domingo, 30 de diciembre de 2018

En brazos de Rachid



El coche circulaba lentamente en una noche sin luna. Era día laborable. El conductor se detenía en cada cruce para fijarse en las caras de los hombres apoyados en las farolas. Le sonreían haciéndole gestos obscenos con las manos y, antes de alejarse, oía el precio del servicio rematado con un “guapo”. Había coches aparcados junto a naves abandonadas. Se intuían sombras en su interior. Un cliente, con el vehículo detenido,  discutía la tarifa con un joven negro. Como se ponían de acuerdo acabaron por insultarse. 

El coche seguía avanzando por las calles de un polígono sin actividad. El hombre que conducía sentía una mezcla de ansiedad y desasosiego cada vez que paraba en una esquina y comprobaba que aquel chapero no era la persona que buscaba. Reconocía algunas  caras. Todos eran jóvenes extranjeros; ninguno llegaba a los treinta años. Los había guapos y los había que no. Entre ellos no faltaban los menores. Todos tenían en común el ser africanos: los marroquíes eran mayoría pero también se veían subsaharianos. A veces se peleaban por ocupar las mejores esquinas. Llegaban a última hora de la tarde, cuando las empresas comenzaban a cerrar, y se marchaban antes del amanecer. Los viernes y los sábados por la noche la oferta masculina se enriquecía con la presencia de chicos del Este, traídos en furgonetas con matrículas de Bulgaria o Rumanía. Eran rubios y escuálidos, y estaban en manos de mafias.

Desde hacía medio año Sebastián acudía al polígono para verse con Rachid. No tenía un día fijo a la semana pues antes debía cumplir con sus obligaciones familiares. No le era fácil encontrar una excusa para escaparse. Podían pasar semanas sin que pudiera encontrarse con Rachid, y sufría con esta situación. No poder verlo ni tocarlo, no disfrutar de sus besos ni de sus caricias, le perturbaba; padecía además con la doble vida que llevaba: su mujer y dos hijas en un lado, el lado respetable, y Rachid en el otro, el lado oculto.

Dando vueltas por el polígono, sin apenas esperanza de dar con él, Sebastián recordaba la tensión de su último encuentro, lo que cabía atribuir al mal humor de Rachid. Le había llamado cobarde y mentiroso por no romper con su mujer:

—¿Por qué no la dejas? Me lo habías prometido.

Sebastián siempre buscaba excusas; necesitaba tiempo para convencerla, no era tan fácil romper un matrimonio de tantos años, y luego estaban sus hijas, en la difícil edad de la adolescencia, también debía pensar en ellas, que sufrirían al ver que sus padres se separaban y que el motivo de la ruptura era ¡nada menos! que él se había enamorado de un muchacho marroquí.

—No es tan fácil, Rachid, sabes que te quiero; no hago otra cosa que pensar en ti. Sólo te pido un poco más de tiempo y paciencia. Tengo que encontrar el momento adecuado para decírselo. El verano que viene, cuando las niñas se marchen al campamento, podré planteárselo a mi mujer con tranquilidad.

Pero él insistía en el coche: “¡Siempre me dices lo mismo! ¡Estoy harto de tus engaños! Llevamos así casi un año. Me lo prometiste, me dijiste que dejarías a tu mujer y aquí seguimos, viéndonos a escondidas, sin que tengas el valor de romper con ella. No aguanto más. Me das lastima, Sebastián”.

Sebastián se vio rechazado cuando intentó besarle en los labios. Rachid evitaba mirarlo. Sebastián buscaba sus manos pero él se resistía. Respondía con silencio a sus amagos por reanudar la conversación. Conocedor del carácter de Rachid, altanero y a menudo violento, Sebastián se dio por vencido. Dejó un billete en el salpicadero del coche. El joven lo cogió con desdén. “No me vuelvas a llamar. No quiero verte más”, le dijo dando un portazo.

