martes, 31 de julio de 2018

La semilla del diablo


Cuando ella susurró algo parecido a un “te quiero” y cerró los ojos como si el mundo le debiese este favor, él sabía que aquello no tenía marcha atrás. Había temido ese momento como sólo se temen los errores irreparables. Hasta entonces había sido muy hábil para no cometer esa torpeza, consciente de que un mal paso le traería una profunda desgracia, el tipo de desgracia que castiga a los que fueron avisados con tiempo e hicieron caso omiso de la advertencia. No os arriesguéis, les dijeron, no hagáis esa tontería porque acabaréis arrepintiéndoos; en realidad tanto sacrificio es en vano, les siguieron alertando, pero de nada valió tanta prevención, tanto consejo inútil, pues vivimos en el error y morimos en el error. En verdad, él había resistido más de la cuenta, lo que en sí ya era un mérito, pero al final había sucumbido como los demás, porque no era diferente a ellos.

Ella permanecía con los ojos cerrados y buscaba la mano derecha de él para llevársela a sus pechos. Tendido en la cama, el hombre observaba los mosquitos que habían quedado atrapados en el interior de la lámpara del techo. Se veía como uno de esos bichos que, atraído por la luz, encuentran su perdición en ella. La mano del hombre se detuvo en los pezones, que habían perdido su dureza. Ninguno se atrevía a hablar, y sin embargo ese silencio lo decía todo. Ella deseaba lo que acababa de suceder, lo que tanto había perseguido y tantas veces se había visto postergado, y él se lamentaba por no haberlo evitado, pero no se atrevía a confesarlo. Nunca se lo diría porque, de hacerlo, ella nunca se lo perdonaría. Era su triunfo, la victoria tanto tiempo perseguida, el anhelo cotidiano, la revancha de tantas mujeres contra hombres inseguros, que dejan hacer, que se dejan llevar hasta que se dan cuenta de que han cedido su libertad a cambio de un poco de tranquilidad, de la engañosa seguridad, un mal negocio, sí, pero del que sólo había un responsable, y era él.

—¿Qué piensas? —le preguntó Soledad acariciando la mano apretada de Justo en sus pechos.
—Nada, no pienso nada —contestó Justo manteniendo la vista en el techo para evitar cruzar la mirada con ella.
—¿Era la primera vez que te corrías dentro, verdad? —insistió.
—Creo que sí, pero no le veo ninguna importancia, Sole.

Mentía porque sabía que sí tenía importancia. Si él hubiese girado la cara, lo que aún no atrevía a hacer, hubiese visto la sonrisa triunfadora de ella. La partida tenía una clara vencedora. Él había sido derrotado por su cobardía. El rostro de Soledad revelaba la satisfacción por haberse cumplido un plan urdido con mucha paciencia y ejecutado no sin dificultades, lo que no era extraño porque ese plan contaba con la resistencia de una de las partes. Cuando ella alcanzó el orgasmo y rompió a gritar como acostumbraba, sin importarle que a esas horas de la tarde le oyesen los vecinos que descansaban pared con pared, Justo era consciente de que había quedado embarazada. No era una conjetura sino una amarga certeza. Aquel fatídico momento lo había retrasado de mil maneras, con toda clase de pretextos, desde que se conocieron en el bar de una estación. El tren en el que volvían a la ciudad había sufrido una avería. Aquella hora de conversación, mientras llegaba un autobús para recogerlos, les hizo ver que tenían cosas en común. Además existió atracción física desde que cruzaron las miradas. Eligieron volver juntos en el autocar y, antes de despedirse, se intercambiaron los teléfonos.

Pasaron varias semanas, hasta que ella tomó la iniciativa de llamarle. Quería saber, le dijo, cómo le habían ido esas semanas, qué tal se había comportado su jefe, al que Justo detestaba; le preguntó por otros asuntos menores con el fin de insinuarle su interés de volver a verlo. Él aceptó y se vieron. Quedaron una tarde de sábado de otoño para ir al cine (a una película que les aburrió) y luego fueron a cenar. Se rieron mucho. Ella vio que él, pese a su seriedad inicial, tenía sentido del humor. Él, por su parte, agradeció que Soledad se olvidara de la cautela del día en que se conocieron y le confesase asuntos íntimos de su familia, como el fracaso del matrimonio de sus padres. Se habían divorciado cuando era una adolescente. Aquella ruptura le había condicionado, decía, al iniciar una relación con los hombres.

