefe ha sido el primero en no respetar el trato. Tenía que trabajar ocho horas y hay días en que llego a las once, y regreso molido a mi casa, y mi madre me pregunta: “¿Pero qué te pasa?” “Que estoy hasta los cojones de este trabajo”. Pero por si esto no fuera poco, a la tercera semana me dijeron que tenía que trabajar los sábados. “¿Los sábados también?”, pregunté. “Pero ¿tú tienes familia o pareja, chaval? Pues si no tienes, ¿qué te importa trabajar los sábados? Así te sacas un extra”, me contestaba mi jefe.

Menudo hijo de puta el don Matías.     

Mientras Manolo, el hombre que estaba a punto de despedirse de su empresa, repartía los últimos paquetes del día en una furgoneta que le había prestado un primo, Carmela y Bartolomé, un matrimonio de ancianos sin hijos, se disponían a comer: ella en la cama y él en la cocina, por ese orden. Sentado a su lado en la cama, Bartolomé daba de comer a la mujer, paralítica de media cintura para abajo. Con una mano sostenía la cabeza de su esposa, y con la otra le daba de comer. “Abre más la boca”, le dijo. “No puedo abrirla más”. “Inténtalo”. Él, con la paciencia que se tiene con los niños, introducía la cuchara en la boca de Carmela. Renegaba con los ojos porque la sopa estaba fría. Tragaba como podía; él intentaba que no manchase la sábana, pero algunas gotas habían caído. No era la primera vez que le sucedía porque a Bartolomé le temblaba el pulso de la mano con la que sujetaba la servilleta.  

—¿No quieres más?

Ella negó con la cabeza. Estaba agotada por el esfuerzo. Tosió echando restos de comida sobre el camisón.

—Te lo has dejado casi todo —dijo el marido mirando el plato.

No le contestó.

Bartolomé comprendió que debía dejarla dormir. Era su estado natural en los últimos meses, dormir con la ayuda de las medicinas, hasta que despertase. Antes de apagarle la luz la recostó sobre la almohada para que estuviera cómoda. Pronto se dormiría. Le costaba reconocerla. Había adelgazado mucho desde que le diagnosticaron la enfermedad. Su cuerpo era un territorio devastado. De novios y en los primeros años de matrimonio, Carmela había sido delgada, la envidia de sus amigas, como a ella le gustaba presumir. En la madurez, y después de pasar por dos abortos, comenzó a engordar sin un motivo aparente. “¡Si al menos hubiera sido por quedarme embarazada!”, pensaba. Se puso en manos de especialistas, siguió dietas severas, pero no le sirvió de nada porque los kilos que perdía en una semana los ganaba a la siguiente. Al final, desanimada y rendida a la evidencia del cambio hormonal, aceptó convivir con su nuevo cuerpo. Su marido la acompañó con ternura, sin hacer un reproche, en el declive de su coquetería. Siempre estaba a su lado cuando rompía a llorar o se desesperaba porque su silueta se iba inflando como un globo y se veía irreconocible ante el espejo. ¡Lo que hubiera dado por adelgazar volviendo a su cuerpo de jovencita! Y ahora, por esas crueles ironías del destino, su cuerpo volvía a estar delgado pero de una flaqueza extrema, debido a la enfermedad.  

La cocina estaba sucia. La mujer que la limpiaba una vez a la semana se había despedido. No podían pagarle. La habían intentado convencer con buenas palabras para que continuara al menos otro mes, con la promesa de que la situación se arreglaría a corto plazo. Su sobrino había comenzado a trabajar de camarero en un bar y había prometido ayudarles. Pero la limpiadora hizo oídos sordos al ruego del matrimonio de ancianos, al que había servido desde que Carmela había enfermado.  Una mañana descolgó el teléfono y les dijo que había sufrido una caída cuando limpiaba una ventana, subida a una escalera.

—¿Pero es serio? —preguntó él con inquietud.
—Esto va para largo, don Bartolomé —contestó—. Tengo la rodilla hecha un cristo. El médico me ha dicho que no me mueva de la cama, que repose, hasta que me operen, y ya sabe que las cosas de palacio van despacio. No le cuento la lista de espera que hay…
—Me hago cargo, Águeda —dijo, resignado, Bartolomé—. Mejórese y ya sabe dónde nos tiene para lo que quiera.