Rachid había cumplido su amenaza. Desde aquella noche —y desde entonces había transcurrido ya un mes, con sus mañanas y sus noches— todos los intentos de Sebastián por ponerse en contacto con él habían fracasado. No le cogía el teléfono ni contestaba a sus mensajes. Sebastián se desesperaba ante la posibilidad de no volver a verlo; le atormentaba pensar que lo había perdido para siempre. Pero no creía capaz de abandonarlo; quería pensar que había sido otro de sus enfados y que al final volvería a él. Sin embargo, en esta ocasión había sido distinto. De manera imprudente había preguntado por él en el bar donde se habían conocido, cuando Rachid trabajaba de camarero, poco después de llegar al país de manera irregular, y Sebastián iba a almorzar con sus compañeros de trabajo. 

Nunca olvidará aquella mañana en que por un descuido volcó la taza de café en la barra. Rachid la limpió, entre risas y bromas, dedicándole una de sus sonrisas por las que suspiraría semanas después, cada vez que se veían. “¡Jefe, usted ayer trasnochó!”, le dijo sirviéndole otro café. Sebastián, cuando oyó aquel “jefe” y se vio tratado de usted, no supo qué contestarle. Estaba obnubilado con el hombre que tenía delante. Era un joven alto, delgado y fibroso, como la mayoría de los marroquíes, con el pelo y los ojos negros y una piel morena y suave. Pero lo que más le atraía de él eran sus dientes blancos, de una rara perfección. Rachid llevaba tres meses en España cuando conoció a Sebastián. 

Las primeras semanas las pasó en centros de internamiento para inmigrantes y en albergues de la Cruz Roja. Su situación cambió cuando un conocido de su país le avisó de que en un bar necesitaban a un camarero. Desde niño, él había servido en la cantina de su padre, en un barrio pobre de Tetuán. Lo pusieron a prueba y lo superó. Las jornadas en su primer empleo en España eran agotadoras; entraba y salía de noche pero, pese a la dureza del trabajo y de los malos modos del jefe, que se aprovechaba de su situación irregular, se sentía contento porque podía ahorrar y enviarle una parte del sueldo a la familia.

El desayuno era el momento más deseado del día para Sebastián. Lo esperaba con impaciencia. Le molestaba que sus compañeros se retrasaran en salir de la empresa para ir al bar donde trabajaba Rachid. Ya no hacía falta que le pidiese el desayuno;  nada más verlo por la puerta, el camarero le preparaba un café con leche con una tostada de aceite y tomate. Al pagar, Sebastián se demoraba para quedarse solo y poder hablar unos minutos con Rachid. Así supo de dónde era, los hermanos que tenía, la enfermedad degenerativa de su madre, que permanecía en la casa sin moverse; la odisea que había vivido para llegar a la Península. Todos aquellos detalles de su vida, que iba conociendo cada mañana mientras desayunaba, hacían crecer su interés por él. Poco a poco, Rachid se iba convirtiendo en una obsesión que le hacía distraerse en su trabajo de comercial u olvidar los encargos que su mujer le hacía. 

El verano les separó. Sentado en la terraza de un apartamento de la costa, mientras vigilaba a sus hijas que jugaban en la piscina, Sebastián miraba a cada momento la pantalla del móvil esperando un mensaje de Rachid. Era la primera vez que hubiera preferido quedarse sin vacaciones, sólo por verlo cada mañana atendiendo a los clientes y bromeando con su compañera Sara, de la que comenzaba a estar celoso. Contaba los días que faltaban para volver al trabajo. Su mujer le preguntaba si le ocurría algo. “Te noto extraño, ¿pasa algo?”. Y él respondía con evasivas: “No pasa nada, cariño, sólo que estoy preocupado por mi hermano, que no encuentra trabajo y, conociéndole, caerá en otra depresión. Tendré que hablar con él”.

El primer día de septiembre estaba feliz. Al cabo de un largo mes volvería a ver a Rachid y esa mañana apalabrarían otro encuentro en una habitación de las que se alquilan por horas en el centro de la ciudad. Allí, en un cuarto pequeño, limpio y sencillo, con  una cama doble y dos taburetes como único mobiliario, se olvidaban de quiénes eran, dejándose en la calle los mundos de los que procedían, e interpretaban el papel de amantes furtivos que tenían por único enemigo el reloj que les marcaba las horas pagadas. Como otras tardes se comerían a besos, derrocharían caricias y Sebastián se dejaría penetrar por su amante, como un animal que anhela ser cazado para complacer a su cazador. Se dejaría hacer buscando sus abrazos y escuchando sus palabras obscenas, dejándose consolar como una madre consuela a un hijo pequeño antes de acostarlo. Muy pocas veces se había sentido tan feliz.