A él le atraía el tono confidencial que Soledad empleaba en cada una de sus palabras cuando hablaba de sus padres o de su hermano, que había emigrado a Alemania. Cada vez que ella quería confesarle un secreto, recurría al tic de tocarse el lóbulo de la oreja derecha. Cuando lo hacía cerraba los ojos. La primera vez que se vieron, él no supo cómo interpretar esa señal; si detrás de ella cabía entender que tenía el campo libre para proponerle pasar la noche juntos, pero pensaba que la relación, si deseaba que durase, no debía ser como en otras ocasiones, cuando él acababa acostándose con una chica la primera noche de conocerse y al día siguiente ya no volvía a saber de ella. Con Soledad, no sabía muy bien por qué, quería intentar algo distinto. Por eso se conformó con darle un beso en el coche antes de dejarla en el portal de su edificio.    

—¿Me quieres?
—Sabes que sí, Sole, ¿por qué me lo preguntas?
—Porque me gusta que me lo digas. Una mujer necesita que le digan que la quieren y tú me lo dices muy poco.
—Que no te lo diga tantas veces como te gustaría escuchar —contestó él molesto—, no quiere decir que no te quiera lo suficiente. Te quiero mucho, y lo sabes, pero las palabras se desgastan de tanto abusar de ellas.
­—Pues tú abusa de mí y de las palabras… si son bonitas —le dijo Soledad riéndose antes de darle la espalda y hacer como que iba a dormir.

¿La quería de veras? No podía negar que a veces sintiera cariño por ella, y no sólo cariño sino también algo de ternura y de deseo, si bien el deseo se había enfriado durante la convivencia. ¿Qué significaba querer a una mujer? Justo se había repetido esta pregunta con otras mujeres y no había hallado una respuesta que le convenciese. ¿Acaso era diferente a otros hombres? ¿Era frío e incapaz de sentir? Nunca creía haberse enamorado. Dueño de un carácter racional y metódico, era reacio a las emociones repentinas, a dejarse arrastrar por una pasión que no tardaría en malograrse después de desaparecer el efecto de la novedad. Por haberlo vivido sabía de lo que hablaba. Una pasión llegaba y luego se despedía. Con Soledad había sido distinto; era una relación cocida a fuego lento desde el principio, sin prisas, dándose un tiempo para conocerse. Parecían una pareja del siglo pasado que se pensaba cada paso, como si sus actos respetasen un protocolo para acompasar el acercamiento de sus cuerpos y la gradación de sus afectos. En la época que les tocaba vivir, esta actitud era anacrónica, propia de mentalidades religiosas y muy conservadoras, pero ninguno pisaba una iglesia desde hacía lustros. Era algo distinto. Lo que les había hecho ir aproximándose, poco a poco, era el deseo de navegar contracorriente, eludir el camino fácil y corto, el mismo que habían recorrido antes con otras personas y que les había dejado una sensación de vacío y olvido.  

Hasta el tercer mes no se acostaron; tuvo que ser ella quien se lo propusiese. Llegó a dudar si le gustaba; es más, si le gustaban las mujeres en general. Él rehuía hablar de sexo; se sentía incómodo entrando en intimidades. La noche en que se acostaron no hubo nada que celebrar. Aquellos dos cuerpos ofrecieron una educada resistencia. No pasaron de ciertos tanteos y, viéndose inseguros en el juego, lo dejaron sin pedirse explicaciones. No era necesario darlas. Ya habían vivido situaciones similares. Pasarían semanas hasta que lo volviesen a intentar con un resultado menos insatisfactorio. Ella disfrutaba más del sexo; había visto qué tipo de hombre tenía en la cama y sabía cómo complacerlo. No tuvo que esforzarse demasiado porque Justo tenía unos gustos anodinos. La cama era también una rutina para él, y esto a ella le desagradaba. A menudo fingía los orgasmos o los tenía sola después, cuando Justo se había dormido. A Soledad le preocupaba que el interés de Justo por el sexo hubiera disminuido en los últimos meses porque sabía, como toda mujer, que el buen sexo mantiene contento al hombre y ejerce una sutil forma de dominación sobre él. Había llegado a pensar en si había conocido a otra mujer. De sólo imaginarlo le asaltaban las dudas, se ponía nerviosa, pero lo ocultaba para no parecer vulnerable.  