Bartolomé no esperaba la mala noticia que le había comunicado Águeda. La creyó y ni por asomo pensó que la limpiadora le hubiese mentido para desembarazarse de ellos y buscarse otra casa, como así sucedió poco después.

Bartolomé y su mujer eran personas ingenuas, que no podían imaginar que hubiese mala gente en el mundo. Podían aceptar que los demás tuvieran manías, como ellos también las tenían, como dejar los zapatos en la entrada o no coger nunca el teléfono a la hora de la siesta; manías sencillas y llevaderas, porque eran un matrimonio afable, de trato natural, que no había tenido nunca problemas de convivencia con los vecinos.

El día en que Águeda se despidió, Bartolomé ignoraba lo que se le venía encima. Educado a la antigua usanza por una madre que le había librado de cualquier faena doméstica (“Porque eso es cosa de mujeres; para eso están tus hermanas”, le decía), a partir de entonces debió cargar con la casa. Era algo nuevo para él. Como se veía superado por la situación, se sentía mal consigo mismo. Su mujer se había ocupado de todo (de limpiar la casa, de ir a hacer la compra, de la plancha, de hacer la cama). Y él cumplía con llevar el sueldo a casa. Este reparto de papeles, que veían como parte de un orden natural, se rompió para siempre con la enfermedad de Carmela.

Bartolomé nunca cambió de empresa. Con catorce años entró de aprendiz en una compañía de seguros y, a base de trabajo y esfuerzo, virtudes que se predicaban entonces, llegó a ser el contable de confianza del jefe. La empresa era familiar y estaba en su segunda generación. Los propietarios dispensaban un trato paternalista a los empleados. Era una época en la que los empresarios aún se sentían obligados con sus trabajadores en virtud de un compromiso moral que se debilitó con el relevo de los fundadores por sus hijos.

Al cabo de toda una vida dedicada a su empresa le quedó una jubilación modesta pero suficiente para que los dos viviesen con decoro. Nunca habían sido derrochadores ni gastaban más de lo que se podían permitir, a diferencia de otros matrimonios, que vivían por encima de sus posibilidades. Sus caprichos eran escasos y baratos. Viajaban a la costa levantina una vez año; allí se hospedaban en un hostal en el que el trato era familiar, e iban al teatro en Semana Santa y Navidad. Cuando llegaban los días de calor al comienzo del verano, les gustaba salir a la calle por la tarde, después de que Bartolomé regresase del trabajo, e ir cogidos de la mano hasta la heladería de la esquina. Siempre pedían un helado de turrón. Ese helado les sabía a un capricho de dioses. Ella se abanicaba mientras veía pasar a la gente por la calle, y él leía el periódico. Era su manera de pasar la vida, de ser felices hasta donde les alcanzaba, con sencillez y sin hacer ruido, en un mundo que había dejado de apreciar la sencillez y se llenaba de ruido.

Aquella tranquilidad de un matrimonio sin hijos ni ambiciones acabó por una decisión equivocada de Bartolomé. Este, que había acumulado unos ahorros después de sus muchos años de trabajo, confió en el director de la sucursal de su banco y los invirtió en Bolsa. “Hágame caso, don Bartolomé. No tendrá una oportunidad como esta. Es una inversión de éxito seguro”, le dijo.

Sin conocimientos sobre el funcionamiento de los mercados de valores, Bartolomé creyó en lo que le habían dicho y puso todo su dinero en la cartera de acciones de una compañía eléctrica. Durante los primeros meses los títulos comprados se revalorizaron, tal como había anticipado el bancario, pero un escándalo que salpicó a la cúpula de la compañía, acusada de falsear las cuentas, provocó la venta masiva de acciones. La cotización se hundió. Bartolomé, enterado por la prensa, vio que era demasiado tarde cuando quiso reaccionar. El valor de sus títulos se había reducido a la nada. Sus ahorros, que tanto esfuerzo le había costado reunir, se habían evaporado.  Carmela no se lo reprochó. 

