sábado, 25 de agosto de 2018

Fin de trayecto


A la memoria de don Jesús José Rodríguez Rodríguez de Lama


El cuerpo encorvado de una vieja asoma por la puerta que da a una terraza. Le cuesta subir el escalón para acceder a ella. Camina apoyándose en un bastón mientras con la otra mano sostiene una palangana con ropa húmeda. Se mueve con dificultad, avanzando con pasos cortos, para alcanzar el tendero. La terraza es grande, y a cada metro que recorre lanza un suspiro. La respiración se le entrecorta; se ahoga, tose, siente que las fuerzas le abandonan. Pero por fin ha llegado. Deja el bastón reclinado en la barandilla. Intenta mantener el equilibrio mientras saca cada prenda de la palangana. Sigue respirando con dificultad. La mañana ha amanecido muy fría en esta pequeña ciudad del interior del país, donde ya no se ven niños y los viejos son mayoría.

A mitad de tender la ropa, la mujer oye una voz procedente del interior de la vivienda. En ese momento su cara adquiere un rictus desagradable, como si esa voz familiar le hubiese comunicado una noticia inoportuna. O tal vez su rostro contrariado se deba al enojo por interrumpirle la tarea que tanto le cuesta llevar a cabo. La mujer se gira como puede y responde con gritos inaudibles, y luego continúa tendiendo. Del interior de la casa no vuelve a llegar ninguna voz. Cuando está a punto de vaciar la palangana, la anciana ve acercarse una paloma. Sin pensárselo coge el bastón e intenta golpearla. (Odia las palomas: la barandilla y el pavimento de la terraza están llenos de sus cagadas.) La paloma, más ágil que la vieja, que además apenas ve, esquiva el bastonazo. La mujer da un traspiés y acaba en el suelo. Comienza a gritar para que alguien le ayude; no puede levantarse. La paloma revolotea sobre su cabeza. Al caerse se le ha desprendido la peluca rubia, y un cristal de las gafas se ha roto. El animal picotea la peluca como si se tratara de su desayuno. Desesperada, la vieja sigue gritando mientras se duele de la rodilla derecha que tal vez se haya fracturado con la caída. Un hombre de su edad, probablemente el marido, sale a la terraza y corre en su ayuda cuando la ve tendida en el suelo. Ella ha dejado de gritar, ahora sólo llora como una niña desconsolada. El marido la levanta del suelo con cuidado. Ya en pie, se coloca la peluca. Dedica unos segundos a ajustársela, avergonzándose de su estado, y luego se limpia las lágrimas con un pañuelo del marido. Después de colocarle las gafas rotas, él le ofrece su hombro derecho para regresar al interior de la casa, pero ella lo rechaza con gestos de desaprobación, como si lo culpase de este contratiempo. El marido, sin mostrar sorpresa por el desaire de la mujer, se marcha, sin embargo, cabizbajo. Bajo un cielo azul huérfano de nubes, ella acaba de tender la ropa. Después se asoma a la calle en la que apenas circulan coches a estas horas de la mañana.

Carmina ha presenciado la escena desde el edificio de enfrente. Asomada a la calle, protegida por los barrotes de la barandilla, ha seguido los pasos y la posterior caída de la anciana sin moverse. Todavía lleva blancos los bigotes del desayuno. Cuando la mujer desaparece, Carmina se tumba boca arriba, buscando los rayos del sol, y cierra los ojos. Quiere dormir de nuevo pero no lo consigue. Bosteza y se limpia los restos de la leche con las patas. Se levanta nerviosa y vuelve a recorrer toda la terraza, de un lado a otro, parándose a olisquear los rincones. Otra vez se asoma a la barandilla: la anciana no aparece. Cansada de estar en la terraza, entra en el salón y se acurruca en el sofá. La habitación está en silencio. Emite un breve maullido y ahora sí consigue dormirse.

Al cabo de unos minutos unos pasos se acercan al salón. Son los pasos de un profesor jubilado, que viste modestamente, con un jersey gris de cuello de cisne y unos pantalones marrones de pana. Al ver dormida a la gata, evita hacer ruido para no despertarla. Coge un libro de una estantería, que resulta ser la Ilíada, y lo abre al azar. Es el pasaje en que Aquiles y Héctor se enfrentan en el combate decisivo del poema. Pese a ser un valeroso guerrero, admirado por su amor a su familia y a su patria Troya, Héctor es consciente de su inferioridad respecto a Aquiles, el de los pies ligeros. Tiene el presentimiento de su muerte. Homero narra, en unos versos hermosos e imposibles de olvidar, la lucha encarnizada entre los dos y la muerte del héroe troyano, así como la posterior venganza de Aquiles, necesitado del amor de Patroclo. Llevado por su cólera, el divino Aquiles ata los tobillos de Héctor a su carro y lo arrastra hasta las naves de los aqueos, ante el júbilo de los suyos y el horror de los troyanos que han presenciado el combate detrás de las murallas.

