domingo, 3 de junio de 2018

Tocamientos


Llueve en la ciudad cuando algunas madres descansan tomando café después de dejar a sus hijos en la escuela. A esa hora el tráfico es lento. Los conductores avanzan con precaución, por temor a tener un accidente. Policías con los uniformes empapados regulan el tráfico en los cruces más transitados. Los taxistas aminoran la marcha en búsqueda de clientes. Falta trabajo para ellos. Hay comercios que ya han abierto. Hay mendigos que caminan sin rumbo, indiferentes a la lluvia, con cartones bajo el brazo. Deben conservarlos para la noche siguiente. Será su modesto colchón. Cada vez hay más vagabundos en la ciudad, así se puede leer en los periódicos, pero han logrado ser invisibles. Dejaron de ser una molestia. Nadie repara en ellos. Es un día de otoño que presagia el invierno, con un cielo encapotado y la llegada precipitada del frío. La Bolsa se ha estrenado con una tímida subida tras una semana de pérdidas.

 “¿Quién inventaría noviembre?”, se pregunta el hombre que observa cómo las gotas resbalan por el cristal tintado del coche que lo conduce a la Audiencia. Noviembre es un mes cruel e innecesario, piensa. Los dos policías que lo acompañan hablan de fútbol. Los oye sin prestar atención. Nunca le gustó ese deporte, lo que fue una de sus tantas rarezas entre sus pocos amigos. El jugador famoso de un equipo rutilante se retiró lesionado en el partido del domingo. Hoy será intervenido de urgencia. Se teme que no vuelva a jugar en lo que resta de temporada. El coche se detiene en un paso de peatones. Un anciano acompaña a dos niños, que deben de ser sus nietos. El abuelo tira con fuerza de ellos (llegan con retraso al colegio) pero los pequeños se resisten. El de más corta edad se para, comienza a llorar, se niega a dar un paso más. El abuelo, nervioso, lo apremia a seguir caminando. El disco del semáforo ha cambiado a verde. El niño se enfurruña pero al final aprieta el paso. El hombre que viaja en el coche contempla la escena con ternura. Durante unos segundos, el tiempo que el vehículo necesita en ponerse en marcha, se fija en el hermano, un niño de más edad, tal vez tenga seis o siete años; observa la inocente mirada, los rizos rubios que le tapan media frente, los mofletes de su carita, las manos regordetas como las de Cristian. ¿Cómo se llamará la criatura? ¿Será hijo de padres separados? El preso se mira sus manos arrugadas, se avergüenza de ellas, sus malditas manos, causa de tantos desvaríos, y vuelve a pensar en el niño. Le molestan las esposas. El roce le ha provocado magulladuras en las muñecas. Se ha acostumbrado a ellas después de tantas sesiones de juicio, como también a la comida insípida de la cárcel; a su compañero de celda, un boliviano detenido por narcotráfico que todas las semanas escribe una carta plagada de faltas de ortografía a su mujer, que vive en La Paz, y al que le disculpa sus ronquidos pero no el olor de sus pies; se ha acostumbrado también al tedio de las horas en el patio, a visitar la biblioteca para leer Crimen y castigo, que le fue recomendada por un funcionario enamorado de la literatura, a la visita semanal de su pobre madre, que no puede reprimir el llanto cada vez que lo ve tras unos cristales.

Desde hace dos meses la madre no acude a verle, y él la echa de menos. Nunca hubiera imaginado que extrañaría tanto a una persona de la que  renegó en la juventud. El carácter apocado de ella, el servilismo con que se manifestaba ante el padre, un ser sin una gota de compasión ni consideración por su mujer; la moralina que desde niño trataba de inculcarle; toda esa palabrería que a él le parecía pasada de moda; toda esa conducta pusilánime le había distanciado de ella, hasta el punto de que dejaron de hablarse durante años. Ahora que ve pasar ante sus ojos las últimas calles antes de llegar a la Audiencia, lamenta no tenerla a su lado el día en que el tribunal dictará sentencia. Y no estará con él porque su salud se ha deteriorado por el sufrimiento de ver a un hijo encerrado en una cárcel. En esto no es diferente a otras madres. Ella podría haber imaginado un futuro gris para el hijo (pues nunca confió demasiado en sus capacidades), pero jamás pensó que podría verlo entre rejas. De este golpe no se ha recuperado. Su cuerpo se ha ido consumiendo a medida que la estancia del hijo en la cárcel, acordada por el juez de manera provisional, se iba alargando. Los recursos del abogado nunca convencieron al juez para que su hijo abandonara la prisión preventiva. En los dos meses que no la había visto, se había tenido que conformar con sus llamadas telefónicas, cada vez más cortas, sin agotar los diez minutos a los que tenía derecho como preso. Ninguno sabía qué decirse; cada cual estaba avergonzado por una razón: él por haberse convertido en la deshonra de la familia —así se lo había manifestado un tío suyo en una carta tras conocerse el escándaloy ella por haberle faltado el valor para enfrentarse a una situación tan delicada en la que su hijo no necesitaba que se le juzgase sino que se le comprendiese.