Carmela dormía mientras su marido, con la mirada perdida en el plato, removía una sopa de sobre en un plato con los bordes desconchados. Daba sorbos con desgana; no tenía apetito. La sopa fría le ponía triste. Era fácil de preparar: se disolvía el contenido del sobre en un litro de agua caliente sin que llegase a hervir y se dejaba a fuego lento quince minutos. Además de sencilla, era una forma barata de comer. Bartolomé se alimentaba de sopas de sobre y de botes de lentejas y alubias con chorizo. Estaban pensados para hombres como él, que no sabían cocinar. Así se iba alimentando, no todo lo bien que quisiera. Se notaba más gordo. Pero no le quedaba otra opción: además de no saber freírse un huevo frito, tenía un presupuesto reducido para la comida. Si no hubiese hecho aquella maldita inversión en Bolsa, se lamentaba, no pasarían estas estrecheces. Cuando la enfermedad de Carmela se hallaba en una fase inicial, bajaba a una casa de comidas, pero pronto se dio cuenta de que no podían llevar ese gasto diario, y se tuvo que conformar con las sopas de sobre y los botes de alubias con chorizo.

También había tenido que renunciar al segundo plato, lo que para él había sido siempre una costumbre sagrada. Del primer plato pasaba al postre, sin hacer escala en el segundo. Este viernes, de postre tocaba banana, más barata que el plátano, pero demasiada madura a su gusto, comprada en una tienda de paquistaníes que se abastecían del género de peor calidad. Después, Bartolomé se dio el capricho de hacerse un café. Para él era, junto el desayuno, el mejor momento del día. Se deleitaba bebiendo una taza de café. Cada tarde, a estas horas, dudaba en si había hecho bien en dejar de fumar por sus problemas de bronquitis.

Bartolomé apiló los platos en el fregadero, que estaba al completo. Los del desayuno seguían sin lavar. Tiempo tendría, a lo largo de la tarde, para hacerlo. Ahora tocaba echarse la siesta al lado de su mujer. De común acuerdo, nada más casarse, ella se reservó el lado derecho de la cama y a él le quedó el izquierdo. Era frecuente que no pudiese dormir por las tardes. Los ronquidos de Carmela y la enorme ternura y tristeza que le despertaba su estado le impedían conciliar el sueño. Mientras ella dormía, él acariciaba su cara y sus labios, y jugaba con su pelo, y se emocionaba como un chiquillo al verla así, convertida en un vegetal, apagándose como una vela, con dificultades crecientes para hacerse entender porque la enfermedad degenerativa también le había afectado al habla.

Este no era el caso de Manolo. Un rasgo destacado de su carácter era la facilidad de palabra, acaso excesiva porque, según sus críticos —que no eran pocos—, pecaba de verborrea. Era hombre de dejarse llevar por los impulsos, de no callarse ni una, mal que le pesase después. No había aprendido nada de los golpes de la vida. Con cerca de cincuenta años, conviene recordar que un amigo le había ofrecido la posibilidad de reengancharse al mercado laboral trabajando de repartidor. Al principio aceptó de buen grado pero después, al no estar acostumbrado a los horarios ni a la disciplina de las empresas, había arrojado la toalla. Luego buscó excusas para despedirse.

Resulta patético escuchar sus monólogos de hombre abatido y cercano a la desesperación, en unos tiempos de crisis que golpean con más dureza a cualquier hombre maduro que sólo tenga estudios primarios.

Una hora, sólo una hora y me borro de esta empresa de mierda. La multa que me han puesto la va a pagar Rita la Cantaora. ¡No tienen nada mejor que hacer estos guindillas que perseguir a la gente trabajadora! ¡Vamos, hombre! Que uno lo que hace es ganarse la vida como buenamente puede sin molestar a nadie. Entonces, ¿a qué viene tanta persecución? ¿No se dan cuenta de que lo único que queremos es sobrevivir? Así de sencillo, sin más hostias.

Como puede apreciarse, el repartidor vive su última hora en la empresa, sacudido por su nerviosismo. Gira la cabeza al oír el ruido de un tubo de escape. El retrovisor le devuelve la imagen de un motorista que, para su suerte, no es un policía.

A ver, a ver, ¿dónde están esas dichosas cajitas? Tendría gracia que las hubiese perdido.

El repartidor busca en la parte posterior de la furgoneta. Al final las encuentra.

