lunes, 21 de diciembre de 2015

Lo que no te contaron del 20-D

Puedo decir que estuve allí, en el lugar del crimen. Acudí a los principales escenarios de la noche electoral del 20 de diciembre, a las sedes nacionales del PP y del PSOE y a la fiesta de Podemos, intentando contagiarme de la decepción o el entusiasmo de los militantes, pero, por mucho que lo intenté, por muchos esfuerzos que hice por empaparme de ese cambio histórico que todos anuncian, no lo logré. Será culpa mía, debido tal vez a mi falta de compromiso con este tiempo, a una mezcla de cinismo e indiferencia, a que me voy haciendo mayor, qué se yo.

Perdonadme.

Lo cierto es que me ilusioné cuando se acercaba el gran día. Como sabéis, he sido —sigo siendo— periodista, pero tengo escasas ocasiones para ejercer el oficio. Me ofrecí a algunos medios pero, al comprobar que ninguno quería contratarme, me monté una empresa, llevado por un espíritu de emprendedor que hace de la necesidad virtud. Allí donde hay una crisis (la falta de trabajo), hay una oportunidad, pensé. Y fundé Carabanchel News en homenaje al barrio donde resido.

La mía iba a ser una empresa de un solo trabajador. Como tantos autónomos siempre he aspirado a ser mi dueño, a no tener jefes, a explotarme las 24 horas del día. Carabanchel News iba a estrenarse en las elecciones generales en formato digital. Mi inversión en el proyecto sería moderada porque he aprendido a optimizar los recursos. Me bastaba con un transistor grundig, adquirido por 16 euros, con el que seguiría la evolución del escrutinio; una libreta moleskine que me regalaron y no había usado aún; dos bolígrafos bic y una tarjeta del Metro para desplazarme. El resto era cuestión de talento y suerte.

¿Cómo y por dónde empezar? Por el PSOE, evidentemente. Es el partido que más años ha gobernado España (21) y que no levanta cabeza desde que se marchó el inefable Zapatero, que Dios lo tenga en su gloria. Llegué a la estación de Argüelles a las nueve y media de la noche y bajé por Marqués de Urquijo en dirección a Ferraz. Me crucé sólo con tres personas. Siempre me ha gustado la calle Ferraz, corazón de un barrio que, aun siendo de familias acomodadas, carece de la agresividad clasista del barrio de Salamanca. 

En la puerta de la sede de los socialistas había una decena de periodistas. El interior del edificio estaba tomado por militantes siguiendo los resultados. A Pedro Sánchez, en esos momentos, las radios lo daban ya como presidente del Gobierno. Llegué a creérmelo. No intenté pasar porque no llevaba credencial. Me limité a mirar, a través de unos cristales, a unas estupendas reporteras de televisión que conectaban en directo para informar de que no había nada que informar, porque ningún dirigente daba la cara. En la fachada del edificio habían desplegado una imagen gigante del candidato, camisa blanca de nuestra desesperanza, que comenzaba a ser historia porque no hay nada que envejezca con más rapidez que un cartel electoral.

En la sede del PSOE no estaba la noticia, evidentemente. Por allí no iba a pasar, ni de lejos, el viento de la historia (disculpad que me haya puesto retórico), así que me fui a la sede del PP. Me bajé en Colón, que estaba cortada por la policía. Apenas un centenar de militantes se habían concentrado a las diez y cuarto frente a la sede de los conservadores, un edificio de siete alturas, con las luces encendidas en todos los despachos, pero que parecía deshabitado porque nadie se dejaba ver.

Como el mercado se adapta a cualquier circunstancia, de acuerdo con ese principio de que cualquier demanda ha de ser satisfecha, tres hombres intentaban vender banderas de España, adquiridas en bazares chinos esa misma tarde.

— Me dice, por favor, cuánto valen.
— La pequeña, cinco euros; la grande, diez.

Pongo cara de estupefacción.

— Tome una.

Rehúso comprar. Uno es patriota con moderación, hasta cierto punto. Cinco euros por una bandera de 30 por 20 centímetros, fabricada en Bangladesh, es siempre un mal negocio para el cliente. El hombre se quedó sin vendérmela y comenzó a tantear a un grupo de jóvenes muy chic, que vestían ropa con la marca El Ganso.

En las casi dos horas que permanecí en la calle Génova me aburrí mucho, como pocas veces desde que vivo en Madrid. El ambiente era frío. Desencanto y desánimo era lo que observé en las caras de los militantes. Ni siquiera las canciones de jazz que salían de unos altavoces caldeaban nuestros ánimos. Poco a poco el lugar se fue llenando de matrimonios respetables que llegaban con sus hijos; de más jovencitos pijos e incluso de tres hipsters que llevaban una pancarta que decía ‘Menos Podemos y más torreznos’. Algunos periodistas los entrevistaban para introducir una nota de color en sus crónicas en las que poco había que contar.

