domingo, 30 de diciembre de 2018

En brazos de Rachid



El coche circulaba lentamente en una noche sin luna. Era día laborable. El conductor se detenía en cada cruce para fijarse en las caras de los hombres apoyados en las farolas. Le sonreían haciéndole gestos obscenos con las manos y, antes de alejarse, oía el precio del servicio rematado con un “guapo”. Había coches aparcados junto a naves abandonadas. Se intuían sombras en su interior. Un cliente, con el vehículo detenido,  discutía la tarifa con un joven negro. Como se ponían de acuerdo acabaron por insultarse. 

El coche seguía avanzando por las calles de un polígono sin actividad. El hombre que conducía sentía una mezcla de ansiedad y desasosiego cada vez que paraba en una esquina y comprobaba que aquel chapero no era la persona que buscaba. Reconocía algunas  caras. Todos eran jóvenes extranjeros; ninguno llegaba a los treinta años. Los había guapos y los había que no. Entre ellos no faltaban los menores. Todos tenían en común el ser africanos: los marroquíes eran mayoría pero también se veían subsaharianos. A veces se peleaban por ocupar las mejores esquinas. Llegaban a última hora de la tarde, cuando las empresas comenzaban a cerrar, y se marchaban antes del amanecer. Los viernes y los sábados por la noche la oferta masculina se enriquecía con la presencia de chicos del Este, traídos en furgonetas con matrículas de Bulgaria o Rumanía. Eran rubios y escuálidos, y estaban en manos de mafias.

Desde hacía medio año Sebastián acudía al polígono para verse con Rachid. No tenía un día fijo a la semana pues antes debía cumplir con sus obligaciones familiares. No le era fácil encontrar una excusa para escaparse. Podían pasar semanas sin que pudiera encontrarse con Rachid, y sufría con esta situación. No poder verlo ni tocarlo, no disfrutar de sus besos ni de sus caricias, le perturbaba; padecía además con la doble vida que llevaba: su mujer y dos hijas en un lado, el lado respetable, y Rachid en el otro, el lado oculto.

Dando vueltas por el polígono, sin apenas esperanza de dar con él, Sebastián recordaba la tensión de su último encuentro, lo que cabía atribuir al mal humor de Rachid. Le había llamado cobarde y mentiroso por no romper con su mujer:

—¿Por qué no la dejas? Me lo habías prometido.

Sebastián siempre buscaba excusas; necesitaba tiempo para convencerla, no era tan fácil romper un matrimonio de tantos años, y luego estaban sus hijas, en la difícil edad de la adolescencia, también debía pensar en ellas, que sufrirían al ver que sus padres se separaban y que el motivo de la ruptura era ¡nada menos! que él se había enamorado de un muchacho marroquí.

—No es tan fácil, Rachid, sabes que te quiero; no hago otra cosa que pensar en ti. Sólo te pido un poco más de tiempo y paciencia. Tengo que encontrar el momento adecuado para decírselo. El verano que viene, cuando las niñas se marchen al campamento, podré planteárselo a mi mujer con tranquilidad.

Pero él insistía en el coche: “¡Siempre me dices lo mismo! ¡Estoy harto de tus engaños! Llevamos así casi un año. Me lo prometiste, me dijiste que dejarías a tu mujer y aquí seguimos, viéndonos a escondidas, sin que tengas el valor de romper con ella. No aguanto más. Me das lastima, Sebastián”.

Sebastián se vio rechazado cuando intentó besarle en los labios. Rachid evitaba mirarlo. Sebastián buscaba sus manos pero él se resistía. Respondía con silencio a sus amagos por reanudar la conversación. Conocedor del carácter de Rachid, altanero y a menudo violento, Sebastián se dio por vencido. Dejó un billete en el salpicadero del coche. El joven lo cogió con desdén. “No me vuelvas a llamar. No quiero verte más”, le dijo dando un portazo.