Desde hace más de un mes la mitad de los repartos que hago son paquetes pequeños para mujeres que viven solas. O al menos eso me ha parecido a mí. Los he pesado, incluso los he olido, y no me cabe la menor duda de que el contenido es el mismo. He leído que está de moda pedir juguetes eróticos para mujeres. Lo entiendo; como no se atreven a comprarlos en un sex-shop, por miedo o por vergüenza a que las reconozcan, hacen el pedido por internet, y luego pringaos como yo les llevan sus aparatitos a casa. Pero es que el futuro pasa por ahí: por que todos tengamos sexo sólo con nosotros mismos, que es lo más seguro e higiénico. Yo no tengo relaciones sexuales con una mujer desde hace tres años, si exceptuamos las dos veces que me fui de putas, pero eso no cuenta, así que en todo este tiempo me he tenido que consolar solo, como tanta gente.

¿Y a ti qué te pasa, memo? El abuelo de los cojones, que se me queja de no respetar el ceda al paso. ¡Cállate la puta boca! Uno va deprisa porque no tiene más remedio. Hay que cumplir unos plazos en las entregas. Si no lo haces, te penalizan. Lo que deberías hacer es estar jugando con tus nietos o tomando unas sopitas en tu casa, abuelo, y no poner en peligro a los que nos jugamos la vida conduciendo. Atropellas a un viejo y se te cae el pelo. Te amargan la vida, y el cargo de conciencia que se te queda. 

¿Es aquí donde tengo que llamar? No será la primera vez que me dan una dirección equivocada.

Habían llamado al timbre. Bartolomé se sobresaltó. A esas horas no esperaba a nadie. En realidad, nadie se preocupaba de ellos. Su sobrino, de cuando en cuando, los llamaba por si necesitaban algo, pero su ofrecimiento, por infrecuente, no parecía sincero. Sólo podía ser el cartero, aunque era raro que se presentasen por la tarde. Lo normal es que los carteros entregasen la correspondencia por la mañana, pero también en esto las cosas estaban cambiando. Ahora los obligaban a trabajar por las tardes. Los carteros se quejaban de sus horarios y de los sueldos. Todo el mundo se lamentaba por algo: los que tenían empleo porque trabajaban demasiadas horas, y los que no lo tenían por estar en paro.

Si era el cartero, debía de tratarse de una carta certificada, no de correo ordinario. Temía las cartas certificadas.

Bartolomé se levantó de la cama, y dudó si acercarse a la puerta de la entrada. Confiaba en que su mujer no hubiese oído el timbre. “No le abras a nadie”, le repetía de manera machacona. Y menos a la hora de la siesta, que era sagrada para los dos.

¿Debía abrir la puerta? Sospechaba que si dejaba pasar unos segundos más, quien fuese se marcharía. Aceleró el paso y descorrió los cerrojos. Miró por la mirilla: sí; era una cartera que miraba su reloj.

—Buenas tardes, ¿es usted don Bartolomé Ceballos?
—Sí, soy yo.
­—¿Me puede facilitar su carnet de identidad?

Después de comprobar que, efectivamente, se trataba de Bartolomé Ceballos, la cartera le hizo firmar un papel y le dio una carta. 

Enseguida adivinó que aquella carta tendría consecuencias nefastas para su mujer y para él. Y acertó porque era la tercera citación para que compareciese de manera urgente en el juzgado. A las dos primeras no había asistido alegando estar enfermo, pero los plazos habían seguido corriendo, y el casero tenía todas las de ganar. La ley le respaldaba; la ley era implacable para personas como él y su esposa.

Se metió la carta en el bolsillo del pantalón. No le diría nada a Carmela, que acababa de despertarse. Oyó cómo lo llamaba. Entre balbuceos, le preguntó con dificultades, intentando hacerse entender.

—He oído ruido.
—Son imaginaciones tuyas, cariño.
—¿Qué has comido?
—Lo de siempre: una sopa de sobre.

Ella lo miró con tristeza.

—¡Cómo siento no poder cocinarte, Bartolomé! Pero ya ves cómo estoy y peor que me pondré.
—No pasa nada, Carmela. Yo me las arreglo solo. Tú descansa y no te preocupes.