El viejo profesor, acercando sus ojos miopes al papel, sigue leyendo hasta llegar a sus versos favoritos, aquellos que cuentan el encuentro entre el rey Príamo, padre de Héctor, y el héroe de los aqueos. Príamo, disfrazado para no ser reconocido, accede a la tienda de campaña de Aquiles. Este, tras conocer la identidad de su invitado, le escucha con atención. Príamo le suplica que le entregue el cadáver de su hijo para organizarle unas honras fúnebres acordes con la importancia de haber sido príncipe de Troya. Aquiles, que al arrastrar el cuerpo sin vida de Héctor se había comportado con la crueldad que le caracterizaba, siente compasión por un hombre embargado por la pena, a quien su corona de nada le sirve para soportar la muerte de su heredero; él, Príamo, cabeza de una dinastía legendaria, sólo es ahora un padre que llora la muerte de un hijo que nunca verá la vejez. Y lejos de allí le lloran también su madre Hécuba y su esposa Andrómaca, que queda viuda a cargo de su hijo Astianacte.

Al releer estos versos, siente la misma emoción que cuando, siendo un joven seminarista, los descubrió de la mano de su profesor de griego. Una y otra vez ha vuelto a ellos sin perder la primera fascinación que le causó haber descubierto un tesoro que le había permanecido oculto. Homero, Hesiodo, Virgilio, Ovidio, Horacio y tantos otros clásicos con los que había crecido se habían ganado el derecho de pertenecer a su familia. No sabía vivir sin ellos porque en sus lecturas había encontrado la calma y el consuelo para suavizar los infortunios de la vida; también en ellos había una guía para conducirse en un mundo hostil y extraño en el que la huella de aquellos varones ilustres había sido borrada por el progreso. El hombre acaricia el lomo y las tapas duras del libro, forradas con cuero negro, como si se tratara de un trofeo conquistado después de vivir tantas batallas como Ulises, y que nunca dejaría que nadie se lo arrebatase.

Como cada martes le ha tocado leer un clásico antes de comenzar su jornada de trabajo. Los martes, jueves y sábado dedica una hora de la mañana a leer a un autor griego o latino. El resto de la semana la reserva a la lectura de las Sagradas Escrituras. No sabría decir qué le produce más placer o gozo, si leer a Tucídides o el Evangelio de San Juan. Para él nunca representó una contradicción amar a los clásicos griegos y romanos, con sus historias de dioses lascivos e incestuosos y héroes iracundos y fornicadores, y entregarse, con la misma devoción, al estudio y la interpretación de la Biblia. Hasta su jubilación había compaginado su trabajo de profesor de lenguas clásicas con la administración de una pequeña parroquia.

En una de las esquinas del escritorio permanecen amontonadas cartas sin abrir. Todas tienen el mismo remite y han llegado en los últimos meses. No las ha abierto ni las abrirá; pero no se atreve a tirarlas. Se ha acostumbrado a esperar la visita del cartero, a firmarle las veces que le dice y dónde le dice, a tomar la carta con precaución, darle las gracias, cerrar la puerta y dejarla sobre otras que han corrido la misma suerte.   

