lunes, 8 de octubre de 2018

El tamaño de una esperanza


—Paco, estamos encantados de que nos hayas elegido para tu regreso a la televisión,  precisamente tú, que lo fuiste todo en este medio. ¡Un fuerte aplauso para él!

Paco Soberano agradeció el gesto del presentador con una mirada insegura y sintió miedo por lo que veía a su alrededor: batía las palmas un público de amas de casa y jubilados previamente aleccionados sobre cómo y cuándo aplaudir, llegados en un autobús en el que se les había repartido un bocadillo y un botellín de agua. En primera fila permanecían sentados tres periodistas —una mujer y dos hombres—, tres depredadores, para qué engañarse, pensaba Paco Soberano, tres seres sin piedad, dispuestos a humillarle. El calor de los focos le hacía sudar; comenzaba a estar nervioso.

—Paco, ¿cuánto hace que no pisabas un plató de televisión? —preguntó el presentador, que intentaba disimular sus más de cuarenta años con un maquillaje a todas luces imprudente y excesivo. Lucía una barbita de tres días y llevaba gafas de concha; además escondía la tripa, y en cada palabra que pronunciaba había un punto de malicia, de acidez, de mala baba.
—Hoy hace seis años, cinco meses y un día.
—Ja,ja,ja, ¡qué bien llevas la cuenta! Suena como si te hubieran dado la libertad provisional para venir a vernos —bromeaba el presentador, de nombre Luis Alberto, mirando a la cámara de espaldas al entrevistado, lanzándole el primer guiño al público que lo veía en sus hogares y al que, pese a despreciarlo, le debía haberse convertido en la estrella televisiva del momento.

Paco no sabía si intervenir o esperar a que el presentador siguiese con su intervención. Le resultaba difícil disimular los nervios. Tenía pánico a quedarse en blanco y hacer el ridículo justo cuando había comenzado la entrevista.  

—Creo recordar, si no me falla la memoria, que tu último trabajo fue aquel concurso de niños en el que ganaba quien mejor insultaba a sus padres, ¿no es así? —dejó caer la pregunta la sibilina estrella.
—Tienes buena memoria —respondió Paco—, el programa Insulta a tus papis fue todo un éxito en aquel momento. Estuvimos tres años en antena, y hasta recibimos varios premios de la Academia de la Televisión.
—¿Y qué pasó después, Paco? —insistió el presentador poniendo en un primer aprieto al entrevistado.
—Bueno…, la cadena prescindió de mí. La verdad es que necesitaba un tiempo para mí, ya sabes, tiempo para reencontrarte, hacer esas cosas que no puedes hacer cuando estás volcado en la televisión, volver a estar con la familia, ver a los amigos…
—Pero por entonces estabas en proceso de separación de tu segunda esposa. Debió de ser duro para ti que en el juicio te acusara de alcohólico y maltratador.
—Mi exmujer era muy joven —continuó Paco—, tenía 21 años y yo 50, y se dejaba influir por su familia de Perú, pero por suerte aquello pasó, y los tribunales dijeron lo que tenían que decir.
—Ella te ha demandado por no pasar la pensión al hijo que tenéis en común.
—Luis Alberto, prefiero no hablar de mi exmujer porque es cosa del pasado, y yo soy un hombre que vive para el presente.
— Hablando del presente o más bien del pasado más reciente, hace unas semanas te sometiste a una operación quirúrgica —dicho esto, el presentador se giró ante las cámaras, paseó de un lado a otro del plató, cruzó las manos de manera teatral, chasqueó la lengua. Todo era un paripé para crear expectación. Era la estrella, de eso no había duda.

Rescátame, el programa líder dedicado a sacar a exfamosos del olvido, ha logrado, después de largas negociaciones, la exclusiva de tenerte aquí, Paco, para hablarnos de esa operación. Te agradezco que hayas tenido el valor de querer contarnos tu experiencia —en las palabras del figurín, que se contoneaba por el plató como un torero por el albero, muy pagado de sí mismo, había una fina ironía no exenta de desdén.
—Cuando me llamaron de la dirección de Rescátame —reveló Paco— les dije al principio que no pero luego insistieron y llegamos a un acuerdo, y aquí estoy abierto a vuestras preguntas.