Su mujer cerró los ojos. Le costaba respirar. Él te lo tocó la frente, pero no tenía fiebre. De repente recuperó la lucidez y le preguntó:

—¿Ha llamado Arturo?
—Hoy no —respondió Bartolomé—. Ya sabes que tu sobrino es muy suyo y llama cuando le da la gana, pero estate segura de que lo que nos prometió está en marcha.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo, cariño. Lo compró por internet, aunque no le fue fácil conseguirlo. Si cumplen los plazos, nos llegará mañana. Todo se arreglará.

Carmela volvió a mirarlo con una mezcla de melancolía, por esos días en que fueron felices juntos y no regresarían, y de ternura. Seguía enamorada de él, aunque ya no fuese plenamente consciente. Nunca había dejado de estarlo. Lo quería y se apenaba de verlo así, desmejorado, superado por las faenas de la casa para las que nadie lo había preparado.

—¿Me juras que me estás diciendo la verdad?
—Te lo juro. Arturo ha comprado lo que le pedimos. Confía en el chaval. Es un poco despistado, todavía es muy joven pero es de fiar… Él no tiene la culpa de haberse criado sin padre.

Las palabras del marido calmaron a Carmela. Se recostó en la almohada y volvió a dormirse.

Le había mentido al ocultarle que el paquete debería haber llegado hacía dos días. No había faltado de casa para estar cuando llegase el repartidor. Esa tardanza le inquietaba. Porque lo habían fiado todo al pedido hecho por su sobrino. Cuando se aseguró de que su mujer se había dormido, llamó al sobrino. 

Marcó el número de Arturo hasta tres veces. Saltó el contestador. Le dejó un mensaje breve. Quería saber si la empresa de reparto se había puesto en contacto con él. “El paquete no nos ha llegado. Cuando oigas esto, llámanos”. Le temblaba la voz. Debía mantener la calma porque si él se derrumbaba, dejándose vencer por los nervios, todo se iría al traste. Su mujer, que aún tenía raptos de lucidez, no podía verlo así. Se daría cuenta de que algo iba mal y le volvería a preguntar por el sobrino.

Entró en el aseo y se lavó la cara para recuperar la calma. Se miró en el espejo y no le extrañó lo que vio: vio un rostro marcado por el miedo. Nada de esperanza ni de autoengaño, sólo el miedo de quien intuye cercano el fin deseado. Se secó las manos en la toalla y, antes del salir del cuarto de baño, se miró por última vez en el espejo. Llevaba una semana sin afeitarse. Era raro que Carmela no se lo hubiese recriminado. Siendo novios, se le ocurrió dejarse bigote, un bigotito fino como los que se estilaba en la época. Fue tanta la presión de Carmela que Bartolomé dio su brazo a torcer, después de unos días de titubeos, y se lo rasuró. No volvería a dejarse crecer el bigote y mucho menos la barba, que estaba mal vista por aquel entonces.

Carmela tenía algunas manías. Una de ellas era que su marido fuese siempre bien rasurado y oliese a loción de afeitar por las mañanas. Le gustaba acercarse a él para olerle el cuello. Sin embargo, su barba de siete días, canosa por completo, le había pasado desapercibida a su mujer. Hasta se había atrevido a acariciársela con un gesto infantil, como si Bartolomé fuese su padre y no su marido. Algo de cierto había en el cambio porque su cuerpo, consumido por los estragos de la enfermedad, se parecía más al de una niña que al de una mujer. Hasta su voz grave se había transformado en un soniquete atiplado como el de algunos niños cuando quieren llamar la atención de sus padres para jugar antes de irse a dormir.

En poco más de media hora el repartidor habría acabado la jornada laboral. A las ocho de la tarde llamaría a su jefe para decirle que se marchaba y que no contasen con él para el día siguiente, inicio de un mes de marzo que sería el más lluvioso en años si se cumplían los pronósticos de los meteorólogos.

El sábado por la mañana se enfrentaría a una riña segura con su madre por no ir a trabajar y tendría que soportar los reproches de siempre, que si a tu edad no vas a encontrar trabajo, hijo, en la vida tenemos que hacer cosas que no nos gustan, eres igual vago que tu padre, que en paz descanse, y otras frases del repertorio materno, sandeces que no harían mella en su ánimo ni torcerían su voluntad de despedirse.

