viernes, 23 de febrero de 2018

En el desierto de Oclajoma


Luis no se ha levantado de la litera desde que él se marchó. De eso hace un mes. Nunca ha sido muy hablador ni agradable en el trato pero sus silencios ahora me inquietan. Luis, tan pulcro y tan exquisito, siempre hecho un pincel con su traje de Príncipe de Gales de un corte excelente, con el bigotito a lo Errol Flynn que se recortaba con esmero cada mañana, se ha descuidado últimamente. Sigue sin quitarse el pijama desde la aciaga tarde del domingo, cuando el muchacho, con lágrimas en los ojos, se despidió de cada uno de nosotros besándonos en los labios. Luis es el que peor lleva su ausencia. Se había encariñado de él. Ha dejado de escribir sus poemitas. Federico y Óscar, sin embargo, se entretienen jugando a los naipes, mientras que Walt recoge los hierbajos que nos comeremos a mediodía, y Marcelo se dedica a aplastar escorpiones para luego quemarlos en presencia nuestra con una mirada cruel que provoca miedo.

Así pasan los días en este lugar espantoso en el que no hay sitio para la felicidad ni la compasión, un lugar donde nunca anochece y sólo recibimos la visita de un pastor metodista que se interesa cada semana por nuestros progresos espirituales. Luis se ha negado a verlo la última vez que vino siguiendo los consejos de Walt, que nunca ha ocultado su ateísmo. En cambio, yo, que siempre rehúyo el conflicto, que soy de naturaleza conformista y algo pusilánime, me obligo a escucharle y simulo que me interesan sus admoniciones, asintiendo con la cabeza. Antes de despedirnos rezamos unos salmos del Antiguo Testamento y me da la bendición y le beso la mano, y así hasta la siguiente semana.

Todos estamos aquí por el mismo pecado, por el pecado de la sodomía. Compartimos también el hecho de habernos dedicado a las letras cuando estábamos vivos. Bien es cierto que ellos han pasado a la historia de la literatura y yo me debo conformar con notas a pie de página, pero todos, con nuestras peculiaridades estilísticas, somos colegas. En vida fui presentador de televisión, una estrella que presentaba concursos y reality shows en horas de máxima audiencia. Luego me dio por escribir (en aquella época era muy frecuente que todos los presentadores, fuesen hombres o mujeres, lo hicieran). Gracias a mi fama, firmé un contrato con una importante editorial. Un novio de entonces, estudiante de Filología hispánica, me corregía los originales pues debo confesar, y no sin rubor, que siempre he tenido problemas con la gramática. Con demasiada frecuencia me suspendían en Lengua, pero esto, obviamente, no fue un problema en mi carrera de escritor. Me convertí en un autor superventas con mis tres novelas, una de ellas claramente autobiográfica y las otras dos históricas que sucedían en paisajes exóticos. La que me lanzó a la popularidad fue La vida oculta de Ricardo Corazón de León, que alcanzó los primeros puestos de ventas entre el público gay. En ella contaba cómo el hijo de Leonor de Aquitania conoció, en la tercera cruzada, a un joven sarraceno durante su paso por Jerusalén. Tal fue el enamoramiento del rey que, a su vuelta a Inglaterra, lo nombró conde de Leicester en contra del parecer de las familias nobles y poderosas de la época, que consideraron la decisión un tremendo ultraje. Los críticos literarios, que fueron recompensados por su diligente trabajo, elogiaron mi novela, que hoy se puede comprar, a precio de saldo, en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Albacete.

Pero mi tiempo de presentador y escritor de éxito pasó y mis últimos años los acabé viviendo como jubilado sin hacienda ni inteligencia en un apartamento alquilado de la horrenda ciudad de Torrevieja. Morí de un infarto a la edad de setenta y seis años. Siguiendo mis indicaciones, mi único sobrino mandó que me incineraran y esparció mis cenizas en la plaza del Callao de Madrid. Allí, junto a la Gran Vía, conocí al amor de mi vida, un joven rubio de nombre Ismael que malgastó sus años trabajando de docente en institutos públicos. Falleció en un accidente de tráfico.

No he dejado de pensar ni un solo día en Ismael desde me trajeron a este paraje siniestro. Fue morirme y ver cómo una pareja de hombres serios y vestidos de negro me acompañaban hasta la puerta del desierto de Oclajoma. Me recibió Malaquías el carcelero, un hombre especialmente desagradable no sólo por su aspecto físico —todo en su cuerpo me provoca rechazo— sino por sus modales destemplados y toscos, muy poco apropiados para el tipo de gente cultivada y selecta con la que tiene que tratar a diario.