Entró en el bar y no lo vio pero no le dio importancia. Pensó que estaría en la cocina. Se acercó a su compañera y preguntó por él.

—Rachid no volverá a trabajar aquí.
—¿Qué le ha pasado?

Sara no contestó; se limitó a mirar al jefe, que despachaba con un proveedor. Sebastián comprendió que la mala relación de Rachid con su jefe se había roto por el eslabón más débil. El camarero había sido despedido.

Desde entonces le cambió el carácter, se volvió irascible por cualquier motivo sin importancia, hasta llegó a insultarle, recordaba Sebastián en el interior del coche. El móvil recogía tres llamadas perdidas de su mujer. Tenía frío. Estaba cansado y, además, frustrado por no ver a Rachid. En la mayoría de las esquinas del polígono habían desaparecido los chicos. Por cada esquina vacía había un vehículo aparcado en el que un joven prestaba sus servicios a los clientes masculinos. Harto de dar vueltas por calles desiertas en las que abundaban las naves cerradas o en alquiler, nervioso por llegar tarde a casa sin haber ideado todavía una excusa convincente, triste por haber perdido la esperanza de volver a verle, Sebastián se sorprendió llorando de manera desconsolada. Lloraba por su cobardía, lloraba por no haberse atrevido a dar el paso de separarse de su mujer para vivir con Rachid —¿por qué no la dejas?, le preguntaba insistentemente—; lloraba por él, por su esposa y sus hijas, a las que había engañado; lloraba porque siempre se había equivocado en las decisiones importantes de la vida; lloraba porque el tiempo pasaba y se perdían las últimas oportunidades.

Ahora veía claro que había malgastado su vida haciendo lo que nunca debería haber hecho, complaciendo a quienes no debería haber complacido, fingiendo quien no era. No era un buen marido, ni un buen padre, ni quizá un buen amante. No era más que un hombre aturdido y con miedo a que se desvelaran su secreto, un hombre que, pese a todo, volvería tarde a casa inventando otra de sus excusas, a la espera de que su mujer le reprochara que las niñas se habían acostado sin el beso de buenas noches.

Su mujer volvió a llamar. Esta vez cogió el teléfono.

—Disculpa, cariño, me he liado en la oficina. Diles a las niñas que me esperen, que no se vayan todavía a dormir, que llego en seguida… ¿Qué si he comprado el regalo de tu madre? No, no, se me pasó, cariño, pero ¿su cumpleaños no es dentro de una semana? Aún tenemos tiempo. Perdona, no te pongas así, se me ha olvidado. No, no me pasa nada. No te alteres… Luego lo hablamos. Chao, cariño, chao.

No podía esperar más: debía marcharse. Si Rachid no había aparecido a estas horas ya no lo haría. Cuando iba a encender el motor un coche de la policía se detuvo a su lado. Por señas le indicaron que bajara la ventanilla.

—Buenas noches —dijo uno de los agentes—, ¿sabe que tiene el coche mal aparcado?
—Disculpe, pero no me había dado cuenta. Me marchaba ya.
—¿Trabaja usted en el polígono? —insistió el policía.
—No, exactamente —dudó Sebastián—; en realidad, soy… —no le dio tiempo a concluir la mentira que iba a contar.
—¿Sabe que este sitio es peligroso? Hace una semana mataron a un hombre que buscaba lo mismo que usted —dijo el agente con una mueca de desprecio.

Sebastián, agarrando el volante con fuerza, fue incapaz de mantenerle la mirada al policía. Entonces se acordó de que no había renovado el carnet de conducir.

—Haga el favor de circular —se despidió el agente, y el coche de la policía se alejó.  