Ese sábado no saldría del dormitorio, salvo para comer y cenar. De nuevo en pijama y con la compañía del ordenador sería el hombre más feliz del mundo. En realidad se conformaba con poco. Había leído, no recordaba ahora dónde, que el hombre más feliz es el que vive con menos necesidades. Él tenía muy pocas. Por eso podía ser feliz. A lo que aspiraba es a que lo dejasen en paz y él respetaría la vida de los demás. A su edad no quería ni esperaba encontrar otro trabajo. No le importaba que lo tomaran por un desgraciado, por un parásito que vivía de la sopa boba de su madre. La vida era mucho más que cumplir con un horario y llevar una nómina a casa. Para él lo importante era dormir sus diez horas diarias, fumar y relacionarse con el mundo a través de un teléfono móvil y un ordenador. Con esto le bastaba.

Manolo sólo sentía dejar de repartir por el Ciclao. Su colega le había hecho el favor, con la mejor voluntad, de ofrecerle un curro y ahora lo iba a dejar en mal lugar. Debía llamarlo para que no se enterara por terceros, pero antes tenía que entregar otro paquete como los anteriores, también con una mujer de mediana edad como destinataria.

Bajó sonriéndole al espejo del ascensor. Sus pupilas retenían la silueta de un bombón de mujer. Además era simpática. ¡Vaya cuerpazo tenía la tía! Y no digamos sus labios, unos labios carnosos y pintados de rojo carmín que daban ganas de morderlos. Y esa dentadura blanca como la leche, con todos sus dientes perfectos. Tendría que haberle perdido el móvil, me faltaron reflejos, aunque hubiese quedado un poco fuera de lugar. Pero de perdidos al río… Total, para lo que me queda en el convento. El ‘no’ ya lo tenía asegurado. Si todas las clientas hubiesen sido como ella, seguro que mañana seguía trabajando.

Y se rio de sí mismo.

Al salir del edificio miró la firma estampada de esa mujer en el albarán. Se llamaba Luisa Ponce de León. Lo guardó, por si acaso, en el bolsillo de la camisa y puso rumbo al domicilio en que entregaría el último paquete. 

Bartolomé repitió el ritual del mediodía recostando a su mujer en la almohada para darle de cenar. Se habían acostumbrado a cenar pronto. Con los ojos cerrados, como si temiese lo que iba a ingerir, Carmela abrió la boca despacio y con dificultad. Su marido le sostenía la barbilla mientras intentaba introducirle una cuchara con puré. No quería tragar. Con ella volvía a tener la paciencia que se necesita con los niños pequeños, que giran la cabeza cada vez que les ponen la cuchara delante de la boca.    

—Esta vez te estás portando muy bien, cariño —la animaba Bartolomé antes de darle otro poco de puré.

Ella le sonrió pero ladeó la cabeza en señal de negativa. Rechazaba comer más.

—Te lo tienes que comer todo —insistió el marido. Él sabía que, pese a esta negativa inicial, Carmela tomaría dos cucharas más de puré.
—No dejas nada, que si no me voy a enfadar —bromeó. 

Bartolomé sonreía al decirle estas palabras y luego le removía el pelo de manera  juguetona, como un niño travieso. Ella levantaba la vista como si quien enredaba sus cabellos fuese un extraño, y luego volvía a abrir la boca para apurar el puré.

—Un poco más y acabamos.
—Ya no quiero más —balbuceó la mujer negando con la cabeza.

Bartolomé dejó el plato en sus rodillas. Estaba sentado en la cama.

Cuando se disponía a levantarse para llevar los platos a la cocina, sonó el timbre de la puerta. “¿Quién será a estas horas?”, pensó mientras tapaba a su mujer con una manta.

Volvió a sonar el timbre de la puerta, con más fuerza.

—Ya voy, ya voy.

Por la mirilla vio que no era su sobrino Arturo. Un hombre nervioso sostenía un paquete pequeño en la mano.

—Buenas tardes, traigo un paquete para Bartolomé Ceballos.
—Soy yo. 
—Si es tan amable, me firma aquí.