El viejo líder y su prole se resistían a salir al balcón. Un hombre calvo y gordo, que estaba a mi lado, se impacientaba. Yo seguía los escrutinios por la radio y pensaba que íbamos a tener un país ingobernable, el sueño de cualquier anarquista. La muchachada popular coreaba lemas o cánticos que siempre tenían a España como palabra central. El muy conocido Yo soy español, español, al que había que añadir ¡España unida jamás será vencida!; el imprescindible ¡Viva España!, grito al que debíamos responder con un enérgico ¡Vivaaaaa!, y un esporádico ¡Arriba España!, que tuvo un eco muy tímido. ¡España, España, España!

Creo que apelaban a España porque tenían los pies fríos, como yo, de tanto esperar. Con un hambre de lobo (no había cenado aún) y, perdida ya la esperanza de ser testigo de un día excepcional, esperaba con ansiedad a que el líder saliera a bendecirnos. Un detalle me hizo intuir que pronto aparecería. Una militante comenzó a repartir banderas azules del partido a todos los que estábamos en la primera fila, separados por una valla de los periodistas. Entre ellos estaba mi antiguo compañero y excelente fotógrafo Alberto di Lolli. En este caso, la bandera era gratis pero tampoco la cogí. ¡Qué hubieran pensado de mí si me hubieran visto en la tele agitando una banderita del PP después de todo lo que he dicho de ellos estos cuatro años!

A las doce de la medianoche los altavoces arrancaron con unos acordes rockeros de guitarra y apareció el viejo líder, acompañado de su esposa Viri, y detrás un grupo de conocidos. No hace falta que os diga quiénes eran. Tuvieron que apretarse para caber en el balcón. El viejo líder, que acaso vestía sin corbata para congratularse con los tres hipsters del partido, prometió gobernar y dialogar. Este hombre es rocoso y se niega a que lo den de nuevo por amortizado. Todos exhibían risas de cartón y saludaban al pueblo (lo de pueblo es un decir) que los fotografiaba con sus móviles. Aquella escena duró diez minutos. Luego vi las imágenes en televisión y parecía que éramos una multitud, decenas de miles de personas aclamando a Evita delante de la Casa Rosada. Y, sin embargo, éramos sólo unos trescientos, un tercio de ellos periodistas. Así nos engañan.

Me quedaba un último acto por cubrir, el de Podemos. Las radios habían destacado el ambientazo que se vivía, a esas horas de la noche, en la plaza que hay junto al Museo Reina Sofía. Llegué a Atocha a eso de las doce y media. Al salir del Metro ya se oían los vítores y los aplausos de la gente. La mitad de la plaza estaba llena; pude ver a unas 3.000 personas. Eran jóvenes en su mayoría y muy distintos, en su apariencia, a los que había visto en Génova. Estaban entusiasmados con el momento que la Historia les había regalado y se hacían autorretratos para recordar aquella noche.

Como quedó dicho que el mercado se adapta a cualquier circunstancia, un grupo de paquistaníes vendían cerveza. Aquí la gente sí compraba. Entre una bandera de España y una cerveza no hay ninguna duda en la elección. En este país siempre hemos tenido a los símbolos nacionales en cuarentena. El periodista y ex diputado socialista, Ferran Bono, era uno de los que bebía cerveza mientras paseaba entre la gente. La plaza empezaba a estar sucia por la cantidad de latas que había en el suelo.

Esa noche vi y escuché a dirigentes que decían representar el futuro pero que hablaban como en el pasado. Aquello se parecía a una asamblea universitaria de los años setenta. La iconografía era la de entonces: banderas republicanas, puños en alto, alcohol barato, fumeteo de hierbas… Me tocó escuchar las intervenciones de Carolina Bescansa e Iñaki Errejón. Son inteligentes y van a por todas. Con diferencia, son los más avispados del tablero político. Si les dejan y no cometen errores alcanzarán el poder. Pero no creo que sea bueno para mi país que una coalición de antiguos comunistas y filoseparatistas nos gobierne. Si ellos son el futuro, yo soy, indudablemente, el pasado. Si he de escoger, elijo la España que se marcha y no la que está por llegar.

El mesías se reveló cerca de la una de la madrugada. Su intervención pareció el sermón de la Montaña. Ayudándose por unos papeles, leyó un discurso muy lírico en el que recordó a un tío ejecutado por los franquistas, los jardines de Atocha, la sonrisa de los niños, a los funcionarios que cumplen con su deber, la justicia social, la decencia, a los comunistas La Pasionaria y José Díaz, a la anarquista Federica Montseny… Gente del pasado con responsabilidad en la carnicería del 36.

Estaba cansado. Me dolían los pies. Tenía frío en la tripa. Los jóvenes seguían aplaudiendo y fotografiando a todos/as sus amigos/as.

A mí me iban a cerrar el Metro. Por eso salí corriendo. Mientras me alejaba escuché la voz de Paco Ibáñez cantando A galopar, una canción de un pasado que creía superado y que amenaza con volver.  

6 comentarios:

  1. brillante crónica, escrita por uno de los mejores periodistas que he conocido. un fuerte abrazo Javier.

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  3. Gonzalo, me alegra mucho leerte de nuevo. Te agradezco tus elogios que, viniendo de ti, adquieren un significado especial. Espero que estés bien, antiguo compañero. Seguimos en contacto. Un abrazo.

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  5. Gracias, Carlos. Nos vemos esta Navidad en Valencia. Un abrazo de tu amigo.

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