En el momento de arrancar, Sebastián observó, por el retrovisor, que un joven delgado y moreno se aproximaba corriendo y le hacía señas para que detuviera el motor. No veía su rostro con claridad porque la calle estaba a oscuras, pero sus andares le resultaron familiares. El joven gritaba su nombre cuando Sebastián aceleró para alejarse de aquel lugar sombrío.  

jueves, 6 de diciembre de 2018

Dos viudas


La mano accionaba el picaporte de la puerta una y otra vez sin lograr que se abriera. Era la mano delicada, suave y hermosa, blanca como el mármol de Carrara, de una mujer nerviosa en el comienzo de una noche. Todo lo fiaba esa mujer a su mano derecha, una mano de dedos finos y largos, acabados en unas uñas recortadas de color rojo vino, una mano por cuyas caricias hubiera suspirado más de un hombre. Insistía esta atractiva mujer en abrir la puerta pero, como si esta tuviera vida propia, se le resistía. La muñeca giraba hacia derecha e izquierda en un forcejeo reiterado e inútil. La dueña de la mano no se daba por vencida. Quería abrir la puerta de cristal, que tenía sellado el escudo del ayuntamiento de la ciudad, y marcharse de allí cuanto antes. Ofuscada, lo siguió intentando hasta que se dio cuenta de que la puerta estaba cerrada. Este descubrimiento le hizo sentirse más contrariada puesto que creía estar sola en aquel lugar donde sólo los muertos ofrecían compañía. Sacó el teléfono de su bolso de piel y vio que estaba apagado. Se había quedado sin batería. 

Encerrada e incomunicada, sin temple para dominar los nervios, buscó un teléfono fijo en el recibidor de la entrada, donde solo unas horas antes le había atendido un conserje al que, debido a su condición de gangoso, no le había entendido ni una palabra. El teléfono no daba señal. Era imposible comunicarse con el exterior para que alguien la sacara de allí. Todo lo que podía ir mal estaba yendo mal, pensó. Al menos no se había olvidado el paquete de tabaco en casa. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Fue la primera vez que se sintió en paz después de un día muy tenso. Fumaba con ansiedad, demorándose en cada calada, con la vista puesta en el cristal que la separaba del exterior. No podía ver lo que había detrás. Era de noche y el cementerio estaba a oscuras. Su cuerpo se había hundido en uno de los sillones de escay en los que los deudos descansaban y recibían las condolencias —no siempre sinceras— de familiares y allegados. ¿Y ahora que iba a hacer? Quedaban muchas horas para que amaneciera y alguien abriera el tanatorio. Seguía fumando y notaba cómo los ojos se le cerraban. No había dormido la noche anterior, cuando recibió la llamada de una voz titubeante (resultó ser la de una joven guardia civil) que le comunicó la muerte de su marido en un accidente de tráfico. De regreso de un viaje de trabajo, el coche se había salido de la calzada por causas desconocidas, y había dado varias vueltas de campana hasta chocar contra un árbol. Después el vehículo se incendió. El cuerpo del conductor había quedado desfigurado y era imposible de reconocer. Ella no había tenido valor para ver el cadáver.

El cigarrillo la había calmado. Había asimilado que tendría que pasar la noche en el tanatorio. El silencio del lugar la inquietaba. Estaba sola, o al menos eso creía ella, sin otra compañía que la de su marido muerto y el de otros fallecidos que ya descansaban del mundo. En su cabeza se sucedían, sin orden, imágenes de una película acelerada en la que era protagonista. Así, la noticia de la tragedia precedió a las llamadas a la familia, a su madre y a su hermana, los avisos al banco y a la funeraria, los mensajes cruzados con Roberto, que le pidió que no se hundiera y que se ofrecía para consolarla en el hotel discreto de siempre, el rechazo a cogerle el teléfono a la familia de su esposo. Y los pésames de los amigos, de algún vecino de la finca, de los compañeros, también los de personas desconocidas que presumían de haber tenido una relación estrecha con Alejandro, su marido, ingeniero de profesión. ¡Por qué sinfín de estados de ánimo se podía pasar tras recibir la noticia inesperada de la muerte del hombre con quien habías convivido quince años! De la incredulidad a la desesperación, de la ira contra todos y contra todo al pánico de quedarte sola, de la tristeza a la ansiedad. Su cabeza no le había dado un respiro en las últimas veinticuatro horas. Pese a estar agotada presentía que no podría dormir. Aún estaba disgustada por haberse quedado encerrada sin un medio para comunicarse con el exterior.