—¿Nombre?
—Francis Calabria.
—¿Origen?
—Valencia.
—¿Profesión?
—Novelista histórico.
—¿Estado civil?
—Desconocido.

Así de lacónico se mostraba siempre cuando un penitente llegaba al registro de entrada. Me dio una bolsa con mi ropa porque yo venía con lo puesto, y me advirtió:

—Cuando se entra en el desierto de Oclajoma —me miró con su único ojo sano pues era tuerto— se abandona toda esperanza.

No pude aguantarle la mirada, y eso lo envalentonó. Me castigó con una de sus medias sonrisas falsas. Además de tuerto, era mellado pues sólo conservaba los dos incisivos superiores y uno de ellos se le movía. Sólo me volvió a hablar para indicarme el camino  para llegar al barrancón que compartiría con mis colegas escritores. Después cerró la puerta con varios candados, haciendo un ruido ensordecedor. Entonces me percaté de que no había marcha atrás y de que sus palabras de advertencia, avisándome de que en este lugar no había lugar para la esperanza, eran trágicamente ciertas.

Fui el último escritor homosexual en llegar como penitente al desierto de Oclajoma. Después de mí no han mandado a nadie. Sus razones tendrán. Antes de llegar yo, Luis era el pecador menos veterano. Lo trajeron el 6 de noviembre de 1962, pocas horas después de morir de un infarto en Ciudad de México.

Ser el novato me traería más inconvenientes que ventajas. No recuerdo en mi vida pasada haber tenido una acogida tan fría como la que me dispensaron mis compañeros de letras cuando me presenté en el barrancón el día de mi llegada. Dije: “Buenos días, me llamo Francis Calabria y estaré una temporada con vosotros”. Nadie me contestó, como si les hubiera sido invisible. Cada uno iba a lo suyo. Federico escribía una de sus tragedias de mujeres enlutadas y muchachos agitanados que a mí siempre me habían aburrido por el tono pueblerino; Luis se retocaba su bigotito y se hacía y deshacía el nudo de la corbata delante del único espejo que había en el barracón; Walt escribía poemas en homenaje a todos los bichos del paraje y Óscar se perfumaba su melena. Se me olvidaba mencionar a Marcelo, que hacía gorgoritos con la garganta.

—¿Y tú quién eres? —me preguntó Marcelo—. No parece que estés muy contento de estar aquí.
—Soy Francis Calabria —contesté en tono cortés—. Hubo un tiempo en que fui un presentador de televisión muy popular que además escribía novelas históricas.
—¿Novelas históricas? Toda novela es histórica, ¿no lo crees, Walt? —intervino Óscar dejándose de limar las uñas de los dedos de sus manos.

Walt balbuceó unas palabras en un inglés de pueblo de interior de Estados Unidos que ninguno de nosotros se molestó en comprender.

Después de este recibimiento gélido dejé mis pocas pertenencias en la litera que me habían reservado. Era, como me temía, la peor de todas. Iba a dormir sobre un jergón sucio y agujereado. La litera, para empeorarlo aún más, daba a una ventana por la que entraba la luz. Ya dije que en el desierto de Oclajoma no se pone el sol. Es un castigo para los penitentes que venimos de un mundo en el que los días se dividían en mañanas, tardes y noches. Ese ciclo vital permitía diferenciar las horas de trabajo de las del descanso. Estas últimas solían coincidir con la noche. Por eso no es extraño que en el desierto de Oclajoma todos seamos insomnes, salvo Federico, que duerme como un angelote y ronca con más fuerza que un toro de lidia, lo que deja en mal lugar su imagen de poeta delicado y universal.

Dentro del barracón, donde pasamos la mayor parte de las horas, no hay relojes ni calendarios. No existe un principio ni un fin para cada jornada. No hay lugar para las semanas ni los meses. Walt, el más veterano de todos los que allí estábamos, lleva más de un siglo y ha sido el primero en perder la cuenta. Nuestro único referente para medir el tiempo es Malaquías. El carcelero asoma la cabeza por la puerta a la hora de la comida, y después, cuando se supone que es la media tarde, nos permite ir a la cantina a beber un refresco de cola y a jugar a las damas, siempre que nos hayamos portado bien. Óscar, rebelde y cáustico como en la otra vida, suele estar castigado y casi nunca nos acompaña.

Malaquías nos obliga a ponernos en fila recta dejando la distancia de un brazo extendido entre cada uno de nosotros, como si estuviéramos en el colegio. Así, a paso marcial, nos fuerza a desfilar los doscientos metros que hay entre el barracón y la cantina. El que peor lo pasa es Federico, que siempre lleva el paso cambiado, y a menudo se gana un coscorrón de Malaquías, quien, después de dárselo, estalla en una carcajada que nos espanta. La risa boba de este hombre triste es cruel, uno de los peores castigos a los que nos someten en este desierto en el que, además de la esperanza, hemos perdido la dignidad.