Bartolomé estampó la firma en el albarán y le dio las gracias. Al repartidor le cambió la cara en ese momento. La impaciencia dio paso a la alegría. Bajó la escalera de dos en dos escalones, como el hombre más feliz del mundo. Había entregado el último paquete del día, de su último día en la empresa. Misión cumplida. Ya podía llamar al cabrón del jefe para decirle que se cortaba la coleta. Adiós a todo eso: al despertador, a fichar, a los atascos, a la angustia de no poder aparcar en ningún sitio, a las multas de los guindillas; adiós al disgusto de haber perdido un paquete, al haberse confundido con la dirección de un cliente. Adiós a una empresa que era una cueva de embusteros desde el día que la pisó. Ahora podía presumir de ser un hombre libre y hacer lo que le saliese de los cojones, que para eso había tomado como ejemplo al bueno de su padre, que supo desde bien pronto que el trabajo no daba la felicidad sino, muy al contrario, envilecía a todo aquel que se lo tomaba en serio dedicándole más horas de la cuenta. 

Después de cerrar la puerta, Bartolomé se entretuvo mirando el paquete. Cabía en una de sus manos. Estaba envuelto en papel de estraza. Se lo acercó al oído, lo agitó y no oyó nada. Le invadió cierta decepción. Llevaba esperando este paquete varios días, y justo ahora, cuando lo palpaba, se sentía vacío. “¿Y esto era lo que hemos estado esperando impacientes desde la semana pasada?”, se preguntó.

Oyó cómo su mujer lo llamaba y fue a verla al dormitorio.

—¿Quién ha llamado a la puerta?
—El repartidor que esperábamos, Carmela.
—¿A estas horas?
—Sí, a estas horas. Aquí lo tienes.

Bartolomé le entregó el paquete. Lo observó incrédula, como si no reconociese de lo que se trataba.

—Ábrelo —dijo el marido.
—Ábrelo tú —contestó—. Sabes que apenas puedo mover las manos.

Bartolomé desenvolvió el papel de estraza con parsimonia. Contenía una caja rectangular de color azul turquesa, como la que los joyeros emplean para guardar unos pendientes o una cadena. Levantó la tapa, miró el interior y se lo enseñó a Carmela, que hizo la intención de tocar lo que había dentro pero no se atrevió a hacerlo.

—Habíamos esperado mucho este momento.

Ella no dijo nada.

—¿Quieres que lo hagamos ahora o lo dejamos para mañana?
—Mejor ahora, Bartolomé. Ya hemos esperado demasiado.

Se quedaron en silencio. Él lo rompió diciéndole:

—¿Me quieres decir algo?

Con los ojos húmedos, su mujer intentaba encontrar las palabras para despedirse del que había sido su marido durante cincuenta y dos años. Le temblaban las manos e intentaba hablar, pero las fuerzas no le respondían.

—He sido muy feliz a tu lado, Carmela. Conocerte fue lo mejor que me ha pasado en la vida. Hemos tenido nuestros momentos, como todos los matrimonios, pero el cariño pudo con todo.

Él también se había emocionado y se avergonzó de ello.

—Menos mal que dejé aquella novia tan antipática por ti. ¿Te acuerdas del berrinche que cogió? No me lo perdonó nunca —y comenzó a reír mientras le acariciaba las mejillas. Ella siguió llorando.
—¿Te arrepientes de lo que vamos a hacer?

Carmela negó con la cabeza, sin apenas fuerzas. Pero por fin logró articular las palabras que la voz le negaba.

—Te he querido mucho —le dijo mientras le cogía de la mano.

Bartolomé sacó una de las dos píldoras de la caja y se la colocó en la palma de la mano. La introdujo en la boca de Carmela y esperó a que se la tragase. Luego le dio de beber un vaso de agua.

—Ahora duérmete. Descansa, amor.

La besó en la frente y apagó la luz.

Antes de tomar su cápsula, Bartolomé dejó un mensaje en el móvil de su sobrino para informarle de que el paquete había llegado y que pasara por casa al día siguiente, tal como habían acordado.

La píldora tenía un saber amargo. Le haría efecto pronto, sería rápido y no sufriría. Se sirvió un vaso de vino y se sentó en la cocina a esperar el final. El reloj marcaba las nueve y veinte de la noche.