Su mirada se fijaba ahora en el parpadeo de un tubo fluorescente que parecía estar a punto de apagarse. Eso la relajaba. Debía de tener además un aspecto horrible por el cansancio y los nervios acumulados. Fue al servicio de mujeres y el sonido de sus tacones la tranquilizó. Se miró en el espejo: estaba demacrada, pálida, con los ojos vidriosos de tanto llorar y unas grandes ojeras. Se puso colorete en las mejillas y se pintó los labios. ¿Por qué se maquillaba si estaba sola, si nadie la podía ver? Era una pregunta que no sabía contestar pero, después de maquillarse, se sintió reconfortada  al ver reflejados sus labios sonrosados en el espejo.

Esta tranquilidad momentánea se quebró cuando pensó en la familia de su marido, con la que no se hablaba desde de la boda. Nunca se había visto aceptada por ellos, en especial por su suegra, que la consideraba una intrusa. Fueron enemigas desde el principio. Estaba en juego la voluntad del hijo y del esposo. Al final ella ganó el pulso; logró que su marido tuviese la mínima relación con sus padres y su hermano. ¿Vendrían al entierro? El hermano de Alejandro había intentado hablar con ella pero esta se había negado a responderle. Temía coincidir con su familia política en el oficio religioso. Sería, en todo caso, la última vez porque, muerto Alejandro, no los volvería a ver más.

Era medianoche, y tenía hambre y sed.  No había podido cenar por los nervios, pero ahora echaba en falta comer algo. Sólo tenía un caramelo para engañar el apetito. Mientras lo saboreaba observó una vitrina en la que había expuestas urnas para depositar las cenizas de los difuntos. Sintió curiosidad y le pareció que era morboso, hasta macabro, fijarse en las etiquetas que informaban del material del que estaban hechas aquellas urnas. Nunca hubiera imaginado tal variedad de vasijas mortuorias: las había biodegradables, de cerámica, metálicas, de distintos colores, formas y tamaños. Al igual que ella, su marido (seguía pensando en él en presente) rehuía hablar de la posibilidad de la muerte. No contaba para él. Le repelía todo aquello que tuviese que ver con el final de la vida o el más allá. Cuando el padrino de su bautizo, hermano de su madre, murió de un cáncer fulminante, él se negó a ir al entierro alegando que estaba de viaje. Era un cobarde para afrontar la muerte pero también para enfrentarse a las inclemencias de la vida, pensó ella.

¿Qué decisión tomaría sobre sus restos? ¿Enterrarlo? ¿Incinerarlo? La primera opción no le convencía pues se conocía bien y estaba segura de que si su marido acababa en un nicho, ella nunca iría a visitarlo. No lo había hecho con su padre y menos lo haría con él. Lo práctico sería incinerarlo y deshacerse de las cenizas de una manera discreta, arrojándolas al mar en aquel pueblo costero donde pasaron los primeros veranos y fueron felices, hasta cierto punto.

Se encendió un segundo cigarrillo; sus manos estaban frías. Los empleados del tanatorio habían apagado la calefacción antes de marcharse. Le dolían los pies; como estaba sola decidió descalzarse. Sintió alivio pero el contacto con el suelo frío la retrajo. Cerró los ojos en un intento por dormir unos minutos. Entonces creyó oír un llanto, pero no podía ser cierto ya que ella era la única persona viva en el tanatorio. Abrió los ojos intentando averiguar de dónde procedía el sollozo entrecortado de una mujer. Al fondo del pasillo, sentada a sus espaldas, vio una cabeza. Dudó qué hacer: si acercarse para hablar con ella o permanecer donde estaba, como si nada hubiera pasado. La mujer seguía gimoteando con más fuerza, y de sus labios salía el nombre de Basilio. Lo repetía de manera insistente mientras lloraba. No había reparado en ella. ¿Siempre había estado allí, hundida en el sillón, añorando al que debía ser su marido fallecido, o había salido de unas salas donde los familiares velaban a sus muertos? Al final decidió ir a verla y, cuando se acercó, la cabeza de aquella mujer se giró. Debía de tener ochenta años. Era baja y gorda y con una cara redonda como la luna. Llevaba gafas. La mujer joven fue la primera en hablar.