“Suéltalo ya”, gritó una mujer mayor y regordeta salida del público, que apretaba con sus manos un bolso barato que tenía sobre sus rodillas deterioradas por los muchos suelos que había abrillantado en casas de gente pudiente.

—Me he hecho un alargamiento de pene —confesó.
“¡Ohhhhhh!” fue la respuesta de parte de los espectadores, que se regodeaban porque les empezaban a dar lo que esperaban.
—¡Qué me estás contando, Paco! —dijo el presentador con incredulidad forzada, como si fuera la primera noticia que tenía, casi emocionado.
—Como lo oyes, Luis Alberto. Hace dos semanas, en la clínica del doctor Puigcerdà, la más importante en este tipo de operaciones, me operé del pene y, aunque todavía estoy recuperándome, ya puedo deciros que ha sido muy satisfactorio.
—¿Cómo de satisfactorio? —insistió la estrella de Rescátame—. ¿Muy satisfactorio?
—He pasado de 15 a 21 de centímetros después de haberme dejado asesorar por el doctor Puigcerdá, que me desaconsejó ser más ambiciosos. Y le hice caso y estoy muy contento de cómo ha salido todo.

Una de las periodistas invitadas, que llevaba tiempo reclamando la palabra sin que el presentador —tan borde— se la quisiese conceder, se decidió a intervenir. Delgada y diminuta de estatura, producto contemporáneo de sucesivas operaciones de cirugía estética, daba muestras, por las venas que le sobresalían del cuello, de estar muy tensa.

—Nos acabas de decir que estás convaleciente, pero ya han pasado quince días de tu operación. ¿Has podido probar tu nuevo aparato? —terció la pícara informadora.

Incómodo por el derrotero que tomaba la conversación pero consciente de que para eso había ido y para eso le iban a pagar, Paco Soberano se limpió el sudor de la frente con un pañuelo y tomó aire antes de responder.

—María, como comprenderás, aún es pronto. El doctor Puigcerdà me ha pedido que sea prudente y no haga ninguna locura, por lo menos durante unos meses.
—Uff, ¿aguantarás? —insistió la incisiva periodista—. Con lo potrillo que decían tus parejas que eras, ja, ja, ja.

Al lado de María había un periodista inflado como una colchoneta de playa, a punto estallar, tatuado hasta el cuello, carne de gimnasio, rapado, con anillos en todos los dedos, como un sultán indio de medio pelo. Este joven envejecido por los rayos uva, muy maquillado, tenía la camisa estratégicamente abierta para que se pudiera ver su pechazo depilado.

—Paco, ¿qué te llevó a alargarte el pene? ¿Era tan importante para ti? ¿Estabas acomplejado tal vez? Hay muchos hombres con penes pequeños que no recurran a operárselos.
—Mira, Raulito, yo he creído siempre en la igualdad entre hombres y mujeres. Si ellas llevan muchos años aumentándose los pechos, ¿por qué no hacerlo nosotros también con nuestros penes?
—Claro, a tu edad… —dijo maliciosamente Raulito.

El entrevistado se quedó en silencio tras oír la impertinencia del joven viejo pero esta vez tuvo reflejos.

—Ninguna de las mujeres con las que he estado se quejó de mi comportamiento en la cama. Se lo podéis preguntar a cualquiera.
—Eso dicen todas: que has sido el aguijón de sus vidas, ja, ja, ja.

El público reía a carcajadas siguiéndole la gracia al jovencito avejentado, que no cabía en sí de gozo tras recibir los aplausos.

Recuperando el protagonismo que los dos compañeros que le habían arrebatado, él, que había nacido para ser el sol que iluminará el lugar allá donde estuviera, Luis Alberto se ajustó su chaqueta ceñida, de color rosa palo, y dio paso a la publicidad. 