Mira su reloj de pulsera: queda una hora para celebrar la única misa del día. De un cajón extrae unas cuartillas. En ellas ha escrito las notas para el sermón de esta mañana. Rara vez hace tachones; pero sólo él es capaz de entender su letra, y no siempre, porque su caligrafía es ilegible. Desde hace cuarenta años, cuando lo nombraron párroco, tiene la costumbre de leer por la noche el Evangelio que comentará al día siguiente. Antes de acostarse toma unas notas que le servirán para la homilía. Se piensa cada palabra; se levanta y consulta un libro de teología o de historia, vuelve a sentarse y sigue escribiendo; intenta buscar relación entre las enseñanzas de Jesús y su mundo, y cuando cree que ya no puede mejorarlo lo deja y se acuesta. Siempre pone el mismo empeño en prepararse el sermón; no es como otros de sus colegas que improvisan echando mano de lugares comunes. Él ama las cosas bien hechas; por eso cuida al detalle cada ceremonia en la iglesia, la que siente como su casa. No le gusta improvisar. Actor aficionado en su juventud, creía que la liturgia era una pieza teatral con final feliz: la resurrección de Cristo. Al principio se sentía como un comediante (en el mejor sentido de la palabra) que salía a un escenario para buscar el aplauso del público. En sus primeras celebraciones tuvo que luchar contra su timidez. Hablar ante sus feligreses le imponía. Pero aprendió, poco a poco, a vencer los nervios hasta convertirse en un aceptable orador. Entonces venían de otras iglesias a escucharle porque se había corrido la voz que era un cura diferente y divertido, que sentía lo que decía, a diferencia de otros sacerdotes que ejercían su magisterio como funcionarios. En aquellos años, cuando la iglesia se llenaba cada domingo de familias numerosas, y estaba solo para oficiar hasta cuatro misas, disfrutaba escuchando el tono y el timbre de su voz ante cientos de personas. Llegó a pensar si aquello no era una forma oculta de narcisismo de la que debía arrepentirse y confesarse. Aquellos tiempos, sin embargo, no eran los de hoy, cuando su público se reducía, según sus cálculos generosos, a un puñado de ancianos y a un muchacho atolondrado que, después de una adolescencia problemática que le había llevado a cometer pequeños delitos, quería ordenarse sacerdote y no sabía dónde ni cómo porque la mayoría de seminarios habían cerrado por falta de vocaciones. Para él era triste celebrar una misa en un templo casi vacío, ante personas que dormitaban, ajenas por completo al sermón que con tanto interés había preparado la noche anterior.

Ahora relee las notas y subraya las ideas que considera importantes sobre uno de los pasajes más conocidos del Evangelio de San Marcos, el del joven rico. Lo tiene entre sus preferidos. Nacido en una familia de orígenes modestos, con un padre que se había ganado el jornal como albañil y nunca había escondido sus ideas anticlericales (y que por esa razón no había comprendido ni aceptado la repentina vocación sacerdotal de su hijo), el viejo profesor había simpatizado con ideas izquierdistas en la juventud. Su ideología, de la que nunca hacía gala, había sido advertida por sus superiores, que la veían con recelo. No fue necesario amonestarle porque era prudente en sus manifestaciones. Sin embargo, el encuentro de Jesús con el joven rico le predisponía a hablar, ante sus feligreses, de las inaceptables diferencias entre los poderosos y los humildes, del lujo de los ricos a costa de la miseria de los pobres y de cómo la riqueza era un impedimento para ser un buen cristiano. Les recordaba que, como el joven rico que decepcionó a Jesús porque no quiso renunciar a sus bienes para seguirle, había otros muchos poderosos que decían cumplir con los Evangelios pero en realidad eran hipócritas porque sus actos nunca estaban a la altura de sus palabras.

Cuando acaba de retocar las notas se vuelve buscando a Carmina, que ha despertado y corretea de un lado a otro del salón. Él la llama para que acuda a sentarse en su regazo pero ella, por costumbre, se hace la remolona; le gusta seducir a quien es su dueño desde que la recogió, hace ya cinco años, de un contenedor de basura cuando estaba a punto de morirse de frío y hambre. Carmina es cariñosa, sociable, muy juguetona. Entre los dos hubo un flechazo de amor desde el primer día. Él la llama por su nombre y ella se resiste, como si se tratara del cortejo galante entre un hombre y una mujer. Carmina es una gata coqueta, con un pelo blanco salpicado de manchas marrones y negras. Sus ojos son verdes y encantadores. Le gusta dormir junto a su dueño, acurrucándose a sus pies, y de ahí no se mueve en toda la noche. Si hay algo que le aterra es el agua, y él sufre para bañarla pero ella se escapa del barreño con facilidad y rara vez se deja embaucar por los cumplidos melosos de su galán.  

El hombre insiste y le hace señas para que se acerque porque quiere jugar con ella, pero Carmina se le vuelve a resistir. Se esconde detrás del sofá. Se sube a una vieja televisión que lleva años apagada. Le encanta que la busquen y la persigan. Él, que la conoce bien, le sigue el juego arrodillándose primero y después andando a gatas. Carmina asoma la cabeza por el respaldo del sofá, le maúlla y ahora sí se deja querer. El hombre le responde con un maullido de felicidad. Cuando sus miradas están a solo un palmo, él le acerca los labios y la besa. Luego la abraza y comienza a mecerla como a un recién nacido. “Ay, mi Carmina, qué traviesilla es”, le susurra mientras se ríe para sus adentros. Nunca hubiera imaginado que se podía querer tanto a un animal. Él, que nunca había convivido con una mascota en casa, la quería como si fuese un miembro de la familia. En realidad su familia se había reducido a dos personas: él y Carmina. Hacía muchos años que sus padres habían muerto y su única hermana, casada con un farmacéutico del Norte, había dejado de hablarle tras el reparto de la herencia, de manera que Carmina se había convertido en su única compañía para sobrellevar la soledad. Por nada del mundo la querría perder. Hay noches en que despierta sobresaltado después de tener una pesadilla en la que atropella a Carmina y encuentra su cuerpo destrozado debajo de las ruedas, y siente temor, angustia, un miedo difícil de vencer.