Rachid había cumplido su amenaza. Desde aquella noche —y desde entonces había transcurrido ya un mes, con sus mañanas y sus noches— todos los intentos de Sebastián por ponerse en contacto con él habían fracasado. No le cogía el teléfono ni contestaba a sus mensajes. Sebastián se desesperaba ante la posibilidad de no volver a verlo; le atormentaba pensar que lo había perdido para siempre. Pero no creía capaz de abandonarlo; quería pensar que había sido otro de sus enfados y que al final volvería a él. Sin embargo, en esta ocasión había sido distinto. De manera imprudente había preguntado por él en el bar donde se habían conocido, cuando Rachid trabajaba de camarero, poco después de llegar al país de manera irregular, y Sebastián iba a almorzar con sus compañeros de trabajo. 

Nunca olvidará aquella mañana en que por un descuido volcó la taza de café en la barra. Rachid la limpió, entre risas y bromas, dedicándole una de sus sonrisas por las que suspiraría semanas después, cada vez que se veían. “¡Jefe, usted ayer trasnochó!”, le dijo sirviéndole otro café. Sebastián, cuando oyó aquel “jefe” y se vio tratado de usted, no supo qué contestarle. Estaba obnubilado con el hombre que tenía delante. Era un joven alto, delgado y fibroso, como la mayoría de los marroquíes, con el pelo y los ojos negros y una piel morena y suave. Pero lo que más le atraía de él eran sus dientes blancos, de una rara perfección. Rachid llevaba tres meses en España cuando conoció a Sebastián. 

Las primeras semanas las pasó en centros de internamiento para inmigrantes y en albergues de la Cruz Roja. Su situación cambió cuando un conocido de su país le avisó de que en un bar necesitaban a un camarero. Desde niño, él había servido en la cantina de su padre, en un barrio pobre de Tetuán. Lo pusieron a prueba y lo superó. Las jornadas en su primer empleo en España eran agotadoras; entraba y salía de noche pero, pese a la dureza del trabajo y de los malos modos del jefe, que se aprovechaba de su situación irregular, se sentía contento porque podía ahorrar y enviarle una parte del sueldo a la familia.

El desayuno era el momento más deseado del día para Sebastián. Lo esperaba con impaciencia. Le molestaba que sus compañeros se retrasaran en salir de la empresa para ir al bar donde trabajaba Rachid. Ya no hacía falta que le pidiese el desayuno;  nada más verlo por la puerta, el camarero le preparaba un café con leche con una tostada de aceite y tomate. Al pagar, Sebastián se demoraba para quedarse solo y poder hablar unos minutos con Rachid. Así supo de dónde era, los hermanos que tenía, la enfermedad degenerativa de su madre, que permanecía en la casa sin moverse; la odisea que había vivido para llegar a la Península. Todos aquellos detalles de su vida, que iba conociendo cada mañana mientras desayunaba, hacían crecer su interés por él. Poco a poco, Rachid se iba convirtiendo en una obsesión que le hacía distraerse en su trabajo de comercial u olvidar los encargos que su mujer le hacía. 

El verano les separó. Sentado en la terraza de un apartamento de la costa, mientras vigilaba a sus hijas que jugaban en la piscina, Sebastián miraba a cada momento la pantalla del móvil esperando un mensaje de Rachid. Era la primera vez que hubiera preferido quedarse sin vacaciones, sólo por verlo cada mañana atendiendo a los clientes y bromeando con su compañera Sara, de la que comenzaba a estar celoso. Contaba los días que faltaban para volver al trabajo. Su mujer le preguntaba si le ocurría algo. “Te noto extraño, ¿pasa algo?”. Y él respondía con evasivas: “No pasa nada, cariño, sólo que estoy preocupado por mi hermano, que no encuentra trabajo y, conociéndole, caerá en otra depresión. Tendré que hablar con él”.

El primer día de septiembre estaba feliz. Al cabo de un largo mes volvería a ver a Rachid y esa mañana apalabrarían otro encuentro en una habitación de las que se alquilan por horas en el centro de la ciudad. Allí, en un cuarto pequeño, limpio y sencillo, con  una cama doble y dos taburetes como único mobiliario, se olvidaban de quiénes eran, dejándose en la calle los mundos de los que procedían, e interpretaban el papel de amantes furtivos que tenían por único enemigo el reloj que les marcaba las horas pagadas. Como otras tardes se comerían a besos, derrocharían caricias y Sebastián se dejaría penetrar por su amante, como un animal que anhela ser cazado para complacer a su cazador. Se dejaría hacer buscando sus abrazos y escuchando sus palabras obscenas, dejándose consolar como una madre consuela a un hijo pequeño antes de acostarlo. Muy pocas veces se había sentido tan feliz.