La cadena emitía anuncios de comida para perros que no admiten la lactosa; geriátricos de lujo pensados para mafiosos rusos que residen en Benidorm; cruceros por el Mediterráneo con parada opcional en la isla de Lampedusa, donde los viajeros podían practicar el turismo solidario haciéndose fotos con inmigrantes famélicos; automóviles con toda clase de dispositivos para burlar los radares y la siempre molesta vigilancia de la Guardia Civil, y vientres de alquiler por sólo 1.000 euros, garantía incluida de dos años y con posibilidad de devolver el bebé si salía enfermo. La oferta iba dirigida a parejas heterosexuales, homosexuales, lesbianas y monoparentales.

Al regreso de la publicidad, Luis Alberto apareció sin chaqueta ante los espectadores. Su camisa de azul celeste, muy apretada, resaltaba la prominencia de su barriga. En el descanso la estrella había insultado a Raulito, llegándole a llamar “analfabeto funcional”, por no haber sido lo suficientemente agresivo en sus preguntas al invitado. La dirección del programa le acababa de comunicar al conductor de Rescátame que la audiencia había caído seis puntos respecto al día anterior.

—Para quienes se hayan incorporado al programa estamos de nuevo con Paco Soberano para seguir hablando sobre su operación de alargamiento de pene —dijo Luis Alberto—, pero antes tenemos preparado un video en el que el doctor Jaume Puigcerdà nos explica los pormenores de la intervención.

El doctor Puigcerdà apareció en una pantalla gigante, a espaldas del presentador. Cabeza romana, pelo canoso, rostro equino y bronceado que contrastaba con su dentadura blanca y perfecta, el galeno, revestido con una bata inmaculada, era un hombre atractivo a juicio de la mayoría de las mujeres. Hablaba con la seguridad y la satisfacción de los que han llegado a la cima de su profesión y sólo deben preocuparse por el futuro de sus vástagos, obsesionados con esquilmar el patrimonio de la familia. Aparentaba sesenta años, pero su edad verdadera podía ser otra porque cabía la posibilidad de que él también se hubiese puesto en manos de otro cirujano.

“El paciente don Francisco Soberano llegó a mi consulta con un severo cuadro depresivo —comenzó explicando el doctor—. Esta patología estaba motivada por disfunciones constantes en su vida sexual. Según el relato que el interesado me hizo, acostumbraba a tener relaciones con mujeres más jóvenes que él, y estas le sugerían, de una u otra manera, tener un miembro viril más grande para complacerlas. El paciente, al percatarse de que su pene no era lo suficientemente grande para el gusto de sus parejas, entró en una dinámica negativa de pérdida de confianza que le llevó a episodios cada vez más recurrentes de disfunción eréctil, también conocida por impotencia, que ni siquiera podían ser corregidos con tratamiento farmacológico”.

“Cuando el paciente llegó por primera vez a mi clínica —continuó el médico—, llevaba más de un año sin haber consumado el acto sexual. Mi equipo de colaboradores y yo concluimos que el alargamiento de pene era, de todas las opciones estudiadas, la solución más adecuada y eficaz para que el paciente recuperase la confianza perdida y normalizara su vida sexual. El único problema surgió cuando el interesado había tomado como modelos de referencia los penes de algunos actores de cine de adultos y debimos convencerlo para que aceptase un tamaño más realista habida cuenta de su constitución física y edad”.

El doctor Puigcerdà se despidió, dio las gracias y desapareció de la pantalla. Era de nuevo el turno de Raulito que, azuzado por Luis Alberto, que había conseguido hacerle llorar minutos antes, había adoptado el rictus agresivo de un perro de presa antes de escupirle la siguiente pregunta al invitado.