Justo no tenía una amante. Era demasiado perezoso como para complicarse la vida llevando una doble existencia. Las mujeres le interesaban hasta cierto punto, pero no eran su prioridad. En su escala de valores, a Justo sus padres le habían enseñado la importancia de hacer bien las cosas, de cumplir con los horarios, de tener siempre una sonrisa preparada, de no saltarse las normas bajo ningún concepto y de saber siempre a quien había que obedecer allá donde se estuviera. Esta forma de actuar podía parecer caduca pero a él le había sido útil; incluso le era ventajosa en estos días en que lo extravagante era ser disciplinado y obediente. Imitando el ejemplo de sus padres, que formaban un matrimonio inquebrantable de orígenes modestos, unido por la aspiración de prosperar gracias al tesón y al trabajo, él había tenido claro, desde los años de la adolescencia, cuál debía ser el camino por recorrer. Nunca tuvo dudas ni se dispersó como otros amigos adolescentes. Quería estudiar para ponerse luego a trabajar en un oficio que le permitiese vivir con holgura (con esto se conformaba porque no era persona de excesos) y le ganase el respeto de sus conocidos. Cumplidos los cuarenta, no podía considerarse un triunfador pero, por contra, había alcanzado los objetivos modestos que se había propuesto cuando cursaba el Bachillerato. Se sentía contento de sí mismo cuando cada viernes, después del trabajo, tomaba unas cervezas con compañeros de la empresa. Después regresaba a casa con la cara de satisfacción de quien sabe que ha cumplido con su deber, y esto le enorgullecía tanto como a sus padres, que lo habían fiado todo a su único hijo.

Soledad no entendía la obsesión de Justo por el trabajo. Lamentaba el escaso tiempo que le dedicaba pues siempre tenía una excusa para traerse trabajo a casa. Se había topado con un muro cada vez que había intentado convencerle de que debían prestarse más atención. Pero para Justo el trabajo era lo principal; en realidad lo que justificaba su existencia. Siempre le habían gustado los números: era contable. Todo en su vida, incluida Soledad, giraba en torno al trabajo. Además creía, equivocadamente, que ella lo estimaría más si mejoraba su posición en la empresa. Desde hacía semanas, el director de la empresa estudiaba cómo cubrir la vacante de una jefatura tras una jubilación. Se decía que había varios candidatos para ocuparla, y Justo se veía entre ellos. Conseguir esa jefatura implicaba un pequeño aumento de sueldo pero lo más importante era el prestigio que le proporcionaría pues Justo tenía la vanidad entre sus defectos. 

Ahora, cuando Soledad parecía dormir, otro hombre hubiera acariciado su cuerpo, empezando por sus cabellos; lo habría hecho delicadamente, con cuidado para no despertarla. Pero Justo no quería tocar un cuerpo que contenía la semilla de un cuerpo indeseado. Era la suya una sensación que no llegaba a ser de asco sino más bien de precaución ante cualquier contacto físico por quien se había convertido de repente en una extraña. Estaba compartiendo cama con una desconocida. Era extraño lo que le estaba sucediendo. Se levantó a beber un vaso de agua. La tarde era calurosa. Tenía el cuerpo empapado de sudor. Cuando regresó al dormitorio ella seguía dormida haciendo leves ronquidos a los que él no se había acostumbrado. Entonces la odió. Temía que se despertara y le volviese a preguntar por sus sentimientos. ¡Cómo podía sentir algo por una extraña! Una extraña que llevaba la simiente de su hijo. Echaba cuentas de cuándo nacería: puede que a comienzos de la primavera, un día de marzo o abril, en un hospital privado porque Soledad, nacida en una familia con mayores recursos, no consentiría dar a luz en uno público. Y tendría también que pasar por el trance de asistir al parto, como cualquier padre moderno, rodeado de batas verdes, él también con la suya, con miedo a desmayarse porque una gota de sangre era suficiente para que perdiese el equilibrio. Vendrían los padres de ambos con sus felicitaciones y regalos, preguntando por la salud de la madre y del bebé y deseándole lo mejor a la nueva familia. Con cara de disimulada resignación, él aceptaría todos los cumplidos preguntándose si haber tenido ese hijo había sido el mayor error de su vida. Apuraba el vaso de agua, acostado en la cama, y veía su cara reflejada en el vidrio. Estaba sin afeitar, los ojos enrojecidos por la medicación, las ojeras acusadas por las noches de insomnio. Se fijaba en el rostro de un hombre derrotado que había caído en una trampa. De nada valía culpar al cuerpo extraño que dormía a su lado. Él era el único responsable de lo que vendría después: años de rutina y tedio, una forma de vida que consistía en ir tirando con alguna alegría y las desgracias consabidas, un tiempo gris para ir abdicando de los sueños mientras el hijo crecía y había que preocuparse por su salud y pagar sus estudios, y estar alerta con las compañías, sobre todo las femeninas, y discutir sobre los horarios de recogerse cuando fuese adolescente, y así se iría pasando la vida hasta que llegase la vejez.