Mientras piensa en el mucho amor que este animal le ofrece, suena el timbre de la casa. Se sorprende tras oírlo. No está acostumbrado a recibir visitas y menos a estas horas de la mañana. Se dirige intrigado a la puerta preguntándose por quién puede ser. Al abrirla ve a dos hombres vestidos de idéntica manera, con traje negro, camisa blanca y pajarita roja. La similitud de la ropa contrasta con la diferencia de edad y estatura. Uno de ellos, alto y corpulento, se diría que hasta atractivo, aparenta cuarenta años y tiene una sonrisa forzada, mientras el otro, que parece todavía un adolescente, poco agraciado y de aspecto taciturno, no alcanzará los veinte.

—Buenos días, disculpe que le molestemos a estas horas —se excusa el de mayor edad—. Me llamo Winston de la Cuadra y este es mi colaborador, Benjamín Criado. ¿Es usted don Jesús Fernández?
—Sí, soy yo, ¿a qué se debe su visita?
—Soy el director del departamento jurídico de Peace and Love Company —dice Winston—. Como sabrá, somos la principal promotora de centros de bienestar emocional en la región. Benjamín ha venido a ayudarme. ¿Le importa que pasemos?
—Adelante, pero les advierto de que no dispongo de mucho tiempo para atenderles.
—Sabemos que tiene que marcharse a celebrar su misa diaria —responde el abogado.

El sacerdote les mira sorprendido por lo que acaba de escuchar. “¿Cómo lo han podido averiguar?”, piensa.

—No se extrañe de lo que le acabo de decir —añade—. Nuestra obligación es saberlo todo de usted. ¿Le importa que mi ayudante grabe la conversación? Es para evitar malentendidos.

Antes de que el viejo profesor responda, está ya siendo grabado. El abogado se sienta en el sofá y extrae de su cartera las hojas de un contrato.

—Hemos intentado ponernos en contacto con usted varias veces, pero no ha contestado a nuestras cartas —se lamenta.

Jesús, con el rostro contrariado, no da crédito a que dos extraños hayan invadido su intimidad y se hayan hecho dueños de la situación.

—¿A qué han venido? —es la breve respuesta que es capaz de articular.
—Usted lo sabe bien —responde Winston—; no es necesario que se lo expliquemos. Venimos a buscar su conformidad para que abandone la iglesia de la que sigue siendo párroco.
—Eso no es posible; esa es mi casa y no pienso marcharme de ella.
—Su casa es esta en la que vive —ironiza el abogado—; no una iglesia que se está cayendo a pedazos y que nadie se molesta en visitar.
—Eso es mentira, y lo sabe; está faltando a la verdad. ¡Claro que hay gente que va a mi iglesia!
—Quien falta a la verdad es usted, don Jesús —insiste Winston—. Desde hace meses grabamos las entradas y salidas a su iglesia, y ni una sola persona se ha acercado a oír misa en este periodo.

Jesús, avergonzado, baja la cabeza como si su secreto más íntimo hubiera quedado al descubierto. Cuando vuelve a levantar la vista tropieza con la mirada fija del abogado. Carmina, que parece entender el sentido de la conversación, se ha acercado a su dueño a lamerle las puntas de sus zapatos. Al final Jesús rompe el silencio.

—Es una situación pasajera; ya he vivido otras parecidas. Los feligreses van y vienen, como todo en la vida.
—Los feligreses, como así los llama, no volverán —continúa Winston—. Nadie cree en Dios, nadie lo necesita. Eso son cosas del pasado. Sus jefes han sido los primeros en entenderlo y aceptarlo. Y usted, que les debe obediencia, ha rehusado entrevistarse con el obispo de su diócesis para que le explicase el acuerdo que hemos alcanzado con él.
—No me importan los tratos a los que hayan llegado. Mi deber como sacerdote es seguir al frente de la parroquia.
—No nos lo ponga más difícil —insiste el abogado—. No tiene el apoyo de nadie. Sus superiores le han dado la espalda y los pocos creyentes que conservaba se le han ido muriendo. No queda ninguna iglesia abierta en la ciudad, salvo la suya. Todas han cerrado por falta de fieles. Está usted completamente solo.