Allí estaban los cuervos esperándole, apostados tras una valla colocada por la policía. Alguien había dado el aviso de que el coche estaba a punto de llegar. Todos en posición de combate, preparados, sin dejar nada a la improvisación, pues apenas dispondrían de unos segundos para fotografiar al detenido desde su salida del vehículo hasta la entrada en el edificio. Allí le esperaban los cuervos que habían contado infamias de él. Un periódico local destapó el suceso; después las televisiones nacionales lo ampliaron. Era la historia perfecta: un profesor pervertido, desalmado, que habría abusado también de otras criaturas, lo que estaba siendo investigado; un niño indefenso, que quedaría probablemente traumatizado de por vida: unos padres enfurecidos y superados por las circunstancias que exigían justicia; unos políticos que prometían mano dura endureciendo las penas a violadores como él. La gente recibía sus raciones diarias de esta historia abyecta, pensaba él, sin albergar dudas sobre su culpabilidad. Había escrito una carta al periódico local para desmentir lo publicado y defender su inocencia: no había abusado del menor, habían sido solo unas caricias y unos besos en las mejillas, todo era mentira. Pero, al leer al día siguiente que sus palabras habían sido tergiversadas, había renunciado a participar en una batalla que la sabía perdida de antemano. Estaba condenado; su tío lo había condenado; los compañeros lo esquivaban antes del día de la  detención; los pocos amigos que tenía le habían retirado el saludo y su madre, sí, su madre, cuando lo visitaba, apenas disimulaba sus dudas sobre lo sucedido aunque no se atrevía a decírselo. Ella también estaba avergonzada y ponía en duda su inocencia.

Otra vez esos eternos veinte metros que distaban del coche a la puerta de la Audiencia, en los que la policía le abría paso entre dos filas de cuervos que pretendían fotografiarle a toda costa y arrancarle unas palabras para los informativos del mediodía. ¡Cuánto había sufrido en las dos semanas del juicio! Hoy, por ser el día en que se conocería el fallo del tribunal, había más cuervos que nunca. Llegaron de la capital del país para cubrir el acontecimiento. Junto a ellos, unos padres del colegio sujetaban una pancarta en la que se pedía una sentencia ejemplar para el maestro. Hacía unos minutos el portavoz de los padres había sido entrevistado. Amigo de la familia del pequeño, había mostrado su confianza en la acción de la justicia que sabría, afirmó con toda solemnidad, estar a la altura de las circunstancias dictando una condena severa que sirviese de escarmiento al “pederasta”—esa fue la palabra elegida para referirse al acusado— y de aviso a navegantes. El hombre, orgulloso por la repercusión de sus palabras, que habían sido transmitidas en directo, había regresado, entre aplausos, a sujetar la pancarta. Era el centro de las miradas de los curiosos que iban concentrándose en los alrededores del edificio. Los padres que lo acompañaban lo habían felicitado por la contundencia de sus declaraciones.

Esta vez no se había tapado la cara. ¿De qué le serviría si todo el país lo tenía como el miembro más indeseado de la familia? Desde que pasó su primera noche en un calabozo, los medios no habían respetado su anonimato. Incluso algún compañero del colegio había filtrado información de su vida privada. Había sido publicado su nombre, sus apellidos y una foto en la que aparecía abrazado a dos niños en la fiesta de fin de curso. De eso hacía dos años, y aquella tarde se había sentido muy feliz. Esa imagen fue reproducida millones de veces. No se había tapado la cara pero le faltaban fuerzas y coraje para levantar la vista y toparse con todo lo que había alrededor. Era extraño pero en este momento no oía los gritos y los insultos de los padres, no escuchaba las peticiones de los cuervos para que defendiese su inocencia; sólo quería alcanzar la puerta y pasar por el arco detector de metales y llegar a la sala de vistas. Las esposas seguían molestándole. Las muñecas le ardían. Los dos policías que lo custodiaban saludaban a sus compañeros en un clima de familiaridad.