Reclinado en la almohada y con los ojos cerrados, imaginaba su futuro con claridad. No había margen para la duda pues estaba seguro de que lo que había pensado se cumpliría. La volvió a mirar y pensó que tal vez no todo estuviera perdido. Esa mujer extraña podía morir en un accidente de tráfico, como les sucedía a tantas personas que se dejaban la vida en la carretera. Los diarios dedicaban noticias, cada vez más breves, a informar de estos sucesos. Y si no era de esa manera, le podrían detectar un cáncer fulminante, de los que acaban con uno en muy pocas semanas. Ella era mortal y podía morir de manera accidental o víctima de una enfermedad, pero cabía otra posibilidad más efectiva: él, el hombre del que Soledad estaba enamorada, la mataría. Imaginó que, después de despertar de la siesta, la ahogaba cubriéndole la cabeza con una almohada y apretando hasta dejarla sin respiración. Ella, al principio sorprendida, no daba crédito a lo que estaba viviendo. ¿Justo, su pareja, la persona a la que más quería, intentando asesinarla? No podía ser. Debía de ser una pesadilla, estaría aún dormida. Pronto se convencería de su error; había estado durmiendo, sin saberlo, con su futuro asesino. Al principio pataleaba oponiendo resistencia, gritaba para hacerse oír por algún vecino, pedía auxilio con insistencia pero sus gritos no traspasaban la funda de la almohada. Pellizcaba y golpeaba los brazos de él hasta donde sus fuerzas le dejaban, y doblaba las rodillas como si fuese un muñeco de trapo. Intentaba agarrarle el cuello pero él la esquivaba y seguía apretando con más fuerza, temeroso de que se le agotase las energías y Soledad pudiera sacar la cabeza de debajo de la almohada y se oyeran sus gritos. Poco a poco Justo, sudoroso y con los ojos encendidos por el odio, iba venciendo la resistencia de aquel cuerpo fatalmente condenado hasta lograr que sus gritos apenas se oyesen. Las piernas y los brazos, ya sin fuerzas, se movían lentamente de un lado a otro, como las alas de una mariposa cansada de volar. Justo levantó la almohada y vio un rostro desencajado con los ojos en blanco, y un hilo de saliva que resbalaba por la comisura de los labios. No sentía nada, ni odio ni remordimiento. Estaba aturdido. Todo había quedado en silencio. El sonido de la televisión de los vecinos le hizo volver a la realidad.       

Justo calculó que matarla le llevaría muy pocos minutos. Ese no sería el verdadero problema; lo difícil vendría después cuando, tras conocerse la muerte, él no encontrase una excusa convincente para defender su inocencia. Lo detendrían, lo juzgarían y lo meterían en la cárcel por una larga temporada pero esta condena, por dura que fuese, le compensaría porque si los dejaba vivos acabarían amargándole el resto de su existencia.

Justo cogió la almohada y se la colocó encima del vientre. Comenzó a acariciarla y volvió a mirar el techo. ¿Acabaría haciéndolo? ¿La mataría? Nunca había sido valiente, pero en situaciones límite había gente apocada como él que tomaba decisiones osadas que nadie esperaba, ni siquiera ellos mismos. La almohada estaba caliente del contacto con su cuerpo. Se tapó la cara con ella y dejó que transcurriesen unos segundos antes de decidirse. En ese momento oyó que Soledad le decía:

—¿Qué te pasa, cariño? ¿Te encuentras mal?
—No soporto este calor; creo que me voy a dar una ducha.
—Pensaba que seguías preocupado por el bulto que te había salido en la espalda. Ya te dije que eso no será nada pero debe vértelo un médico.
—Lo sé, pero aún no he tenido tiempo de pedir cita. Échame un vistazo, a ver cómo lo tengo.
Ella le observó y después le tocó lo que parecía un quiste del tamaño de una moneda de cincuenta céntimos.
—Esto tienen que vértelo cuanto antes; ha crecido desde la última vez que te lo vi.

Justo, preocupado por estas palabras, se levantó de la cama para ir al baño. A lo mejor él moría antes que ella, después de todo. Se desnudó y abrió la ducha. El agua no le impidió escuchar la voz que había empezado a detestar.

—Justo, ¿te has acordado de que mañana es el cumpleaños de mi madre? Nos ha invitado a comer. A ella le hacen ilusión estas cosas. Desde que murió papá se siente muy sola. No deja de llorar. ¿Me has oído, Justo?

Justo dejaba que el agua resbalase por su cara. Tenía los ojos cerrados. Sí que la había oído hablar del cumpleaños de su madre. ¿Y si le anunciase a la suegra que iba a ser abuela de un precioso niño (pues tampoco albergaba dudas de que su hijo sería varón)? Sería el regalo ideal para la vieja, pero dudó de que tanto ella como su hija le creyesen, y él quedaría de nuevo en mal lugar. Pensarían que había sido otra de sus  ocurrencias a la que no había que concederle demasiada importancia pues definían un carácter que no siempre era fácil de comprender.