—Parece que nos hemos quedado encerradas en el tanatorio.
—¿Encerradas? —preguntó la anciana con sorpresa—. No tenía ni idea. Yo, de todas formas, pensaba quedarme toda la noche con mi Basilio, que en paz descanse. Permítame que me presente. Me llamo Edelvina, encantada.
—Nuria, igualmente —le contestó estrechándole la mano. Le quería pedir un favor. ¿Puede prestarme su móvil para hacer una llamada? Me gustaría hablar con un familiar para decirle que estoy aquí y que no puedo salir.
—Lo siento, señora —respondió la mujer—, pero mi marido y yo nunca hemos utilizado de eso. Con el teléfono fijo de casa nos apañábamos. ¡Total, para las llamadas que recibíamos! Mis dos hijos sólo nos llamaban por Navidad, y los conocidos, si quieren vernos, ya saben dónde encontrarnos.

Nuria se sentó al lado de Edelvina, que no llevaba medias pese a ser noviembre. Calzaba unos zapatos baratos de tacón bajo que muy probablemente hubiera comprado en un mercadillo. Su falda a cuadros había perdido sus colores originales al igual que la rebeca, que le quedaba pequeña.

—¿Es usted de la ciudad? —preguntó Nuria.
—No, mi marido y yo somos de Villalgordo, ¿lo conoce? Tiene una iglesia muy antigua y unas fiestas preciosas en verano. Ahora en nuestro pueblo es el tiempo de la matanza, pero con lo de mi marido no estoy con ánimo para matar gorrinos.
—¿Era muy mayor su marido?
—El día 18 habría cumplido 83 años. Nunca le gustaron los médicos. Si le dolía algo se aguantaba. Así somos la gente de pueblo, que estamos acostumbrados a aguantar. El decía que si la cosa no era grave, el cuerpo acababa curándose, y llevaba razón. Nunca tuvo problemas graves de salud hasta que hace unos tres meses, al volver de la compra, me lo encontré tirado en el suelo. Se había desmayado. No le dimos importancia porque, como le decía, siempre tuvo una naturaleza fuerte, pero una semana después se desplomó estando yo presente, y eso ya me preocupó. Fuimos al médico de cabecera, nos mandó unas pruebas en el hospital y le diagnosticaron un tumor en la cabeza. Nos dijeron que no había nada que hacer, que era inútil operarlo y se murió en dos meses. La última semana no me reconocía. Se murió como un pajarico en mis brazos. Quiera Dios que no haya sufrido mucho estos últimos días.
—¿Le importa que fume? —continuó Nuria.
—No, mujer, hágalo, por mí no se preocupe. En estos lugares el tabaco no debería estar prohibido. Así la gente se desahoga un poco.

Nuria encendió el cigarrillo. Le dolían la garganta y la cabeza. Estaba destemplada pese a no haberse quitado su abrigo de ante que su marido le había comprado en un viaje a Milán.

—Su marido debía de ser muy joven, ¿no? —preguntó Edelvina.
—Cumplió 42 años en agosto —contestó Nuria.
—Y perdone la indiscreción: ¿se puede saber de qué ha muerto?
—En un accidente de tráfico —añadió Nuria con sequedad para que la mujer advirtiera sus escasas ganas de hablar sobre la muerte de Alejandro.
—¡Santo Dios! —enfatizó la anciana—. ¡Qué pena tan grande? ¡Tan joven y muerto en un accidente de coche! Debe de estar destrozada. Mi marido ya había hecho su vida y antes o después tenía que morirse, pero su marido… con media vida por delante. Y usted, que se acaba de quedarse tan sola.

Nuria se sentía cada vez más incómoda con la presencia de esa mujer. Comenzaba a molestarle su compañía, la confianza que la viuda se tomaba de un asunto que no le incumbía.

—Siempre le dije a mi esposo —continuó Edelvina— que había hecho muy bien en no sacarse el carnet de conducir. Si necesitábamos ir a la capital cogíamos el autobús o nos bajaba algún vecino del pueblo. A mí los coches siempre me dieron miedo. Siendo niña, un primo mío se mató cuando volvía con su padre de las fiestas de un pueblo de al lado, y ese recuerdo nunca se me ha olvidado.

Edelvina se sacó un botellín de agua del bolso y sorbió con fuerza haciendo un ruido desagradable. Nuria la miró de reojo; no se atrevía a pedírselo pero la mujer adivinó sus intenciones.