—Paco, antes de pasar por quirófano, que a tu edad siempre es un riesgo —dijo el colaborador con sorna—, ¿no contemplaste alguna alternativa menos arriesgada? 
—Como ha dicho el doctor que me operó, hubo una época en que pasé una fuerte crisis depresiva de la que creía que no iba a salir. Puede que fuera la crisis de los cincuenta. Sentía que las mujeres me gustaban tanto o más que cuando era joven pero ya no las satisfacía de la misma manera en la cama. Viví momentos humillantes que prefiero no recordar. Y sí, Raulito, pensé en otras alternativas al quirófano como el uso de geles, la ingestión de pastillas e incluso un alargador que os puedo asegurar que era muy incómodo de llevar. Después de varios meses intentándolo de una manera u otra apenas hubo progresos en el tamaño de mi pene.
—¿De cuántos centímetros hablamos? —insistió Raulito.
—De sólo dos.
—¡Sólo dos centímetros de más! ¿Lo estás diciendo en serio? Ja, ja, ja —Raulito emitió un gorjeo de canario que podía parecerse al grito en falsete de un eunuco, y después miró al presentador para recibir su aprobación. ¿Habría sido lo suficientemente agresivo esta vez con el pobre Paco?

Luis Alberto le perdonaba la vida Raulito dirigiéndole una mirada que no ocultaba el desprecio que sentía por él.

La periodista a la que se le hinchaban las venas del cuello cada vez que se disponía a intervenir pidió de nuevo la palabra pero la estrella, en otro desplante a su compañera, se anticipó. Comenzaba a sudar, cosa que le desagradaba porque se le corría el rímel.

—Querido público, ya sabéis que tenéis dos teléfonos a vuestra disposición para contestar a la siguiente pregunta: ¿Ha hecho bien Paco Soberano en alargarse su pene? Si consideráis que ha acertado marcad el número que aparece a la izquierda de vuestra pantalla, si pensáis que se ha equivocado marcad el de la derecha. De todas las llamadas elegiremos una ante notario. El premiado ganará una estancia para dos personas en un maravilloso hotel de Torrevieja durante un fin de semana.

El único periodista que aún no había intervenido, un tipo calvo y corpulento, con rostro patibulario de novela negra y un coeficiente intelectual superior al de sus compañeros, Kiko Malaespina le llamaban, se hizo oír con su voz grave y chulesca.

—Pero, dime Paco, ¿no crees que el buen manejo de un pene es más importante que su tamaño? Una mujer inteligente —y hablo por experiencia porque he conocido a muchas— aprecia más que el hombre sepa utilizarla antes que la tenga larga.
—Kiko, me conoces desde hace muchos años y sabes lo que pienso sobre esto —respondió Paco Soberano en un vano intento por buscar la complicidad del interlocutor—. Evidentemente lo importante es saber utilizarlo pero sabes como yo, Kiko, que en estos tiempos a la gente le importa más la cantidad que la calidad, y en el sexo, nos guste o no, ocurre lo mismo. Las mujeres jóvenes quieren penes grandes. Eso no admite discusión para mí.

Kiko Malaespina le escuchaba con el codo apoyado en la mesa mientras se acariciaba el mentón. Era un hombre que daba miedo hasta a sus amigos. Volvería a disparar. Sabía que Paco Soberano era una pieza fácil que se cobraría de inmediato.

—Paco, dejémonos ya de payasadas. Tus palabras no me convencen ni a mí ni a nadie que te está escuchando —le espetó con desagrado—. Has venido a vendernos la operación de tu pene con un fin muy claro: cobrar un dinero del que estás muy necesitado. Y lo sabes. Todos conocemos tus problemas económicos. Se te ha visto pidiendo limosna por el centro de Madrid, de manera que no nos cuentas más milongas.

La estrella terció para rebajar la tensión provocada por las palabras agresivas de Kiko Malaespina.

—Kiko, creo que has sido injusto con Paco —le reconvino falsamente—. Lo que has dicho es cierto pero deberías haber utilizado otras formas.

Luis Alberto se calló unos segundos, que parecieron una eternidad para el público, buscando un nuevo clímax ante su audiencia.

—Este programa ha accedido a un video en el que se ve a Paco Soberano pidiendo limosna en la puerta de la iglesia del Cristo de Medinaceli en Madrid. Pero por respeto hacia su persona no lo vamos a emitir… de momento. —En un gesto teatral y muy medido, Luis Alberto se acercó al entrevistado y apoyó su mano en el hombre. Paco Soberano no sabía dónde esconderse y deseaba que este tormento acabase cuanto antes.