Entró en el bar y no lo vio pero no le dio importancia. Pensó que estaría en la cocina. Se acercó a su compañera y preguntó por él.

—Rachid no volverá a trabajar aquí.
—¿Qué le ha pasado?

Sara no contestó; se limitó a mirar al jefe, que despachaba con un proveedor. Sebastián comprendió que la mala relación de Rachid con su jefe se había roto por el eslabón más débil. El camarero había sido despedido.

Desde entonces le cambió el carácter, se volvió irascible por cualquier motivo sin importancia, hasta llegó a insultarle, recordaba Sebastián en el interior del coche. El móvil recogía tres llamadas perdidas de su mujer. Tenía frío. Estaba cansado y, además, frustrado por no ver a Rachid. En la mayoría de las esquinas del polígono habían desaparecido los chicos. Por cada esquina vacía había un vehículo aparcado en el que un joven prestaba sus servicios a los clientes masculinos. Harto de dar vueltas por calles desiertas en las que abundaban las naves cerradas o en alquiler, nervioso por llegar tarde a casa sin haber ideado todavía una excusa convincente, triste por haber perdido la esperanza de volver a verle, Sebastián se sorprendió llorando de manera desconsolada. Lloraba por su cobardía, lloraba por no haberse atrevido a dar el paso de separarse de su mujer para vivir con Rachid —¿por qué no la dejas?, le preguntaba insistentemente—; lloraba por él, por su esposa y sus hijas, a las que había engañado; lloraba porque siempre se había equivocado en las decisiones importantes de la vida; lloraba porque el tiempo pasaba y se perdían las últimas oportunidades.

Ahora veía claro que había malgastado su vida haciendo lo que nunca debería haber hecho, complaciendo a quienes no debería haber complacido, fingiendo quien no era. No era un buen marido, ni un buen padre, ni quizá un buen amante. No era más que un hombre aturdido y con miedo a que se desvelaran su secreto, un hombre que, pese a todo, volvería tarde a casa inventando otra de sus excusas, a la espera de que su mujer le reprochara que las niñas se habían acostado sin el beso de buenas noches.

Su mujer volvió a llamar. Esta vez cogió el teléfono.

—Disculpa, cariño, me he liado en la oficina. Diles a las niñas que me esperen, que no se vayan todavía a dormir, que llego en seguida… ¿Qué si he comprado el regalo de tu madre? No, no, se me pasó, cariño, pero ¿su cumpleaños no es dentro de una semana? Aún tenemos tiempo. Perdona, no te pongas así, se me ha olvidado. No, no me pasa nada. No te alteres… Luego lo hablamos. Chao, cariño, chao.

No podía esperar más: debía marcharse. Si Rachid no había aparecido a estas horas ya no lo haría. Cuando iba a encender el motor un coche de la policía se detuvo a su lado. Por señas le indicaron que bajara la ventanilla.

—Buenas noches —dijo uno de los agentes—, ¿sabe que tiene el coche mal aparcado?
—Disculpe, pero no me había dado cuenta. Me marchaba ya.
—¿Trabaja usted en el polígono? —insistió el policía.
—No, exactamente —dudó Sebastián—; en realidad, soy… —no le dio tiempo a concluir la mentira que iba a contar.
—¿Sabe que este sitio es peligroso? Hace una semana mataron a un hombre que buscaba lo mismo que usted —dijo el agente con una mueca de desprecio.

Sebastián, agarrando el volante con fuerza, fue incapaz de mantenerle la mirada al policía. Entonces se acordó de que no había renovado el carnet de conducir.

—Haga el favor de circular —se despidió el agente, y el coche de la policía se alejó.  

En el momento de arrancar, Sebastián observó, por el retrovisor, que un joven delgado y moreno se aproximaba corriendo y le hacía señas para que detuviera el motor. No veía su rostro con claridad porque la calle estaba a oscuras, pero sus andares le resultaron familiares. El joven gritaba su nombre cuando Sebastián aceleró para alejarse de aquel lugar sombrío.  

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