—¿Quiere beber? Le veo mala cara. Puede acabarse la botella si quiere. Yo ya no tengo sed. Voy a ver cómo se encuentra mi marido.

Edelvina desapareció de la vista de Nuria y se perdió por el fondo del pasillo. Después de beber de la botella con cierta aprensión, Nuria miró el reloj. Aún eran las tres de la mañana. Encerrada en un tanatorio, con síntomas de haberse constipado y con la desagradable compañía de aquella mujer que se metía donde no debía, pensó que lo mejor que podía hacer era echarse a dormir aunque sabía por experiencia que en circunstancias así, cuando estaba fuera de casa, le era imposible conciliar el sueño. Reclinó la cabeza en el asiento y cerró los ojos. Pasaron unos minutos hasta que oyó unos pasos acercarse. Edelvina se aproximaba llorando, como cuando la había escuchado por primera vez. Siguió con los ojos cerrados para que la mujer pensase que estaba dormida. Se había sentado a su lado. El fuerte olor de su cuerpo viejo le desagradó. Había dejado de llorar y se sorbía los mocos. Todo en ella le resultaba tosco y desagradable.

—¿Está usted despierta? —Nuria no tuvo más remedio que dejar de disimular abriendo los ojos.
—Intentaba dormir —dijo con enfado para que Edelvina se diese por enterada.
—Es que aquí me siento muy sola. Ha sido volver a ver a mi marido en esa caja, pálido como la cera, y venírseme el mundo a los pies. ¡Con lo que él fue! Un hombre que se vestía por los pies, grandote aunque no guapo, y un poco bruto conmigo, todo hay que decirlo. Sus hijos no podrán tener queja de él, que les dio una carrera a los dos, pero a mí me trataba de otra manera. Nunca se fue con otra mujer, eso es cierto, pero cuando éramos jóvenes me pegaba. Eran otros tiempos, y a los hombres se les permitía eso, dar palizas. Ahora es diferente. Usted no habrá tenido que aguantar carros y carretas como yo, y me parece bien que las mujeres de ahora tengan los mismos derechos que los hombres, pero yo vengo de otra época, de cuando a las mujeres nos enseñaban que la obligación de una casada era contentar a su marido en todo lo que quisiera, y llevar la casa adelante. No se lo creerá, pero a pesar de todo, de la mala vida que me dio siendo jóvenes, porque luego, cuando se hizo viejo, se amansó, lo echo de menos y es como si con su muerte me hubieran quitado un trozo de mí. Los dos estábamos solos en el mundo porque con mis hijos no podíamos contar. Eso nos unía. ¿Tiene usted hijos?
—No; no hemos tenido —repuso Nuria, indiferente a lo que le preguntaba la mujer.
—Pues un hijo le vendría muy bien por la compañía —continuó Edelvina—. No se sentiría tan sola después de la muerte de su marido. Con los míos, como ya le he dicho, no hay nada que hacer. Cada uno hace su vida, y no quieren saber nada de sus padres. Cuando les llamé para informarles de que Basilio había muerto pusieron excusas para no asistir al entierro, que si papá ya era mayor, que si los niños son pequeños y no tenemos con quien dejarlos, que si en el trabajo van a ver con malos ojos que me pida un día de permiso. ¡Pamplinas, todo pamplinas! Un hijo, digo yo, tiene que velar a su padre muerto. Si no, no eres hijo ni eres nada. Yo sé que me voy a quedar más sola que la una pero no voy a tardar en reunirme con él. Eso también lo sé.  

Estaba harta de oír las sandeces de aquella vieja que no paraba de hablar, como a un muñeco al que le hubiesen dado cuerda. ¡Lo que hubiera dado por estar a solas! ¿A quién le podía importar la vida gris de una mujer pobre y con tan pocas luces? Ni siquiera su madre, que también había sufrido lo suyo en su matrimonio, se podía comparar a la tal Edelvina. ¡Vaya nombre! El nombre ya lo decía todo: ¡Edelvina! Sus padres se cubrieron de gloria cuando la bautizaron con este nombre. Llamándose sí, ¿qué podría esperarse de ella? Y, para colmo, decía que extrañaba a su marido, que la maltrató en sus primeros años de matrimonio. Nuria no dejaba de pensar en su mala suerte y en lo larga que se le estaba haciendo la noche.