—Antes nos hablabas de que has estado retirado de la profesión porque necesitabas tiempo para reencontrarte —prosiguió Luis Alberto—. Ahora todos queremos saber, empezando por este público que te está mirando, cuáles son tus proyectos.

Paco Soberano titubeó, por primera vez bajó la cabeza, se miró sus manos hermosas y grandes de hombre acabado y carraspeó.

—Bueno…, sabes que no trae buena suerte hablar de proyectos cuando aún no están confirmados pero os puedo adelantar que una televisión suramericana se ha interesado por mí y…

María, la periodista pizpireta, intervino por fin antes de que Paco acabase la frase en la que no había puesto demasiada convicción.

—¿Te refieres al reality show en el te han ofrecido participar en una televisión paraguaya?
—Estás mejor informada que yo —concedió Paco con ironía y resignación—. Ese es el programa. Faltan algunos flecos por cerrar pero es prácticamente seguro que participe en él.
—Pero ese programa —insistió la periodista— ha levantado fuertes críticas en Paraguay, ¿no?
—No sé a qué te refieres, María —mintió Paco Soberano porque sabía perfectamente a qué se refería.

Mirando fijamente a la cámara, como si fuese a dar la noticia del siglo, la periodista declamó:

—Es importante que la audiencia de Rescátame sepa que Francisco Soberano va a intervenir en un reality en el que dos de sus participantes se han suicidado por no soportar la tensión. Los concursantes viven hacinados en una celda y deben enfrentarse a pruebas como alimentarse de heces de cabra o beberse su orina porque no hay agua potable.

Paco Soberano intentó responder pero no le salían las palabras. Comenzó a mover nerviosamente los pies de un lado para otro. Su cuerpo estaba fuera de control. Cuando por fin iba a abrir la boca Luis Alberto le cortó.

—Tenemos ya los resultados de la encuesta telefónica. El 83% de los participantes cree que Paco hizo bien al alargarse el pene mientras que sólo un 17% piensa que se equivocó. ¿Estarás contento, Paco?
—La verdad es que sí —respondió con alivio—. Esta encuesta demuestra el cariño que todavía me tiene la gente. Y me da fuerzas para continuar mi carrera con más fuerza.

Luis Alberto y el resto de los contertulios se miraron con incredulidad y sintieron, por primera vez, una pizca de pena por el entrevistado, algo excepcional en el programa. Había llegado la hora de la despedida.

—Paco, te agradecemos que hayas estado en nuestro programa para hablar de tu alargamiento de pene.

El presentador cortó sus palabras de despedida e hizo ver por señas que le habían comunicado una novedad.

—Acaban de contarme que la exmujer de Paco Soberano quiere intervenir en directo para darnos una exclusiva.

Se oyó la voz alterada de una joven con acento suramericano. De fondo un niño berreaba.

—Yo quiero que toda España sepa, que lo sepa gracias a Rescátame —gritó la exmujer fuera de sí— que Paco Soberano es un farsante y un malnacido, que no ha llamado a su hijo en dos años. En este tiempo no me ha pasado la pensión del niño. Da la cara, Paco, y contesta por qué no quieres ver a tu hijo. ¡Canalla más que canalla!

La cámara enfocó el asiento vacío en el que hacía unos instantes Paco Soberano sufría un severo interrogatorio. El entrevistado se había marchado porque, entre otras razones, tenía prisa para coger el último autobús interurbano que le llevaría a Madrid. En el bolsillo llevaba el cheque que le habían entregado por haber intervenido en el programa. Paco estaba cansado y sudoroso, el corazón le seguía latiendo con fuerza, se había desabrochado el nudo de la corbata. También estaba triste y algo avergonzado por lo sucedido. Le dolía además la entrepierna de estar tanto tiempo sentado. Buscó en su chaqueta pero no encontró la pastilla que le aliviaba el dolor. En la parada nadie le reconoció. Sintió alivio. Por suerte aún quedaba gente que no veía Rescátame.

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