Briseida evitar saludarnos cuando llegamos. Apoya sus codos en la barra y masca chicle. Nació en Wisconsin, según nos explicó Malaquías. Rara vez nos dirige la palabra, salvo cuando nos dice que nos marchemos porque va a cerrar. Briseida tiene el pelo corto y negro como Liza Minnelli en Cabaret. No hay constancia cierta de sus pechos. Su figura, tirando a masculina, no nos atrae en absoluto, por difícil que sea de creer. Otra de las penalidades de este desierto es la desaparición del deseo. Desde que llegué a este sitio no he experimentado el yugo del deleite. Lascivia, concupiscencia, promiscuidad, todo este lenguaje al que éramos tan dados en vida carece de encaje en el desierto de Oclajoma. Sospechamos que los gestores del complejo han dado órdenes para que nos echen bromuro en el refresco de cola y así evitar cualquier arrebato sexual entre nosotros. Carecemos de pruebas para afirmarlo pero tenemos dudas, y es justo consignarlas.

La cantina está presidida por un retrato en blanco y negro del padre fundador George Washington. Hay además una bandera estadounidense ondeando encima del dintel de la puerta. Además de los refrescos de cola, a Briseida le han autorizado a servirnos hamburguesas transgénicas de ternera.  Luis las ha rechazado porque está obsesionado con la dieta, a diferencia de Oscar y Marcelo, a quienes les trae sin cuidado engordar. Por las tardes, en la cantina matamos el tiempo jugando a las damas. Federico se nos pone melancólico cuando recuerda sus años de niño cazando libélulas en la huerta granadina o sus correrías por la Residencia de Estudiantes. Yo, que soy el que menos derecho tiene de hablar porque llegué el último y mis méritos literarios son discretos, escucho a Federico y al resto de mis compañeros y aprendo de ellos. Walt ha vuelto a escribir poesía atraído por la idea panteística de que Dios tiene la misma importancia que una mariposa. Walt es un poco hippy y nos hace gracia con sus ocurrencias. 

—¡Has hecho trampas! —me espeta, irritado, Luis que, siguiendo mis consejos, ha aceptado levantarse de la cama para entretenerse un poco.
—Te juro que no —respondo.
—Eso me ha parecido. Has movido las fichas de lugar en un descuido mío. ¿Crees que soy idiota, Francis?
—Luis, no te lo tomes así —intento calmarlo—. Somos amigos y no vamos a echar a perder una amistad por una tontería así.

Luis parece relajarse después del disgusto. Es un hombre difícil, con un pronto de mil demonios, pero hay que entender que tiene motivos para estar molesto. Extraña a Antínoo, que así se llamaba el doncel que se marchó con lágrimas en los ojos hace un mes.

Briseida está a punto de cerrar. George Washington, con su peluca blanca almidonada y sus ojos de halcón, observa, aburrido, la escena. A veces pienso que hubiera sido mejor haber ido directamente al infierno, como todos los primeros ministros del continente europeo, en lugar de traernos aquí a purgar las penas con el señuelo de que si nos portamos bien nos mandarán al Paraíso.

Sólo teníamos a Antínoo como consuelo, y nos lo quitaron cuando lo despidieron. Como Briseida, él se ocupaba de llevar la cantina; abría y cerraba el local, atendía a los proveedores, limpiaba y recogía las mesas y servía a los consumidores con una gracia, con un desparpajo, con una educación tan exquisita que no tardaría en encantarnos a todos, incluso a Óscar, el más reticente en tratar con jovencitos tras las malas pasadas que le jugó alguno.

Antínoo tenía 25 años. Moreno y de rostro aceitunado, se había graduado en Historia Antigua en la Universidad de Salamanca, pero no había logrado trabajar de lo suyo, como le sucedía a tantos jóvenes. Pensó en irse a Londres a ganarse de la vida de camarero pero vio una oferta de trabajo en el periódico de su pueblo (Linares) que le llamó la atención. No decía en qué consistía el empleo; tan sólo se requerían conocimientos mínimos en literatura, se ofrecía alta en la Seguridad Social (algo inusual en estos tiempos) y salario según convenio. Una tarde, compartiendo un refresco de cola mientras sonaba una canción de Julio Iglesias, me confesó que le asaltaron las dudas cuando fue elegido entre cien aspirantes. Ignoraba dónde estaba el desierto de Oclajoma y no se veía preparado para tratar a insignes escritores que a sus méritos literarios unían su condición de homosexuales relevantes. Él, lamentablemente heterosexual, tenía una novia de Úbeda con la que pensaba casarse. Por mucho que intentamos quitarle esa estúpida idea de la cabeza, se empecinaba en contraer matrimonio con ella. Lo cierto es que todos, en mayor o menor medida, estuvimos casta y perdidamente enamorados de Antínoo el año que estuvo con nosotros. Tal era nuestra devoción por él que nos peleábamos por ser los primeros en entrar en la cantina y darle las buenas tardes, a lo que siempre respondía con una generosa sonrisa. Walt, el más viejo, renegaba de su mala suerte porque siempre era el último en tocar la barra del bar y pedir su consumición. 