—¿Le importaría que le echase una mirada a su marido? —preguntó Edelvina.
—Hágalo si quiere pero por mí no se moleste.
—¿En qué sala está?
—En la cuatro. No he entrado a verlo ni pienso hacerlo. Los muertos me dan espanto. Prefiero quedarme con el recuerdo de cuando estaba vivo.
—Los muertos, créame —aconsejó Edelvina—, agradecen que nos ocupemos de ellos cuando están a punto de marcharse de este mundo. Me tomará por loca, pero mi esposo me sonríe cada vez que paso a verle y le rezo un padrenuestro.

La mujer se alejó dando pasos cortos. Entretanto, Nuria acariciaba su anillo de compromiso. Lo subía y lo bajaba por su dedo anular. A diferencia de otras parejas, ella nunca se había quitado la alianza desde que se casó, y motivos no le habían faltado pero no eran lo suficientemente poderosos para justificar una decisión que hubiera dado que hablar cuestionando la imagen de unidad del matrimonio. Al cabo de quince años de estar casados parecían ser una pareja casi perfecta, a la que amigos y conocidos admiraban. “Sois la pareja ideal. Ya quisieran muchos ser como vosotros”, les decían en cada aniversario de boda, y ella se sonreía y callaba y pensaba que las apariencias engañan a menudo. Nuria sólo se ponía un diez en su capacidad de disimulo. Sólo ella sabía el desprecio que sentía por Alejandro y que nadie, ni su círculo más íntimo, intuía. Ni siquiera el esposo conoció el  enorme rechazo que su mujer sentía hacia él. En esto también había vivido engañado.

—Su marido era muy guapo —dijo Edelvina tras su visita a la sala—. Está muy elegante con su traje azul marino, su camisa blanca y su corbata granate. Muy bien conjuntado. Es una pena que usted no quiera verlo.

Nuria ni la miró a la cara; no podía disimular el asco que le despertaba aquella mujer. Permaneció en silencio.

—Tal vez me regañe por meterme donde no me llaman —insistió Edelvina—, pero alguien tendría que haberle cerrado el ojo derecho. Lo tiene abierto. ¡Da una impresión cuando lo miras! Un ojo azul, por cierto.

Nuria se había quitado el anillo y lo había guardado en el bolso. La mujer había reparado en ello pero por una vez había decidido callarse. Por fin comprendió que no era santo de la devoción de la joven.

Pasaron unos minutos en silencio, sin que ninguna cruzara una palabra ni una mirada. Con las manos cruzadas, la anciana musitaba oraciones que acababan con el nombre de su marido. Estaba emocionada pero sin llegar a las lágrimas. De pronto dejó de rezar y, en un gesto imprevisto, se acercó y tocó la mejilla de Nuria, que se apartó de ella en cuanto notó aquellos dedos fríos y rugosos.

—¿Qué hace?

Edelvina la miró avergonzada.

—Disculpe, no quería molestarla —dijo avergonzada. La llevo mirando desde hace horas y me ha parecido una mujer hermosa. No quería ofenderla.  

¿Hermosa? Ella no era hermosa. Sabía perfectamente la diferencia que había entre una mujer bella y una atractiva. Ella pertenecía a esta segunda clase. Su pelo, en realidad, no era rubio sino castaño. Sus pómulos estaban operados así como sus pechos. Estaba orgullosa de haber pasado por el quirófano. Era como vencerle una batalla a la edad. Le hacía sentirse poderosa ante algunos hombres, que seguían mirándola con deseo. Pero no era una mujer guapa; bastaba con mirarla un par de minutos para advertir que era estrábica.

—¿Y ahora qué hará? —preguntó Edelvina.

Nuria esta vez contestó.

—Fumarme otro cigarrillo.
—Me refería a qué hará con su vida de viuda.
—Se lo acabo de decir —continuó con ironía—. Fumarme otro cigarrillo, y luego otro y otro.

No hubo más preguntas. Amanecía. No tardarían en abrir el tanatorio. Nuria deseaba que llegara ese momento para verse lejos de la desagradable compañía de Edelvina. Fue a fumar pero el paquete estaba vacío. No le importó esta vez. Comenzaba a estar de buen humor.