Antes de entrar en la sala, su abogado, un joven que iba ganando experiencia en el turno de oficio, había cumplido dándole ánimos. Luego se había girado para saludar efusivamente al fiscal. El detenido volvía a echar de menos a su madre; era la única persona que necesitaba para enfrentarse a lo que vendría después. Los compañeros de la escuela habían optado por el silencio. Pese a la endeblez de las pruebas presentadas en el juicio, nadie, ni siquiera Eduardo, a quien tenía por amigo, con quien tan buenos momentos había compartido, incluido aquel fin de semana juntos en un hotel de Almuñécar, defendió su inocencia porque eso hubiese supuesto enfrentarse a una corriente mayoritaria de opinión. Era mejor no comprometerse, esperar y ver, quién sabe si era cierto de lo que se le acusaba, nadie había advertido nada raro en su comportamiento, incluso había sido felicitado por la dirección en varias ocasiones pero con estas cosas nunca se sabe, quien menos te lo esperas luego te sorprende, a lo mejor había algo de verdad en las acusaciones del fiscal… Pero él lo negaba, lo había rechazado durante todo el juicio, todo había sido fruto del rencor de una compañera. Él no había abusado de la criatura, jamás habría hecho algo así con mi pequeño, sólo ayudé a Cristian a hacer caca en el recreo; lo besé en la mejilla y le acaricié la cabeza pero nada más. Fue entonces cuando fue sorprendido por su compañera, a la que acusaba de haberle destruido la vida ideando este montaje. Ella lo denunció a la dirección, la dirección lo denunció a la Consejería de Educación y ésta lo denunció a la policía. El argumento para defender su inocencia lo había repetido con las mismas palabras, una y otra vez, ante la incredulidad de quienes lo escuchaban en la sala. Siempre acababa de la misma manera: que fuese cual fuese la condena, y era de temer que fuese elevada, no hallaría consuelo para el daño que le habían hecho. ¿Qué sería de mí después de salir de la cárcel? No tendría trabajo en la escuela. La Administración lo había apartado del servicio y no le había dado opción a defenderse; le había suspendido de empleo y sueldo, hasta que el tribunal dictase sentencia. Cuando recuperase la libertad su madre habría muerto, no tendría amigos, sería un apestado entre los conocidos. ¿Qué sentido tendría vivir en estas circunstancias?

A sus espaldas oía el murmullo del público. El juicio había despertado tal expectación que la sala, la mayor de la Audiencia, se había quedado pequeña para acoger a tanto curioso. Muchos se habían quedado en la calle al quedarse sin sitio. Él escuchaba su nombre en boca de desconocidos; oía los años de condena que esperaba que le cayeran, lo acertado que había estado el fiscal en sus conclusiones definitivas; oía la palabra ‘justicia’ profanada una y otra vez. Lo oía todo y no quería oír nada. Sentado entre dos policías, agradecía que le hubiesen quitado las esposas. Lo hacían con todos los presos en el momento de darse a conocer el fallo de la sentencia. Liberado de la incomodidad de las esposas, sentía, sin embargo, la dureza del respaldo de la silla. Le dolía la espalda (le habían operado de dos hernias discales hacía unos años), pero en la enfermería de la prisión, por mucho que había protestado, sólo le daban calmantes para aliviar el dolor. El abogado había renunciado a cruzar otra mirada con él y no levantaba la vista de los papeles. Para el joven letrado había sido un mal trago la defensa de un presunto acosador de menores. Por mucho que intentase explicar que el más terrible criminal también tenía derecho a la defensa en un juicio justo, la gente no acababa de entenderlo. En sus intervenciones en la sala, había escuchado palabras de desaprobación de miembros del público. Afuera había creído oír cómo le insultaban pero él prefirió ignorarlo, dejarlo pasar, porque la suerte de este caso estaba clara y él había hecho lo que debía, consciente de lo poco que podía hacerse para salvar a su representado de la cárcel.

El abogado defensor levantó la vista cuando entraron los tres magistrados. El presidente del tribunal era un jurista veterano, apreciado por sus colegas, que estaba a punto de jubilarse. Se había conducido con diligencia y discreción en el juicio negándose a hacer declaraciones a la prensa como hacían otros jueces en busca de notoriedad. A su lado había un hombre calvo y fornido y una mujer relativamente seria y joven, de pestañas largas y gafas de pasta. Las deliberaciones sobre el fallo habían sido más cortas de lo esperado. La publicación de la sentencia se había adelantado en una semana sobre lo previsto. Había habido unanimidad entre los magistrados. Al detenido le llamó la atención que el presidente del tribunal, que en la vista le había tratado con una corrección exquisita, tuviera una tirita en la frente. Era un hombre apuesto a pesar de su edad. El detenido trataba de imaginar la causa de la herida. Se había agarrado a esa nimiedad para no pensar en lo que le esperaba, en la condena, los murmullos de la gente, las esposas, el regreso a la cárcel. Entonces se hizo un silencio en la sala. Le sudaban las manos y tenía la vista puesta en el retrato del Rey, que sonreía pero no demasiado. En nombre de sus compañeros tomó la palabra el presidente para recordar las principales incidencias del caso, la expectación que había despertado y la obligación de haberse sustraído a ese clima de opinión para ser ecuánimes. El detenido miraba las puntas de sus zapatos viejos. Quería llorar pero no lo hacía por vergüenza. Debía mantener una pose digna, lo estarían grabando y esperarían unas palabras suyas, un acto de contrición. El magistrado, una vez concluido el repaso de los principales hitos del proceso, se detuvo para tomar aliento y dar paso a la lectura del fallo de la sentencia. En ese momento sonó el móvil de uno de los policías que custodiaban al reo.