El sacerdote, dando muestras de nerviosismo, rebusca en uno de los bolsillos del pantalón y encuentra una imagen de la Virgen. Se la regaló su madre por su primera comunión. La aprieta con fuerza. Desde entonces nunca le ha abandonado, ni en los peores momentos como cuando una noche perdió a su primera y única novia en un accidente de tráfico cuando los dos volvían de las fiestas de un pueblo cercano a la ciudad.

—No les cederé la iglesia —dice mientras la medalla de la Virgen se pierde en su puño, y él busca en ella la fuerza que le falta.
—Deja de grabar, Benjamín. Con esto ya hemos tenido suficiente —le indica Winston.

Sin que su voz se haya oído desde que entró en la casa, Benjamín obedece la orden de su jefe y se cuelga la cámara al hombro.

—Creíamos, don Jesús, que al final se impondría la sensatez en el contencioso que nos enfrenta y que acabaría dándonos la razón para evitar males mayores. La empresa a la que represento es siempre partidaria del acuerdo en situaciones como esta. Incluso veníamos con una oferta para usted —continúa el abogado—; queríamos ofrecerle una pequeña participación en la sociedad que gestionará el centro de bienestar emocional que se levantará en el solar donde se encuentra la iglesia.
—¡Por quién me han tomado! ¿Creen que soy un imbécil, alguien que se puede comprar con unas monedas?, responde, airado, Jesús, levantando el puño derecho con intención de golpear a Winston.

El abogado, dando un paso atrás, se sorprende de la reacción del cura, que ha perdido los nervios.

—Cálmese —le dice—; está demasiado nervioso. No creo conveniente ni útil que mi colaborador y yo sigamos un minuto más en esta casa. Todo lo que teníamos que decirle se lo hemos dicho. Hemos cumplido con nuestra obligación al ofrecerle una salida pactada y, al ver rechazada esta última oportunidad de acuerdo, usted será el único responsable de lo que sucederá.
—Déjenme en paz, quiero quedarme a solas con mi gata. He perdido demasiado tiempo con ustedes, señores de la Cuadra y Criado. Que tengan un buen día.
—Y usted también, don Jesús. No obstante, le anticipo que esta mañana nos dirigiremos al juzgado para solicitar el cierre y el cambio de titularidad de su iglesia como paso previo a su demolición. Puede recurrir la decisión pero le advierto de que le costará dinero y que la justicia, en casos similares como el suyo, nos ha dado la razón.

El abogado y su ayudante se marchan cuchicheando sin que el cura pueda descifrar lo que dicen. Con su marcha la casa se ha quedado de nuevo en silencio. Agotado por la tensión de la conversación, se desploma, como un saco triste de arena, en el sofá. Carmina salta sobre sus rodillas. La acaricia y al tiempo se avergüenza de que lo vea llorando. La gata le lame sus manos llenas de arrugas y manchas. Tiene sed y se siente viejo. Ahora recuerda a su madre cuando lo consolaba, después de regresar del colegio, porque unos compañeros le habían pegado en el patio. El recuerdo de la madre le alivia el dolor. El reloj ha marcado las diez. A esta hora debería de estar delante del altar oficiando la misa. Es la primera vez que falta a su deber con sus fieles. ¿Y si el joven que quiere ordenarse ha aparecido y se ha encontrado la iglesia cerrada? ¿Qué habrá pensado de él? ¿Se perderá su vocación? Y algo peor: ¿qué habrá pensado Cristo de haber faltado a sus obligaciones como sacerdote? ¿Se sentirá traicionado por su comportamiento? El cura se hace estas preguntas en un estado de zozobra. La última es para la gata, que ha dejado de maullar, y está tan taciturna como su amo. 

— Carmina, ¿tú crees en Dios o piensas como ellos? Dime que crees en Dios y que no estoy equivocado, que esta vida que he llevado desde aquella terrible noche ha tenido sentido. Dímelo, por favor, porque si tú tampoco crees en Dios, si Dios no existe y es sólo fruto de mi imaginación, ellos habrán ganado y mi fe, una fe que tiene los pies de barro, te lo aseguro, no habrá servido de nada.

La coqueta Carmina permanece en silencio, sin aparente interés por contestar. No bien acaba de hablar su dueño, salta del sofá, maúlla en señal de despedida y se marcha sigilosamente del salón dejando al cura con sus cavilaciones.