Lo que todos sentíamos por Antínoo era un amor espiritual, sin mancha de sensualidad. Coqueteábamos con él pero ninguno llegó a insinuarse porque respetábamos el estúpido compromiso que había adquirido con una muchacha de su pueblo. Ni siquiera Óscar, el más lanzado, le hizo ninguna proposición que fuese más allá de pasear cogidos de la mano después de que él cerrara la cantina.

Pese a ser tan joven, Antínoo tenía una voz grave, poderosa y profunda. En ocasiones nos deleitaba cantando algunos pasajes de Madame Butterfly. Ver a Federico y Luis llorando y cogidos de la mano mientras nuestro héroe se metía en el papel de Pinkerton era digno de recuerdo.

Antínoo nos traía noticias del mundo  —que iba de mal en peor, como siempre así ha sucedido—y, sabiendo que no nos habíamos adaptado a la vida monótona en el desierto, aprovechaba cualquier ocasión para animarnos.

—El año que viene a algunos de vosotros no os veré porque estaréis en el Paraíso — nos decía.

Pero nosotros seguimos aquí, no nos hemos marchado, y él desapareció de nuestras vidas al cabo de un año. Nadie nos lo comunicó, como es habitual en este sitio en el que nunca se cuidan las formas. Nos enteramos una tarde cuando, después de la siesta, acudimos como siempre a tomarnos nuestra ración de refresco de cola. Cuál fue nuestra sorpresa, más bien diría nuestro estupor, cuando no vimos a Antínoo en el bar y en su lugar nos encontramos a la fría y distante Briseida.

—¿Dónde está el chico que más queremos en el mundo? ¿Le ha pasado algo? —preguntó Luis.
—¿Me hablas de Antínoo? —contestó ella.
—¿De quién si no? —añadió Luis, contrariado.
—Yo no sé nada —dijo ella—. A mí me han enviado aquí, y como no tenía trabajo he aceptado, pero lo que acabo de ver no me gusta, así que no creo que tarde en levantar el vuelo.

Luis intentó continuar la conversación pero Briseida le dio la espalda y se puso a secar los platos. Esa tarde nadie más abrió la boca. Tal era el estado de abatimiento que reinaba entre nosotros. Luego, al cabo de unos días, Malaquías, en uno de sus escasos raptos de sinceridad, nos reveló que a Antínoo lo habían despedido porque los jefes no lo veían con buenos ojos. Estaban molestos con la confianza que Antínoo se había tomado con los penitentes y, para evitar males mayores, lo habían echado pagándole una indemnización conforme al convenio colectivo. Escribimos una carta de protesta a la gerencia y aún estamos esperando la respuesta. Es intolerable la descortesía con que nos tratan, pasando por alto que no somos pecadores del montón sino, en algunos casos, personajes egregios de las letras universales. No lo digo por mí, no soy tan inmodesto e ingenuo para creérmelo, sino por Federico, Óscar y Marcelo, que figuran entre los clásicos de la literatura del siglo XX.

La vida sin Antínoo no es vida. Nuestras caras de tristeza son todo un poema. Hemos dejado de ir a la cantina en señal de protesta. Sólo salimos del barracón para hacer nuestras necesidades en unos agujeros cavados expresamente en la tierra. Federico y Marcelo siguen jugando a las damas. Es su manera de matar el tiempo. Yo leo el Ricardo III de mi admirado Guillermo Shakespeare. A Walt le ha dado ahora por adoptar hormigas, llevado por la ternura que le despierta la fragilidad de esos bichos. Óscar está escribiendo una comedia satírica que piensa representar en el desierto con Malaquías como protagonista malvado. Luis ha vuelto a encerrarse en su litera repitiendo el nombre de nuestro chico entre sollozos. Cuando escucho llorar al autor de La realidad y el deseo, roto por la ausencia de Antínoo, caigo en la cuenta de nuestra soledad. Nadie se acuerda de nosotros, ni siquiera se conoce nuestro paradero. No hay esperanza ni consuelo para quien viene a parar a este desierto en el que los días se confunden, y la ilusión por abandonarlo fue lo primero en perderse.